Himnos, Sinesio de Cirene

De Sinesio de Cirene (siglos IV-V) nos han llegado nueve him­nos, a los cuales, en algunos códices, si­gue un décimo que la mayor parte de los críticos considera apócrifo. Escritos en dia­lecto dórico, estos Himnos están, en su ma­yor parte, en anapestos y jónicos y perte­necen al último período de actividad de Si­nesio; su contenido es, como su valor, muy diverso: el primero y el segundo son quizá los menos bellos, pero tienen interés por las doctrinas religiosas que el autor expone, alejándose en general de la ortodoxia cris­tiana para manifestar más bien principios neoplatónicos y gnósticos, principalmente por lo que se refiere al concepto de la Tri­nidad. En cambio, son bellísimos el octavo, en el que narra el descenso de Jesús a los Infiernos, y el séptimo y el noveno, en los que el autor pide a Dios una vida humilde pero digna de un sabio y la capacidad de elevarse hasta la visión de lo divino. Estos Himnos, dotados de admirable fervor e intenso sentimiento, son importantes, aparte de su notable valor poético, por su inter­pretación de la personalidad de Sinesio, en cuyo ánimo el cristianismo y el helenismo se funden en una unidad completamente nueva e insólita en aquella época.

G. Schick

Jikkin-Shō, Anónimo

[Materiales escogidos para ilustrar los diez mandamientos]. Obra de la literatura japonesa, compilada en 1251. El autor es incierto; según algunos, es Tachibana-no-Narisue, el mismo autor del Kokon Chomon-jü (v.); otros, en cambio, opinan que es Sugawara-no-Tamenaga (1158-1246); otros aún abogan con mayor razón, por el bonzo Rokuhara Nirozaemon. El Jikkin-shō es una colección en tres volúmenes, de cuentos ejemplares, los cuales tienen una intención moral y educadora, habiendo sido escritos con la estricta finalidad de incitar al bien. Toda la obra está dividida en diez partes, cada una de las cuales tiene por título el precepto moral que es ilustrado y ejemplificado por las narraciones que contiene: «Sé caritativo», «Evita la sober­bia», «No desprecies a nadie», «Honra a tus superiores», «Escoge bien tus amigos», «Sé siempre fiel y leal», «Reflexiónalo siempre bien todo», «Sopórtalo todo con pacien­cia», «Evita cualquier pregunta inoportuna», «Tiende siempre al mejoramiento de tus facultades». Las anécdotas, muchas de las cuales se encuentran en obras precedentes, están escritas en un estilo llano y fácil; el libro estaba destinado a la educación moral de los jóvenes.

S. Nogami

El Jinete de Bronce, Alejandro Pushkin

[Mednyj vsadnik]. Poema del escritor ruso Alejandro Pushkin (Aleksander Sergeevic Puskin, 1799-1837), publicado en 1831. Es la exalta­ción de la ciudad de San Petersburgo y de Pedro el Grande, su fundador, a cuya me­moria está dedicada la obra. El «jinete de bronce» es precisamente el enorme monumento del gran zar que se yergue en el centro de la ciudad. El héroe del poema es un joven empleado, Eugenio, quien, durante una noche insomne, piensa en su trabajo, que rinde poco, y en su amor a su novia Parasa. Un ruido inesperado, gritos y el sil­bido del viento llegan de la calle: el Neva se ha desbordado: la inundación. Eugenio se salva agarrándose a un león de bronce, única parte de un monumento que queda sobre el nivel del agua. Ante sí el joven ve la sumergida habitación de su Parasa y, algo alejado, el «jinete de bronce». Su razón se nubla debido al dolor; desde entonces se arrastrará vagabundo por la ciudad, andra­joso y famélico.

Un día, pasando junto al «jinete de bronce», en un momento de lu­cidez, recuerda su amor perdido y apostrofa violentamente al zar de metal; a él, que sobre los pantanos ha fundado su ciudad, le pide explicaciones de su desgracia. Luego, espantado, huye y le parece que el «jinete» le persigue. Unos días después, su cadáver es hallado en una pequeña isla próxima a la casa donde murió ahogada Parasa. Es una de las obras más perfectas entre las menores de Pushkin, donde el elemento ar­tístico y el sentimiento legendario, los mo­tivos graciosos y de sensibilidad y los alu­cinantes se integran sin contrastes, en una inspiración francamente unitaria de gran balada. [Trad. española de G. Kraisky y de Alexis Marcoff, en el tomo II de Obras es­cogidas, de Pushkin (Barcelona, 1942), con el título El jinete de cobre.]

G. Kraisky

Jih Chih Lu, Ku Yen-wu

[Memorias de los estudios cotidianos]. Obra de Ku Yen-wu (1613- 1682), gran literato chino y adelantado de la escuela Kao-ching, la cual emprendió la ta­rea de las ediciones críticas y de los comentarios filológicos de los clásicos.

