Historia de la Literatura Francesa

La primera sistematización de una literatura tan amplia y compleja como la de Francia, sobre todo si ha de abarcar los orígenes y los primeros siglos, sólo podía llevarse a cabo en el siglo XVIII. Después de las investigaciones eruditas de la época precedente (entre las que es fundamental la Recopilación sobre los orígenes de la lengua (v.), de Claude Fauchet), son no­tables algunas investigaciones y seleccio­nes de textos, además de los ejercicios es­tilísticos y biografías: en particular, lo re­unido por la Biblioteca general de autores de Francia [Bibliothèque générale des au­teurs de France] de Dom Lirón, publicada en 1719, algunas recopilaciones y diserta­ciones del abate Gujet (Origen e historia de la poesía francesa antes de Clément Marot [Origine et histoire de la poésie fran­çaise avant Clément Marot] en 1719, como introducción a una obra de otro literato) y de Titon du Tillet (Descripción del Par­naso francés realizado en bronce, seguido de una lista de poetas y músicos [Description du Parnasse françois executé en bronze, suivie d’une Liste des poètes et des musiciens], de 1727).

La primera obra verda­deramente orgánica es la Historia literaria de Francia [Histoire littéraire de France], a cargo de los benedictinos de St. Maur — Dom Rivet y otros —, y publicada de 1733 a 1763 en doce volúmenes. Interrum­pida, la obra fue reemprendida en 1814 por la Académie des Inscriptions et des Belles Lettres y continuada hasta nuestros días, 1734    llegando al vol. XXXVIII, fase. 1.°, de 1941. El examen de los antiguos autores y de las obras, desde los orígenes hasta el siglo XIV, está desarrollado con documentación y co­tejos luminosos y en parte definitivos. Esta obra monumental se presenta en todo y por todo como un trabajo de erudición, se­gún los dictámenes de un espíritu de aná­lisis setecentista que un siglo más tarde, en el curso de la obra, encontró nuevos auxilios en un método llamado científico por excelencia, el «histórico». Muchos en­sayos particulares sobre determinados pe­ríodos: la época de Francisco I (a cargo de Raynal, 1750), el reinado de Luis XIV (por Lambert, en 1751), el reinado de Luis XV (por D’Aquin de Chateaulyon, en 1752, refundido el año siguiente), los orí­genes (por D’Ussieux y Bastide Ainé, en 1772) o los trovadores (por Millot, en 1774), no hacen sino confirmar un interés por un aspecto determinado de las letras france­sas, sin considerarlo dentro del ámbito de una investigación histórica completamente sujeta a una metodología. En las discusio­nes guiadas por una valoración del gusto y del entusiasmo frente a los «sistemas» de la razón, el examen de la literatura na­cional se sale de los límites de una inves­tigación para ilustrar obras aisladas y con originalidad propia: también desde dicho punto de vista representa una excepción el Liceo (v.) de Jean-François La Harpe (1739-1803), en una veintena de tomos, ini­ciado en 1799 y publicado con apéndices.

Es característica de esta obra una intención didáctica que, incluso por la facilidad de la exposición, aproxima toda investigación a un tipo de retórica discursiva y exornativa, extraña a la crítica propiamente dicha; mérito suyo es en cambio la vulgarización para hacer accesibles las obras de arte a un amplio círculo de lectores. Un eco de esta obra, aunque modificado por la rica sensibilidad de una naturaleza emotiva y por nuevas observaciones, lo constituye en pleno siglo XIX el Curso familiar de litera­tura [Cours familier de littérature] de Al­phonse de Lamartine (1790-1869): la obra, publicada en 28 volúmenes entre 1856 y 1869, forma una verdadera enciclopedia li­teraria que no carece de agudas observa­ciones ni de un noble y humano sentimiento de gran poeta, por ejemplo respecto al jo­ven Mistral y su Mireya (v.). La renovación espiritual que condujo al romanticismo y a las nuevas afirmaciones del siglo XIX ha­bía de inspirar, necesariamente, toda una nueva concepción de la crítica literaria : parece que en Francia la cultura es consi­derada cada vez más como un hecho social ligado a la vida de la nación, no al esplen­dor de la Corte ni a un exiguo círculo de personajes. El interés se amplía y abarca nuevas formas artísticas populares, religio­sas y políticas; así todas las manifestaciones de un pueblo están concebidas en la his­toria de una sola vida espiritual. Bajo este aspecto la historia literaria tiene un ver­dadero desarrollo en el siglo XIX, el «siglo de la crítica».

Es importante en el desarrollo del gusto literario, precisamente por la exi­gencia de una sistematización de conjunto, el Curso de literatura francesa [Cours de littérature française] de Abel-François Villemain (1790-1870), publicado en 1828-1829 y refundido con el título de Cuadro de la literatura francesa en la Edad Media [Tableau de la littérature française au moyen âge, 1840] y Cuadro de la literatura fran­cesa en el siglo XVIII [Tableau de la litté­rature française au XVIIIe siècle, de 1838]. Ordenando sus lecciones de la Sorbona, Villemain examina, casi por sectores, dos mo­mentos fundamentales en la historia del espíritu francés, el de la Edad Media y el de la Ilustración. En el primer Cuadro, partiendo de la famosa Literatura de Eu­ropa Meridional (v.) de Sismondi, examina las obras literarias de los pueblos latinos y en particular de Francia, España, Italia y Portugal: una parte está dedicada a Ingla­terra, mientras que de alemania y los pue­blos nórdicos confiesa su escaso conocimien­to de los textos y movimientos espirituales. En su visión de conjunto no está conside­rada la Edad Media latina, pues correspon­día a Ampère en otros cursos de la Sor- bona. Pese a estas limitaciones la obra es interesante por el tono que la inspira: el de haber visto el origen del idioma y de las literaturas romances del Mediterráneo, en especial contraste con la civilización árabe, en una sociedad que avanzaba osa­damente hacia nuevas conquistas. El mun­do de los trovadores y de los «trouvères», de las crónicas y de las novelas de caba­llería está analizado con gran riqueza de motivos, aunque la simpatía del autor por aquella edad lejana no está regida por una franca posición crítica : notables son las páginas sobre la difusión de la poesía ita­liana y sobre la obra de Dante, sobre la epopeya española que floreció en torno al Cid, sobre el viejo drama francés y sobre los misterios religiosos.

Con sus amplias perspectivas históricas, centradas en torno a autores y obras, Villemain merece un puesto de honor en la historia de la filolo­gía románica de principios del XIX, junto a Sismondi y al mismo Fauriel. Interés po­lémico ofrece el segundo Cuadro, que pre­senta por vez primera en forma orgánica — según las lecciones de 1827-1829 — un ar­gumento ya tratado por Barante en 1809: queriendo reaccionar contra el entredicho en que se tenía al siglo XVIII durante la — Restauración y el naciente Romanticismo, Villemain estudia los orígenes del pensa­miento moderno desde el siglo XVII. Mien­tras en este siglo se habían dilucidado por primera vez los principios de autoridad del Estado y el respeto a las tradiciones y la fe religiosa, en el siglo de las luces se com­batió con violencia contra el pensamiento y la moral establecidos como autoridad. Se continúa la obra de Bayle, precursor de la libertad de pensamiento; de Fontenelle a D’Alembert se agita una verdadera revolución intelectual y social que los aconteci­mientos políticos completarán en forma gra­ve e incluso terrible. El siglo de Voltaire ve la influencia de Inglaterra en Francia y de Francia en Italia por el mismo cambio de opiniones: nuevas polémicas espirituales abren el camino a la Edad Moderna y Con­temporánea. En estas dos obras de Ville­main, aunque alguna vez la imaginación histórica suplante el recto examen de los documentos y de las figuras, es de loar, co­mo decía el mismo Sainte-Beuve, la tenta­tiva de trazar un panorama de conjunto. El espíritu francés está estudiado en algunos de sus momentos históricos más importan­tes con una viveza de estilo que anima los retratos de los diversos personajes y los ideales que los mueven.

Una Historia de la literatura francesa [Histoire de la litté­rature française] sumamente orgánica es la de Jean-Marie-Napoléon-Désiré Nisard (1806-1888), aparecida en varios volúmenes de 1844 a 1861. Las obras precedentes del autor (algunas de las cuales fueron pronto objeto de discusiones en los círculos ro­mánticos) mostraban una actitud, si no in­diferente hacia sus contemporáneos, al menos desconfiada : el crítico prefería los grandes escritores sencillos y francos, dig­nos representantes de la tradición francesa, mientras retrataba a Lamartine y a Hugo con los rasgos de un Lucano y un Estacio, poetas latinos «de decadencia», e indicaba los males de una literatura fácil. La lite­ratura «difícil», para Nisard, era la gran literatura y especialmente la del siglo de Luis XIV. Si el antirromanticismo inicial vicia la comprensión de la obra, lo mejor de ella está precisamente en la considera­ción de una literatura de principios sólidos y firmes, clásica por definición. Distin­guiendo la «historia literaria de una na­ción» de la «historia de su literatura» (es decir, los hechos literarios de la exigencia de una tradición que sea genio y perfección del lenguaje y de la poética), Nisard no cree que haya arte en la Edad Media, por la escasísima participación en la tradición clásica: sólo en el Renacimiento el espíritu francés adquiere conciencia de sí mismo, en un equilibrio substancial entre fantasía y sociedad, vida ideal y vida práctica. Acomodando la grandeza de los antiguos con la nobleza del cristianismo, el clasicis­mo francés adquiere una verdadera y subs­tancial armonía: el crítico desprecia el es­píritu y el arte de los primeros siglos de Francia (a excepción de Villon, comprendi­do y defendido con sinceridad) y en el Re­nacimiento aprecia el soplo innovador en la prosa de Margarita de Navarra y de Rabelais y en la poesía de Marot, pero esca­samente en la de Ronsard. Se detiene luego a explicar «su» siglo, el de Boileau, de Corneille, de Racine, de La Fontaine.

El siglo de Luis XIV es, pues, producto de una com­pleja visión del mundo: Boileau, despre­ciado por los poetas fáciles, contiene en sí lo mejor de una experiencia que ha sido esencial para la humanidad. Aunque Nisard no juzgue uno por uno a los autores y se limite a señalar abstractamente las líneas maestras de una tradición (como le reprochaba Sainte-Beuve, que tuvo que defenderlo, sin embargo, de los ataques de sus contemporáneos), la Historia formula, por primera vez y con decidida claridad, la con­cepción del «espíritu» francés como clasi­cismo y armonía. Éste será muy pronto uno de los puntales de la crítica del siglo XIX; los mismos adversarios se servirán de esta definición, que incluso en tiempos re­cientes ha sido empleada como una fórmula, apta para combatir el romanticismo y sus hipotéticos males respecto a la moral y la política. La obra de Nisard tiene el mérito de haber fijado con rigidez un esquema que se ha hecho esencial en los juicios corrien­tes sobre la literatura francesa: aunque con razón se ha advertido que, desde Boileau hasta Voltaire y La Harpe, esta exigencia había sido ya substancialmente sentida. Desarrollando con sus riquísimas dotes de crítico y de literato el camino trazado por Villemain, Charles-Augustin de Sainte- Beuve (1804-1869) podía extender su aná­lisis no sólo a una investigación erudita, sino a una profundización psicológica de los autores y de las diversas edades: cada figura y cada episodio están vistos así en su justa luz. Fuera de una verdadera historia literaria, sentida menos en su desarrollo orgánico que como abstracción y trabajo di­dáctico, el crítico desarrolla sus indagacio­nes en todos los sectores de la cultura na­cional: en el Cuadro histórico y crítico de la poesía francesa del siglo XVI (v.) de 1828, en Port-Royal (v.) de 1840 a 1859, en Chateaubriand y su grupo literario bajo el Imperio (v.) de 1861.

