Historia del Reinado de Felipe II Rey de España, William Hickling Prescott

[History of the Reing of Philip II, King of Spain]. Obra incomple­ta del historiador norteamericano William Hickling Prescott (1796-1859), cuyos prime­ros cuatro volúmenes se publicaron entre 1855 y 1858. Utilizando el amplio material reunido por la historiografía sobre el tema, Prescott se esfuerza en recomponer una imagen del monarca español no deformada ni por la denigración protestante ni por la apología católica, logrando así una recons­trucción histórica bastante exacta y obje­tiva. El tratado se interrumpe con la muer­te, ocurrida en 1568, de la tercera mujer de Felipe, Isabel de Valois, hija de Enri­que II de Francia y de Catalina de Médicis. La obra, incompleta por la muerte de Pres­cott, es menos viva y de lectura menos agradable que sus obras precedentes, pero, por lo cuidado y lo rico de los datos, está considerada por los especialistas como la obra maestra del escritor. La leyenda ro­mántica de los amores entre el infante Don Carlos y su joven madrastra (v. Don Car­los), está tratada con sobrio sentido crítico y demostrada como privada de fundamento. Felipe II está presentado con serena obje­tividad, sin excusar sus culpas, pero hacien­do también luz sobre sus buenas dotes de soberano activo y concienzudo. Son espe­cialmente interesantes las páginas dedica­das a la vida del emperador Carlos V des­pués de su abdicación.

C. Izzo

Historia del Pueblo de Israel, Ernest Renán

[Histoire du peuple d’Israel]. Obra histó­rica de Ernest Renán (1823-1892), publicada entre 1887 y 1893. Más estrechamente liga­da que otras investigaciones a la formación lingüística y erudita del autor, testimonia la pasión de toda su vida: la de estudiar los orígenes de la civilización. Desde las más antiguas tradiciones hasta la vida del pueblo hebreo bajo la dominación romana, el historiador trata de buscar la unidad de una raza a la vez que las fases detalladas de su desenvolvimiento. Frente a la propia crítica histórica, que olvidando los factores religiosos, desconoce la importancia de una antigua civilización monoteísta, se exami­na la importancia de una fase de la huma­nidad, especialmente teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos arqueológicos, tanto para los asirios, como para los egip­cios.

Más allá de la leyenda y de la his­toria, y a la luz de la filología moderna, importa considerar el puesto de la civiliza­ción hebraica, especialmente desde el tiem­po en que ésta proclama su misión (en tiem­pos más cercanos de lo que nos cuenta la tradición). De este modo examina Renán en la historia hebraica la afirmación de la existencia de un Dios único. Pero la propagación de las nuevas ideas religiosas se explica también sin milagros. Ante la mirada de un verdadero racionalista, ins­pirado en los métodos científicos, cada acon­tecimiento de la humanidad ocurre gra­cias a sus íntimas razones históricas: por eso al lado del pueblo hebreo, que se cree ser el elegido de Dios, es importante el griego, que ha aportado la idea de la li­bertad del espíritu ante la naturaleza y el mito. Lo que faltaba a la civilización grie­ga y a la civilización hebraica, era la com­prensión de los otros pueblos, un sentimien­to de fraternidad y de caridad: todo esto lo aportó el cristianismo, que es la resolu­ción y la «causa final» del judaismo. La historia de Israel se explica sólo como una concatenación de hechos y de conquistas espirituales: primero en la oposición y des­pués en la comprensión de los otros pueblos en una misma palpitación de amor hacia Dios y hacia el prójimo. Esta concepción progresista está determinada por la posi­ción histórica de Renán, que considera los acontecimientos de la humanidad como una aspiración cada vez más decidida hacia las fuentes de la espiritualidad, y que a me­nudo hace confinar la experiencia religiosa con actitudes del pensamiento. Al afirmar la importancia de los libros bíblicos, el in­vestigador precisa su valor de tales obras más allá de la cronología comúnmente acep­tada por la tradición.

La obra de los gran­des profetas de 850 antes de la era vulgar a Cristo — el último de los profetas es el que cierra la obra de Israel —, es la prueba decisiva de la importancia de un pueblo que junto con el griego debía formar las bases de la civilización humana. La idea providencial de una historia valorada a la luz de Dios se funde con la suprema ra­cionalidad de los griegos, pero sólo en Ro­ma y con un nuevo sentido de universa­lidad y de humanidad debían encontrar sis­tematización estas dos actitudes del espíritu humano. Si el mundo griego no morirá nun­ca gracias a la idea de la racionalidad y de la libertad, el mundo hebraico ha encon­trado en el mensaje de Jesús (v. Historia de los orígenes del Cristianismo) su potente afirmación de justicia y de fe. La obra de Renán, discutida por el tono pro­fundamente racional de la «historia sacra», es famosa por haber sostenido ante las ne­gaciones del positivismo la importancia del factor religioso en el desenvolvimiento de la humanidad.

