K’ang-Hsi-Tzū-Tien

[Diccionario de K’ang Hsi]. Famoso diccionario de caracte­res chinos, publicado en 1716 bajo la pro­tección del emperador K’ang-Hsi (1662- 1722). Contiene cuarenta y nueve mil ca­racteres dispuestos bajo doscientos catorce radicales. Ha sido, en China y en el extran­jero. entre los sinólogos europeos, el diccio­nario más conocido y usado durante nume­rosas generaciones, a pesar de sus muchos errores, que la obra Tzú-Tien-K’ao Chéng [Rectificaciones al Diccionario) de Wang Yin-chih (1766-181-1) solamente en. parte consiguió corregir.

M. Muccioli

Kalpasūtra

Conjunto de antiguas obras indias (500-200 a. de C.), referentes a las ceremonias y ritos religiosos. Se di­viden en srautasūtra [Sūtra de la revela­ción] — que contiene las reglas para prepa­rar los tres fuegos sagrados, el sacrificio del fuego, el del plenilunio y el del novi­lunio, los de las estaciones, de los animales y especialmente el sacrificio del dios Soma (dios de la fuerza embriagadora de la na­turaleza)— y en Smārtasūtra [Sūtra de la tradición] que, a su vez, de divide en tres clases: Grhya-sūtra (v.), Dharma-hītra (v.) y sulvasūtra. Estos últimos (literal­mente «Reglas de la cuerda para medir)» se refieren a las medidas y a los cálculos necesarios para preparar el área del sacrificio y para la construcción del altar, y tienen importancia para la historia de la ciencia por ser los más antiguos textos indios de geometría. Para srautasūtra (y Grhya-sūtra) cfr. A. Hillebrand, Ritual-Literatur; Vedische Opfer und Zauber (Estrasburgi, 1897)

Kalevala, Elias Lönnrot

Cuando entre los Siglos XVIII y XIX empezó a hacerse sentir, pri­mero en Inglaterra y en alemania, y más tarde en Francia y en Italia, el vasto movi­miento del Romanticismo, y se leyeron los Cantos Populares (v.) que Tierder coleccionó y tradujo siguiendo el ejemplo de las Reli­quias de la antigua poesía inglesa (v.), de Percy, nació también en la remota Finlandia una especie de epopeya nacional, a la que fue dada, por uno de los primeros recolectores de cantos del pueblo, el nombre de Kalevala (tierra o patria de Kaleva, un héroe o ca­beza de estirpe de antiguas tribus nórdicas). El mérito pertenece al médico Elias Lönnrot (1802-1882), hijo de un pobre sastre de la aldea de Paikkari, a orillas del lago de Valkjarvi. Apasionado por la poesía popu­lar, había publicado en 1827 su primer es­crito, De Väinäinöme priscorum Fennorum numine. Más tarde, recorriendo a pie gran­des zonas semidesiertas y remotas aldeas, haciéndose dictar por ancianos «laulajat» (cantores o rapsodas) cantos populares de magia y de amor, historias y leyendas en verso, transmitidos oralmente, se le ocurrió, siguiendo el ejemplo de aquellos rapsodas, reunir algunos de los cantos en pequeños ciclos alrededor de un mismo personaje y argumento, y estos ciclos en grupos mayores o pequeñas epopeyas y, por fin, en una única epopeya, que fue precisamente el Kalevala.