La importancia de Sainte-Beuve, capital en el desarrollo de la crítica francesa, se advierte sobre todo en las diversas series de los Lunes (v.) y de los Retratos literarios (v.). Se han selec­cionado las páginas más representativas de toda su obra con el fin de componer una historia literaria propiamente dicha, aunque sea con dificultades e insuficiencias. Pues la característica esencial en la finísima crí­tica de Sainte-Beuve es también la renuncia a un esquema estrictamente histórico por una aplicación cada vez más íntima a un mundo psicológico, en el que la figura de un artista se revivía según su testimonio humano y un período literario era enten­dido según la totalidad de sus afirmaciones vitales, casi independientemente de un jui­cio de conjunto. Merecedoras de recuerdo por su nueva visión de los orígenes, son las lecciones e investigaciones de Claude Fauriel, en particular la Historia de la poesía provenzal (v.) del año 1846; los ensayos polémicos de Gustave Planche (1808-1857) y de Jules Janin (1804-1874), y para los límites de la misma investigación literaria, el Curso de literatura dramática (v.) de 1843, debido a Saint-Marc Girardin (1801- 1873). Documento de una actividad que comprende las costumbres y la vida espi­ritual son los Estudios sobre el siglo XVI en Francia [Études sur le XVIe siècle en France], de 1848, debidos a Philarète ChasIes (1798-1873); los del suizo Alexandre Vinet (1797-1847) : Estudios sobre la literatu­ra francesa del siglo XIX [Études sur la lit­térature française au XIXP siècle], de 1849, y la Historia de la literatura francesa del siglo XIX [Histoire de la littérature fran­çaise au XIXe siècle], de 1851. Hippolyte Taine (1828-1893) hizo una sistematización, intencionadamente positivista, de la inves­tigación literaria, en particular con los Fi­lósofos franceses del siglo XIX (v.) y los Ensayos de crítica e historia (v.) : substi­tuye el examen de las figuras particulares y la narración de los hechos de la vida literaria, por el análisis de los elementos que concurren para formar una obra, con­cediendo especial atención a los sociales y filosóficos.

Las páginas mejores del crítico presentan, junto a las de Sainte-Beuve, una concepción propia de los puntos fundamen­tales de la cultura de un país, especialmen­te de los novelistas y memorialistas, enten­didos todos ellos como documentos de su época. En estos críticos del siglo XIX se perfila la necesidad de comprender los di­versos momentos de la tradición del «espí­ritu francés», sobre todo en la época clásica. Se revalorizan, en comparación con el ro­manticismo, los siglos primitivos; los diversos problemas relacionados con el «clasi­cismo» y luego la «querelle des anciens et des modernes» están vistos en un desarrollo más armónico, en una continuidad histórica que las investigaciones eruditas habían de consolidar con el estudio del ambiente y de los problemas sociales reflejados en las obras poéticas y en las memorias, así como en las sátiras y en los escritos religiosos y políticos. Con un moralismo polémico de fuente católica y con actitudes inspiradas en las doctrinas evolucionistas, los diversos trabajos críticos de Ferdinand Brunetière (1849-1906) refunden principios ya predi­lectos de Nisard; estos trabajos comprenden desde los ensayos en que estudia el desarro­llo de las formas literarias, de modo aná­logo a como Nisard examinaba la reforma y decadencia de la tradición clásica y del «espíritu francés», hasta la Histoire de la littérature française classique (1515-1830), publicada en París de 1905 en adelante. La posición según la cual sólo en el siglo XVII la literatura encontró su pleno florecimien­to, y el clasicismo más puro de la tradición se insertó en el racionalismo y en la clari­dad francesa, está sostenida con un fervor dialéctico que no excluye una atención de lector ni de moralista.

El siglo XVII, por la plenitud de la creación de un período histórico, encuentra en el exégeta una bue­na ilustración literaria en el tomo II, Le dix-septième siècle, publicado después de su muerte en 1912; pero en el tomo I — De Marot a Montaigne (1515-1591) — el juicio áspero y malévolo sobre la Edad Media, contra la revalorización de ésta hecha por los filólogos románicos, fue justamente censurado, lo mismo que el carácter poco me­nos que escolar del interés mostrado por los autores del XV y XVI y los problemas relativos a la cultura europea de dichos siglos, considerados como una «preparación de la época clásica». Los dos últimos tomos de la obra (Le dix-huitième siècle, de 1913, y Le dix-neuvième siècle, de 1918), mues­tran con mayor razón la «debilitación» y decadencia del espíritu clásico, desde Marivaux hasta la Enciclopedia y Beaumarchais, y los principios de una literatura que reacciona contra el siglo de las luces, el fervor y la inquietud romántica que cons­piran para alejar de su verdadero camino al arte y a la expresión, llegando hasta Leconte de Lisie y Dumas hijo. El tono uni­versitario y la nitidez de exposición de estos libros — publicados a cargo de los profeso­res Michaut, Doumic y Cherel, utilizando también apuntes de discípulos — explican su extraordinario éxito en la cultura contem­poránea, aunque la escasa sistematización de los problemas propiamente literarios no siempre consigue trazar una segura línea de desarrollo, inspirada en la «historia» de los documentos o en la importancia carac­terística de las diversas obras. Muy divulgado, por la sencillez de la síntesis crítica, es, del mismo Brunetière, el Manual históri­co de la literatura francesa [Manuel de l’histoire de la littérature française] de 1897, que encontró precisamente en la His­toire su desarrollo doctrinal y polémico.

C. Cordié

*   Fruto de investigaciones eruditas, que también se sistematizaron bajo la influencia de Sainte-Beuve y de Taine para la recons­trucción psicológica de los autores, y bajo la de Brunetière y demás para la división de los géneros literarios y de las escuelas poéticas, es la particularmente difundida Historia de la literatura francesa [Histoire de la littérature française] de Gustave Lanson (1857-1939). Publicada por primera vez en 1894, esta obra ha quedado como el «ma­nual» de literatura francesa más conocido en Francia y fuera de ella. Lanson recopiló en él, en forma sencilla y por orden rigu­roso, toda su experiencia de erudito y estu­dioso, discípulo y compañero de los mejores filólogos y «cartistas» de la segunda mitad del siglo XIX. A ello se deben la sólida base y la segura y abundante información en que apoya esta obra, la más importante de las suyas. Por otra parte, su curiosidad por los fenómenos históricos, su interés en enlazarlos con las obras literarias, su tendencia a ver en la literatura la expresión de la vida social de las diversas épocas, lo hace aparecer como heredero de la gran es­cuela historicomoralista que va de Nisard y Villemain a Quinet y a Michelet, al mis­mo Sainte-Beuve y a Taine.

De ahí que puedan considerarse como la parte más viva y duradera de su obra los capítulos que tratan más propiamente de la «historia de las ideas». La primera parte («Literatura de la Edad Media») y casi toda la segunda («De la Edad Media al Renacimiento») son poco más que minuciosas y escrupulosas puntualizaciones : en cambio es excelente la parte relativa al siglo XVI (especialmente en la literatura de tipo políticomoralista) y singularmente entonada respecto al Siglo de Oro, con abundantes páginas en las que las figuras de los clásicos de la lite­ratura francesa están tratadas con cuidada autoridad y situadas en el ambiente social y cultural de la época con mano excepcio­nalmente segura. Pero la obra adquiere su máxima eficacia y se afirma en todo su vi­gor particularmente en el período que va de fines del siglo XVII a fines del XVIII, desde la crisis del clasicismo a las nuevas formas de arte dieciochescas y a la litera­tura filosófica. En cambio, con el siglo XIX, al acentuar el defecto de la subdivisión mecánica en «géneros», se desmenuza y tiende a convertirse en recopilación. De modo que, especialmente respecto a la li­teratura moderna, de la mitad del siglo en adelante, Lanson parece revelar los defectos de una formación típicamente profesoral y escolar. Aunque sus generosos escrúpulos y su ecuanimidad le hayan llevado incluso en dicho campo a superarse en cierto modo a sí mismo, Baudelaire queda confinado a una paginita y casi pospuesto a Sully-Prudhomme, y Verlaine y Mallarmé son despachados en apresurados apuntes (para no hablar de Rimbaud, a quien dedica unas líneas en una nota); todo ello claro indicio de la insuficiencia de su obra a este res­pecto. El autor dio una digna y oportuna suma de material en el famoso Manual bi­bliográfico de la literatura francesa moder­na [Manuel bibliographique de la littéra­ture française moderne] de los siglos XVI al XIX, en edición completa en 1913 y re­novada, con añadidos, en 1921. Fue con­tinuada y ampliada de 1921 a 1935 por J. Giraud, en 1939.

M. Bonfantini

*   Escrita con la colaboración de diversos especialistas bajo la dirección de Louis Petit de Julleville (1841-1900) fue la His­toria de la lengua y de la literatura francesas desde sus orígenes hasta el 1900 [Histoire de la langue et de la littérature française des origines à 1900], efectuada entre 1896 y 1900 con una información de primera mano, visiones seguras de los di­versos movimientos literarios y, aunque con inconsecuencias en el criterio crítico, sín­tesis verdaderamente eficaz de personalida­des y de ambientes espirituales. Menos am­plia pero más orgánica resulta la Historia ilustrada de la literatura francesa [Histoire illustrée de la littérature française], a car­go de Joseph Bédier y de Paul Hazard, de 1923 a 1924. En la amplia actividad crítica que va del Romanticismo hasta nuestros días, numerosos ensayos, polémicos o eru­ditos, tratan incidentalmente la historia literaria de las diversas épocas : en general, y aparte incluso de las necesidades esco­lares, sólo raramente se advierte la ne­cesidad de una síntesis de conjunto: hay un gran número de manuales sobre los di­versos siglos, a cargo de profesores univer­sitarios, pero tales obras, a menudo inspi­radas en inmediatas finalidades didácticas, no aportan ninguna innovación en la crítica.

C. Cordiè

*  Escrita con la colaboración de diversos especialistas bajo la dirección de Louis Petit de Julleville (1841-1900) fue la Historia de la lengua y de la literatura francesas desde sus orígenes hasta el 1900 [Histoire de la langue et de la littérature française des origines à 1900], efectuada entre 1896 y 1900 con una información de primera mano, visiones seguras de los diversos movimientos literarios y. aun que con consecuencias en el criterio crítico, síntesis verdaderamente eficaz de personalidades y de ambientes espirituales. Menos amplia pero más orgánica resulta la Historia ilustrada de la literatura francesa [Histoire illustrée de la littérature française], a cargo de Joseph Bédier y de Paul Hazard, de 1923 a 1924. En la amplia actividad crítica que va del Romanticismo hasta nuestros días, numerosos ensayos, polémicos o eruditos, tratan incidentalmente la historia literaria de las diversas épocas: en general, y aparte incluso de las necesidades escolares, sólo raramente se advierte la necesidad de una síntesis de conjunto: hay un gran número de manuales sobre los diversos siglos, a cargo de profesores universitarios, pero tales obras, a menudo inspiradas en inmediatas finalidades didácticas, no aportan ninguna innovación en la crítica.

C. Cordié

*  Reviste, en cambio, particular interés por la aguda polémica que se encuentra en su base, la Historia de la literatura francesa de 1789 a nuestros días [Histoire de la littérature française de 1789 à nos jours] de Albert Thibaudet (1874-1936). Publicada en 1936, es su obra principal y la que mejor refleja el espíritu y las tendencias de la crítica francesa contemporánea. Thibaudet alcanzó pronto fama con su voluminoso ensayo sobre la Poesie de Stéphane Mallarmé (1913) en el que aparecía como profundo y sutil teórico del Simbolismo (v.), pero con un lujo de minuciosos análisis, de sugestivas divagaciones y desviaciones hacia el campo de la filosofía de la intuición, con tal complacencia en las obscuridades refinadas de un estilo extremadamente imaginativo y alusivo, que podía ser considerado como el maestro de la moderna «crítica her­mética». En la misma línea se encuentran un libro sobre Valéry y otro sobre el bergsonismo; pero al mismo tiempo se mostraba igualmente atraído por la escuela positi­vista, y como agudo psicólogo, tanto en la apreciada monografía sobre Flaubert como en el desenvuelto retrato de Stendhal, y como apasionado investigador de las ideo­logías políticosociales en vivos y penetran­tes volúmenes como Les idées de Charles Maurras (1920) y Las ideas políticas de Francia (v.).

