Los Hidalgos de la Casa Morisca, Júlio Diniz

[Os Fidalgos da Casa Maurisca]. No­vela portuguesa de Júlio Diniz (pseudónimo de Joaquim Guilherme Gomes Coelho, 1839- 1871), publicada en 1871. Don Luis, noble arruinado, tiene todavía una granja en provincias, confiada a la administración del capellán de la familia, fray Januario, que piensa más en combatir las doctrinas de­mocráticas que en llevar bien la hacienda, la cual parece destinada a un triste fin. Don Luis tiene dos hijos muy distintos entre sí: Jorge, espíritu despreocupado y abierto a las nuevas ideas, ansioso de grandes rea­lizaciones, y Mauricio, espíritu aristocrático a la antigua, un verdadero retrógrado. Jor­ge, al comprobar la inminente ruina, de­cide tomar en sus manos las riendas de la hacienda familiar e intentar su salvación. Así, la familia se retira a la granja, llama­da Casa Morisca por los aldeanos de la lo­calidad, y Jorge pone manos a la obra. Vive en la misma casa el colono Tomé da Póvoa, que ha conseguido con sus sacrificios y sus dotes administrativas poseer tierras propias que cultiva con provecho, y dar una mag­nífica educación a su hija Berta, animosa y bella joven, que vive con él.

Jorge, que ha hecho de Tomé su consejero, se enamo­ra de Berta e inicia así la doble lucha para salvar la propia fortuna y realizar su sueño de amor. Todos le son contrarios y acusan a Tomé da Póvoa de servirse de la hija para apoderarse de la granja. Entonces, Berta, ofendida en la pureza de sus sentimientos, rechaza a Jorge. Pero éste resiste y con su tenacidad consigue vencer todos los obstáculos. Su familia vuelve al antiguo bienestar y por fin se decide a acoger en su seno a Berta, que tanto ha contribuido con su padre a la restauración de la Casa Mo­risca. La novela, como casi todas las del autor, retrata con gran finura de análisis psicológico unas almas que se crean su pro­pio destino, abandonándose a los impulsos del sentimiento confiadas en el triunfo; de ahí el tono narrativo, sencillo y claro, sin contorsiones románticas y sin el peso de una exagerada riqueza ornamental. El em­peño artístico y moral del escritor consigue realizar páginas de eficacia representativa y de pura poesía.

L. Panarese

Tras el velo sonrosado del idealismo, [la obra de Diniz] fue un anticipo seguro en el camino de la observación de la natura­leza y de la vida. Ega de Queiroz y sus discípulos romperán este velo unicolor, pero Júlio Diniz fue el primero que convirtió la imaginación sensorial en facultad obser­vadora. (F. de Figuereido)