Historia del Famoso Predicador Fray Gerundio de Campazas, Alias Zotes, José Francisco de Isla y Rojo

Novela del jesuita español padre José Francisco de Isla y Rojo (1703-1781), publicada con el nombre de Francisco Lobón de Salazar, en dos partes: la primera, en 1758; la segunda, a causa de las polémicas suscitadas por el libro, que fue pro­hibido por la Inquisición, en 1770.

El in­tento del autor es explícitamente satírico, y remitiéndose a Don Quijote se propuso disipar las últimas contorsiones de la ora­toria sagrada inficionada por el conceptismo barroco. Pero aparte de la diferencia en fantasía, para mostrar la gran distancia a que se halla, bastaría la constante disposición deformadora que determina la inven­ción del padre Isla y no deja a la obra ningún margen de poesía. Esta disposición racionalista priva de todo desenvolvimiento a la acción y fija el personaje en actitudes secamente didácticas, aunque fijadas con una deformación grotesca que constituye su rasgo expresivo. Esta novela narra el nacimiento de Gerundio del aldeano Antón Zote (Zotico) y de Catania. Escuchando a los frailes predicadores de paso, que no faltan nunca a la mesa de Antón Zotico, el niño aprende pronto a soltar sus prime­ras sentencias de tal modo que, pronto, un seglar, tenido por santo porque llama «ser­pientes a las mujeres y cordera a la Vir­gen», predice que Gerundio será un gran predicador.

Animado por estos pronósticos y los consejos de sus amigos, Antón Zotico pone a su hijo en la escuela con el cojo de Villaornate, que enseña al muchacho extra­ñísimos preceptos de gramática y de orto­grafía. Deja luego al maestro Villaornate y es puesto en la escuela de gramática latina con un pedante muy parecido en cuanto a extrañeza con el cojo de Villaornate. Entra después en un convento y, terminado su no­viciado, pasa a estudiar filosofía; pero se muestra más hábil en los juegos de manos en la despensa que en proponer silogismos. Halla por fin un maestro todavía más ex­travagante, fray Blas, maestro predicador, en cuya escuela aprende a predicar con gran facilidad sobre los más grotescos temas, como el que constituye el asunto de su primer sermón, en el que sustenta la tesis de que no es de menor valor el color verde por no ser amarillo que el azul por no ser rosa. A pesar de la oposición del Padre Provincial, es nombrado predicador. Su primer sermón público parece a todos digno de fray Blas y los aplausos que recibe están en razón inversa de su comprensión. En vano fray Prudencio, el padre Maestro, in­tenta volverlo al buen camino. Encargado por fray Blas de pronunciar el elogio fú­nebre de un falsario, fray Gerundio alaba las cartas del muerto por la velocidad con que escribía, y sus armas por el cuchillo con que cortaba la pluma, etc. En otra oca­sión sostiene que Adán y Eva fueron los primeros sastres porque se cubrieron de hojas al ser expulsados del Paraíso, etc. Como falta a la obra una dialéctica, tam­bién le falta una conclusión, y el autor cierra el relato invitando al lector a decidir si la de fray Gerundio es historia o no­vela. Las larguísimas digresiones didácti­cas que, a guisa de verdaderos tratados (de oratoria, de teología, de poética, etc.), están intercaladas en la narración, destruyen la ya escasa acción, de manera que la obra no produce un efecto de conjunto.

Con todo, la figura de fray Gerundio está dibujada con grotesco relieve y significación de más­cara que han hecho de él el símbolo de su época. Los demás personajes, los frailes ávidos y mentirosos, los aldeanos supersti­ciosos y santurrones, los predicadores ig­norantes y presuntuosos y los superiores li­tigiosos, completan la grosera caricatura. El padre Isla se revela en esta obra como escritor vigoroso, con riqueza de invención verbal que recuerda a Cervantes y Quevedo. Se complace en pormenores y anécdotas y usa las palabras en un estilo que ya perte­nece al siglo XIX.