La finali­dad del estudio, tal como lo concibe nues­tro literato, reside en su utilidad para el gobierno y para el bienestar del pueblo. Por esta razón rehúsa las doctrinas de Lu Hsiang-shan y de Wang Yang-ming (v. Hsiang-chan Ch’üan Chi y Yang-ming Ch’ üan Chi) y ensalza la de Chu Hsi (v. Chou Tsû Ch’üan Shu), puesto que los primeros sostienen que nuestra mente (siendo el hom­bre un microcosmos) en sí lo comprende todo, y es inútil extender el saber fuera de la mente humana, mientras que este último sostiene que nuestra buena conducta va haciéndose cada vez más sólida con el au­mento de nuestro saber, que consiste en la investigación de las leyes últimas de las co­sas. Como revela el título, la obra es una colección de escritos breves, fruto de treinta años de estudios e investigaciones que ver­san principalmente sobre tres temas: los clásicos, los principios del gobierno y argu­mentos variados que se le presentan. Para nuestro literato la tarea de los intelectuales es el estudio de los clásicos mientras que la mayoría de los estudiosos de las dinastías precedentes (Sung y Ming, siglos X-XVII) se ocupaban del estudio de la esencia de la naturaleza humana y de la razón última del universo, todas ellas especulaciones que, para nuestro literato no sirven para nada. Por esta razón el autor acentúa demasiado la investigación externa y objetiva y aban­dona el estudio interno del pensamiento; y precisamente por esto es considerado como el padre de aquel movimiento «científico» que florecía en la última dinastía. Son notables algunas características metodoló­gicas en su estudio.

Primeramente hay que aplicar la inducción: cuando hay que defi­nir un hecho, un objeto, una frase o una palabra, busca primeramente todas las fuen­tes posibles que tienen, directa o indirecta­mente, alguna relación con el hecho, y va­lora las diferencias y las semejanzas; con este procedimiento seguro y objetivo llega finalmente a la exacta definición del objeto propuesto a su consideración. En segundo lugar quiere buscar nuevas ideas, y se aver­güenza de copiar o recoger aquellas ideas que los antiguos ya encontraron o interpre­taron: «Se dice generalmente que los autores modernos cuando escriben sus libros hacen como los obreros que acuñan las monedas de cobre; los antiguos extraían el cobre de las minas, y los modernos compran, en cam­bio, las viejas monedas de cobre, que llaman cobre usado, para hacer de ellas material para nuevas monedas, las cuales, acuñadas de esta manera, son ciertamente feas… algunos me preguntan cuántos volúmenes he escrito de nuevo; éstos esperan, segura­mente, que yo acuñe las monedas con el cobre usado; y yo les contesto que desde la última vez que nos vimos he estudiado día y noche y he hecho muchas y largas refle­xiones, pero que no he logrado escribir más que unos pocos párrafos». Este párrafo revela claramente su seriedad en los estu­dios y en sus obras. En tercer lugar, Ku estudia con miras a la aplicación práctica, porque desde los tiempos de Confucio y de Mencio los confucionistas han tenido siem­pre un espíritu práctico y no especulativo; este espíritu fue olvidado en los tiempos de Sung y de Ming, pero según nuestro autor hay que hacer resucitar la buena tradición.

El Jih Chih Lu, la obra monumental de Ku Yen-wu, abrió camino a la escuela de Kao- keng, la cual, con sus estudios filológicos y críticos sobre los textos antiguos ha re­unido un material para nosotros precioso. H. Wilhelm, Gu Ting Lin, der Ethiker (1932).

P. Siao Sci-Yi

Jesús que Vuelve, Ángel Guimerá

[Jesús que toma]. Drama en tres actos y en prosa del poeta y dramaturgo catalán Ángel Guimerá (1845- 1924), estrenado el 1.° de marzo de 1917. El príncipe Demetri se refugia en el cas­tillo del conde Orlof, siguiendo a la millonaria norteamericana Gladys. Poco después pasa por allí Nataniel, un hombre misterioso al que unos califican de profeta y otros consideran como el propio Jesús que ha vuelto a la tierra. Ante el castillo la tropa le corta el paso y es herido en el pecho. Lo curan en el propio castillo y Gladys queda fascinada por su personalidad y le sigue hasta la ciudad. Demetri cae enfermo al ser abandonado por la mujer que ama sin ser correspondido. El médico asegura que sólo la presencia de Gladys puede curarlo. El rey Rodolf permite, a disgusto, la visita de la norteamericana. Entre tanto, las guerras promovidas por el sanguinario monarca si­guen derramando sangre. Nataniel, que es­taba prisionero, se escapa misteriosamente y quiere convencer al rey de la necesidad de la paz; Gladys, satisfecha por la libertad de Nataniel, que le fue prometida antes de que se fugara, accede a casarse con el prín­cipe Demetri. Nataniel muere violentamente exhortando a los soldados que depongan las armas. La obra tiene un fondo alegórico y pesimista. Pretende demostrar la imprescin­dible necesidad del amor y la hermandad universales. Sin embargo, la muerte del pa­cifista Nataniel, que realmente es un sím­bolo aproximado de Cristo, demuestra que el odio de los hombres es superior a su deseo de paz.

Guimerá consigue dar a la obra un halo de poesía y de misterio sin truculencias que la asemejan a ciertas pie­zas del teatro moderno.

A. Manent