En esta primera redacción, publicada el 28 de febrero de 1835 (día que más tarde se celebró en toda la nación como «Kalevalapana» es decir, día del Kalevala), el poema, dividido en 32 cantos, tenía 12.000 versos (octosílabos trocaicos con aliteraciones y paralelismos, el metro nacional de los fine­ses y de sus afines estonianos y mordvinos). Prosiguieron las investigaciones, con ayuda de otros cultivadores de estos estudios, hasta que en 1S49 fue publicado el segundo o. como alguien dijo, el «nuevo Kalevala» («nusi Kalevala»), dividido en 50 cantos o «runi», con un total aproximado de 22.795 versos. Así Finlandia tuvo, gracias a la genial idea de Lönnrot. todo el tesoro de su poesía tradicional; y en una forma única en el mundo, en forma de un poema «completamente compuesto por cantos po­pulares». Algunos literatos llamaron a Lönnrot el Homero finés, aunque sin razón, como demostró el italiano Comparetti en su magistral libro sobre el Kalevala (1891): un poema épico no puede ser una obra colectiva, reunida por el pueblo: la unidad solamente puede dársela un poeta único y genial; y la unidad es lo que esencial­mente falta al Kalevala, que es un inge­nioso conjunto de cantos, zurcidos por un excelente conocedor y coleccionador de can­tos, como era precisamente Lönnrot, que ha agrupado en una unidad poética, aunque no orgánica, los cantos alrededor de dos o más personajes de la mitología finesa: Väinäinömen(v.), el mago-cantor; Ilmarinen (v.), el herrero-artífice; Lemminkäinen (v.), el enamorado, aventurero, el Don Juan de los fineses; Kullervo (v.), el del trágico destino; sin haber entre estos personajes míticos ningún vínculo ni verdadera depen­dencia.

Alrededor de estos personajes se desarrolla la narración de las relaciones, ora amistosas ora hostiles, entre Kalevala, su patria, y Pohjola, el país del Norte. Los tres primeros héroes cortejan a una bellí­sima muchacha de Pohjola. que será de aquel que pueda forjar el fabuloso talis­mán Sampo. Lo logrará Ilmarinen, el hé­roe de la acción en contraposición a Väinäinömen, héroe del canto y del pensamiento. Más tarde, muerta la mujer de Ilmarinen, los héroes kalevalianos quieren reconquis­tar el Sampo, pero sólo consiguen hacerse con unos pocos fragmentos. En un episodio famoso domina la figura de Kullervo, des­graciado desde su nacimiento, seductor, sin saberlo, de su propia hermana, y rebosante, hasta la muerte, de odio y venganza. Aquí y allá aflora algún que otro elemento cris­tiano; así la doncella Marjatta del canto final se acerca, en su tipo, a la Virgen María. Con toda su discontinuidad, el Kalevala sigue siendo siempre una obra de fresca y original poesía que aun en su es­tado fragmentario encierra un tesoro de imágenes y de nobles sentimientos y afectos que hacen vibrar las cuerdas del más puro amor maternal, fraternal o filial, y la dulzura del arte, especialmente de la mú­sica, que encuentra en el famoso «runo del arpa» (kantele) su más exquisita expresión, [Trad. española de M.ª Dolores Arroyo (Barcelona, 1953)].

P. E. Pavolini

Kalevipoeg, Anónimo

[El hijo de Kalev]. A prin­cipios de la segunda mitad del siglo pasado, también Estonia tuvo su poema nacional, el Kalevipoeg. El impulso para su publica­ción llegó de la nación vecina y afín por raza y lengua, Finlandia, que en 1835 ha­bía asombrado al mundo con el Kalevala (v.). Ya el mismo título del poema alude a una comunidad de elementos. De la es­tirpe de Kaleva, un mítico héroe-gigante, derivan algunos personajes del poema finés, como el hijo (en estonio «poeg», en finés «poika», compárense con «poike» y «boy» de las lenguas nórdicas y germánicas) de Kalev estoniano, como sus dos hermanos Alevide y Sulevide. Sin embargo, muchas o importantes son las diferencias entre los dos poemas: el primero es una combinación de auténticos cantos o baladas enlazados por Lönnrot, mientras el poema estoniano es una adaptación de cuentos transmitidos oralmente en prosa y reducidos al metro tradicional (común a los dos pueblos), octo­sílabo trocaico con aliteraciones y parale­lismo, por obra de Fr. R. Kreutzwald; y, mientras que el Kalevala ofrece una unidad solamente poética, sin que su acción posea centro épico, el Kalevipoeg reúne los acon­tecimientos narrados alrededor de un perso­naje principal, el hijo de Kalev. Ya Schüdlöffel, en 1836, y Fählmann, hasta 1850, habían empezado a coleccionar y reunir las leyendas estonianas.

