El Italiano, o El Confesionario de los Penitentes Negros, Ann Randcliffe

[The Italian, or The Confessional of the Black Penitents]. Novela de Ann Randcliffe (1764-1822), publicada en 1797. La Randcliffe, que con M. G. («Monk») Lewis (1755-1818) comparte el honor del invento de aquel género literario muy afor­tunado que fue la novela «negra» (o de te­rror: «tale of terror»), trata también en esta obra, que es una de sus mejores, el tema de la muchacha perseguida.

Vincenzo de Vivaldi se enamora de Ellena Rosalba; la familia de la muchacha se opone al matri­monio y se vale, para obligar a la pobre a seguir su voluntad, de un individuo turbio, Schedoni (v.), hombre de origen descono­cido, aunque, según parece, de noble as­cendencia y de arruinada fortuna; en ese hombre, ahora monje, se vislumbran aún las huellas de apagadas pasiones, la sospecha de una horrible culpa, aire melancólico, pálido rostro, ojos inolvidables. Este tipo satánico tendrá un gran éxito en el período romántico y lo imitará Byron (1788-1824) (v. Giaur, etc.). Ellena es raptada por unos sicarios y transportada a un convento, cuya abadesa la somete a la alternativa de casarse con la persona que le ha destinado su fami­lia, o tomar los hábitos. Vivaldi llega a tiempo para socorrer a Ellena y sigue una romántica fuga por los montes de los Abruzzos; cuando los dos están a punto de casar­se, intervienen los esbirros de la Inquisi­ción; Ellena es conducida a una solitaria casa a orillas del Adriático para ser puesta en manos de un miserable, Spalatro, que ha de darle muerte por orden de la marquesa Vivaldi; pero cuando Schedoni está a punto de apuñalarla, descubre que lleva un me­dallón que le revela ser la hija de su ver­dugo. Siguen otros inverosímiles y melo­dramáticos episodios, con reconocimientos, cárceles de la Inquisición, puñales envene­nados, etc. Sin embargo, todo acaba de la mejor manera, con la muerte de Schedoni, y la boda de Ellena y Vincenzo.

Las des­cripciones de paisajes italianos proceden de las Observaciones de Mrs. Piozzi (Observations and Reflections made in the course of a Journey through France, Italy and Germany, 1789) y de las Nuevas observaciones sobre Italia y sus habitantes [New Observations on Italy and its Inhabitants] de P. J. Grosley, 1769.

M. Praz

L’ Italiano, Beaule y Jubin

Revista literaria en len­gua italiana iniciada en París a fines de mayo de 1846, con tipos de, en fascículos mensuales de 48 páginas a dos columnas. Según el anuncio había de publi­carse cada mes, con seis folios de impresión en cuarto y formar al final de cada año un grueso volumen de 576 páginas. Tenía por lema las palabras «Es pues menester volver a ponerse en camino» y su programa era «dar a conocer a los franceses los portentos del saber y del genio italiano cuya fuerza no pudieron domar ni la voracidad del tiempo ni el poderío y la barbarie extran­jeros» (Cironi). Tuvo carácter predomi­nantemente literario para poder obtener más fácilmente la entrada en los diversos esta­dos de Italia, de los cuales esperaba un gran número de suscriptores. Esta esperanza quedó frustrada, y después de publicar cinco fascículos «L’Italiano» moría en octubre del año de su fundación. Fundadores y direc­tores del periódico fueron Michele Accursi y Antonio Ghiglione, el cual por disensio­nes con Accursi se trasladó a Londres. La colaboración con que se honró «L’Italiano» fue excepcional; Mazzini, que redactó el artículo de introducción (el cual se publicó mutilado y mal corregido), insertó en él siete importantísimos artículos firmados «E. J.»; Guerrazzi publicó uno de los más bellos ca­pítulos del Asedio de Florencia (v.); Tommaseo publicó diez artículos originales y de crítica literaria con la firma «A. Z»; Agostino Ruffini trató de filosofía y moral. Filippo Ugoni, Francesco Orioli y otros patriotas y desterrados colaboraron también en aquella revista con inteligencia y desinterés, guia­dos todos por la intención de contribuir a la resurrección de la patria lejana.

