El Hombre y la Técnica, Contribución a una Filosofía de la Vida, Oswald Spengler

[Der Mensch und die Technik]. Obra del filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936), publicada en 1931. Se propone ser una exposición de los problemas sobre el- misterio del destino te­rrenal del hombre. En lugar del «debe ser» o «debería ser», planteado por el «materia­lismo» — así llama el autor al optimismo finalista «de una perpetua felicidad de razas y de pueblos, estados y religiones… sin venganzas» (concepción que «conduciría la humanidad al «taedíum vitae»… a matanzas y suicidios en masa) —, se inserta el impla­cable «es así» y «así será»; y un negro esceptimismo «sustituye a los sentimentalis­mos del siglo pasado». Pero el autor no tiene nada de escéptico; el hombre, repite en cada página, «es un animal feroz, cuya vida consiste en matar…; la táctica de su vida es la de una fiera magnífica, valiente, astuta y cruel: vive atacando, matando, des­truyendo».

La técnica es el órgano de esta lucha; técnica personal, no como en los animales de las demás especies, sino cons­ciente, voluntaria, variable. Este tipo de «feroz animal inventivo» debe su existencia al arma incomparable de la mano, órgano que construye y utiliza el arma, surgida de improviso, por mutación súbita, no por evo­lución, al mismo tiempo que el andar erecto y la postura de la cabeza. «Pensamiento del ojo y de la mano, puño, expresión de la voluntad», es, según el autor, el alma del hombre, en lucha inconciliable con el mun­do entero. La tragedia del hombre consiste en que la Naturaleza, que ha permanecido más fuerte que él, ha destruido y destruirá todas las civilizaciones, por lo tanto es «lucha desesperada» que será sostenida hasta el fin. El lenguaje ha surgido como órgano de ejecución de una acción; expresión del mun­do, obediencia, pregunta, afirmación, nega­ción. Del uso de instrumentos personales se pasa a la empresa colectiva por medio de un creciente artificio: construir, educar, culti­var; trabajo directivo y ejecutivo; hombres que obedecen y que mandan. Artificio, pero «civilización» y «constricción de la libertad del animal feroz»: «organización» de clan, pueblo, raza, ciudad, estado. El revolucio­nario en el mundo de la vida se convierte en esclavo de su creación: la civilización se convierte en una jaula en que el hombre’ se ha encarcelado a sí mismo.

Símbolo de ella es la casa. La técnica humana no ahorra trabajo: a los prisioneros de guerra ya no se- les mata, sino que se les hace trabajar como esclavos. Desprecio por los de abajo, envidia hacia los de arriba, son los senti­mientos de la humanidad organizada en la historia del mundo: «así ha sido y será». El lujo no es más que la civilización en su forma más elevada. Sin una riqueza econó­mica reunida en pocas manos no es posible una «riqueza» de artes plásticas, de espíritu, de amables costumbres. El último ensayo es una exaltación de los pueblos nórdicos «auténticos animales feroces», «Vikingos de la sangre y del espíritu». Hoy nos encontra­mos en su vértice: la tragedia se halla al final. El dueño del mundo se torna esclavo de la máquina. Un grupo de naciones de sangre nórdica, bajo la dirección de los ingleses, alemanes, franceses y «yankees», domina la situación. Pero la exaltación en­fática del hombre fuerte no parece justifi­cada por la melancólica parábola, reconoci­da por el autor como consecuencia precisa­mente de la «ferocidad felina». Ya no son los vikingos del Norte, sino los hindúes, los japoneses y los «obreros de color» los que hacen la competencia mortal y causan el paro de los blancos. Reconoce que comienza la «venganza del mundo explotado contra sus amos», pero se conforta con el flaco con­suelo de que para los hombres de color «la técnica no es más que un arma en lucha contra la civilización fáustica». [Trad. del alemán por Manuel García Morente (Ma­drid, 1932)].

G. Pioli

Hombres y Dioses, Paul Bins de Saint Víctor

[Hommes et Dieux]. Estudios históricos y literarios de Paul Bins de Saint Víctor (1825-1881), publicados en 1867. Es una de las obras más representativas de la producción literaria francesa de fines del siglo XIX. Recoge varios escritos sobre temas culturales y sociales; como hojas suel­tas de su actividad de lector e historiador, estas páginas no ofrecen una unidad de inspiración, pero conservan la ventaja de una fecunda exaltación por «un gran amor al arte y una búsqueda sincera de la ver­dad». Esto explica cómo el lector se acerca con el mismo interés a los medallones que representan a la Venus de Milo (en un lírico homenaje a la estatua famosa del Louvre durante una visita a la sala «donde reina la diosa»), a Diana, Ceres y Proserpina, o la figura de Elena o la de Meleagro. Al tra­zar figuras históricas, desde Nerón y Marco Aurelio a los modernos, el crítico ofrece una interpretación muy personal hasta cuando parece calcar modelos estilísticos o sólo pa­rafrasear los motivos de una obra literaria; resulta entonces una especie de «historia novelada», en la que, tal vez por un exceso de sensibilidad y de argumentación, el autor no considera el pasado sino a la luz del pre­sente; y también por esto la agilidad esti­lística de su prosa sabe conferir una parti­cular unidad psicológica, por ejemplo, a Atila (el «Caliban de la guerra»), o a Car­los XII de Suecia («el nuevo Atila»), o a César Borgia («este héroe dantesco muere como un héroe de Ariosto»), o a Enrique III, etcétera.