Estos últimos puntos de vista acabaron por prevalecer en la Historia y por hacerle concebir la literatura en estre­cha relación con los ideales, los gustos, los humores espirituales y el ambiente intelec­tual y moral de cada período, con claras referencias al binomio Sainte-Beuve-Taine. Trabajando como renovador sobre los acos­tumbrados esquemas, anheló y trató de realizar un tipo de narración que agrupara a los escritores y las obras según las suce­sivas «generaciones», teniendo en cuenta, naturalmente, las inevitables interpolacio­nes, los retrocesos, los anticipos y los re­trasos. Así, la primera parte de la obra lleva el título de «La generación de 1789» (es decir, de los que tenían 20 años en 1789), y agrupa, en una serie de nutridos capí­tulos, a Napoleón (curiosamente valorado como escritor), Chateaubriand, la «Escuela protestante», Madame de Staël y el grupo de Coppet, los Ideólogos («Áticos y Cris­tianos»), los nuevos Críticos, los Políticos y los Economistas. Sigue luego la gran gene­ración romántica de 1820, la época román­tico-naturalista-parnasiana de 1850, etc. Aunque discutible, esta nueva disposición con­fiere a la obra un singular aspecto de vi­talidad y actualidad, debido también a la continua atención a las corrientes intelec­tuales y culturales, a la abundancia de com­paraciones y referencias a los tiempos mo­dernos y a un estilo extremadamente enér­gico y coloreado, voluntariamente despreocu­pado.

Ciertamente, Thibaudet demuestra a menudo ser mejor crítico de ideas y del gusto que de las formas, y revela cierto embarazo ante obras poéticas de tradicio­nal solemnidad, como las de Vigny y La­martine; mientras, toma espléndido des­quite de refinado psicólogo y de literato de alto gusto, con Victor Hugo, por ejem­plo. La parte moderna resulta algo preci­pitada: la poesía es a menudo sacrificada a las demás formas literarias más específica­mente «sociales», como el teatro y la no­vela, mientras la crítica está tratada con un perfecto conocimiento, con un ingenio agudísimo, mordaz ecuanimidad y superior sentido común. Toda la obra respira ade­más un gusto vivo, un sentido tan sensible y agudo de la «república literaria» que la coloca merecidamente en la gran tradición humanista francesa.

M. Bonfantini

*   Una actividad crítica bastante combativa anima la Historia de la literatura francesa contemporánea de 1789 a nuestros días [His­toire de la littérature française contempo­raine de 1789 à nos jours], publicada por René Lalou en 1922 y refundida en 1941. Afortunada es la reciente Histoire de la lit­térature française de René Jasinski, de 1947, que examina con mucho interés figuras y obras menores en general descuidadas. Una breve pero brillante literatura en varios volúmenes, de la Edad Media al siglo XX, es la de Verdun L. Saulnier, de 1943-1945.

C. Cordié

*   Una rápida pero segura sistematización de la amplia materia desde sus orígenes hasta la época actual, es para Italia la «voz» de la Enciclopedia Italiana (v.) respectiva­mente a cargo de Giulio Bertoni (1878-1942), Ferdinando Neri, Luigi Foscolo Benedetto (en el vol. XV, 1932, p. 997 y sig. Bene­detto desarrolló su trabajo en un «sumario histórico» que precede a una selección de Escritores de Francia, Milán-Mesina, 1940). Un perfil delicado, sinuoso, verdaderamente «en artiste» entre los fragmentos de un hermoso florilegio, es el de los Escritores franceses de Diego Valeri (Milán, 1937, y edición francesa, como Littérature française, id. 1941). Fruto de una revisión de la ma­teria y de tarde en tarde rico en visiones felices es la Historia de la literatura fran­cesa de Cario Pellegrini (Mesina-Milán, 1939, y con añadidos, Milán, 1943; 3.a ed., 1946). Recordemos el manual de R. Palmarocchi Literatura francesa contemporánea (1927).

C. Cordié

Historia de la Literatura Española

Por «literatura española» entiéndese comúnmente hoy la literatura en lengua castellana dentro de los límites de su es­fera europea, considerándose actualmente como autónomas las literaturas sudameri­canas en lengua castellana. En cuanto a la literatura catalana es considerada, cuando menos, como un capítulo independiente de la literatura española a raíz de haberse afirmado en la región una conciencia que invade el campo de la tradición cultural y literaria y tiene su órgano en el benemérito «Institut d’Estudis Catalans» de Barcelona. (En menor escala, es análogo el caso de la literatura gallega). Del cuadro de la lite­ratura española quedan además excluidos los movimientos literarios regionales ibéri­cos — los cuales por lo demás, ofrecen es­casos monumentos — que no pertenecen a la tradición lingüística castellana, por ejem­plo, el de la región vasca. Existe, por otra parte, una corriente en la tradición historiográfica, desde Quadrio a Valera y a mu­chos otros dentro y fuera de España, que entiende por «literatura española» la «lite­ratura de la Península Ibérica», la de todas las regiones y de todas las lenguas, comprendiendo en la historia literaria española incluso a la literatura portuguesa; pero ya en el siglo XIX quedó plenamente asentado el reconocimiento de la substancial autono­mía de la tradición literaria portuguesa; y, a lo más, los actuales estudios no invaden otro campo que el de las relaciones y los intercambios entre ambas esferas, la portu­guesa y la española. En cambio, se man­tiene inalterable, aun entre los historia­dores más recientes, la idea — que data ya de los investigadores de los siglos XVII y XVIII — de una unitaria tradición ibérica en sentido cronológico, ya que no espacial, según la cual en la historia literaria espa­ñola se incluyen también las obras latinas de escritores ibéricos de la época imperial romana, de Lucano, de Quintiliano, de Mar­cial, de Séneca, de Celso y de Columela, cuanto más de los poetas cristianos del si­glo IV, Juvencio y Prudencio, y finalmente de Isidoro de Sevilla, idea evidentemente equivocada.

Con más legitimidad, en cam­bio, incluyen muchos en el cuadro de la literatura española la literatura medieval de España en lengua latina, arábiga y he­brea. Puede considerarse, en cierto sentido, como primera historia de la literatura es­pañola el bosquejo de la literatura romá­nica de España desde los orígenes hasta su tiempo (mitad del siglo XV) que trazó el gran poeta español don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1389- 1458), en el Prohemio e carta al Condestable de Portugal (v.), documento notable, tanto por la visión comparativa de las literaturas española, italiana y francesa, tendente a se­ñalar sus mutuas relaciones, como por los datos acerca de la poesía española en len­guas distintas de la castellana. Sin embargo, su información es insuficiente: Santillana pasa desdeñosamente en silencio el «mester de juglaría», y en cuanto al «mester de cle­recía» no tiene conocimiento de la exis­tencia de poetas como Gonzalo de Berceo.

Exponente de una consideración histórico- crítica de la literatura es también una co­nocidísima antología de mediados del si­glo XV (hacia 1445), el Cancionero de Baena (v. Cancioneros castellanos), compilado sin un determinado orden sistemático por el judío converso Juan Alfonso de Baena (siglo XV). Importantes datos sobre la literatura española hay en los gramáticos del siglo XVI, los cuales, al estudiar las fuentes de la lengua cuyas reglas tratan de fijar, se ven precisados a hacer una valo­ración histórico-crítico-estética de los an­tiguos monumentos. Interesantes observa­ciones encontramos también en poetas que asumen el papel de teóricos de la poesía. Mencionaremos ante todo la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija o Leluixa (1444-1522), obra que contiene importantísimas observaciones sobre la mé­trica de los «romances» o de los «cantares», como también el Arte de poesía castellana de Juan del Encina (14699-1529) o — junto con observaciones estéticas — el Discurso de poesía castellana (1575) de Gonzalo Argote de Molina (1549-1597) a quien debemos inte­resantes investigaciones sobre los textos me­dievales españoles; comentarista de los mo­numentos antiguos es también Hernán Núñez de Toledo (1475-1553). En el Siglo de Oro no se registra ningún particular en­tusiasmo en favor de los estudios filológi­cos.

Sin embargo, hallamos interesantes ob­servaciones, estéticas e históricas, esparci­das en diversas obras: desde el Diálogo de la lengua (v.) (1535-36), atribuido a Juan de Valdés (fin del siglo XV-1541), hasta la Dorotea (v.) de Lope de Vega, además de muchas de las grandes obras del siglo XVI y especialmente el Quijote (v.) de Cer­vantes. El cap. VI de la primera parte (1605) es un verdadero ensayo en el que se dan juicios en gran parte correctos y convalidados por la crítica posterior, y observa­ciones acerca de la procedencia de obras castellanas de los grandes poemas italianos. Cervantes aparece como historiador de la literatura en un sentido más estricto en el «Prólogo al lector» de las Ocho comedias y ocho entremeses (v.) (1615), que contie­ne un esquema de la historia del teatro y rápidos análisis de las obras de los prin­cipales autores, de Lope de Rueda a Lope de Vega. Ofrecen también datos sobre his­toria literaria algunas obras de historiado­res políticos, por ejemplo, los Progresos de la historia del reino de Aragón (1680) de Juan Francisco de Uztarroz. La historia de la historiografía literaria erudita puede empezarse a datar a partir de Francisco Cascales (1564-1642), autor de las Tablas poé­ticas (1617), extenso sumario bibliográfico; débense también a Cascales las Cartas fi­lológicas (v.) que contienen interesantes juicios históricos y estéticos sobre el mo­vimiento literario español: célebre, entre todas, es la carta sobre Góngora. La que puede considerarse como la primera «his­toria de la literatura española», en sentido propio, es la Biblioteca hispana del canóni­go sevillano Nicolás Antonio (1617-1684), «una de las más bellas obras en general de historia literaria que hayan visto la luz» según Tiraboschi: y es, en efecto, digna de la entera aprobación de Tiraboschi, por ser eruditísima y riquísima en noticias. Comprende dos partes: una Bibliotheca nova (1672) que examina las obras apare­cidas desde 1500 hasta el 1672, exactamente, y una Bibliotheca vetus (salida póstumamente en 1696) que estudia la literatura es­pañola y portuguesa desde el nacimiento de Cristo hasta el año 1500.

Del mismo tipo de la de Antonio, pero limitada sólo a los escritores jesuitas, es la obra comenzada por el padre Pedro de Ribadeneyra (1527-1611), en conformidad con otras grandes obras del género emprendidas por otras órdenes re­ligiosas, la De scriptoribus societatis Jesu (1608), corregida después por el padre Filippo di Alegambe (1592-1651) en la Bi­bliotheca scriptorum societatis Jesu (1643) y continuada por Nathniel Southwell en la Bibliotheca scriptorum societatis Jesu (1675). Pierre-Daniel Huet (1630-1721) hace notables observaciones sobre la «poesía po­pular» española en el Traite de Vorigine des romans (1670). Las investigaciones his­tóricas sobre la literatura ibérica reciben particular desarrollo en el siglo XVIII; en parte siguen los caminos ya señalados, pero con mayor rigor metódico y mayor amplitud de miras, en parte entran por nuevos cau­ces penetrando en terrenos totalmente in­explorados. Las búsquedas históricas y filo­lógicas dan lugar a la composición de sín­tesis bibliográficas, o a la construcción de amplios tratados sistemáticos o al descu­brimiento, a la publicación, al comentario de monumentos, tanto de los aislados como de los reunidos en antologías. A la litera­tura española le es reservado amplio lugar en la obra Historia de la razón de cada poesía (v.) del autor Francesco Saverio Quadrio (1695-1756), publicada entre 1739 y 1752; en ella se encuentran amplias lagu­nas (no se hace mención, entre otras cosas, de la tragedia española) y afirmaciones dis­cutibles, pero contiene también abundante erudición y extensas citas incluso de la literatura portuguesa que Quadrio consi­dera como parte de la literatura española. De las relaciones literarias entre Italia y España tratan Saverio Bettinelli (1718-1808) en la obra Resurgimiento de Italia en los estudios, en las artes (v.), que contiene juicios sumarios y desde luego también fragmentarios sobre la literatura española y en la que, por otra parte, no se hace men­ción de la serie de los importantes escrito­res del Siglo de Oro, y la Storia della letteratura italiana (v.) de Girolamo Tiraboschi (1731-1794), que imputa a España la culpa de la decadencia del gusto europeo e ita­liano en particular.

