Juvenilia, Miguel Cañe

Obra de Miguel Cañe (1851- 1905), una de las figuras intelectuales más preclaras de la generación argentina lla­mada del 80. En ella evoca el autor su vida estudiantil y la de sus compañeros de internado en el viejo Colegio Nacional de Buenos Aires, alrededor del año 65. Su re­lato, de una amenidad cautivante, es casi siempre de tono risueño y humorístico, aun­que incluya páginas de melancólica emo­ción, como aquellas en que describe la muerte del doctor Agüero, rector del establecimiento. La pintura de algunos tipos y caracteres como el del célebre profesor Amadeo Jacques o los de ciertos alumnos traviesos y maleantes, la narración de aven­turas y episodios pintorescos, está hecha de mano maestra, con espontaneidad y fres­cura insuperables. Por sus rasgos generales este libro ha sido comúnmente incluido dentro del género de la novela picaresca, bien que no sea propiamente obra de ima­ginación, sino una crónica de hechos rea­les, salpicada de simpáticas notas de lirismo juvenil y abrillantada por el espíritu vivaz e ingenioso del autor.

A. Melián Lafinur

Sobre lo Justo, Platón de Atenas

Diá­logo comprendido en algunos manuscritos de las obras de Platón de Atenas (428/27- 347 a. de C.), pero indudablemente apó­crifo. Es de época incierta, probablemente prearistotélico, y se desarrolla entre Sócra­tes y un personaje anónimo que dialogan en torno al concepto de lo justo, Sócrates con su acostumbrado procedimiento dia­léctico induce a su discípulo a aclarar cuál sea la medida que sirve para discernir lo justo de lo injusto. Esta es la palabra; pues con el discurso los jueces, que entienden en justicia, ponen en claro la diferencia que hay entre lo justo y lo que no lo es. Con todo, el discípulo no logra definir lo justo. Sócrates imprime entonces un nuevo rumbo al diálogo: ¿los hombres son injus­tos voluntariamente, o, como dice el poe­ta, nadie hace el mal por su voluntad? El discípulo se inclinaría a la primera opi­nión; pero Sócrates le convence de lo con­trario. En realidad, las cosas que a pri­mera vista se llamarían justas (decir la verdad, no engañar, prestar un servicio) y aquellas que a primera vista se dirían in­justas (mentir, engañar, causar daño) no son tales en sentido absoluto, sino según las circunstancias.

Hay pues que decir que quien hace tales acciones justas a propó­sito es justo: y cómo se obra de propósito según el conocimiento, el hombre sabio será justo y por el contrario, el ignorante será injusto. Pero involuntariamente el hombre es ignorante; por tanto, también involun­tariamente es injusto. De modo que tenía razón el poeta. Este breve diálogo, que no tiene ninguna originalidad ni ninguna gra­cia estilística, puede parecer un ejercicio retórico escrito en cualquier escuela de retórica; y sin duda es un exponente de aquel ambiente escolar pseudosocrático que Platón despreciaba tanto.

G. Alliney

Justina o las Desventuras de la Virtud, Donatien-Alphonse-François

[Justine ou Les malheurs de la vertu]. No­vela de Donatien-Alphonse-François, mar­qués de Sade (1740-1814), publicada en 1791. Existen tres versiones de esta obra. La primera, la menos audaz, fue escrita en la Bastilla, donde el autor estuvo recluido por su vida disoluta, entre 1787 y 1788, y ha sido publicada por M. Heine en 1930; la segunda redacción, publicada en 1791, alcanzó seis ediciones en diez años. La ter­cera redacción, definitiva, fue publicada en 1797. La nueva Justina o las desventuras de la virtud (4 volúmenes) seguida de la Historia de Julieta, su hermana, o las pros­peridades del vicio (6 volúmenes) [La nouvelle Justine ou les malheurs de la vertu, suivie de l’Histoire de Juliette, sa soeur, ou les prosperités du vice]. Sade ha sido definido muy justamente como «uno de los menos leídos entre los escritores de los que más se habla». Sin embargo, su influen­cia sobre el movimiento surrealista es evi­dente.

Justina y Julieta, muchachas de buena familia, educadas en un convento, se ven obligadas a ganarse la vida por la bancarrota del padre y la muerte de la madre. Julieta, despreocupada, dominante y bella, goza con su libertad; Justina, la hermana menor, tierna y melancólica, se aflige por su desgracia y quiere conser­varse virtuosa. Las dos hermanas se sepa­ran. Justina busca ayuda entre los amigos de su familia, que se desentienden de ella; sufre aventuras horrendas, atropellos abo­minables, es encarcelada y condenada a muerte, se evade y mientras vaga descon­solada encuentra a una distinguida señora acompañada de cuatro gentilhombres; es su hermana Julieta que, en lugar de conservar la virtud, se ha entregado al vicio y «no ha encontrado más que rosas en su cami­no». Julieta o la prosperidad del vicio, con­tinuación de Justina, representa el polo opuesto de ésta. Julieta toma parte gozo­samente en toda suerte de repugnantes in­moralidades y aunque termina trágicamente fulminada por un rayo apura los placeres más bajos de la existencia humana. En Sade el sentido del infinito, desterrado de las vidas humanas con la supresión de todo significado espiritual, se refugia en una especie de satanismo cósmico.