R. Caddeo

La Italiana en Argel, Gioacchino Rossini

[L’italiana in Algeri] ópera cómica en dos actos de Gioacchino Rossini (1792-1868), estrenada en 1813 en el teatro San Benedetto de Venecia. El libreto, de Angelo Anelli — ins­pirado en la leyenda de la bella Rosellana, la esclava favorita del sultán Solimán II—, había sido ya puesto en música por Luigi Mosca (1775-1824), en Milán, teatro de la Scala, 1808. Escrito al buen tuntún, algo in­genuo, no carece de cierto brioso desenfado y comicidad.

En lugar del Sultán tenemos aquí un Mustafá-bey de Argel, el cual, can­sado de su esposa Elvira, encarga a Alí, capitán de corsarios, que le encuentre otra esposa, una italiana. Paralelamente, una tempestad arroja a las orillas de Argel un navío en el cual se halla una italiana, Isa- bella, que, en compañía de Taddeo, su caballero, ha partido en busca de su prometido Lindoro, secuestrado por los corsarios. Da la casualidad que Lindoro se halla sirviendo como esclavo a Mustafá. Isabella, conducida a presencia del bey, finge aceptar sus gro­seras galanterías, mientras se dispone a aprovecharse de su bobería para burlarlo. Representando una bufa ceremonia ella nombra a Mustafá su «Pappataci» y le da a entender que con aquel título se honra en Italia a «los que nunca se cansan del bello sexo», y que obliga a quien lo ostenta a comer y beber alegremente. El buen hom­bre, entusiasmado, se somete dócilmente al ritual que se le impone y, sentado ante una mesa ricamente servida, come a dos carri­llos y trasiega vino. En tanto, Isabella, Lin­doro y sus compañeros se escabullen y ga­nan el navío que los volverá a su patria. Cuando Mustafá advierte aquella burla se pone furioso; pero pronto, resignado, vuelve a su esposa convencido de que las mujeres italianas, demasiado picaras y maliciosas, no son para él.

Esta ópera, escrita por Rossini en sólo veintitrés días, como Tancredi (v.), que la precedió en tres meses, se distingue notablemente, por su estilo juvenil, de las numerosas óperas bufas que van de la Cam­biale di matrimonio (v.) al Signor Brus­chino (v.). Si bien en la Italiana quedan no completamente resueltas aún reminiscencias de estilos y maneras de la ópera cómica del siglo XVIII, también refulgen en ella carac­teres netamente rossinianos por la vivacidad rítmica y dinámica, que resplandece en la y frase musical, el impulso eufórico que la recorre, el cambiante avance de los te- más y la plenitud de los trozos de conjunto y de la instrumentación. Uno de los mejores fragmentos es el cuadro, vivo y colorido, en que destacan las figuras de Mustafá y de Isabella, aquél con su panzuda galantería, ésta con su desparpajo astutamente feme­nino. También el tipo de Taddeo ha suge­rido a Rossini divertidos pasajes cómicos. Menos original es la parte de Lindoro, que a veces alcanza lo patético como en el aria «Languir per una bella». La instrumentación colabora a menudo y activamente en la expresión musical, ya con ingeniosas fór­mulas de acompañamiento, ya con ciertas finísimas notaciones que subrayan y comen­tan con sabrosa caricatura las palabras de los personajes. Entre los trozos famosos de esta obra se recuerdan el final del primer acto, en que el contrapunto de las partes alcanza efectos deliciosos, y, en el acto se­gundo, el famoso terceto de los «Pappataci», por el cual «en otros tiempos se volvieron locos todos los públicos de Europa».

M. Bruni

Italia Liberada de los Godos, Gian Giorgio Trissino

[L’ltalia liberata dai goti]. Poema heroico en veintisiete libros, laboriosamente redac­tados al modo clásico por Gian Giorgio Trissino (1478-1550), y publicado en tres volúmenes en 1547-1548. La dedicatoria a Carlos V, honrado como continuador del Imperio, puede también explicar la singu­laridad de su tema: la guerra de los bizan­tinos contra los godos bajo los generales Belisario y Narsete hasta la derrota de los bárbaros y la captura de Witiza, su jefe. Esta, obra eruditísima, escrita siguiendo los procedimientos del historiador griego Pro- copio de Cesarea (siglos V-VI) y de sus Historias (v.), resulta pedante y ampulosa, hasta en sus episodios menos obligados por las reglas aristotélicas seguidas por el autor. Añádase la monotonía del endecasílabo con que el autor intenta reproducir el hexá­metro heroico, y la sustitución meramente mecánica de lo «maravilloso» cristiano por lo pagano, atribuyendo, por ejemplo, a la Virgen el papel de la diosa Venus.