Quadrio, Bettinelli y Tiraboschi tienen sus opugnadores en los religiosos españoles refugiados en Italia y particularmente en el abate Juan Andrés (1740-1817) y en el abate Javier Llampillas (1731-1810), que traza la historia de la literatura española con intenciones y acen­tos claramente apologéticos (Saggio storico apologético se titula precisamente la obra de Llampillas, editada en italiano en 1778 y en español en 1782-86). Conforme al mo­delo de la obra de Quadrio está compuesta la obra principal de Andrés, Dell’origine, progresso e stato attuale d’ogni letteratura (ed. italiana, 1782-98; española, 1784-1806), que consagra amplio espacio, naturalmente, a la literatura española. No constituyen nin­gún tratado sistemático, sino más bien una serie de ensayos, aunque en extremo inte­resantes, las Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles de Pedro José García Balboa, más conocido bajo el nom­bre de fray Martín Sarmiento (1695-1772), publicadas póstumamente en 1775, fruto de toda una vida de búsquedas eruditas. Está inspirada en el gran modelo de la Histoire littéraire de la France, iniciada por los Be­nedictinos, y la Historia literaria de España de los hermanos fray Pedro y fray Rafael Rodríguez Mohedano, editada entre los años 1766 y 1791. Diez son los volúmenes publi­cados, con los que la obra llega hasta Lu- cano, ricos en digresiones que abordan to­dos los campos del saber: en realidad, más que de una historia literaria, se trata de una historia general de la cultura, conforme a los gustos y exigencias de la época, que precisamente se reflejan también en la His­toria literaria y en la Historia de Tirabos­chi. Del siglo XVIII cabe señalar obras importantes, ya sean de historia literaria particular de alguna región o limitada a de­terminados géneros, ya de bibliografía ge­neral o de erudición, así como selecciones antológicas de textos, obras todas que con­tribuyen en grado distinto al conocimiento y trazado de la historia literaria española.

Entre los tratados relativos a la historia literaria regional, son dignas de mención la historia de los Escritores del reino de Valencia (1747-49) de Vicente Ximeno, la Biblioteca ‘antigua de escritores aragoneses (1746) de Francisco de Latassa (hasta el 1500) y la Biblioteca hispano-arábiga escurialense (1760) de Casiri, muy elogiada por Tiraboschi. Entre las obras relativas a de­terminados «géneros», cabe señalar Traduc­tores españoles de Pellicer y Saforcada (1778), obra que trata de los traductores y refundidores españoles de la época huma­nística de autores griegos y latinos, de la Biblia y de textos patrísticos; los Discursos sobre las comedias españolas (1750 y 1753) de Agustín Montiano y Luyando (1697- 1759) y dos ensayos que preceden a las edi­ciones de Virginia y de Ataúlfo, en los que se bosqueja una historia del teatro español. Entre las obras bibliográficas cabe mencio­nar los tres catálogos de obras contenidas en las bibliotecas de Madrid, publicados en 1729, 1730 y 1769 por Juan de Iriarte (1703- 1771) y la Bibliographia critica sacra et prophana de Miguel de San José. Entre las antologías, el Parnaso español (1763) de J. J. López de Sedaño, muy interesante, pese a que algunos de sus juicios y atribu­ciones hayan sido en parte rectificados por la crítica moderna; la Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV (1775) de Tomás Antonio Sánchez (1732-1798), el pri­mer editor del poema del Cid (v.); el Tea­tro historie o-crítico de la elocuencia cas­tellana (1786) de Antonio Capmany Suris y de Montpalau (1742-1813), que es una excelente colección de fragmentos literarios adornados con notables comentarios; la Co­lección de poetas españoles (1785-97) de Ramón Fernández, muy rica y dotada de unos prefacios particularmente estimables de Fernández y de sus colaboradores.

Menciónanse también algunas, antologías con­sagradas a determinados géneros, en espe­cial al teatro, entre ellas el Teatro español (1785-86) de Vicente García de la Huerta (1734-1787) en quince tomos, que, sin em­bargo, no contiene muchas de las obras más salientes del Siglo de Oro. Especial men­ción merece la afortunadísima Floresta de varios romances (1711) de López de Torta- jada, que conoció a lo largo de los siglos muchas ediciones: es obra que, en cierto sentido, se ajusta a las nuevas exigencias y a las nuevas tendencias del gusto y de la crítica; de aquellas nuevas exigencias y de aquellas nuevas tendencias que des­embocaron en el movimiento prerromántico europeo que tiene su maestro en Herder. Johann Gottfried Herder (1744-1803) busca también y encuentra en la poesía «popular y nacional» española — como en la de otros países — el fundamento de las teorías, tan entusiásticamente acogidas y divulgadas, que él expone especialmente en über Ossian un die Lieder alter Vólker (1773) y en el prefacio a la segunda parte de Stimmen der Vólker in Liedern (1799). Herder se sitúa con respecto a la literatura española (a la que toca brevemente también en Früchte aus den sogennanten goldenen Zeiten des XVIII Jahrhundert (1801-1803), en una visión que resulta más bien vaga con referencias también a poetas portugueses), más que como erudito, como lector atento y traductor apasionado, aunque no siempre afortunado en la elección de los originales. En Stimmen se incluyen veinte composi­ciones breves, de las que cinco son de Góngora, una de Gaspar Gil Polo, y el resto anónimas. Responde más directamente a las exigencias románticas la colección de se­tenta romances titulada Der Cid nach spanischen Romanzen (1802).

Cierra el ciclo, como trabajo de precisión y transición, la obra monumental del padre Juan Francisco Masdeu (1744-1817), comenzada también en Italia y continuada después en España, sobre la Historia crítica de España y de la cultu­ra española (1782-1805). Obra diversamente juzgada, pero de una vastísima erudición, si bien excesivamente hipercrítica, que com­prende la historia de la civilización espa­ñola desde la Antigüedad hasta el período «restaurador». La literatura española des­pierta profundo interés entre los románticos, que la sitúan dentro del marco de las lite­raturas de formación «natural» y «espon­tánea», no «artificial» ni «refleja»: en las que de modo libre y seguro se manifiesta el «Volksgeist», el alma popular desligada de todo vínculo, de todo obstáculo de cultu­ra. «Verdadera» poesía, la española; nacida de la «creación anónima» espontánea, co­lectiva, del alma popular; y poesía «nacio­nal», es decir, congenial a la raza española, expresión directa de las exigencias, de las aspiraciones, de las creencias, de los sufri­mientos de la nación. La «verdadera» poesía española «popular» y «nacional» la consi­deran los románticos encarnada en dos «géneros»: en la «poesía heroica», que da lugar a los cantares épicos y a los roman­ces, y en la «dramática»; son estos dos gé­neros los que de modo especial atraen el interés de los investigadores y de los crí­ticos, incluso cuando el fervor casi místico del primer movimiento romántico se con­centra y limita en la búsqueda rigurosa y sistemática de la filología científica com­parativa.

La interpretación romántica de la literatura española está en el célebre curso de lecciones de Friedrich Schlegel (1772-1829), publicado por primera vez en 1812 con el título de Historia de la litera­tura antigua y moderna (v.), en el que la literatura española goza de una privile­giada consideración en méritos a su ca­rácter verdadera y absolutamente «nacio­nal». «La poesía española — afirma Schle­gel — permaneció especialmente incontami­nada de cualquier mezcla extranjera y toda ella puramente romántica»; y la primera manifestación de la poesía nacional espa­ñola se encuentra en la dramática y espe­cialmente en la obra de Calderón, que pue­de considerarse como «un poema épico de tipo nuevo» (como es sabido, en la concep­ción romántica la más auténtica manifesta­ción del alma nacional está en la epopeya); al paso que el poema del Cid es considerado como la más alta expresión de la poesía popular y nacional española. Idénticos pun­tos de mira se encuentran en la obra de Simonde de Sismondi (1773-1842) De la li­teratura de Europa meridional (v.), en la que se da «la vuelta a Europa para exa­minar, de nación en nación y de región en región, los resultados de la unión de las grandes razas humanas, del Norte y del Sur, para asistir al nacimiento de las len­guas modernas, del genio y de la literatura que fueron su resultado; para determinar… cuál fue el proceso de formación del espí­ritu y del gusto nacionales». El estudio re­lativo a España ocupa el segundo volumen, mas ya en el primero se trata ampliamente de los escritores aragoneses y catalanes. Sismondi examina y describe el carácter «romántico» de una gran parte de la lite­ratura de la península ibérica. A los ro­manos españoles — es decir, a lo que es para los románticos la manifestación más auténtica y directa del espíritu popular y nacional español — consagran su atención Jakob Grimm (1785-1863) [Silva de roman­ces viejos, 18151, que da una famosa cla­sificación de los romances; el gran maestro de la filología románica, Friedrich Diez (1794-1876) [Altspanische Romanzen, besonders von Cid und Karl, 18211; G. B. Depping (1794-1853) [Romancero, 1825 y 1844, completado por F. Wolf en 1846]; F. Wolf (1796-1866) [Primavera y flor de Romances, en colaboración con K. Hofmann, 1856].

Es también investigador de la anti­gua epopeya popular española, además del citado Wolf, Huber (1800-1869) [De primi­tiva cantilenarum apud hispanos forma, 1844; La Crónica del Cid, 1844]: Agustín Durán (1793-1862) es editor del Romancero general (publicado por vez primera en 1828-1832). Notabilísimo es el «Prólogo» a los Romances históricos (v.) del duque de Rivas (1791-1843) y el «Prólogo» al Cancionero de Baena del marqués José Pedro de Pidal (1799-1865).

Traductores y comentaristas de los romances españoles los hay en todos los países de Europa: baste mencionar a los Hugo, Thomas, Maury, Berchet (Vecchie romanze spagnole recate in italiano, 1837), Damas-Hinard (Romancero general, 1844), Du Meril: toda la Europa literaria ve en los romances españoles la realización plena y entera del ideal romántico de la verda­dera poesía y reconoce en los romances la parte más significativa, o mejor la esen­cia de toda la literatura española. Tam­bién suscita un gran fervor de investiga­ción, en la primera mitad del siglo, el otro «género» que los románticos, como se ha dicho, consideran como expresión directa del alma nacional española, el «drama»: el cual, sin embargo, en el gusto y en la cul­tura literaria de la Europa romántica no despierta un interés tan universal como los romances y no goza de una. divulgación tan amplia y difusa. De todos modos, ya en 1802, Casiano Pellicer publica un estudio sobre el Origen del teatro y en 1804 los Orígenes de las comedias; en 1838 sale póstuma la obra Orígenes del teatro español de Leandro Fernández de Moratín (1760- 1828), a la que su autor había consagrado largos años de su vida y que constituye una historia de particular importancia, acompañada de una serie de textos inéditos o raros; en 1839 aparece la obra Lecciones de literatura dramática española de Alberto Lista y Aragón (1775-1848); en 1842, el En­sayo del antiguo teatro español, de Gon­zalo; en 1845, la Geschichte der dramatischen Kunst und Literatur in Spanien (tra­ducida al español por De Mier) de Adolf Friedrich von Schack (1815-1896), ilustre medievalista y arabista; en 1848-49 una se­rie de artículos de Wolf que llevan el título y tienen el valor de una Geschichte der spanischen Dramas. Mientras la crítica ro­mántica concentra así su interés sobre los aspectos considerados como más genuina­mente nacionales de la literatura española, aparecen, también en la primera mitad del siglo XIX, interpretaciones y sistematiza­ciones generales del vasto cuadro de la historia literaria de España. De estas his­torias generales de principios del siglo XIX, son realmente fundamentales la de Frie­drich Bouterwek (1765-1828) y la de George Ticknor (1791-1871).