C. Capasso

Historia Del Graal, Anónimo

Grupo de na­rraciones del Ciclo bretón (v.), que enla­zan con los romans sobre Perceval (v.), y se refieren al Santo Graal, el vaso en que José de Arimatea recogió la sangre de Cris­to. Robert de Boron, poeta del que nada se sabe, compuso en los últimos años del si­glo XII un poema titulado Historia del Graal [Le Román de l’estoire dou Graal], que trata de José de Arimatea, que en el Evan­gelio apócrifo de Nicodemus desempeña un papel importante y es recordado en la Edad Media en la leyenda de la Vindicta Salvatoris. A esta leyenda se remontó Robert de Boron para trazar la historia de José de Arimatea y del Graal, que según él ha de identificarse con la copa o vaso que Jesús utilizó en la Cena para instituir el Santo Sacramento y que más tarde sirvió para recoger la sangre que fluía de las llagas de Cristo crucificado. Cuando, posteriormen­te, José de Arimatea fue encarcelado, re­cibió de manos de Dios el mismo Graal y lo guardó durante los largos años de su prisión. Liberado por Vespasiano y Tito, en el instante de la destrucción de Jerusalén y después de haberles convertido al Cris­tianismo, José de Arimatea abandona su patria con algunos compañeros y funda con ellos una comunidad que se reúne diaria­mente en torno a una mesa para rendir culto al Graal. El poema termina narran­do cómo el cuñado de José de Arimatea, Bron, llamado el «Rico pescador» a causa de un pez que pescó y sirvió en la mesa, un día en que se obró un gran milagro del Graal, parte para Occidente con la sagrada reliquia, después que aquél hubo revelado a éste su misterio y confiado su custodia.

Robert de Boron continuó la obra con un Merlín (v.) del que solamente se ha conser­vado un fragmento, pero del que se guarda una prosificación completa. En él, la his­toria de Merlín enlaza con la del Graal, ya que el mago predice que un caballero del rey Artús descubrirá el sagrado vaso. De este modo la leyenda del Graal queda vinculada a la Matière de Bretagne. Un tercer poema de Robert de Boron, Perceval, se conservó en una versión en prosa, en la que se narra cómo es conseguido el vaso sagrado por Perceval. En esta misma época (siglos XII-XIII) comienzan las prosificaciones de los romans de Chrétien de Troyes y las reelaboraciones en prosa de éstos y otros poemas, que pronto fueron reunidos en compilaciones cíclicas. La más antigua de ellas es la que lleva el título de Pequeño Santo Graal y que comprende el José de Arimatea, prosificación del roman de Robert de Boron; Perceval (v.), que es una adapta­ción en prosa del poema de Chrétien de Troyes; Merlín, prosificación ya menciona­da del poema homónimo de Robert de Bo­ron; La muerte de Artús (v.), en la que se narran las conquistas continentales de es­te rey, según el relato de la Historia de los Reyes de Bretaña (v.) y la obra Bruto (v.) de Wace. Otra compilación es la del Gran Santo Graal (o Lancelot-Graal), que no puede ser, como se pretende, de Gautier de Map, célebre escritor anglolatino muerto hacia 1210.

Se trata, más bien, de una compilación posterior al Pequeño Santo Graal y perteneciente al primer cuarto del siglo XIII. Se compone de cinco partes: His­toria del Graal [Estoire dou Graal] que, sustancialmente, es el Joseph d’Arimathée amplificado; Merlín, que es el Merlín de Robert de Boron con una extensa continua­ción relativa a la historia de los amores de Merlín y Viviana; Lancelot (v. Lanzarote), que es la parte más extensa y que ha dado, a menudo, nombre al ciclo entero. Contiene la historia de Lanzar ote, comprendiendo la obra homónima de Chrétien de Troyes y, sobre todo, el Perceval (v.) del mismo. Na­rra los amores de Lanzarote con Ginebra (v.), su amistad con Galeote (v.) y un en­cantamiento durante el cual, creyéndose en brazos de Ginebra, engendra, en la hija de un rey, a Galaad (v.), quien conseguirá ver el Graal. La cuarta parte es la De­manda del Santo Graal [La Queste del Saint Graal]. La parte principal utiliza el Perce­val y sus primeras continuaciones, pero aquí se prefiere, a Perceval, otro héroe más puro y casto, llamado Galaad. Perdidas las hue­llas del Graal, los Caballeros de la Tabla Redonda, Galaad, Galván, Lanzarote, Perce­val, etc., salen en busca de la sagrada re­liquia; pero solamente a la mística persona de Galaad le es reservado el honor de conseguirla. Todo ello se narra a caballo de hondas alegorías, y la misma Demanda lo es de la busca de Dios. Finalmente, la quinta y última parte es la Muerte del rey Artús, que recoge, ampliándola, la Mort Arthur del Pequeño Santo Graal, contando con gran hondura artística el trágico fin de un mundo heroico y caballeresco, una especie de crepúsculo de los dioses. La procesión del Graal tiene un significado simbólico cristiano y podría representar una alegoría de la Misa según la liturgia bizantina. En el Perceval incompleto de Chrétien de Troyes, la maravillosa aventura del héroe no tiene el significado religioso que pronto asumirá merced a un continuador anónimo y, posteriormente, de modo más preciso, con Robert de Boron, los cuales identifican el vaso que se aparece a Perceval con el de José de Arimatea.

