Kalevipoeg, Anónimo

[El hijo de Kalev]. A prin­cipios de la segunda mitad del siglo pasado, también Estonia tuvo su poema nacional, el Kalevipoeg. El impulso para su publica­ción llegó de la nación vecina y afín por raza y lengua, Finlandia, que en 1835 ha­bía asombrado al mundo con el Kalevala (v.). Ya el mismo título del poema alude a una comunidad de elementos. De la es­tirpe de Kaleva, un mítico héroe-gigante, derivan algunos personajes del poema finés, como el hijo (en estonio «poeg», en finés «poika», compárense con «poike» y «boy» de las lenguas nórdicas y germánicas) de Kalev estoniano, como sus dos hermanos Alevide y Sulevide. Sin embargo, muchas o importantes son las diferencias entre los dos poemas: el primero es una combinación de auténticos cantos o baladas enlazados por Lönnrot, mientras el poema estoniano es una adaptación de cuentos transmitidos oralmente en prosa y reducidos al metro tradicional (común a los dos pueblos), octo­sílabo trocaico con aliteraciones y parale­lismo, por obra de Fr. R. Kreutzwald; y, mientras que el Kalevala ofrece una unidad solamente poética, sin que su acción posea centro épico, el Kalevipoeg reúne los acon­tecimientos narrados alrededor de un perso­naje principal, el hijo de Kalev. Ya Schüdlöffel, en 1836, y Fählmann, hasta 1850, habían empezado a coleccionar y reunir las leyendas estonianas.

Debía tocarle a Kreutz­wald llevar a cabo la empresa en 1857- En 1861 fue publicada la primera edición en 20 cantos y 19.047 versos, de los que apro­ximadamente unos 7.600 son una fiel reproducción de cantos populares ya existen­tes. En los primeros cantos se narran los antecedentes del matrimonio de Kalev y Linda, la hija de la viuda de Lääne. De los hijos que nacen, el menor (Kalevi noorem poeg). nacido después de la muerte de su padre, será el héroe nacional. Muchos son los pretendientes a la mano de la viuda, que los rechaza altaneramente a todos, hasta que llega el mago de Finlandia, Tuuslar. el encantador del viento, que. indignado por la negativa, la rapta; pero el dios del rayo, Uku, apiadándose de su triste destino y sus gritos desesperados, la transforma en roca. Kalevide (v. Kalevipoeg) va a la tumba de su padre para que le aconseje: pero éste no puede contestarle más que con estas pocas palabras: «No puedo levantarme, no puedo salir: piedras y flor-es me cubren… Te enseñe el viento el camino, te lo digan los vientecillos, te lo alumbren las estrellas».

Kalevide se arroja al mar para alcanzar nadando Finlandia y castigar al raptor de su madre. En una pequeña isla encuentra a una muchacha a la que da su amor; pero cuando le dice su nombre, ella se echa al mar desde una alta roca, y se ahoga (epi­sodio de manifiesta imitación kalevaliana: compárase la trágica aventura de Kullervo (v.), inconsciente seductor de su propia hermana). Después de matar al mago y antes de regresar a su patria, Kalevide quiere comprar la mejor espada del más famoso herrero de Finlandia: es precisa­mente la espada que le está destinada y es la única que no se dobla y no se rompe en sus manos. Sin embargo, cuando, después de un banquete, en que la cerveza corre a ríos, engendrando peleas, Kalevide narra su aventura en la isla y el fin de la muchacha, el hijo del herrero (según una variante de la leyenda, el novio de la mu­chacha) monta en ira y le hace duros re­proches, llamándole mentiroso y cobarde: entonces Kalevide, sacando la espada que acababa de adquirir, se arroja encima y le mata. El herrero, horrorizado, lo maldice para que muera por aquella misma espada que tan infamemente ha empleado, man­chándola con sangre inocente.

Regresando a su patria y volviendo a pasar por la isla donde había cometido su primer crimen, Kalevide oye la voz de su madre, transfor­mada en roca, que le amonesta por el trá­gico destino que le espera como expiación. «Guárdate de tu propia espada; sangre pide sangre»- Llegado por fin a su casa, Kalevide encuentra a sus hermanos y vence en el certamen que tenía que decidir a cuál de los tres pertenecía la herencia paterna y el trono de Estonia; gana Kalevide, que ten­drá que luchar también contra otros ene­migos. En efecto, rumores de guerras se escuchan por doquier; el enemigo amenaza desde el Norte, y el país está a punto de ser invadido; el espectro del Hambre y el es­pectro de la Peste se asoman a sus fronte­ras (aquí está insertado un largo intermedio de aventuras, entre ellas la que cuenta cómo, por el hechizo de un malvado brujo, Kalevide duerme durante siete semanas, y baja al Infierno [Pōrgu], donde lucha con el Diablo [Sarvik: el cornudo]. Son éstos los cantos en que se pone más de mani­fiesto la mezcla de elementos cristianos y extranjeros: por ejemplo, en lugar del an­tiguo nombre «Toonela» (finés «Tuonela») hay «Pōrgu», préstamo del lituano Pertunas, y así muchos otros. El regreso al mundo de la luz se hace en una nave construida por Kalevide, toda ella de plata. Pero otra guerra viene a turbar las fiestas de su re­greso; largas descripciones de batallas y de matanzas, hasta la catástrofe final: derro­tado en una desgraciada batalla, Kalevipoog cede la corona a su hermano Olav y se retira hacia el río Kääpa.

Aquí, mientras lo vadea, su espada fatal, que alguien le había robado y que había caído luego al río, corta las piernas del héroe, el cual queda aprisionado por las cadenas con que el Diablo le ata la mano a una roca hasta el día en que sea liberado y regrese a su patria «a traer felicidad a sus hijos, y a crear una nueva Estonia», profecía con la que finaliza el poema. Quien quiera gustar su peculiar belleza, recurriendo a las dos mejores traducciones, la alemana de F. Lowe (1900) o la inglesa de Kirby (1895) o tam­bién a la recomposición de J. Grosse (1875, en troqueos sin rima), habrá de tener pre­sente que dos elementos esenciales, tanto en estoniano como en finés, de esta poesía del Norte, la aliteración y el paralelismo, solamente hasta cierto punto se pueden conservar en las traducciones. Además, una gran cantidad de expresiones, de metáforas, de símiles, resultan demasiado extraños, pueriles o absurdos para quien por vez primera se acerca a esta musa del Norte. Mientras se puede decir sencillamente «El héroe tendió el oído al dulce canto del cu­clillo», el estoniano dice (IV, 180-85) «El valiente, el heroico Kalevide tendió el oído para oír si el cuclillo anunciaba oro, si echaba de su pico plata, si su lengua estaba engalanada con cobre, si en su boca res­plandecían monedillas».

Tampoco un poeta occidental llamaría a su amada con los di­minutivos cariñosos de gallinita, patito, dulce oquita, y otros por el estilo. La tarea de Kruetzwald era grande y se encontró con graves dificultades, y no siempre supo salir bien del paso: y quizás la materia le resultara a él más difícil de adaptar que a su predecesor finés. Los héroes de ambos poemas son parecidos: Kalevide, después de alborotadas y confusas aventuras, queda con la mano cogida en una hendidura de una roca; Väinäinömen, el eterno cantor, dejando su dulce arpa como recuerdo y consuelo de los hijos de Suomi, va mar adentro en el mágico bote, «allá donde el cielo baja a tocar la tierra».

P. E. Pavolini