La obra de Bouterwek se titula Geschichte der neueren Poesie und Beredsamkeit (1801-19): está concebida al margen de la ideología más propiamente romántica; más bien aparece, en parte, su­jeta todavía a los métodos de la crítica del siglo anterior y refleja las ideas filosóficas del autor (que fue precisamente profesor de Filosofía en Goettingen). Es una visión de conjunto de la poesía y de la elocuencia italiana, española, portuguesa y francesa, a partir del siglo XIII en adelante, desti­nada a señalar, de cada una de las litera­turas nacionales en romance, las característi­cas esenciales; por esto se hace caso omiso de la personalidad de cada escritor, al paso que toda la atención se concentra en hallar el tono y el espíritu de las distintas épocas y siglos y en distinguir los «progresos», el gradual «perfeccionamiento estético» del que resulta el nuevo arte literario; posee, en fin, un contenido pragmático y por la parte reservada a la literatura española es muy notable y fue considerada como obra autónoma y como tal fue traducida al es­pañol por Gómez de la Cortina y por Hugalde de Molinedo (1829), y por otros en otras lenguas europeas. La obra de Bouter­wek fue objeto de muchas controversias, pero tuvo, a pesar de todo, grandísima di­fusión y ejerció considerable influjo; fue, incluso, para los eruditos de toda Europa y durante mucho tiempo el manual de con­sulta corriente. La obra de Ticknor, History of Spanish Literature apareció en 1845, y fue traducida al español por Gayangos y por Vedia en 1851; al alemán por Julius en 1852, con suplementos, notas e investigaciones especiales de Wolf; al francés por Magnabal en 1864. La materia está distri­buida en tres partes: en las dos primeras se sigue el desarrollo de los «géneros», mien­tras que para los principales escritores se reserva un tratado aparte, muy extenso, ba­sado en el conocimiento directo de todos los textos y de todos los trabajos especia­les; en cambio, en la última parte, desde el reinado de Felipe V al de Fernando VII, se sigue el orden cronológico. El orden y la distribución de la materia no es siempre convincente ni el tratado es siempre cohe­rente, homogéneo, exhaustivo. Su posición es más bien romántica, en el sentido que establece la contraposición entre poesía po­pular y poesía erudita; pero no se insiste en el principio del «alma popular» como fuente única y original de la verdadera poesía. En cambio, domina en la obra el tema de la poesía que es reflejo directo e inmediato de las condiciones de vida de la nación. Hay, de todas maneras, en la obra de Ticknor el reflejo de las nuevas tenden­cias que imperan ya en el terreno de la historia y de la crítica literaria: el reflejo del riguroso cientificismo de la escuela «po­sitivista».

Ticknor muestra un gran empeño en documentar todas sus afirmaciones y examina hechos y escritos con la severidad del método «histórico» y filológico. El mé­todo histórico y positivo se impone justamente en esos años, dando lugar a un gran entusiasmo por las investigaciones particulares precisas y sistemáticas, gracias a las cuales las características y los hechos de la historia literaria española resultan aclarados e iluminados. Tres investigadores dominan en España el campo de la crítica, de la filología y de la historiografía lite­raria: José Amador de los Ríos (1818-1878), Manuel Milá y Fontanals (1818-1884) y Mar­celino Menéndez Pelayo (1856-1912) en es­pecial, que es el jefe y el maestro indis­cutible de la crítica española de la segun­da mitad del siglo XIX y principios del XX y que se distingue de los otros porque une a su probidad científica y a su inmensa erudición una exquisita y casi excepcional sensibilidad artística y literaria. La activi­dad de estos maestros se ejerce — de acuer­do con las exigencias del nuevo método histórico — en el campo de las indagaciones particulares, pero también da lugar a la elaboración de vastos y totales tratados que tienen el aspecto, ya que no la estructura, de historias generales de la literatura. No se mueve del campo de las investigaciones particulares Milá y Fontanals, cuyos mejo­res ensayos, sin embargo — el documentadísimo estudio sobre la Poesía heroico-popular castellana (1874) y el otro sobre Los trovadores en España (v.) —, son de gran aliento. Una propia y auténtica historia li­teraria general viene a ser la Antología de los poetas líricos castellanos en catorce to­mos (1890-1916) de Menéndez Pelayo, ex­tensa colección de textos con vastas intro­ducciones que constituyen a menudo ver­daderos tratados sistemáticos que ocupan a veces algunos tomos y son fruto de es­meradas investigaciones y de una refinadí­sima sensibilidad. Se nota en ella la super­vivencia de las corrientes románticas y po­sitivistas (la obra de arte es todavía consi­derada como producto del «milieu» de la raza, del «momento histórico»), pero el carácter básico general es el reflejo de intui­ciones nuevas y de nuevas posiciones esté­ticas. Y a la Historia de las ideas estéticas en España (v.) Menéndez Pelayo consagra uno de sus más agudos y penetrantes estu­dios.

Una representación sintética, con una base estrictamente crítica y científica de los primeros siglos de la literatura española es la gran Historia crítica de la literatura es­pañola en siete tomos (1861-1865) (v.) de Amador de los Ríos, que llega hasta la épo­ca de los Reyes Católicos. Amador, antes de entregarse a su obra principal, había des­plegado una intensa actividad de investiga­dor y de divulgador. En el 1841-42, había traducido, en colaboración con José Lo­renzo de Figueroa, la obra de Sismondi, y en 1848 había publicado sus Estudios histó­ricos, políticos y literarios. En la Historia crítica, que es fruto de una inmensa eru­dición, confluyen todas las anteriores inves­tigaciones del autor y se utilizan todas las aportaciones de los eruditos preceden­tes; por todo esto, la obra, al paso que es el reflejo fiel del estado de los estudios, constituye una visión sintética unitaria de gran fuerza y vigor que sigue siendo toda­vía fundamental, aun cuando, dado el pro­greso de los estudios, muchos juicios y mu­chas interpretaciones particulares aparecen hoy en día superados.

Después de éstas, que son las tres figuras cumbres de la historio­grafía literaria española del siglo XIX, me­recen una mención numerosos autores de obras de carácter general, de varia inspi­ración y de tono diverso, más todas ellas, por distintas razones, notables, aún las que son de divulgación: Adolphe-Louis de Puibusque (1801-1863), autor de una Histoire comparée de la littérature française et espagnole (1843), en la que se da particular importancia a la poesía popular española vista a la luz de los criterios románticos de la «creación colectiva» y «del espíritu na­cional»; Ludwig Clarus, autor de una Darstellung der spanischen Literatur im Mittelalter (1846); Antonio Gil y Zárate (1796- 1861), autor de un Manual de literatura (1842-44), escorzo histórico en el que se encuentran juicios inaceptables pero a me­nudo vivamente inteligentes; Théodore de Puymaigre (1816-1901), autor de un brillan­te volumen: Les vieux auteurs castillansHistoire de l’ancienne littérature espagnole (1863); el gran arabista Reinhardt Dozy (1820-1883), autor de la Histoire littéraire et politique de l’Espagne pendant le moyen âge (1849); E. Baret, autor de un super­ficial tratado de las «particularidades» de la Histoire de la littérature espagnole (1863) hasta el siglo XVIII; José Fernández Es­pino, autor de un Curso histórico-crítico de la literatura española (1871) en el que se encuentran opiniones meditadas, pero en parte rechazadas por la crítica posterior. Valor de historia general tiene, en cierto sentido, la antología de Ludwig Lemcke (1816-1884): Handbuch der spanischen Li­teratur. Auswahl von Musterstücke aus den Werken der klassischen spanischen prosisten und Dichter von ältesten Zeiten bis auf die Gegenwart mit biographisch-literarischen Einleitungen (1855-1856), en tres to­mos, dedicado el primero a la prosa, el segundo a la poesía épica y lírica y el ter­cero al teatro.

Lemcke, que no es propia­mente un filólogo, por lo menos en el sen­tido moderno de la palabra, da a su obra el tono característico de su época; algunos párrafos del prólogo parecen sacados de Sismondi, y se insiste mucho sobre el «Nationalgeist» y sobre otros conceptos neta­mente románticos. Continúa en el siglo XIX la tradición de las grandes «Bibliotecas» o tratados históricos bibliográficos, a veces acompañados de la reproducción parcial o total de textos inéditos o raros, iniciada en el siglo XVII-XVIII, de carácter a menudo regional o limitados cuando menos a ambientes particulares: la Biblioteca valen­ciana (1827-1830) de Justo Pastor Fuster, que elabora y amplía el vasto material re­cogido por Ximeno (que a su vez había utilizado la obra de José Rodríguez e Igna­cio Savalls); la Biblioteca arábigo-hispana de Francisco Codera (1826-1917). Una serie de memorias en vistas a un Diccionario crítico de los escritores catalanes, publicó, en 1836, Félix Torres Amat, obispo de Astorga. Entre las obras prevalentemente bi­bliográficas (con reproducciones de textos), tenemos el Ensayo de una biblioteca de li­bros raros y curiosos (editado en 1863 y revisado en 1889) que a base de notas de José Bartolomé Gallardo y Blanco (1776- 1852) compilaron Zarco del Valle y Sancho Rayón. El fruto de un siglo de investiga­ciones y estudios se recoge en algunas obras «manuales» que reflejan las ideas estéticas que dominaron el siglo XIX, la crítica ro­mántica y la positivista, y la síntesis del inmenso trabajo de investigaciones particu­lares de la larga serie de historiadores, filó­logos, descubridores y editores de textos, eruditos y críticos que en todo el mundo se consagraron, durante el siglo XIX, al estudio de la literatura española.

De estos manuales, mencionaremos dos: el de Goofried Baist [Die spanische Literatur], que forma parte de la obra Grundriss der ro- manischen Philologie de Gróber (vol. II, parte II, pp. 383 ss., 1897), muy rápido y resumido pero rigurosamente informado y preciso, y el de James Fitzmaurice Kelly (1857-1921), que es indudablemente el más autorizado y tuvo un éxito enorme, fue traducido a muchas lenguas europeas y muchas veces reimpreso, tanto en su ori­ginal como en sus traducciones, siendo, además, en cada nueva edición revisado, mejorado y puesto al día. La primera edi­ción española de la History of Spanish Literature (1896) es de 1901, obra de Bonilla y San Martín, de la que hablaremos; la primera francesa es del 1904. Importante es la edición española del 1926 a cargo de Julia Fitzmaurice Kelly según el texto revi­sado por el autor hasta los últimos días de su vida y según los apuntes y notas del mismo autor y las comunicaciones y observaciones hechas por corresponsales y amigos y que Fitzmaurice Kelly tuvo muy en cuenta en un ejemplar de su historia «interpaginado». La Historia consta de una introducción en la que se trata de la España latina, cristiana y musulmana: de la pre­historia, es decir, de la civilización espa­ñola románica y de trece capítulos, cada uno de los cuales corresponde a una época, caracterizada unas veces por una determi­nada orientación literaria (por ejemplo, época didáctica (1295-1406), identificadas otras con un siglo (por ejemplo, el siglo XVIII (1700-1808), mas por lo general co­incidente con un reinado (época de Juan II, de Carlos V, de Felipe III). Este modo de distribución y de división sistemática de la materia corresponde a las exigencias de la crítica historicista, que establece estrechí­sima relación, o mejor aún, una relación de dependencia, entre historia literaria e historia política.

Por otra parte, el tratado sobre la época medieval se inspira en los dogmas y mitos románticos, y no faltan tampoco en muchos puntos las influencias de las doctrinas evolucionistas. Por todo ello, la obra de Fitzmaurice Kelly — que fue la coronación de toda una serie de investigaciones monográficas, especialmente sobre el Siglo de Oro — se nos presenta como la síntesis de todas las corrientes historiográficas y críticas del siglo XIX. Además, la herencia de las enseñanzas de Marcelino Menéndez Pelayo se pone de ma­nifiesto en la tendencia a presentar de mo­do bastante completo la personalidad de los escritores principales y a distinguir el desarrollo y los aspectos de los diversos movimientos literarios. No falta la pre­sentación de las obras principales, si bien aparece, por lo general, superficial y ge­nérica, carente de profundidad y precisión, a excepción de algunos puntos bien deter­minados. La información bibliográfica es muy rica y precisa. Eso justifica el hecho de que la obra de Fitzmaurice Kelly haya sido el repertorio o manual de consulta de todos los hispanistas. En los cincuenta años últimos, los estudios hispanistas han sido muy fervientes y fecundos en todos los países cultos; todos los campos de la in­vestigación han sido rigurosamente des­lindados, los métodos perfeccionados, las búsquedas profundizadas.

