Isottaeus, Basinio Basini

Elegías latinas en tres libros, del humanista Basinio Basini (1425-1457); compuestas entre el 1450 y el 1451, tal vez en parte con materiales del veronés Tobías del Borgo (m. 1449), y luego publicadas en las Opere del autor, en Rímini en 1794, aparecieron con nuevas revisiones en la colección de las poesías líricas a cargo de F. Ferri, en Turin en 1925. La obra está constituida de epístolas que, con una fic­ción literaria derivada de las Heroídas (v.) de Ovidio, se suponen intercambiadas entre Segismundo Malatesta — el famoso señor de Rímini —, Isotta degli Atti, su amor, y el poeta, y entre Isotta y su padre Fran­cisco. El libro ensalza a la hermosa Isotta, inmortalizada ahora por las medallas de Matteo de’ Pasti y por el templo restaurado y adornado por Alberti, y al mismo tiempo celebra las empresas guerreras de Segis­mundo. A causa de la lejanía del amado, Isotta se muestra dolorida y quejumbrosa, a la manera de una heroína antigua; por su pasión, los dos magníficos personajes habrían pasado pronto a la posteridad den­tro del fausto y la grandiosidad de la corte. Pero Segismundo, del cual son recordadas las glorias militares, en particular el triun­fo florentino del 1448, tendrá que soportar el más acerbo dolor por la muerte de Isotta. Obra típicamente humanística por su estilo y su fina inspiración encomiástica.

C. Cordié

Ismine e Isminias, Eumacio Macrembolita

Novela bizantina en prosa y en once libros, compuesta en la segunda mitad del siglo XII por Eumacio Macrembolita, que vivió en la corte de Bizancio, donde ejerció altos cargos eclesiás­ticos. La trama es la tradicional en la no­vela de amor bizantina: durante una fiesta en casa de un amigo común, dos jóvenes se enamoran y huyen juntos por mar. En plena navegación, durante una tempestad, Ismine es arrojada a las olas embravecidas como víctima expiatoria e Isminias es cap­turado por los piratas. Pero más tarde el joven hallará de nuevo a su amada, viva por milagro, y hecha prisionera por los mismos bandidos; después de otras pruebas felizmente superadas, los dos jóvenes con­siguen por fin la libertad y la felicidad. El modelo de esta obra es Las aventuras de Leucipé y de Clitofón (v.) de Aquiles Tacio; su estilo está lleno de ornamentos retó­ricos, bastante ampulosos y pesados, pero no privado de elegancia.

B. Cantarella

Ismael, Eduardo Acevedo Díaz

Novela del escritor uruguayo Eduardo Acevedo Díaz (1851-1924), publi­cada en 1888, en la que se evoca el ambiente social uruguayo en la «primera patria». Ace­vedo Díaz describe las costumbres, los sen­timientos, las pasiones y las tendencias de la sociedad campesina de entonces, con sus gauchos, sus zambos, sus indios, sus matre­ros, a quienes la clarinada revolucionaria enciende en fuego heroico y da un destino de fuerza eficaz, congregándolos junto a los caudillos, que dominan el escenario. Sin gran variedad en los tipos ni afinado aná­lisis psicológico, cada uno de los personajes que el novelista pone de pie en el marco de sus certeras pinturas, aparece, por la plasticidad del estilo y caracterización en los detalles, tal como era en aquel medio primitivo. Tienen, igualmente, el soplo vital de su arte en esta novela, los recuerdos del ambiente colonial de Montevideo y los epi­sodios de la batalla de Las Piedras, donde el autor traza las semblanzas de algunos jefes libertadores, como Artigas y Lavalleja, en el amanecer de su gloria.

A. González

Isleños, Eugenü Ivanovic Zamjatin

[Ostrovitjanje]. Bajo este título han sido publicadas dos narraciones del escritor ruso Eugenü Ivanovic Zamjatin (1884-1938), editadas en 1918. La primera narración da el título al volumen y es una sátira de la vida inglesa provinciana.

Kambi, joven honrado y virtuoso, se casa con una artista de variedades que lo traiciona con su principal, el abogado irlandés O’Kelly. El celo puritano del pastor Dawley revela la verdad a Kambi, que mata al abo­gado. La larga narración está impregnada del sentido irónico característico de las obras de Zamjatin. Los personajes están vigorosamente caracterizados por un símbo­lo particular de su individualidad: así los dientes de oro de Mr. Dewley, el «pince-nez» de su esposa, los sólidos zapatos de punta cuadrada de Kambi. La metódica vida in­glesa de provincias es comparada a una máquina que funciona perfectamente mien­tras no se introduzca en ella un cuerpo ex­traño. Esta aversión al excesivo racionalismo que llega a mecanizar la vida y a negar la libertad del espíritu, atrajo hacia Zamja­tin, ya apreciado escritor de la Rusia pre- revolucionaria, la hostilidad de la crítica soviética.

En la otra narración «La caverna» la sátira ya no social, sino humana adquiere un tono más doliente y profundo. La fábula se desarrolla en un hipotético San Petersburgo transformado en un desierto de hie­lo: los pocos hombres supervivientes se refugian, cubiertos de andrajos, en las ca­vernas y en la noche «vaga el mamut de trompa gris». Los dos protagonistas, Martin Martinic y Masa, empujados por el frío, van retirándose de una habitación a otra de su caverna; la última, el dormitorio, es un amasijo de animales puros e impuros; hay algún libro, algunos restos de comida, y en el centro el «dios de la caverna, corto de piernas, pequeño y enmohecido: la estufa de hierro». Cuando el último bocado se ha terminado, el último tizón se ha apagado, no queda más que el frasquito verde cuyo con­tenido sólo es suficiente para una sola per­sona. Masa lo arranca de las manos de su marido: «Mart, yo ya no existo, ya no soy yo… Mart, tú comprendes Mart». Y Mart comprende, se deja arrebatar el frasquito y sale en la noche donde espera encontrar la luna que Masa amaba tanto, pero donde solamente hay «nubes bajas y oscuras… y el paso gigantesco y pausado de algún supermamut».

