Libro de versos del poeta mexicano Amado Nervo (1870-1919), publicado en 1906. En dulces y persuasivos ritmos, el exquisito poeta, que después cantara el episodio de su amor en La amada inmóvil (v.), canta aquí el epitalamio de su vida. Su naturaleza de mexicano, cálida y sensual, irrumpe en estrofas densas de pathos erótico, pero su naturaleza refinada, de simbolista y místico, atenúa aquella frecuente vibración vital. Como los volúmenes anteriores, Serenidad (1914), Elevación (1916), Plenitud (1918), estos Jardines interiores ofrecen un vasto ensayo de las posibilidades creadoras de Nervo, poeta de riquísimas modulaciones y extrema sensibilidad. El amor no es lo único que vibra en su gama emotiva; su mirada está atenta a las cosas humildes y sencillas; juegos de niños, sensaciones fugitivas, meditaciones nostálgicas sobre el misterio de la existencia, interioridades de donde procede el título del libro. Hay, también, algún fugaz rasgo brioso, una de las notas más sugestivas del mexicano, precisamente porque no desentona con el resto de su obra sino que está fundido con la misma, pero fundido en armonía no fácilmente alcanzable. El rasgo más elevado de su poesía es un resultado casi nirvánico, suspendido entre la melancolía y la satisfacción: «amé, fui amado, el sol acarició mi faz/¡Vida, nada me debes! Vida, estamos en paz». Este volumen contiene una página bastante rara: el elogio de un republicano a un monarca. En efecto, hallándose el autor en Madrid cuando las bodas de Alfonso XIII, dirigió a los soberanos y leyó un «Epitalamio» que se halla en esta colección. Así, después de Rubén Darío, acogido antes triunfalmente, otro americano se impone a la admiración de la vieja España. Y el ideal de Darío, Rodó, Chocano, Fombona, halló voz también en el alma llena de gracia del místico Amado Nervo.
U. Gallo