La leyenda se convierte así en un misterio religioso y Perceval se eleva a símbolo de la cristiandad y de la redención; pero como la conquista del Graal no es ya debida a la cortesía y a la audacia, sino a un grado absoluto de elevación espiritual que él no posee, ha de ceder el puesto en la larga y penosa demanda a la mística figura de Galaad. El significado religioso se man­tiene también en el Parzival de Wolfram d’Eschenbach (v. Perceval). A éste se aten­drá Wagner para utilizarlo en su Parsifal (v. Perceval) en el que la antigua leyenda renacida con el romanticismo (v. Idilios del rey, de Tennyson) reaparece con toda la actualidad de un poema nacional. En el ciclo de la Tabla Redonda (v. Ciclo bretón) las narraciones de Perceval y del Santo Graal alcanzan una significación decisiva: con la liberación del Santo Graal terminan los «tiempos aventureros», el fabuloso pa­ganismo céltico, y comienza la nueva era cristiana en el mundo francogermánico. En la catedral de San Lorenzo, de Génova, se guarda un cáliz, ofrecido a los fieles como reliquia, que se conserva allí desde el si­glo XII, conquistado en Cesarea en 1101 e idealmente identificado con el Graal.

C. Cremonesi

*  Las cinco partes de que constaba el corpus de la leyenda del Santo Graal, llamadas Vulgata (Historia del Graal, Merlín, Lancelot, Demanda del Graal y Muerte del rey Artús), fueron reducidas a tres por el pseudo Boron, quien interpoló episodios en la Demanda y refundió en ella la Muerte del rey Artús y la continuación cambiada del Merlín. En español se nos ha conservado un fragmento de cada una de estas tres partes en un manuscrito de la Biblioteca de Pala­cio, copiado en 1469. En portugués, en cam­bio, se ha conservado el texto completo de la primera parte, traducido a su vez de un texto español que mandó redactar Juan Sánchez de Astorga en 1313. Del Merlín se ha conservado una versión española casi completa que lleva interpolado un frag­mento del Baladro que ha dado lugar al título de las ediciones posteriores (el Ba­ladro de Merlín). De la Demanda del Santo Graal y de la Muerte del rey Artús, además de una versión portuguesa, se ha conserva­do una versión muy breve intercalada en el Baladro de Merlín. El nombre de la primi­tiva compilación hispana es Historia de la Demanda del Santo Grial, y el de las par­tes de que está compuesta: 1) Libro de Joseph Abarimatía; 2) Estoria de Merlín, y 3) Demanda del Santo Grial, y aparece ci­tada como traducción del fraile Juan Vivas o Bivas, que lo más tarde que la debió componer fue en 1313, quien la sacó, como hemos dicho de Boron.

Historia del Estado Ruso, Nikolaj Michajlovič Karamzin

[Istorija gosudarstva rossijskago]. Obra de Nikolaj Michajlovič Karamzin (1766-1826), publica­da en doce volúmenes, de 1816 a 1826, y que quedó incompleta debido a la muerte del autor. Tuvo una importancia capital para la vida espiritual rusa, no sólo por­que fue la primera gran historia rusa después de la menos amplia de Tatiscev, sino por estar animada de un profundo senti­miento patriótico y de un alto sentido ar­tístico.

Aunque comprende los aconteci­mientos de la historia rusa sólo hasta 1611, sirvió para hacer sentir el significado del proceso de elaboración del que había na­cido la unidad y la grandeza del pueblo ruso. «Altísimo poema que celebra el Es­tado», la llamó un historiador de la segunda mitad del siglo XIX, Solovëv, pero es, al mismo tiempo, una obra científica, basada en documentos de archivo, a menudo com­pletamente nuevos y críticamente valorados. Las condiciones en que se vio obligado a trabajar Karamzin fueron muy distintas de las que encontraron los historiadores de Occidente, que podían trabajar a base de documentos publicados y archivos y biblio­tecas organizados. Ello explica el aparato erudito, en apariencia excesivo, que las no­tas añaden a la exposición histórica pro­piamente dicha. Como método, Karamzin se inspiró en los mejores modelos occiden­tales, Hume, Robertson y Gibbon: es decir, admitió la importancia capital, como facto­res de la historia, de las grandes persona­lidades, sin excluir no obstante, la im­portancia de otros elementos, de «cuanto entra en la estructura de la vida civil de los hombres».