Debía tocarle a Kreutz­wald llevar a cabo la empresa en 1857- En 1861 fue publicada la primera edición en 20 cantos y 19.047 versos, de los que apro­ximadamente unos 7.600 son una fiel reproducción de cantos populares ya existen­tes. En los primeros cantos se narran los antecedentes del matrimonio de Kalev y Linda, la hija de la viuda de Lääne. De los hijos que nacen, el menor (Kalevi noorem poeg). nacido después de la muerte de su padre, será el héroe nacional. Muchos son los pretendientes a la mano de la viuda, que los rechaza altaneramente a todos, hasta que llega el mago de Finlandia, Tuuslar. el encantador del viento, que. indignado por la negativa, la rapta; pero el dios del rayo, Uku, apiadándose de su triste destino y sus gritos desesperados, la transforma en roca. Kalevide (v. Kalevipoeg) va a la tumba de su padre para que le aconseje: pero éste no puede contestarle más que con estas pocas palabras: «No puedo levantarme, no puedo salir: piedras y flor-es me cubren… Te enseñe el viento el camino, te lo digan los vientecillos, te lo alumbren las estrellas».

Kalevide se arroja al mar para alcanzar nadando Finlandia y castigar al raptor de su madre. En una pequeña isla encuentra a una muchacha a la que da su amor; pero cuando le dice su nombre, ella se echa al mar desde una alta roca, y se ahoga (epi­sodio de manifiesta imitación kalevaliana: compárase la trágica aventura de Kullervo (v.), inconsciente seductor de su propia hermana). Después de matar al mago y antes de regresar a su patria, Kalevide quiere comprar la mejor espada del más famoso herrero de Finlandia: es precisa­mente la espada que le está destinada y es la única que no se dobla y no se rompe en sus manos. Sin embargo, cuando, después de un banquete, en que la cerveza corre a ríos, engendrando peleas, Kalevide narra su aventura en la isla y el fin de la muchacha, el hijo del herrero (según una variante de la leyenda, el novio de la mu­chacha) monta en ira y le hace duros re­proches, llamándole mentiroso y cobarde: entonces Kalevide, sacando la espada que acababa de adquirir, se arroja encima y le mata. El herrero, horrorizado, lo maldice para que muera por aquella misma espada que tan infamemente ha empleado, man­chándola con sangre inocente.

Regresando a su patria y volviendo a pasar por la isla donde había cometido su primer crimen, Kalevide oye la voz de su madre, transfor­mada en roca, que le amonesta por el trá­gico destino que le espera como expiación. «Guárdate de tu propia espada; sangre pide sangre»- Llegado por fin a su casa, Kalevide encuentra a sus hermanos y vence en el certamen que tenía que decidir a cuál de los tres pertenecía la herencia paterna y el trono de Estonia; gana Kalevide, que ten­drá que luchar también contra otros ene­migos. En efecto, rumores de guerras se escuchan por doquier; el enemigo amenaza desde el Norte, y el país está a punto de ser invadido; el espectro del Hambre y el es­pectro de la Peste se asoman a sus fronte­ras (aquí está insertado un largo intermedio de aventuras, entre ellas la que cuenta cómo, por el hechizo de un malvado brujo, Kalevide duerme durante siete semanas, y baja al Infierno [Pōrgu], donde lucha con el Diablo [Sarvik: el cornudo]. Son éstos los cantos en que se pone más de mani­fiesto la mezcla de elementos cristianos y extranjeros: por ejemplo, en lugar del an­tiguo nombre «Toonela» (finés «Tuonela») hay «Pōrgu», préstamo del lituano Pertunas, y así muchos otros. El regreso al mundo de la luz se hace en una nave construida por Kalevide, toda ella de plata. Pero otra guerra viene a turbar las fiestas de su re­greso; largas descripciones de batallas y de matanzas, hasta la catástrofe final: derro­tado en una desgraciada batalla, Kalevipoog cede la corona a su hermano Olav y se retira hacia el río Kääpa.

