Historia de la Galia, Camille Jullian

[Histoire de la Gaule]. Obra del historiador francés Camille Jullian (1859-1933), publicada en ocho volúmenes entre los años 1907 y 1927. Par­tiendo de premisas positivistas, el volu­men I, «Invasión gala y colonización grie­ga», establece un estrecho determinismo entre la estructura geológica y morfológica del territorio comprendido entre el Rin, los Alpes y los Pirineos y la historia de Francia. Los iigures que lo habitaron pri­meramente, derivados con toda probabili­dad de una mezcla de razas, fundadores industriosos de las ciudades más antiguas, aportaron a la población el tipo físico y el temperamento, si bien carecieron de una cultura y de tendencias conquistadoras. El espíritu sopló desde Grecia, primeramente sobre tierras Iigures, cuando en el año 600 a. de C. los focenses fundan Marsella. Casi contemporáneamente cruzan el Rin los cel­tas, llegados de las llanuras del Norte germánico. Éstos, llamados galos, se extendie­ron por aquella región y de allí partieron para realizar sus grandes conquistas en Italia, a lo largo del Danubio, en los Bal­canes, en Asia Menor y en Albión. Pero absorbidos por las civilizaciones superiores, solamente llegaron a crear una sociedad verdadera en la Galia.

El segundo volumen («La Galia independiente») estudia las ins­tituciones que siendo comunes a las diversas tribus proporcionaron la noción de una unidad de origen y de historia. A mediados del siglo II (vol. III: «Conquista romana y primeras invasiones germánicas»), los arvernos habían conseguido hacer de la Ga­lia un solo estado, acondicionándolo para una vida original y duradera; pero los ataques germánicos y las discordias internas la sumieron en la anarquía, de lo que se aprovechó César, a pesar del despertar na­cional logrado por Vercingetórix. El go­bierno de Roma (vol. IV) no fue consi­derado como una servidumbre; antes bien, cimentó la unión nacional en torno al cen­tro religioso de Lyon. Pero el ascendiente mismo de la superior cultura romana trajo consigo profundas modificaciones («La Ga­lia romana», V y VI), a las que los galos se avinieron espontáneamente, en parte des­envolviendo más rápidamente las tenden­cias indígenas de su cultura, y en parte saturando con ellas su carácter y relegan­do al olvido sus tradiciones. Después de las primeras invasiones y la ruina acaecida en el siglo III, la Galia se eleva a una vida más autónoma con los emperadores residentes en Tréveris (286-394) y con la Igle­sia galorromana, cuyo héroe fue San Mar­tín de Tours. Entonces, la Galia se erige en valladar del Imperio contra los bárbaros y se incorpora los francos sálicos (296), los cuales, defendiendo primero el Imperio y conservando sus tradiciones guerreras, se­rían destinados a reconstruir un estado uni­tario.

La obra se detiene en vísperas de las grandes invasiones del siglo V, compren­diendo casi un milenio de historia. El au­tor, si bien registra escrupulosamente todos los beneficios de la conquista romana, llora a aquella patria gala «herida en el presen­te, cancelada en el pasado y retardada en sus destinos naturales». No es fácil distin­guir hoy los elementos originales desvincu­lados de la uniformidad romana; tal come­tido lo reserva Jullian a la historia futura. Como ya había hecho D’Arbois de Jubainville, promotor de las investigaciones his­tóricas sobre los celtas, sostiene una orien­tación historiconacionalista que trata de anular en Francia el «prejuicio» y el or­gullo de la filiación romana, substituyéndolos por la conciencia de una personalidad nacional esencialmente céltica, resurgida tras la decadencia del Imperio. La tesis no invalida el mérito de la obra, que es capi­tal para la historia nacional de Francia, indiscutible técnicamente, fecunda en in­teresantes hipótesis e interpretaciones, y no solamente fundada en el examen y en la crítica de las fuentes, sino también en la exploración directa de los monumentos y de los lugares.

P. Onnis

Historia de la Galia Meridional Bajo la Dominación de los Germanos, Claude-Charles Fauriel