Las posiciones de la filología, de la lingüística, de la estética, de la crítica, de la historia de la cultura y de la historiografía literaria han sido tam­bién radicalmente renovadas. Una inmensa cantidad de trabajos monográficos, de es­tudios, de ensayos, de interpretaciones par­ticulares, de aportaciones formales han vis­to la luz llevando a una visión más amplia, a un conocimiento más profundo de la his­toria literaria española. Mas no se ha lle­gado a una síntesis general de los datos señalados e iluminados por las indagaciones e interpretaciones particulares; y las pocas obras de conjunto que han visto la luz son de carácter puramente manual o se mantienen dentro de los cánones historiográficos ochocentistas: es decir, no representan ni reflejan plenamente los progresos de la hispanística. El mayor hispanista ac­tual es, sin duda, don Ramón Menéndez Pidal (n. 1864), formado en la escuela de Menéndez Pelayo, filólogo, lingüista, gran historiador y crítico de exquisita sensibi­lidad, director del Centro Español de Es­tudios Históricos, sagacísimo investigador del mundo medieval, magistral editor de textos, abierto a los nuevos rumbos de la ciencia (baste confrontar la Gramática his­tórica de la lengua española, aparecida co­mo Manual en 1904 y sucesivamente perfec­cionada, con los Orígenes del español (1926), para ver cómo ha sabido maravillosamente adaptarse a los nuevos métodos y a las nuevas exigencias de la lingüística), Mas si bien sus estudios sobre la epopeya me­dieval, su Poesía juglaresca y juglares (v.) y especialmente su España del Cid (v.) reve­lan los alientos de Menéndez Pidal para las composiciones de alto vuelo, no nos ha dado (aun teniendo en debida cuenta al­gunas Antologías fundamentales y compa­rables con la famosa Antología de Menén­dez Pelayo, sobre los prosistas, sobre las leyendas populares, etc.) la interpretación general de la historia literaria española, al menos medieval, que de él cabía esperar.

Con Menéndez Pidal mencionaremos a otros ilustres investigadores, de su escuela y de la de Menéndez Pelayo, que, sin embargo, no han franqueado prácticamente el campo de la literatura monográfica: Cristóbal Pé­rez Pastor (1842-1908), editor de textos del Siglo de Oro y asimismo de una impor­tante Bibliografía madrileña (1907) y de interesantes Noticias y documentos relati­vos a la historia y literatura españolas (1910); Francisco Rodríguez Marín (1855- 1943), comentarista del Quijote; Emilio Cotarelo y Mori (1858-1935); el catalanista Antonio Rubio y Lluch (1856-1938); Manuel Serrano y Sanz (1868-1933), que renueva una vieja tradición gloriosa con los Apun­tes para una biblioteca de escritores espa­ñoles desde 1401 a 1833 (1903-1905); Miguel Asín Palacios (1871-1944), profundo culti­vador de la literatura arabigohispana; Adol­fo Bonilla y San Martín (1875-1926), editor de textos, historiador, traductor, especiali­zado en literatura comparada; Américo Castro (n. 1885), insigne filólogo y critico de los principales escritores españoles (Cer­vantes, Santa Teresa, Lope, F. de Rojas, etc.); Antonio García Solalinde, que de­dica preferente atención a problemas me­dievales; Francisco Codera (1836-1917), au­tor de una importante «Biblioteca arabigo- hispana»; Andrés González Blanco (1886- 1924), autor de una preciosa Historia de la novela en España desde el romanticismo a nuestros días (1909); Lasso de la Vega, a quien se debe una esmerada Historia del teatro español (1924), si bien, en general, superficial y anecdótica, que se refiere a actores, escritores y curiosidades teatrales; F. Martí Grajales, que continúa la tradición de las bibliotecas españolas regionales ocupándose de los escritores de Valencia hasta el Setecientos.

Junto a estos nombres cabe mencionar a los principales catedráticos, desde Valbuena Prat a González Palencia, desde Hurtado a Montesinos y a Guillén, y a los literatos que nos han dejado inter­pretaciones y descripciones de la historia literaria española: José Martínez Ruiz (Azorín) (Al margen de los clásicos; Clásicos y románticos; Lecturas españolas; Los valores literarios; Rivas y Larra, etc.), José Ortega y Gasset, que tiene de la historia española una visión trágica y sombría — España in­vertebrada (1922); Meditaciones del Quijote (1914) —y el maestro de los ensayistas con­temporáneos, Miguel de Unamuno. Muy cultivados son los estudios hispanistas en Portugal (T. Braga, C. Michaelis de Vas- concellos, etc.) y en la América latina. En­tre los hispanistas italianos cabe mencionar a Benedetto Croce (La Spagna nella vita italiana durante la rinascenza; Ricerche italo-spagnole; Historia de la edad barroca, v., Uomini e cose della vecchia Italia; Poe­sía antica e moderna, donde se encuentran sagaces ensayos sobre los principales autores españoles del Siglo de Oro, etc.); Arturo Farinelli, especializado en investigaciones sobre las relaciones entre España y alemania y España e Italia; A. Restori; B. Sanvisenti; M. Casella, intérprete del Quijote. Entre los hispanistas franceses ocupan un puesto eminente R. Foulché-Delbosc, editor de innumerables textos desde las Cantigas al Cancionero, desde el marqués de Santi- llana, Juan de Mena y Jorge Manrique a Góngora, autor de un interesante ensayo sobre el origen de los romances, etc.; A. Morel-Fatio, catalanista además de hispa­nista en sentido estricto, historiador del teatro español, crítico del Libro de Aleixandre (v. Alejandro Magno), del Auto de los Reyes Magos (v.), del Conde Lucanor (v.), del Lazarillo (v.), de Góngora, de Calderón y de otras muchas obras litera­rias y coleccionador de una fundamental documentación historicoliteraria sobre L’Espagne au XVI et au XVII siècle.

El prin­cipal hispanista alemán es Ludwig Pfandl, de quien hablaremos luego; entre los anglo­americanos distínguense Lang, Vickersham Crawford entre muchos, de los que hay un gran número de estadounidenses. Entre tan entusiasta producción hispanista sólo pueden mencionarse tres «historias» lite­rarias. Primero, la Historia de la lengua y de la literatura castellana de Julio Cejador y Frauca (1864-1927), en catorce tomos, pu­blicada entre 1915 y 1922, en los que el au­tor acumula un enorme acervo de material elaborándolo de modo apasionado y a me­nudo del todo personal. Esta historia — que ha provocado por parte de críticos autori­zados juicios francamente feroces — ha sido definida hace poco como «un enorme mon­tón de escombros» producido por el derrum­bamiento de un edificio de estructura harto débil: pero, a pesar de esto, todo investi­gador encontrará en ella gran acopio de cosas preciosas. Segundo, la Geschichte der spanischen National-literatur in ihrer Blutzeit del citado Pfandl (1929, trad. española 1933), que no es una historia general, pero que es, quizá, la más notable de todas por la solidez de su construcción, nitidez de ex­posición y amplitud de visión. Tercera, la Historia de la literatura española (1.a edic, 1921) de Juan Hurtado de la Serna y Án­gel González Palencia (que, hasta la apari­ción de la obra de Valbuena Prat, era el manual más en uso). Dicho tratado co­mienza en la época imperial romana (Cap. I, «Literatura hispanolatina») y da también rápidas noticias sobre las literaturas «his­pano judía» e «hispanoarábiga». Luego sigue la historia de la literatura española propia­mente dicha trazada según el doble cri­terio de los siglos y de los géneros: es de­cir, la estructura está fundada sobre es­quemas arcaicos y prescinde de las nuevas orientaciones de la cultura y de la histo­riografía literaria.

La exposición es muy precisa y objetiva, pero muy esquemática, con carácter de manual, puramente infor­mativa. Se trata, en fin, de un útil manual de consulta, de un repertorio completísimo de datos y conocimientos muy puestos al día, pero no es una visión unitaria ni una interpretación. La bibliografía es rica, pero dista mucho de ser completa. Más moderno y críticamente más valioso es el tratado histórico contenido en los dos volúmenes (tres, en ediciones posteriores) de la His­toria de la literatura española (Barcelona, 1937) de Ángel Valbuena Prat. Como com­plemento a su Historia, los autores arriba citados han publicado una Antología (1926). Otros manuales mucho más concisos son los de Alonso Cortés, de Mérimée, de Montoliu, Díaz-Plaja, Blecua, García López, etc. En 1949 empieza a publicarse la Historia de las Literaturas Hispánicas bajo la dirección de G. Díaz-Plaja, obra ambiciosa de valor desigual.

A. Viscardí y R. Richard

Historia de la Literatura Colonial de Chile, José Toribio Medina

Una de las obras funda­mentales del polígrafo chileno José Toribio Medina (1852-1930), aparecida en tres vo­lúmenes en 1878, y que le consagró inme­diatamente entre los investigadores del pa­sado americano. En numerosos viajes por América y Europa reunió Medina un ma­terial documental de gran envergadura, que justifica el calificativo de ser el Menéndez Pelayo de la América Hispánica. Sin se­guir las huellas de sus antecesores, Medina rastreó la obra espiritual de España en América y consagró sus trabajos a la his­toria del período de los descubrimientos (biografías de Núñez de Balboa, Juan Díaz de Solís, Magallanes y algunos viajeros me­nores), a la de la introducción de la imprenta en la América española y en las Filipinas, y a la reseña de cuanto salió impreso en América y Europa sobre las posesiones del Nuevo Mundo.

Sus obras so­bre la imprenta en México (8 volúmenes), en Lima (cuatro volúmenes), y en el Río de la Plata y en las otras colonias americanas, así como sus Biblioteca Hispano Americana y Biblioteca Hispano Chilena constituyen repertorios de información histórica y bi­bliográfica de fundamental importancia para destacar la penetración del pensamiento en el Nuevo Mundo, y que justifican las pala­bras de Rafael Altamira, que calificó al es­critor chileno como el mayor bibliógrafo de la cristiandad. Medina consagró igual­mente un importante trabajo a la antro­pología, Los aborígenes de Chile (1882), y a la actividad del Tribunal de la Inquisi­ción en América, para lo cual utilizó la documentación que se conserva en el Ar­chivo de Simancas. Largos años dedicó a sus investigaciones documentales en el Ar­chivo General de Indias de Sevilla, trabajo que empleó luego en sus publicaciones para la historia colonial de América y de Chile.

R. Donoso

Historia de la Literatura Colombiana, Antonio Gómez Restrepo

En 1918 escribió el crítico y erudito colombiano Antonio Gómez Restrepo (1869-1946) para la «Revue Hispanique» una Breve reseña de la literatura co­lombiana, magistral ensayo sobre la historia de la literatura en Colombia, a partir de los escritores de la Conquista hasta prin­cipios del siglo XX. Es una magnífica sín­tesis hecha con exacto conocimiento del medio, metódica, clara, en elegante y ame­no estilo. Durante los años posteriores a esta publicación, el señor Gómez Restrepo se dedicó, hasta su muerte, a ampliar aquel estudio y darle carácter de historia exhaus­tiva y completa. No lo logró totalmente, pero dejó esta Historia de la literatura co­lombiana en cuatro tomos que alcanzó su segunda edición en 1945 y que es sin duda el trabajo más extenso que sobre el tema se ha realizado. El autor estudia en forma de monografías la vida y la obra de los escri­tores colombianos, utiliza con certera dis­criminación la copiosa fuente de la Historia de Vergara y añade excelentes enfoques críticos de varios autores o aporta estima­bles datos bibliográficos y antológicos. La Literatura de Gómez Restrepo es útil de manera especial para el conocimiento del período colonial hasta los albores de la Re­pública y comienzos del Romanticismo.