C. Cordié

La Historia del Pueblo de Israel es menos célebre y menos leída [que la Historia de los orígenes del Cristianismo], y no hay razón para ello. Durante cuarenta años Re­nán fue el centro, fue casi el centro, de los estudios semíticos en Francia. Su conoci­miento de los textos literarios y epigrá­ficos era incomparable, así como segurísimo su olfato para la psicología del semita. Com­prende y hace vivir los hombres y las co­sas del Antiguo Testamento de manera nue­va y genial, en tanto que el Nuevo Testa­mento, el Evangelio, escapa o sobrepasa a esta inteligencia literaria, alejada de toda mística. (Thibaudet)

Historia de los Varones Doctos de Al-Andalus, Abū-l-Walīd ‘Abd Allāh al-Faradī

[Ta’rīj culamā’ al-Andalus]. Obra del jurisconsulto y bibliógrafo arábigo español Abū-l-Walīd cAbd Allāh al-Faradī (962-1013), escrita a fines de su vida y editada por F. Codera (Madrid, 1891-1892), ocupando los volúmenes VII y VIII de la Bibliotheca arabico-hispana. Hasta entonces sólo se habían escrito algunos dic­cionarios biográficos sobre determinada ma­teria; en cambio, al-Faradī compila el pri­mero de tipo general dedicado a al-Andalus: un diccionario biobibliográfico escrito con gran escrupulosidad, pues para redactarlo no sólo consultó una serie de autores y personajes de su época, sino que incluso se preocupó de leer inscripciones sepul­crales que pudieran proporcionarle datos y, además, en varias ocasiones confiesa que no logró dar con los datos que buscaba. al-Faradī también escribió una Historia de los poetas arábigo españoles [Kitāb fī ajbār šu carāal-Ándalus], que no ha llegado a nos­otros.

D. Romano

*  La Historia de los varones doctos de al- Andalus fue objeto de varias continuaciones y complementos, entre las cuales destaca la del también arabigo español Abū-l-Qāsim Jalaf ibn Baškuwāl (1100-1182), discípulo de Averroes, a quien debemos el Kitāb al-şila fī ajbār a’immat al-Andalus [Conti­nuación de las noticias de los imanes de al-Andalus], editada por F. Codera (Madrid, 1883), formando los volúmenes I y II de la Bibliotheca arabico-hispana. Al igual que la anterior, se trata de un diccionario biobibliográfico que contiene noticias de ima­mes, tradiciones, alfaquíes y literatos espa­ñoles, noticias que llegan hasta el año 1168. Según Ibn al-Abbār, la Şila debe considerarse como la meta a que puede llegarse en este género biográfico, pues son muy po­cos los errores que halló en ella cuando se dispuso a continuarla.

D. Romano

 *  La obra de Ibn Baskuwāl fue, a su vez, continuada por el bibliógrafo arábigo español Abū cAbd Allāh Muhammad ibn al-Abbār (1198-1260), en una obra que llamó Kitāb al-takmila li-kitāb al-şila [Comple­mento del Kitāb al-şila, o Complemento de la continuación], corrientemente citado co­mo Takmila [Complemento]. Fue editada por F. Codera (Madrid, 1887-1889), consti­tuyendo los volúmenes V y VI de su Bi­bliotheca arabico-hispana. Posteriormente, M. Alarcón y A. González Palencia publi­caron (Madrid, 1915) un nuevo manuscrito que contiene más datos que el utilizado por Codera — nueva edición total por A. Bel y M. Ben Cheneb (Argel, 1920) —. Como su mismo título indica, la obra es un comple­mento de los datos de su antecesor acerca de los individuos que cultivaron el vasto campo de las ideas jurídico religiosas del Islam. La mayor parte de las biografías se refieren a personajes de los siglos XI-XIII (hasta el año 1257), aunque también se en­cuentra alguno anterior. Al mismo tema contribuyó con otra, obra: Al-Mucŷam fi ashāb al-qādī ál-imām Abū cAlī al-Şadafī [Diccionario acerca de los discípulos del cadí, el imam Abū cAlī al-Şadafi], biogra­fías de los discípulos de ese célebre maes­tro arabigo español (1052-1120), que fue pu­blicado en el volumen IV (Madrid, 1886) de la Bibliotheca arabico-hispana. Acerca de otra obra bibliográfica de Ibn al-Abbār (v. Hulla ál-Siyarā’).