Páginas notables son también las dedicadas a Cellini, a Diana de Poitiers («una de las hechiceras de la historia: su solo nombre evoca y reúne como el toque de un cuerno mágico a todo un coro de dio­sas esparcidas por las pinturas y los ba­jorrelieves del Renacimiento»), a la Corte de España bajo el reinado de Carlos II. Me­nos felices algunos escritos ocasionales sobre las medievales danzas de la muerte y sobre particulares temas literarios; es digno de especial mención el artículo sobre las «pla­ñideras» de Córcega, que, refiriéndose al tradicional llanto sobre los muertos, se basa preferentemente en los «Cantos populares corsos» (publicados por Tommaseo). De Agripa d’Aubigné el autor valora su alta inspiración poética, mientras considera a Swift demasiado insular y poco interesante para la Europa continental, y anota agudas observaciones críticas sobre las más diversas obras maestras de la literatura, como el Don Quijote (v.), la Historia de Gil Blas de Santillana (v.), Manon Lescaut (v.) o el Cantar de Roldan (v.). Obra crítica literaria y de divagaciones históricas, Hombres y Dioses descubre en Saint Víctor un escritor pulcro y seguro, pese a sus rebuscados pre­ciosismos estilísticos ; son de notar particu­larmente los testimonios sobre el arte y la civilización italiana.

C. Cordié

El Hombre y las Ciencias Morales, Aristide Gabelli

[L’uomo e le scienze morali]. Obra del pedagogo italiano Aristide Gabelli (1830-1891), publicada en 1869. De franca orienta­ción positivista, el autor propone y trata de resolver los problemas fundamentales de la moral y del derecho basándose en un mé­todo de investigación fundado «sobre la ob­servación de los hechos comunes, claros e indubitables».

La primera parte, pura­mente inductiva, recoge una serie de relie­ves psicológicos, a menudo agudos, sobre la naturaleza de algunas actitudes espirituales, aparentemente muy distintas entre sí (de la admiración al juicio estético, de la simpatía a la piedad, etc.), que desembocan en ex­presiones particulares de un único senti­miento originario y universal: el amor de sí mismo; De este amor deriva la aspiración hacia la felicidad, estímulo de todas las ac­ciones humanas, y, de ésta, la misma volun­tad. La voluntad es libre solamente bajo ciertas condiciones, que la historia va im­poniendo y modificando; es la historia, en efecto, lo que forma la conciencia humana, con sus juicios y sus ideales. De manera que la conclusión sobre el bien moral no puede ser más que relativista: «el bien es lo útil humano», entendido en sentido univer­sal e inspirado por el conocimiento reflexi­vo. La segunda parte contiene las aplicaciones de esta ética utilitaria al sistema general de las ciencias morales, a la moralidad y al derecho. Solamente el método experimental puede rejuvenecer las ciencias morales como ha rejuvenecido las ciencias físicas; de aquí la necesidad de alejar la metafísica de las ciencias morales. A base de estas pre­misas no es posible concebir una moral si no independiente tanto del dogma religioso como de los principios a priori del espíritu; es decir, reducida a una economía.

La éti­ca es la ciencia de lo útil humano; la virtud, sagacidad; el bien, ventaja común; la bon­dad, inteligencia. Las consecuencias jurídi­cas del utilitarismo moral son obvias; todas las manifestaciones del derecho se reducen a unas máximas de utilidad pública, con­tingentes, relativas y determinadas por la historia, que es la única que puede dar un criterio de juicio, tanto sobre la justicia como sobre la moral. Más que por la nove­dad del planteamiento o por la originalidad de las ideas, la obra de Gabelli es interesante como documento de la crisis del pen­samiento italiano en los primeros años del reino, y como acto de fe en la posibilidad de llenar, con una renovación metódica del pensamiento, la grave laguna existente en­tre las instituciones y las costumbres.