[Histoire de la Gaule méridionale sous la domination des conquérants germains]. Obra histórica de Claude-Charles Fauriel (1772-1844), publicada en 1836. Des­pués de examinar las antiguas vicisitudes de Francia, desde los tiempos más remotos hasta ^ fines del siglo XIII, con particular interés para la región meridional y para la parte más directamente romanizada (Pro- venza), el autor traza el plan para una in­vestigación concreta y metódica sobre la historia de Francia y de sus orígenes. Pero ni la primera ni la tercera parte llegaron a desarrollarse: en la parte publicada con amplio conocimiento de las fuentes, en es­pecial por lo que respecta a la romaniza­ción de la Galia, Fauriel estudia con abun­dancia de detalles las invasiones de los bárbaros alanos, vándalos, suevos, visigo­dos, burgundios y francos, y muestra la importancia de la legislación y costumbres romanas en las poblaciones de la Galia. Acabadas las luchas y dominaciones bár­baras, aparece con todo su valor la tenta­tiva de llegar a una restauración imperial: la figura del general Aecio es bastante no­table como índice del valor de la idea ro­mana. El libro pone de relieve la afirma­ción del poder franco, y algunos persona­jes — Chilperico, Dagoberto y Clotario II — sobresalen claramente por las muy destaca­das cualidades de su personalidad. La obra no omite el hacer resaltar que los propios bárbaros habían hallado en la idea de la antigua Roma la única posibilidad de ilumi­nar su poder y de conducirlo, bien que a través de luchas y terribles dificultades, a una utilidad común. La obra de Fauriel, que aparece aislada en su programa de tra­bajo, se lee todavía hoy con mucho interés por la facilidad de la narración y la ri­queza de los documentos que pone en va­lor. En cierto sentido, en ella se inspiró Pascual Villari en lo concerniente a las Invasiones bárbaras en Italia (v.).

C. Cordié

Historia de la Francia Contemporánea, Charles Seignobos

[Histoire de la France contemporaine]. Obra del historiador Charles Seignobos (1854-1942), publicada en 1921-22. La obra, que forma parte de la gran colec­ción «Historia de Francia», dirigida por Ernest Lavisse, comprende cuatro volúme­nes: el primero, de 1849 a 1859, sobre «La revolución de 1848 y el Segundo Imperio»; el volumen segundo, de 1859 a 1875, sobre «La decadencia del Imperio y la fundación de la Tercera República»; el tercero, de 1875 a 1914, sobre «La evolución de la Ter­cera República»; el cuarto, sobre «La Gran Guerra», escrito en colaboración con M. A. Gauvain, Henri Bidou y el director general de la colección, Ernest Lavisse.

Seignobos comienza su historia de la revolución del 48 con una visión de las condiciones sociales y políticas de Francia, y examina prolija­mente las nuevas manifestaciones de la vida pública, desde el establecimiento del gobierno provisional a los movimientos obreros, a los conflictos para la elección de las Constituyentes y, después, de la Asam­blea Legislativa, al nacimiento del partido bonapartista y a los proyectos de restaura­ción monárquica. Vencen los bonapartistas, y Luis Napoleón es presidente de la Re­pública; primer paso hacia la nueva mo­narquía, que a poco es proclamada sin ha­llar resistencia apenas. El primer volumen termina con un capítulo sobre la política exterior y colonial de Napoleón, presidente y emperador, sobre la expedición contra la República romana y la guerra de Crimea, y con un profundo examen de la sociedad francesa. Se inicia el segundo volumen con la evolución del Imperio hacia el régimen parlamentario. Sigue una extensa y detallada exposición de la política exterior fran­cesa, desde la expedición de 1859, contra Italia, al conflicto con Prusia en 1870, cuyas inmediatas consecuencias fueron la inva­sión de Francia y la caída del Imperio. En el interior se desata la guerra civil, y a través de la sangrienta crisis se establece la República parlamentaria, cuya historia constituye el tema del volumen tercero.

La Francia republicana disfruta cuatro dece­nios de paz, durante los cuales se consolida el nuevo régimen, superando las frecuentes crisis internas debidas al boulangismo, a los socialistas, a las disensiones entre los mismos republicanos, al conflicto con los católicos por las congregaciones religiosas y la libertad de la enseñanza. Entretanto, la República participa en primera línea en la expansión colonial que caracteriza aquel período y crea su imperio, desde el África septentrional a Oceania. En Europa, Fran­cia practica una política de paz armada, aliándose con Rusia, estableciendo una «en­tente» cordial con Inglaterra y acuerdos de seguridad mutua con Italia. En el cuarto volumen, dedicado a la Gran Guerra, Seignobos colabora tan sólo en una breve par­te. Así como los tres volúmenes anteriores terminan siempre con un estudio sobre las condiciones internas de Francia, sobre su sociedad, población agrícola e industrial, clases dirigentes y movimiento intelectual, de igual modo, en este último, dedica un capítulo a la política interna en Francia durante la guerra y a los efectos sociales y morales que de ella derivan. La obra ter­mina con la postguerra inmediata, estu­diando el desarrollo que experimentaron, en los primeros años de paz, la democracia en el interior y la política social en el exte­rior. La historia de Seignobos está influida por el idealismo liberal y democrático del siglo XIX, moderado, sin embargo, por un atento y agudo sentido crítico, gracias al cual el autor advierte los graves y angus­tiosos problemas políticos y sociales del nuevo siglo.