En la Historia del Estado ruso de Karamzin se inspiraron numerosos escritores rusos, entre ellos Zagoskin en su novela Jurij Miloslavskij (v.), Ryleev en sus Dumy (cantos épicos ucranianos) y, finalmente, Pushkin en su Boris Godunov (v.). Según una expresión del gran poeta, con la Historia del Estado ruso la antigua Rusia pareció ser descubierta por Karamzin, como América lo había sido por Cristóbal Colón.

E. Lo Gatto

Historia del Estado de los Países Bajos y de la Religión de España, Francisco Du Chesne

Obra redactada en su primera ver­sión en latín y publicada en francés en Gi­nebra, en 1558, figurando como autor Francisco Du Chesne, forma francesa que en­cubre el nombre de Francisco de Enzinas (1520-1552), escritor burgalés formado en Lovaina y discípulo de Melanchton en Wittemberg. Fue también conocido con los nombres de Dryander, que es su apellido helenizado, Van-Eick y Eichmann, de los que hizo uso para escapar a la vigilancia de la justicia. Su Historia del Estado de los Países Bajos y de la religión de España es una especie de autobiografía en la que narra cómo, disgustado del catolicismo, unió su suerte a la de los luteranos al convertirse en discípulo de Melanchton a raíz de su estancia en Wittemberg; los disgustos que le valió su traducción del Nuevo Tes­tamento, a pesar de haberlo dedicado al emperador, y la persecución de que fue objeto por parte de Carlos V a causa sobre todo de la intransigencia de Pedro de Soto, que no obstante buscaba la conversión de Enzinas y no su condenación. La obra deja adivinar el fino gusto del helenista, cuyo mayor error fue posiblemente el haber que­rido interpretar el catolicismo bajo el par­ticular punto de vista de su formación en el pensamiento griego. La abundancia de datos y la visión personal de la sociedad que frecuentó, contribuyen a prestar un mayor interés a este libro.

Historia del Emperador Carlos V, Prudencio de Sandoval

Obra del historiador español Prudencio de Sandoval (15539-1620?), autor de una Historia de los cinco reyes (v.), a la que precedió la de Carlos, publicada en 1604-1606. Fue probablemente Felipe III quien le encomendó esa historia de su abue­lo, al igual que se le encargó, nombrándole cronista (1600), la continuación de la Cró­nica general de España (v.), y trabajó rápi­damente en ella, componiendo en tres años el tomo I (1500-1528) y en dos el segundo, que comprende hasta la muerte del Empe­rador. Aquí usó mucho de las historias ya hechas, sobre todo las de Garibay y Zurita; en menor escala, las de Galíndez de Carvajal, Alonso de Santa Cruz, Gomara y Mexía. Debió también de servirse de fuentes italianas — desde luego, de Paulo Jovio — y francesas. Utilizó, en fin, en gran cantidad, documentos y relaciones de diversa índole, que con frecuencia trasladaba en su tota­lidad, explicándose por ello la extensión de la obra. En cuanto a sus calidades de historiador, además de incansable indaga­dor fue ecuánime en sus juicios, pero, como allegador de noticias, poco escrupulo­so; en su anhelo de acumular datos y de­talles, incurre en repeticiones e inexactitu­des. Su gran afición a la genealogía — que en esta obra se muestra en el extravagante intento de trazar la del Emperador nada menos que tomándola desde Adán — hubo forzosamente de familiarizarle con el am­biente habitual de esas indagaciones, en las que tanta parte se da a la fantasía. La suya era desbordante, pudiendo muy bien apreciarse cuando se cotejan sus escritos con las fuentes utilizadas, que son por él esmal­tadas de toda suerte de pormenores. Esta condición del autor, peligrosa en un histo­riador, comunica en compensación no poco atractivo a su prosa y, en conjunto, no desvaloriza su obra, que, leída con cautela, merece la estimación que le procura su abundancia de noticias.

B. Sánchez Alonso