Zamjatin, el más intelectual y refinado de los escritores soviéticos, en 1927 fue uno de los principales inspiradores del grupo de los «Hermanos Serapiones»; su mayor mérito consiste en haber contribuido de una manera eficaz al reajuste de la lite­ratura en el caos que siguió a la revolución bolchevique. Trad. italiana de Tito A. Spagnol y Marco Slonim con el título La ca­verna (Milán, 1935).

O. S. Resnevích

Las Islas del Oro, Frederi MistralI

[Lis Isclo d’or]. Primera colección de poesías líricas de Frederi Mistral (1830-1914), publicada en 1876 (en 8.° de XXI-499 pp.) por J. Roumanille, en Avignon (Frederi Mistral. Lis isclo d’or, Recuei de Pouesio diverso, em’uno Prefàci biougrafico de l’Autor escricho pér éumeme. Traduction française en regard. Avignon… 1876).

La colección contiene: «Prefàci (XXX pp.); I. «Li Cansoun» (Las canciones, 7 poemas); II. «Pouèmo: Lou Tambour d’Arcóle» (El tambor de Arcóle); III. «Li sirventés» (Los sirventés, 9); IV. «Li Pantai» (Los sueños, 9); V. «Li plang» (Los plantos, 9); VI. «Pouèmo: La Fin dôu Meissounié» (El fin del segador); VII. «Li Con­te» (Los cuentos, 5); VIII «Pouèmo: La princesso Clemenco» (La princesa Clemen­cia); IX. «Li Sounet» (Los sonetos, 12); X. «Li Cant nouviau» (Los cantos nupcia­les, 6); XI. «Li Salut» (Los saludos, 13); XII. «Li Brinde» (Los brindis, 8); XIII. «Li Cántico» (Los cánticos, 9). Una segunda edición, debida a Alphonse Lemerre, apare­ció en 1889 («Petite Bibliothèque Littéraire»); en ella, además de la supresión del prefacio, se procedió a la refundición de los Cánticos y de todas las piezas de circunstancias y se añadieron muchos poemas, escritos antes y después de 1876 (1848- 1887), entre ellos dos de los más bellos, el «Himno a la raza latina» y «El león de Arlés» (sumando un total de 72 en lugar de los 90 de la edición original). Esta apre­tada gavilla que coleccionó Mistral al cum­plir sus cuarenta y cinco años (el prefacio lleva fecha 26 de julio de 1875), representa prácticamente el conjunto de su producción lírica, es decir, de todos aquellos versos que compuso aparte de Mireio (v.) y Calendal (v.), las largas epopeyas rústicas sobre las que se estableció la base de su fama quince años más tarde.

Si se opone la poesía lírica a la épica, aun señalando la presencia constante de la primera de ellas, bajo la forma de intermedios, en las dos extensas obras legendarias, es preciso no obstante señalar además una importancia equivalente a Lis Iselo d’or, por su inven­ción poética y por la pujanza musical, que hace de él uno de los más importantes libros de poesía francesa en el siglo XIX. Aquí, en efecto, aprovechando la libertad de temas y la variedad de metros, y en virtud de una perspectiva más apta para ser percibida por el lector, aparece, quizá con mayor claridad, el sorprendente virtuo­sismo de un poeta que fue, a la vez, el milagroso renovador de su lengua natal. De todas maneras el lirismo siempre estriba en la riqueza del verbo, ya que, salvo raras. excepciones, la poesía de Mistral es imper­sonal. La emoción que ella provoca proviene principalmente del tema — con el que, cier­tamente, el autor se identifica por com­pleto— y parece en verdad engendrada por el corazón mismo del poeta.

En esto, Mistral se separa por completo de sus contemporá­neos, los últimos románticos y los prime­ros simbolistas, y se puede añadir que él ha arrancado toda su inspiración de su pro­pio ser y de la tradición de los poetas provenzales. Al único gran poeta de la civili­zación mediterránea al cual puede compa­rársele en Lis Isclo d’or es a Horacio, en sus Odas (v.) y en los Epodos (v.), del mismo modo que Mireio y Calendal le situa­ban en la línea de Homero y los alejan­drinos. Una tan densa colección tan plena de música y color y tan diversa en sus valo­res, se resiste al análisis breve de unas lí­neas. Valga, al menos, recordar que en ella se encuentra «La Coupo», que se transformó en el himno nacional de Provenza y una de cuyas estrofas canta así: «Vuejonous la Pouésio/Pér canta tout 90 que viéu,/Car es elo l’ambrousio/Que tromudo l’ome en diéu» («Venga a nos la Poesía/para cantar a todo cuanto vive/que es ella la ambrosía/que transforma al hombre en dios»). En fin, en­tre los diversos poemas, «El tambor de Ar­cóle», «La Condesa» (personificación de la Provenza), «La roca de Sísifo», «La comu­nión de los Santos», «La muerte de Lamar­tine», «El fin del segador»… pueden hallar­se aquellos, verdaderas obras de arte, que honran a Francia tanto como pudieran ha­cerlo las mejores páginas de Víctor Hugo, de Verlaine o de Baudelaire.