G. Mira

Historia de la Filosofía Moderna, Kuno Fischer

[Geschichte der neuern Philosophie]. Obra en once volúmenes de Kuno Fischer (1824-1907), la publicación de la cual fue iniciada por Brockhaus (Leipzig), continuada más tarde por Winter y terminada en 1904.

La obra es de capital im­portancia; y más que una historia «de la» es un estudio «sobre la» filosofía moderna. En la «Introducción», Fischer, siguiendo la orientación hegeliana, muestra cómo la «historia de la filosofía» es una verdadera cien­cia, en cuanto el proceso histórico de la filosofía es el desenvolvimiento de la ver­dad misma. Después de haber resumido el desenvolvimiento de la filosofía griega, cris­tiana, medieval, del Renacimiento, del na­turalismo italiano, de la Reforma, y des­pués de haber destacado los problemas de la nueva filosofía, Fischer examina sepa­radamente el sistema de Descartes, que él aprecia bien destacado de la corriente es­colástica, aunque sigue siendo dualista.

En el segundo volumen, después de haber di­sertado acerca de la difusión de la doctrina cartesiana y la tentativa de perfeccionar las conclusiones, el autor considera el sis­tema del ocasionalismo y en especial la filosofía de Spinoza, sobre el que hace re­saltar no sólo el espíritu religioso y políti­camente liberal, sino también las íntimas contradicciones que harán necesario el paso del racionalismo al criticismo.

El tercer volumen estudia el esfuerzo de Leibniz para reconducir la filosofía a su tendencia universalista y a la vez finalista, que im­ponía hallar una conciliación de la filosofía y la religión, de la razón y la fe; pero tam­bién muestra, a través de los estudios de Wolf y Reimarus, Mendelssohn, Lessing, Herder, Jacob e incluso de Goethe y Schiller, la incapacidad de la filosofía dogmática para resolver los problemas del espíritu que se convertirán en objeto de la especulación idealista.

El cuarto volumen trata de la formación y el fundamento de la filosofía crítica; y después de haber señalado la nueva evidencia gnoseológica y la diferen­cia entre el punto de vista crítico y el dogmático, resume el pensamiento filosófico antes de la filosofía kantiana para ofrecernos seguidamente una amplia exposición de la vida y obras de Kant.

El quinto vo­lumen compendia la filosofía práctica kan­tiana (moral, derecho, religión) mediante una extensa crítica con la que Fischer muestra en qué forma las contradicciones kantianas pueden solamente superarse si la filosofía de Kant es entendida idealística- mente, interpretándola como una elevación al mundo moral, en el que el «querer» y la verdadera «cosa en sí» y todo el uni­verso están concebidos como un esfuerzo hacia la libertad del «yo».

El sexto volu­men está dedicado a la vida y a la doctrina de Fichte, precediendo un meticuloso examen del pensamiento de Reinhold, Erhard, Schulze y Maimón (escepticismo postkantiano), Becke, Jacobi. El examen de la doc­trina fichtiana concluye afirmando que Fichte no consiguió distinguir claramente la naturaleza del espíritu.

El séptimo volumen está consagrado a Schelling, el cual, po­niendo en primer término como ente origi­nario el «querer» y, después (en la llamada «filosofía de la identidad»), la «razón», cae en una evidente contradicción, porque el primero es ciego y la segunda consciente, e indica los gérmenes de las sucesivas so­luciones: la hegeliana y la schopenhaueriana. A la filosofía de Hegel dedica Fischer dos volúmenes (octavo y noveno), el pri­mero de los cuales trata extensamente de la vida y de los principios fundamentales de la doctrina (fenomenología del espíri­tu) y el segundo de la filosofía de la natu­raleza y del espíritu (subjetivo, objetivo y absoluto), de la filosofía de la historia, de la estética, filosofía de la religión, e historia de la filosofía, indicando finalmente todas las tendencias de izquierda y derecha que influyeron sobre el pensamiento hegeliano y afirmando que Hegel no debe ser con­ceptuado como el «filósofo de la restaura­ción», sino como el «restaurador de la filo­sofía».

El décimo volumen está dedicado a la vida y al estudio de las obras de Scho­penhauer, cuya doctrina es sometida a una minuciosa crítica que, sin embargo, no se muestra serena porque se halla abierta­mente influenciada por la tendencia hege­liana del autor, el cual llega a la conclu­sión de que el sistema de Schopenhauer, mientras pretende sostener un rígido fata­lismo, persigue después una felicidad final que hace aparecer todo el curso universal como producto de la providencia y como eterno «orden de salvación» («Heilsordnung»); y con esta conclusión es condenado todo el sistema schopenhaueriano puesto que las raíces de esta providencia se hallan precisamente «en el ser metafísico de la cosa en sí».