R. Torres Quintero

Historia de la Literatura Catalana, Morel-Fatio

A pesar de su importancia histórica y literaria, la literatura catalana ha sido una de las que más han tardado en ser objeto de estudios historicoliterarios. Morel-Fatio, al redactar el capítulo correspondiente al tema para el Grundriss… de Gróber, señala precisamente la falta de tra­bajos y de ediciones críticas y la dificultad de trazar un panorama completo de la pro­ducción en aquella lengua. El interés para el estudio de las letras catalanas fue coe­táneo al despertar lingüístico y literario del siglo pasado. A partir de la «Renaixença», la bibliografía sobre literatura cata­lana podemos afirmar que es abundante. Pero si a lo largo de todo este renaci­miento literario se han publicado importan­tes estudios, monografías y ediciones críti­cas, hasta casi nuestros días no hemos podido tener una historia de la literatura orgánica y trazada con un método cientí­fico. En este artículo vamos a referimos a las obras de carácter más general. La primera visión de conjunto de la litera­tura catalana la hallamos ya en el famoso Prohemio… (v.) que el marqués de Santillana dirigió al condestable don Pedro de Portugal. Vale la pena reproducir esta bre­ve síntesis: «Los catalanes, valencianos, e aun algunos del reyno de Aragón fueron e son grandes officiales desta arte [se re­fiere al trovar]. Escrivieron primeramente en trovas rimadas, que son pies o bordones largos de síllabas, e algunos consonavan e otros non.

Después desto usaron el decir en coplas de diez síllabas a la manera de los lemosís. Ovo entre ellos de señalados ornes, as£ en las invenciones como en el metrificar. Guillén de Berguedá, generoso e noble cavallero, e Pao de Benvivre ad­quirieron entre éstos grand fama. Mossén Pero March el viejo, valiente e honorable cavallero, figo assaz gentiles cosas, e entre las otras escrivió proverbios de grand moralidat. En estos nuestros tiempos floresció Mossén Jorde de Sanct Jorde, cavallero prudente, el qual ciertamente compuso assaz fermosas cosas, las quales él mesmo asonava, ca fué músico excellente, e fico, en­tre otras, una cançión de oppósitos que comiença: Tosjorns aprench e desaprench ensems. Figo la Passión de amor, en la qual copiló muchas buenas cançiones an­tiguas, asy destos que ya dixe, como de otros. Mossén Febrer figo obras notables e algunos afirman aya traydo el Dante de lengua florentina en catalán, non men­guando punto en la orden del metrificar e consonar. Mossén Ausiás March, el qual aún vive, es grand trovador e orne de assaz elevado espíritu». La importancia de este documento, primer intento de una historia de la literatura universal, es capital para la historia de las letras catalanas. San­tillana distingue perfectamente, en éste y otros textos, la producción provenzal de la catalana (salvando, claro está, el error de Guilhem de Berguedán), distinción que muchos investigadores y eruditos del si­glo XIX no sabrán ver y que será nece­saria la obra de Milá para aclararlo de una manera definitiva.

Unos años antes que Santillana, el humanista Ferrán Valenti, en el prólogo de su versión de las Paradojas de Cicerón, presenta un breve panorama de autores catalanes. Valenti, tras citar erróneamente a Arnaut Daniel como poeta ca­talán, habla de Ramon Llull, del Somni de Bernat Metge y de las traducciones de clásicos de Conesa, Canals y Genebreda. Nicolás Antonio, en su Bibliotheca Hispana Nova (v.) (Roma, 1672-1696), al igual que Ximeno en Escritores del reino de Valen­cia, cronológicamente ordenados desde el año 1238 hasta el de 1747 (Valencia, 1747- 1749) y otros bibliógrafos posteriores, agru­pa a los escritores según criterios geográ­ficos, pero no lingüísticos. El primero que hace una distinción de carácter lingüístico es José Salat en su Catálogo de las obras que se han escrito en lengua catalana des­de el reynado de Don Jaime el Conquista­dor, apéndice a la segunda edición de la Gramática y apología de la lengua cathálana de Ballot, y es a la vez el primer ensayo de presentar un panorama comple­to de nuestra literatura. En el mismo siglo se escribe la obra de carácter eminente­mente histórico, pero con abundantes refe­rencias literarias de don Antonio de Capmany: Memorias históricas sobre la Mari­na, Comercio y Artes de la antigua ciudad de Barcelona (v.) (Barcelona, 1779). En los años 1827-1830 se publica en Valencia la Bibliografía valenciana de los escritores que florecieron hasta nuestros días, de Justo Pastor Fuster, realizada con el mismo cri­terio de Nicolás Antonio y de Ximeno, pero no exenta de sentido crítico. Un hito im­portante lo señala el obispo Félix Torres Amat con sus Memorias para ayudar a for­mar un Diccionario crítico de los escritores catalanes (v.) (Barcelona, 1836), a la que – Juan Corminas añadió un Suplemento… (Burgos, 1849).

El Diccionario de Torres Amat contiene abundante material de pri­mera mano y, pese a algunas omisiones, es todavía hoy una obra de consulta indispen­sable; menos valor tiene el Suplemento… de Corminas. En 1849 aparece la famosa obra de Ticknor, donde la literatura cata­lana es tratada como un apéndice de la provenzal. Uno de los más meritorios es­fuerzos de individualización es el realizado por Magín Pers y Ramona en bosquejo histórico de la lengua y literatura catalanas desde su origen hasta nuestros días (Barce­lona, 1.a ed., 1850; 2.a ed., 1857), tratado por otra parte deficiente y lleno de teorías anacrónicas. Otro intento también defi­ciente fue el realizado por el francés Camboliu: Essai sur l’histoire de la littérature catalane (París, 1858. Traducido al catalán con el título Assaig historie sobre litera­tura catalana y publicado por la «Biblio­teca Clàssica Catalana». Barcelona, 1910), a pesar de que Milá y Fontanals lo califi­cara «como el primer ensayo acerca de nuestra literatura, verdaderamente digno de este nombre». El Essai… acompañaba la edición de la Comèdia de la Gloria d’Amor de Rocabertí. Una obra llena de intuición y sugerencias es la de A. Helfferich: Raymund Lull und die Anfänge des catalanischen Literatur, aparecida el mismo año. Los tra­bajos de Camboliu y de Helfferich son objeto de una interesante recensión de Adolf Ebert («Jahrbuch für romanische und englische Literatur», II, 1860), rica en jui­cios críticos acerca de nuestra literatura, a la que el autor distingue netamente de la provenzal.

La Historia de la Literatura Española (v.) de Amador de los Ríos trata en los tomos IV (Madrid, 1863) y VI y VII (id., 1865) de literatura catalana y son dignos de recordar sus capítulos sobre Ramón Llull, Ausiás March, Róis de Corella, la corte de Alfonso el Magnánimo, etc. Con el criterio de los antiguos repertorios bi­bliográficos se publica la Biblioteca de es­critores baleares, de Joaquín M.a Bover (Palma de Mallorca, 1868), obra intere­sante por los datos que proporciona. En 1877 don Joaquín Rubio y Ors pronuncia ante la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona el discurso: Breve reseña del ac­tual renacimiento de la lengua y literatura catalanas. Se trata de una respuesta a la afirmación hecha por el romanista Paul Meyer en su discurso inaugural del mis­mo año en el Colegio de Francia, según la cual el actual renacimiento de las le­tras catalanas no era más que una emula­ción del renacimiento provenzal. Rubio busca dentro del ámbito geográfico catalán los orígenes de la «Renaixença», aduciendo los testimonios de Pere Serafí, Viceng Gar­cía, Puig y Blanch, etc. Al año siguiente, en 1878, aparece en Nápoles la obra Dell’antica letteratura catalana, cuyo autor, Enrico Cardona, afirma que la escribió por amor al país «donde vennero in Italia i miei primi parenti». El ensayo de Cardona está basado casi por entero en el de Camboliu. Aproximadamente en este período debe situarse la labor del que fue maestro indis­cutible de la literatura catalana y funda­dor de la filología románica en España, don Manuel Milá y Fontanals.

La obra de Milá une a su rigor científico una valora­ción crítica definitiva. Milá estudia con precisión los orígenes, defiende la unidad e individualidad de la literatura catalana en las tres regiones del dominio lingüístico y nos presenta un análisis de los poetas catalanes que conserva aún hoy todo su vigor. Su primer artículo apareció en 1843 en la revista barcelonesa «La Verdad» y trataba ya de literatura medieval proven­zal y catalana. En 1865 los Juegos Flora­les premian su Ressenya histórica i criti­ca deis antics poetes catalans. De la edición de sus «Obras completas» coleccionadas por Menéndez y Pelayo cumple destacar los volúmenes: el II, De los trovadores en Es­paña (v.) (Barcelona, 1889); el III, Estu­dios sobre historia de la lengua y literatura de Cataluña (id., 1890); los IV, V y VI ti­tulados Opúsculos literarios (id., 1892, 1893 y 1895) y el VIII, Romancerillo catalán (v.) (id., 1882). En el camino iniciado por Milá van a seguir Rubio y Lluch y Mar­celino Menéndez Pelayo. Las obras de Menéndez Pelayo, tratan frecuentemente de literatura catalana tanto antigua como mo­derna con la agudeza y comprensión del gran crítico español. En 1880, Francisco M. Tubino publica en Madrid su Historia del Renacimiento literario contemporáneo de Cataluña, Baleares y Valencia. En 1883, aparecen en Francia dos estudios sobre el tema. El primero, en París, es obra de Albert Savine: La Renaissance de la Poésie Catalane, y acompaña a la 2.a ed. de la versión francesa de La Atlántida (v.) de Verdaguer. El segundo, impreso en Perpiñán, es de J. Prépatx: La Renaissance des lettres catalanes.

El número del 15 de no­viembre de 1886 de la «Revue des deux mondes» da cabida entre sus páginas al tra­bajo de J. M. Guardia: L’ancienne littérature catalane et le mouvement littéraire contemporaine. Todavía en el criterio de los antiguos repertorios bibliográficos apa­rece en los años 1889-1895 en Barcelona el Diccionario biográfico y bibliográfico de es­critores y artistas catalanes del XIX, de Elias de Molins, cuya consulta es indis­pensable para el estudio de la «Renaixença». Un libro entusiástico y voluminoso, pero completamente superado, es el del alemán Otto Denk: Einführung in die Geschichte der altcatalanischen Litteratur (Munich, 1893). El mismo año se publica en Estras­burgo, en el segundo volumen de la segunda parte del Grundriss der romanischen Philologie… de Grober, la Katalanische Litteratur del gran hispanista francés Alfred Morel- Fatio. Se trata de un inventario global, qui­zás excesivamente sintético. Tras una intro­ducción sobre las fuentes, divide la literatu­ra catalana en dos géneros fundamentales, la poesía y la prosa, y dentro de cada uno de ellos estudia las distintas manifestacio­nes agrupadas en subgéneros. El estudio de Morel-Fatio llega hasta algunos autores de la «Renaixença». «Seco, despectivo a veces — dice Jorge Rubio —, más bibliográ­fico que históricamente orgánico, conserva aún hoy día su valor de índice». En la ter­cera parte de la 2.a ed. de la Literatura es­pañola del siglo XIX (Madrid, 1912), del Padre Blanco García se trata con bastante extensión de nuestro tema: orígenes y pri­meras manifestaciones hasta las figuras de Verdaguer, Guimerá y Emili Vilanova.