La mis­ma exaltación de Carlos V en la figura del emperador Justiniano contribuye a acen­tuar el carácter impropio de la obra. Y, con todo, la Italia liberada tiene un singular valor en la épica del Renacimiento, al re­presentar la creación más coherente de un espíritu que intentaba construirse conscien­temente, dando a su propia actualidad las formas de un mundo que había pasado ya. En la épica como en la lingüística y en la dramática Trissino fue el generoso y medio­cre representante de esta nueva personali­dad que intentaba realizarse sobre las bases de te inteligencia y de la cultura y cons­tituyó su más pura expresión, hasta incurrir, empero, en repetidas ocasiones, en la aridez inexpresiva y en la paradoja.

C. Cordié

Italia Mística, Émile Gebhart

[l’ltalie mystique]. Obra del historiador francés Émile Gebhart (1839-1908), publicada en 1879. Es una ver­dadera historia «del renacimiento religioso de la Edad Media», y por eso se sitúa ante la historia italiana con la intención de cap­tar su latido más íntimo y de hacer sentir, con una sinceridad de artista, sus sueños y sus ideales. El aspecto más notable de la reconstrucción consiste en el modo con que esta historia se presenta, en sus varios pro­blemas religiosos, políticos y económicos, especialmente para el franciscanismo, ver­dadero sentimiento de lucha social y de hermandad evangélica, que recorre la península y hasta suscita, en su extremismo, la oposición entre la teocracia papal y la aus­tera afirmación del Evangelio de la pobreza.

El autor afirma que en el siglo XIII el mis­ticismo informa todos los aspectos de la sociedad, desde las poesías de los trovadores y las varias herejías hasta la corte de Fe­derico II de Suabia. Es un fermento de vida nueva, y los espíritus tienden a salir de las costumbres meramente exteriores y las ru­tinas religiosas o de las leyes civiles para identificarse con el ideal proclamado por los santos y hasta por los rebeldes. En tal fermento se comprende la exaltada palabra de Gioacchino da Fiore y así el acento profético de Dante se matiza con la luz dramá­tica y violenta de un tiempo casi apocalíp­tico. En la vida de Italia, entre partidos en lucha y deseo de goces paradisíacos, San Francisco de Asís y su apostolado, Celes­tino V que renunció a la tiara y Jacopone da Todi que, entre la sabiduría y la locura, se arrodilla, humilde fraile, ante la luz mis­teriosa de Dios, constituyen las más singu­lares afirmaciones del sentimiento religioso de aquellos siglos. La misma obra de Giotto, aunque en la sólida afirmación de una vida sincera y consciente de su oficio terrenal, toma la actitud de reivindicación de una epopeya de santidad que al principio el mundo había observado con curiosidad y a veces incluso con desprecio, y que más tar­de había comprendido como una de las más profundas afirmaciones de una nueva espi­ritualidad.

En la renaciente literatura ita­liana, desde Amaldo da Brescia a Petrarca, de Santa Catalina de Siena a Savonarola, hay un estremecimiento de religiosidad que convierte la misma forma artística en meditación y en documento de vida espiritual, con la exigencia de una acción más cons­ciente de apostolado. El espíritu laico, hijo de la Edad Media, mostrará en la época de la reforma luterana la profunda actitud de los humildes en las luchas políticas y socia­les del Renacimiento; sin embargo, para in­dicar la importancia de la civilización me­dieval y la decisiva aportación de la Italia mística a la nueva formulación de senti­mientos y de actitudes, bastaría la figura de Dante, hombre de un siglo de ansias y de contrastes, ya que en su firmeza de creyente y en su conciencia de ciudadano exaltó lo divino ante los vicios y las torpezas del mundo. La obra de Gebhart hay que consi­derarla fundamental para un período histó­rico tan discutido; en todo caso es uno de aquellos libros clásicos que se consideran como representativos del interés mostrado por el siglo XIX hacia los problemas de la religiosidad medieval.

C. Cordié