El undécimo volumen está de­dicado a Francisco Bacon y trata también del empirismo inglés, es decir, de Hobbes, Locke, Berkeley, Hume: el último capítulo trata del iluminismo anglo francés con una conclusión que pone en relación la filosofía de la experiencia con la idealista alemana. Este volumen es el menos original y, en su mayor parte, mantiene un carácter pura­mente historicoexpositivo.

A. Poggi

Historia de la Física, Johann Christian Poggendorff

Lecciones des­arrolladas en la Universidad de Berlín [Geschichte der PhysikVorlesungen gehalten an der Universität zu Berlin]. Obra de Johann Christian Poggendorff (1796-1877), publicada póstumamente en Leipzig (1879), por Fr. W. Barentin. En el breve prefacio dice Barentin que el libro recoge sin va­riaciones notables, las lecciones de historia de la Física que Poggendorff explicó du­rante largos años en la Universidad berli­nesa y cuya publicación fue solicitada in­útilmente. Poggendorff respondía que el libro, para ser adecuado a la edición, de­bía ser sometido a una revisión crítica que no había tenido tiempo de hacer. Es pre­ciso reconocer, sin embargo, que, aun sin los complementos y las correcciones que el autor habría aportado, el libro merecía los honores de la publicación y que, por otra parte, habría sido sustancialmente como Barentin lo publicó.

Se trata, en realidad, de una historia de la Física sin grandes pretensiones de originalidad, pero amplia­mente informada y que se lee, todavía hoy, con interés, si bien, teniendo en cuenta los grandes progresos que la historia de la Fí­sica ha hecho en los últimos años, las lec­ciones de Poggendorff son defectuosas en diversos puntos. El traductor francés de la obra, De la Quesnerie, observa que algunas de las afirmaciones de Poggendorff, refe­rentes a los físicos franceses y especial­mente a Descartes, son inadmisibles; pa­recidas reservas podrían hacerse respecto a los físicos de otros países; así, los polacos deberían protestar de que Poggendorff con­sidere a Copérnico como indudable alemán; pero es preciso reconocer, lealmente, que el autor no es nacionalista por principio. Cabe subrayar el hecho de que Poggendorff inicia su curso diciendo que se propone exponer el desenvolvimiento de brillantes conquistas debidas al exclusivo poder del espíritu y no a la fuerza brutal de las ar­mas. El autor distingue en el desenvolvi­miento de la física, aparte algunas fluctua­ciones, cuatro grandes épocas: la Antigüe­dad, la Edad Media, el Renacimiento y los tiempos modernos. El primer período po­dría también llamarse griego puesto que comprende especialmente los trabajos de los griegos, hasta la conquista de Alejan­dría por los árabes, en el año 640, con la consiguiente ruina de la Academia.

El se­gundo período comienza con el desarrollo de la cultura árabe en el mundo, y se pue­de subdividir en dos tiempos: el primero puramente árabe, que alcanza desde la mi­tad del siglo VIII hasta mediados del si­glo XI; el segundo, medieval, que se ex­tiende hasta fines del siglo XVI. El período del Renacimiento podría comenzar con Copérnico, pero es preferible iniciarlo con Galileo, que es físico y no solamente astró­nomo, como Copérnico, y el verdadero fun­dador de la física, si este título puede darse a un solo hombre. Con Galileo y por mérito suyo, comienza el estudio atento de la naturaleza mediante la experiencia y el análisis matemático, y este método, apli­cado a la mecánica y a la óptica conduce rápidamente estas dos ramas de la física a la perfección que les darán Huygens y Newton. Este período se puede subdividir en cuatro tiempos: el italiano o galileano, el anglofrancés o newtoniano; el tercero se podría denominar postnewtoniano, en cuanto Newton continúa siendo la clave de la física; el tiempo que Poggendorff consi­dera como último, alcanza hasta la inven­ción de la pila eléctrica, y está caracteri­zado por nuevos campos de estudio (electri­cidad, magnetismo y química). La ciencia se enriquece con nuevos hechos, logrando una amplitud imprevisible en las direccio­nes más diversas y asumiendo una forma completamente nueva.

Son numerosas las interesantes observaciones que se hallan en la historia de Poggendorff, y ello es na­tural ya que el autor fue un físico culto y destacado. Incluso se podría sostener, aten­diendo a la línea general de su pensamien­to y no a los detalles, que Poggendorff es historiador sin errores. Poggendorff razona a veces, pero en primer término puede apreciarse que su juicio aparece lleno de buen sentido, sin ser profundo, y en muchos casos parece no darse cuenta de ello. La parte más feliz de la exposición es la que dedica a historiar las diversas invenciones, como la de la pólvora o del reloj. Enton­ces se tiene la sensación de hallarse en contacto con la verdad. Los inventos son para Christian Poggendorff las más vivas de las ideas.

S. Timpanaro