Aquí, mientras lo vadea, su espada fatal, que alguien le había robado y que había caído luego al río, corta las piernas del héroe, el cual queda aprisionado por las cadenas con que el Diablo le ata la mano a una roca hasta el día en que sea liberado y regrese a su patria «a traer felicidad a sus hijos, y a crear una nueva Estonia», profecía con la que finaliza el poema. Quien quiera gustar su peculiar belleza, recurriendo a las dos mejores traducciones, la alemana de F. Lowe (1900) o la inglesa de Kirby (1895) o tam­bién a la recomposición de J. Grosse (1875, en troqueos sin rima), habrá de tener pre­sente que dos elementos esenciales, tanto en estoniano como en finés, de esta poesía del Norte, la aliteración y el paralelismo, solamente hasta cierto punto se pueden conservar en las traducciones. Además, una gran cantidad de expresiones, de metáforas, de símiles, resultan demasiado extraños, pueriles o absurdos para quien por vez primera se acerca a esta musa del Norte. Mientras se puede decir sencillamente «El héroe tendió el oído al dulce canto del cu­clillo», el estoniano dice (IV, 180-85) «El valiente, el heroico Kalevide tendió el oído para oír si el cuclillo anunciaba oro, si echaba de su pico plata, si su lengua estaba engalanada con cobre, si en su boca res­plandecían monedillas».

Tampoco un poeta occidental llamaría a su amada con los di­minutivos cariñosos de gallinita, patito, dulce oquita, y otros por el estilo. La tarea de Kruetzwald era grande y se encontró con graves dificultades, y no siempre supo salir bien del paso: y quizás la materia le resultara a él más difícil de adaptar que a su predecesor finés. Los héroes de ambos poemas son parecidos: Kalevide, después de alborotadas y confusas aventuras, queda con la mano cogida en una hendidura de una roca; Väinäinömen, el eterno cantor, dejando su dulce arpa como recuerdo y consuelo de los hijos de Suomi, va mar adentro en el mágico bote, «allá donde el cielo baja a tocar la tierra».

P. E. Pavolini

Kagerō Nikki

[Diario de una efímera]. Obra de la literatura japonesa antigua, es­crita por una hija de Fujiwara-no-Motoyasu, cuyo nombre es desconocido. En 954 cono­ció al futuro ministro Fujiwara-no-Kaneie (929-999), con el que tuvo relaciones ínti­mas y mantuvo una larga correspondencia poética, acabando por casarse con él, des­pués de haber tenido un hijo suyo, llamado Michitsuna. Su diario es una especie de autobiografía, limitada al periodo que va desde 954 a 974, cuando su hijo cumplió los veinte años. Ella misma explica el extraño título que ha dado a su diario, diciendo: «Cuando considero la inestabilidad de las cosas me siento como una efímera suspen­dida entre el ser y la nada; por esto he llamado a este diario el Diario de una efímera».

El Kagerō Nikki, como el Genji Monogatari (v.), el Makura-no-Sōshi (v.) y otros, es el producto de una época pecu­liar en la historia de la literatura japonesa, que culmina en el período que va de 990 a 1070 aproximadamente, en que las mujeres dominan las letras, y gracias a ellas ven la luz obras que, según el juicio unánime de todos los críticos extranjeros e indígenas, son las mayores obras maestras de la lite­ratura del país. Originariamente dividido en tres partes, este diario fue luego dividido en ocho secciones. Contiene, además, como toda la producción en prosa de aquel tiem­po, numerosas poesías, y representa un pre­cioso documento para las costumbres, la vida y la mentalidad de la época.

M. Muccioli