A. Bosisio

Hombres y Mujeres, Robert Browning

[Men and Women]. Poesías de Robert Browning (1812- 1889), publicadas en 1868. Originariamente el libro constaba de cincuenta poesías líri­cas, que fueron reducidas a sólo trece com­posiciones en 1868; son, en su mayor parte, monólogos dramáticos, que el autor consi­deraba lo mejor de su poesía; fueron por esto excluidas de esta compilación las bellí­simas composiciones amorosas incluidas en las Líricas dramáticas (v.) y en las Roman­zas dramáticas (v.).

Entre las poesías que quedaron en Hombres y mujeres están «An­drea del Sarto» (v.), «Fray Lippo Lippi» (v.), «El Obispo dispone su tumba en Santa Prá­xedes» (v.). En la forma del monólogo dra­mático, enriquecido con todos los elementos humanos que hasta entonces se le había reprochado sacrificar a un intelectualismo oscuro y revestido con las más complicadas expresiones de la cultura y de la filosofía, Browning alcanza aquella intensidad expre­siva por la que Ruskin le definió como el mayor poeta inglés después de Shakespeare. Pero más allá de las exaltaciones de los apologistas y las consiguientes reacciones de los últimos ochocentistas y de los críticos del siglo XX, la poesía de Browning, cons­truida con vigor e inteligencia, vive en lo más íntimo de un alma y, sin prescindir de la realidad exterior, se adentra en su psicología con una nitidez de comprensión y una ori­ginalidad indagatoria a veces excesivamente diluida, a veces relampagueante. Amante de las figuras de segundo plano, a las que su Andrea del Sarto llama «medios hombres», Browning no supo, sin embargo, hacer, como hubiera querido, el retrato de aquel gran hombre de la historia.

Interesado por la cultura más antigua y menos conocida, re­buscó caracteres y situaciones, que por la misma dificultad de su hallazgo, le parecie­ron más adaptados a su interpretación. Mas de éstos sacó verdades humanas universales, que supo expresar con tal evidencia que su instinto de poeta y de hombre hizo casi lec­tura de almas. Y las mismas ideas terminan por ser desdeñables en la poesía: importa sobre todo el hombre con sus características y con su valor y sus sueños de arte o de vida, religiosos o profanos, precisados en exactas presentaciones que hacen, probable­mente, de estas poesías, junto con Dramatis personae (v.), la más bella colección de Browning.

A. Camerino

Browning, aunque hiciera del lenguaje un innoble barro, creó de éste hombres y mu­jeres que viven. Es el ser más shakespeariano desde Shakespeare hasta hoy; aun cuando Shakespeare podía cantar por diez mil labios y Browning tartamudear por cien bocas. (Wilde)

Hombres Representativos, Ralph Waldo Emerson

[Representative Men]. Ensayos del escritor y filó­sofo americano Ralph Waldo Emerson (1803- 1882), aparecidos en 1850. Tuvieron su ori­gen, como todas las obras de Emerson, en unas conferencias, y por ello se resienten en modo particular de su carácter eminente­mente oratorio.

«Platón, o el filósofo» [«Plato or the philosophus» ], representa la filoso­fía en su más alta, insuperada expresión, la plena madurez del pensamiento. «Swedenborg, o el místico» [«Swedenborg or the mystic»], contiene una crítica del misticismo en cuanto no se libera de los dogmas religiosos o no se traduce en poesía; en cuanto que misticismo y nada más. En «Montaigne, o el escéptico» [«Montaigne or the sceptic»], es considerado el filósofo francés como la encarnación más perfecta del escepticismo, entendido no como elemento destructor del pensamiento, sino como punto de equilibrio entre dos extremos del abstractismo y del materialismo, fase que el pensamiento debe atravesar antes de llegar a una madura con­vicción. «Shakespeare, o el artista» [«Sha­kespeare or the artist»] presenta al gran escritor inglés como la expresión más com­pleta de la poesía, en la que la individua­lidad histórica del poeta está totalmente sumergida. «Napoleón, o el hombre del mun­do» [«Napoleone or the man of the world»], muestra en Napoleón la encarnación del es­píritu democrático del pueblo; el hombre monopolizador y beneficiador del pensa­miento individual, el trabajador de hierro y el hombre práctico sin debilidades, pero también sin humanidad ni moral, despiada­do consigo mismo en la persecución de un propósito.

Su caída es el inevitable castigo de la «ley eterna» para toda experiencia con finalidades puramente egoístas y materialis­tas. En «Goethe, o el escritor» [«Goethe or the writer»], considera en el poeta alemán la expresión de la cultura y de la vida es­piritual del siglo XIX, difundida y genera­lizada. Estos ensayos se cuentan entre las obras más populares de Emerson, pero no son los que manifiestan más felizmente las dotes del célebre escritor americano, que son las de «moralista y de literato, como también de crítico y de historiador. [Trad. española por David Martínez Vélez, con el título Hombres y símbolos (Madrid, 1896) y de F. Gallach Palés (Madrid, 1927)].

E. C. Croce