La crítica del P. Blanco García es de carácter encomiástico y llena de observaciones de carácter moral y político. En 1900 se publica en Barcelona el Breu compendi de literatura catalana de Font i Sagué. Dentro del cami­no del máximo rigor científico iniciado por Milá y Fontanals se desarrolla la labor del segundo gran maestro de la literatura cata­lana: Rubio y Lluch. En su discurso inau­gural de 1901 en la Universidad de Bar­celona : Algunos caracteres que distinguen a la antigua literatura catalana, en el ca­pítulo dedicado a la literatura catalana de su Sumario de historia de la literatura es­pañola (Barcelona, 1901) y en las clases pronunciadas en su cátedra de la Univer­sidad de Barcelona (reseñadas a partir de 1907 en «Estudis Universitaris Catalans»), propone una nueva estructuración históri­ca, una división de la literatura en períodos según criterios internos y ofrece una orien­tación definitiva en esta clase de estudios. Fruto de la enseñanza de Rubio y Lluch serán las obras de Massó y Torrents, Ma­nuel de Montoliu y Jorge Rubio. El poeta y periodista M. S. Oliver publica en 1903, en Palma de Mallorca, el resumen: La li­teratura en Mallorca: 1840-1903. Lluís Nicolau d’Olwer, en 1915, en el n.° X de «Estudio», da a conocer su Sumario crono­lógico (1136-1833), apéndice a la Introduc­ción al estudio de la literatura catalana. Fruto de las lecciones de Rubio y Lluch es la Literatura catalana. Perspectiva general («La Revista», Barcelona, 1917), del mismo Nicolau d’Olwer, que presenta una estruc­turación histórica, quizá demasiado rígida, de la evolución de la literatura desde los orígenes hasta los inicios de la «Renaixença».

Nicolau sintetizó la obra precedente en su Resum de literatura catalana («Col-leccio Popular Barcino», XXXIII, Barcelona, 1927), completándola con las manifestacio­nes literarias hasta el momento de su pu­blicación. El hispanista italiano Mario Ca­sella nos ofrece en el volumen XXIX (1918) de la «Rivista delle Biblioteche e degli Archivi» su Agli albori del Romanticismo e del moderno Rinascimento catalano. El mis­mo año aparece en Barcelona el estudio sobre teatro catalán de Curet: El arte dra­mático en el resurgir de Cataluña. Una obra que merece consideración por su valor crítico es el Manual d’historia crítica de la literatura catalana moderna. Primera part (1823-1900) (Barcelona, 1922), de Ma­nuel de Montoliu. El autor, tanto en este libro como en sus ensayos dispersos y en su Breviari crític aporta una visión nueva de la literatura que consiste fundamentalmente en una concepción estética de la misma. Este Manual de Montoliu es uno de los mejores que se han escrito sobre el tema.

Del erudito y provenzalista francés Jean Amade es la obra: Renaissance litté­raire en Catalogne au XIXe siècle (Paris- Toulouse, 1924). Otro francés — catalán del Rosellón—, Josep-Sebastià Pons, publica: La littérature catalane au Roussillon aux XVIe, XVIIe et XVIIIe siècles (Toulouse, 1929), que completa el panorama de es­tudios sobre el cultivo del catalán en las distintas regiones de su dominio lingüístico. Otro manual, aunque deficiente, es el de Josep Comerma, aparecido en Barcelona en 1929: Historia de la literatura catalana. Fru­to de los trabajos de Nicolau d’Olwer es el estudio de W. Giese: Gründzuge der Entwicklung der älterer katalanischen Litera­tur («Archiv für das Studium der neueren Sprachen», vol. 161, 1932). Otro manual aparece en 1932 en la colección «Publicacions de l’Oficina Románica», obra de M. Garcia Silvestre: Histària sumaria de la literatura catalana, con prólogo y bi­bliografía de Manuel de Montoliu. Aunque construido sobre los apuntes y el programa de Rubio y Lluch, contiene graves errores de concepto. Del mismo año es el Repertori de l´antiga literatura catalana. I. La Poe­sía, de J. Massó Torrents, editado por el «Institut d’Estudis Catalans». El mismo au­tor había publicado ya en 1914 su Biblio­grafía deis antics poetes catalans. Por en­cima de algunos errores, el Repertori y la Bibliografía constituyen un monumento de la historia de la literatura catalana y son indispensables para el estudio de la poesía catalana medieval.

En 1933 aparece en París el manual de J. J. A. Bertrand: La Littérature Catalane Contemporaine, libro claro y preciso, que supone un cono­cimiento directo y actual de la materia y cuyo único defecto sería quizás el valorar con exceso los poetas de los años próxi­mos en que apareció. Una excelente sín­tesis llena de puntos de vista sugestivos es el Resumen de literatura catalana (Barce­lona, 1947), de Martín de Riquer. El autor nos ofrece una visión crítica de los momen­tos más importantes de la literatura cata­lana, especialmente de la época medieval, pues por lo que a la moderna se refiere no pasa de dar una visión orientadora. En 1953 aparece traducido al catalán y ampliado con el título Panorama de la poesía catalana el prólogo de Joan Triadú a la Anthology of Catalan Lyric Poetry (Oxford, 1949). Se trata de una visión superficial y sin ningún rigor científico de la historia de nuestra poesía. Una obra con más pretensiones que las anteriores es la de Joan Ruiz Calonja: Historia de la literatura catalana (Barcelo­na, 1954), que como manual resulta acep­table y supone un esfuerzo digno de toda consideración. Sin embargo, el autor no sabe dar un enfoque moderno a sus estu­dios y nos ofrece una obra de corte tradi­cional. Persisten en ella algunos prejuicios y se nota la incomprensión del autor por algunas escuelas y estilos de nuestra lite­ratura. Un ensayo desdichado es el de Carlos Cardó: La literatura catalana (en Tres estudios sobre literatura catalana, Ma­drid, 1955), impregnada de tópicos y arbitrariedades.

Dignos de consideración son en cambio los dos volúmenes de Joan Fuster: La poesía catalana (Palma de Mallor­ca, 1956), en los que la finalidad divulga­dora que se propone no excluye que la visión histórica y los comentarios estén basados en los más modernos estudios. En curso de publicación se halla una historia de la literatura catalana «por figuras» de Manuel de Montoliu, de la que ya han apa­recido dos volúmenes: Els trobadors (Bar­celona, 1956) y Ramón Llull i Arnau de Vilanova (Barcelona, 1958), bastante defi­cientes. La mejor historia de nuestra lite­ratura, fruto digno de los trabajos de Milá y Fontanals y de las lecciones de Rubio y Lluch, es la Literatura catalana de Jor­ge Rubio contenida en la «Historia de las Literaturas Hispánicas». Hasta el presente se han publicado cuatro partes: la primera, que comprende desde los orígenes hasta el siglo XIV, en el volumen I (Barcelona, 1949) de la mencionada «Historia de las Literaturas Hispánicas»; la segunda, si­glos XV y XVI, en el vol. III (id., 1953); la tercera, el siglo XVII, en la segunda parte del vol. IV (id., 1956); y la cuarta, siglo XVIII, en el V (id., 1958). La obra de Rubio constituye una aportación definitiva por su valor sintético, por su visión histórica y por la continua aportación de material de primera mano que lleva a cau­sar admiración, especialmente en las partes dedicadas a los siglos XVII y XVIII, que hasta la publicación del trabajo de Rubio no existían para la literatura catalana.

Co­mo bibliografías debemos citar el «Anuari Bibliográfic Catalá» (1889), la «Revista de Bibliografía Catalana» (1901-1907), las No­ticias bibliográficas de obras… referentes a la literatura catalana («Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona», IV 1907-1908, y V 1909-1910) de Isidro Bonsoms, el «Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans» (1907-1931), la «Revista deis Llibres (1925-1926) y la Bibliografía de la llengua i literatura catalana («Publicacions de l’Oficina Románica», Barcelona, 1931- 1933), de J. Vives y R. Aramon.

Entre las revistas, debemos añadir al «Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Bar­celona» (empezado a publicar en 1901), al «Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans» y a los «Estudis Universitaris Catalans» (1907-1936), ya citados, la «Analecta Sacra Tarraconensia» (desde 1925), el «Anuari de l’Oficina Románica» (1928-1934), el «Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura» (desde 1920), el «Butlletí de la Societat Arqueológica Lulliana» (desde 1884), el «Butlletí del Centre Excursionista de Ca­talunya» (1891-1938), el «Butlletí de la Bi­blioteca de Catalunya» (1914-1932), «Estu­dis Románics» (desde 1947), «Quaderns d’Estudi» (1915-1924), «Revista de Catalu­nya» (1924-1938), «Revista d’estudis franciscans» (desde 1907), «Revista Valenciana de Filología» (desde 1950), etc.

Entre las revistas y periódicos dedicados a comentar la actualidad literaria (aparte de «El Va­por» y «El Europeo», que propagaron las ideas románticas e impulsaron la «Renaixença»), no debemos olvidar el «Diario de Barcelona», «Lo Vertader Catalá», «Lo Gay Saber» (1868-1869 y 1878-1882), «La Renaixença» (1871-1899), «La Illustració Catalana» (1880-1894 y 1903-1917), «L’Aveng» (1882-1884 y 1889-1893), «Pél & Ploma» (1899-1903), «Joventut» (1900-1906), «La Re­vista» (1915-1936), la ya citada «Revista de Catalunya», «Revista de Poesía» (1925- 1927), «La Nova Revista» (1927-1929), «Qua­derns de Poesía» (1934-1935), las revistas de vanguardia «Hélix» y «L’Amic de les Arts», «El Mirador», etc., y la prensa diaria («La Veu de Catalunya», «El Matí», «La Publicitat», etc.).

Entre las colecciones de textos cumple destacar: «Biblioteca Catala­na» de Aguiló, «Societat Catalana de Bibliófils», las ediciones del Instituí d’Estudis Catalans, la edición de las «Obres Origi­náis» de Ramón Llull por Obrador y Galmés, la «Biblioteca Catalana» de Miquel i Planas, «Els Nostres Clássics», etc.

Y entre las colecciones de autores modernos, mu­chas de las cuales contienen estudios crí­ticos: «Biblioteca Popular l’Aveng», «Els Poetes d’Ara», «La Lectura Popular», «La Revista», «Biblioteca Univers», «Quaderns Literaris», «Llibres de la Rosa deis Vents», «Biblioteca Selecta», «Biblioteca Excelsa», «Biblioteca Perenne», «óssa Menor», edi­ción de las «Obres Completes de Joan Maragall», etc. No debemos olvidar los tra­bajos monográficos y ediciones de Aguiló, Miquel i Planas, Jorge Rubio, Manuel de Montoliu, Amadée Pagés, Bohigas, Riquer, etc. En el campo del estudio de las crónicas catalanas los trabajos y ediciones de don Antonio de Bofarull, Miret y Sans, Massó Torrents y Coll i Alentorn.

Entre los críticos literarios recordemos a Sarda, Yxart, Mateu, Capdevila, Montoliu, Riba, Bofill Ferro, Díaz-Plaja, Folguera, Teixidor, Antonio Vilanova, Joan Fuster y Joan Ferraté. Numerosas antologías de poesía y prosa catalana han sido publicadas a par­tir de la «Renaixença»: la de Moliné y Brasés (1911), la antología de «L’Aveng» (1913), la de A. Plana (1914) y las mo­dernas de Capdevila, Riquer, Teixidor, Masoliver, F. Gutiérrez y Joan Triadú (prosa y verso). Sanchis Guarner y Joan Fuster han publicado respectivamente en 1951 y 1954 antologías de poesía balear y valenciana modernas.

Entre las antologías de poesía catalana traducida a otras len­guas debemos recordar, además de la ya citada de Oxford, las de Schneeberger : Anthologie des poètes catalans contemporains dépuis 1854 (París, 1922), Grossmann: Katalanische Lyric der Gegenwart (Hamburgo, 1923), C. Giardini: Antología di poeti catalani contemporanei: 1845-1925 (Turin, 1926), González Blanco: Antología de poetas catalanes (Madrid, 1930), Paulina Crusat: Antología de poetas catalanes contemporá­neos (Madrid, 1952), etc. Si el despertar de los estudios históricos y críticos de la literatura catalana aconteció más tarde que en otras literaturas, queda compensado con creces por la actividad desarrollada a lo largo del siglo que va desde la «Renaixença» hasta nuestros días. El número de estudios es hoy prácticamente ilimitado. [En curso de publicación: Historia de la Lite­ratura Catalana. (Parte antigua, Martí de Ríquer. Parte moderna, Antoni Comas.)]

A. Comas