Para Sade, que invierte las premisas de Rousseau, todo es malo, todo es obra de Satanás; la Natu­raleza tiene como ley suprema la destruc­ción y el crimen. Así imagina que habla a los virtuosos el Ser supremo de la mal­dad: «Si habéis visto que todo es vicioso y delictivo sobre la tierra, ¿por qué vais a extraviaros por los senderos de la virtud?». Y leemos también: «La virtud no conduce más que a la inacción más estúpida y mo­nótona; el vicio, a todo aquello que el hom­bre puede esperar de más delicioso sobre la tierra». Como ilustración de sus teorías nihilistas, Sade escoge el tema de la joven- cita perseguida, usado en la Clarissa (v.) de Richardson y refleja en forma exaspe­rada la misma corriente artística que en Inglaterra provoca la redacción de novelas negras o terroríficas («tales of terror», v. El italiano y Los misterios de Udolfo de A. Radcliffe, El monje de M. G. Lewis) y la fase histórica que culminó en el Te­rror. Contra las teorías de Sade quiere reaccionar Restif de la Bretonne, con su Anti-Justina o Las delicias del amor [AntiJustine ou Les délices de l’Amour].

Algu­nos románticos aprovecharon las teorías del Divino Marqués (como ha sido llamado Sade), de modo que su obra forma una de las más notables corrientes subterráneas en la literatura del siglo XIX (Baudelaire, Huysmans, Swinburne, etc.). Su influencia sobre ciertas tendencias modernas es eviden­te. Acerca de la personalidad de Sade ro­deada de un halo de sombría leyenda ha hecho no poca luz P. Bourdin en su intro­ducción a la Correspondance inédite du Marquis de Sade (París, 1929) y M. Heine en L’affaire des bonbons cantharidés du Marquis de Sade, en la revista «Hippocrate», marzo, 1933.

M. Praz

Un Justo Desafío, Thomas Middleton

[A Fair Quarrel]. Tragedia de Thomas Middleton (1570-1627) y William Rowley (1585?-1642?), cuya me­jor parte fue escrita por Middleton, y que, con todo, muestra por primera vez lo que debe a su colaborador, en cuanto a la cons­trucción y al seguro sentido del teatro. Su trama principal (hay también otra de segundo término, que tiene mucha menos importancia) es la que da el título a la tra­gedia y fue llamada réplica burguesa del Hamlet (v.).

El joven capitán Ager es lla­mado bastardo, durante una disputa con su coronel, hombre valiente pero colérico, y por el cual Ager siente gran admira­ción. El duelo entre ambos es ya inevita­ble. pero Ager no puede desafiarse sino por una causa justa. Perplejo, lleno de angus­tia, interroga a su madre, la cual, al ver que su hijo duda de ella, le da una bofe­tada. Ager se alegra de aquella indignación, manifiesta a su madre la alegría que siente y le dice que ahora ya puede desa­fiarse con quien lo ha insultado. Entonces su madre, asustada por la idea del desafío, temiendo por la suerte de su hijo, acaba por declararse culpable. Con la muerte en el alma, Ager renuncia a desafiarse y pre­senta sus excusas al coronel que le llama cobarde. Ante el nuevo insulto inmerecido, el joven desenvaina la espada; ahora tiene derecho a desafiarse. Hiere al coronel, y este, creyendo hallarse a punto de morir, retira la injusta acusación lanzada en un momento de ira contra la madre de Ager.

La escena entre Ager y su madre, a pesar de le retractación quizás demasiado preci­pitada de ella, y la del duelo, indudable­mente de Middleton, aunque se perciba en la invención la eficaz ayuda de Rowley, tienen gran vigor y logran acentos poéticos de clara eficacia y una expresión directa y franca de los sentimientos. Una fuerza natural y espontánea hace que las mejores escenas de esta tragedia cuenten entre las más memorables de todo el teatro elisabetiano. A la trama principal se añade otra acción; la del matrimonio secreto de Jane y del médico, sacado de una novela de los Hecatonmitos (v.) de G. B. Giraldi (V, 5). El desarrollo de esta segunda acción so atribuye por muchos críticos a William Rowley.

A. Camerino

Entre todos los dramaturgos elisabetinos Middleton parece el más impersonal, el más indiferente a la fama o perpetuidad per­sonal, el mejor dispuesto, excepto Rowley, a aceptar colaboración. Es también el más variado. Diríase que sus mejores tragedias y comedias están escritas por dos hombres diferentes. (E. Jaloux)

Justicias del Rey Don Pedro, José Zorrilla

Pe­queño poema en la métrica de los «roman­ces viejos» del poeta vallisoletano José Zo­rrilla (1817-1893). Es una variante poética de la leyenda de Pedro el Cruel, rey de Castilla de 1350 a 1369: este soberano fue en realidad un criminal sanguinario, pero la leyenda popular, como se desprende tam­bién de la comedia El médico de su honra (v.) de Calderón, hizo de él el prototipo del justiciero según las aspiraciones de los humildes. En el pequeño poema de Zorrilla, un pobre zapatero es asesinado por un rico prebendado. Su hijo, Blas Pérez, recurre a los tribunales, los cuales condenan al eclesiástico a no asistir al coro durante un año, pero sin renunciar a la rica prebenda. Impulsado por la sed de venganza y por la desconfianza en la justicia, Blas Pérez mata al prebendado, en el preciso momento en que la procesión del Corpus se dispone a desfilar ante el rey Pedro. Enterado por el asesino del motivo de su acción, el rey la da una bolsa llena de oro y le condena a no hacer zapatos durante un año.

El poema abunda en elementos descriptivos y en diálogos dramáticos, según el procedi­miento acostumbrado en los romances tra­dicionales españoles, pero debe su popula­ridad más a la narración en sí que a la poesía, que sólo la envuelve de una ma­nera fragmentaria.

A. R. Ferrarin