D. Romano

Historia Del Perú, Agustín de Zárate

Obra del historia­dor español Agustín de Zárate (1492-1560), escrita con ocasión de haber sido nombra­do (1543) contador de mercedes de dicha región y Tierra Firme, yendo allí en la escuadra que condujo al virrey Núñez Vela. Era el tiempo en que ardían las guerras civiles y Zárate juzgó de interés narrarlas, tomando la relación desde el descubrimiento y conquista, previas algunas noticias ante­riores del país; alcanza la Historia hasta la muerte de Gonzalo Pizarro, con la consiguiente pacificación lograda por La Gasea. El autor — que desempeñó altos cargos polí­ticos, no sólo en América, sino en España y en Flandes — muestra un notable domi­nio del oficio literario; escribe con método y claridad, con mucha galanura de lengua­je y estilo. Se ha llegado a decir — Vedia, uno de los editores de la obra — que es ésta «uno de los monumentos históricos más be­llos (quizá el primero) de nuestra lengua». En cuanto a documentación, él nos informa de que lo principal del descubrimiento lo tomó de Rodrigo Lozano, vecino del Trujillo peruano, y de otros que lo vieron. En lo siguiente, incluso en la parte de los su­cesos que podía conocer por sí mismo, ha comprobado Jiménez de la Espada que usó de un manuscrito que perteneció a La Gas­ea. Se ajusta, pues, la obra al frecuente modelo de las que hombres cultos redactan sobre materiales ajenos, poniendo en su buena composición todo el esfuerzo que los investigadores emplean en allegarlos. La Historia la imprimió (1555) por orden de Felipe II, príncipe aún, que leyó el origi­nal en su viaje a Inglaterra; el autor la mantenía inédita por el riesgo que entra­ñaba publicarla cuando aún vivían los acto­res de los sucesos.

B. Sánchez Alonso

Historia De Los Rusos, Jurij Konyskyi

[Istoriya Russov]. Vasta narración política ucrania­na que, escrita alrededor del 1769, circuló durante casi un siglo por Ucrania en cen­tenares de copias manuscritas, antes de ser impresa en Moscú en 1846 bajo el nom­bre del obispo ucraniano Jurij (Jorge) Konyskyi. La crítica moderna se pronuncia decididamente contra la paternidad de Konyskyi, a causa también del espíritu anti­clerical de que está impregnada y que es incompatible con el grado elevado de Konyskyi en la jerarquía eclesiástica. Hoy pre­valece la opinión de que el autor de esta obra, altamente patriótica, es el noble Gre­gorio Poletyka (1725-1784), célebre defensor de los derechos nacionales ucranianos. Es­crita con gran pasión, rica en bellos discur­sos (generalmente inventados, a lo Tito Livio) de personajes históricos ucranianos, la Historia de los rusos está compuesta evi­dentemente con fines políticos, para recor­dar al pueblo ucraniano su glorioso pasado («Es sabido que antes fuimos lo que hoy son los moscovitas: el gobierno, la primacía y el propio nombre de Rusia pasó a ellos») y despertar en él el deseo de luchar por los ideales nacionales.

Tiene como fuen­tes a varias crónicas cosacas, las dumas co­sacas y los documentos familiares de los archivos de la nobleza ucraniana. Entre las fuentes extranjeras hay que recordar sobre todo la Historia de Carlos XII (v.) de Voltaire, mencionada dos veces. La narración comienza en los tiempos de la primera colonización del territorio ucraniano por los eslavos y termina con la guerra ruso- turca de 1769. Muy por extenso se describe la época de B. Chmelnic’kyj y el período subsiguiente de la lucha entre los defensores de los «derechos nacionales» y los opreso­res moscovitas, representado con gran dra­matismo. La influencia de la obra sobre los contemporáneos fue enorme: para Ševčenko fue una especie de evangelio nacional. No sólo inspiró a los poetas ucranianos, sino también a poetas rusos como Ruleev (Vojnaros’kyi, poema), Gogol (Taras Bul’ba, v.), Pushkin (Poltava, v.) y otros.

E. Onatskyi