Lecciones de Clínica Médica, Augusto Murri

[Lezioni di clínica medica]. Es la compilación de las lecciones, publicadas e inéditas, dadas por Augusto Murri (1841-1932) en la Uni­versidad de Bolonia durante los años escola­res 1905-06 y 1906-07. Fueron publicadas en Milán en 1908. Documentan la dirección tomada por Murri en la escuela, y que hace de él un maestro eminente. Desarrollan magistralmente los temas siguientes: «El pensamiento científico y didáctico de la Clínica Médica boloñesa»; «Curas y rece­tas»; «Sobre la tuberculosis pulmonar»; «Enfermedades de Addison y síndrome lumbar»; «Sobre el diagnóstico de los tu­mores intracraneales en su estado termi­nal»; «Sobre un enfermo de vicio cardíaco»; «Sobre la hidrocefalia crónica primitiva»; «Epicrisis en tomo a un enfermo de lúes espinal»; «Sobre un caso de quiluria co­mún»; «Sobre los tumores del cerebelo»; «Sobre la enfermedad de Addison». Las lec­ciones de Clínica Médica comprenden los Escritos médicos (v.) para el conocimiento de la figura científica de Murri. Son par­ticularmente importantes las lecciones sobre el pensamiento científico y didáctico de la Clínica boloñesa, y las curas y recetas, para comprender la dirección científica de las escuelas italianas.

V. Busacchi

Lecciones de Derecho Público, Ramón de Salas

El catedrático salmantino Ramón de Salas (s. XVIII-XIX), conocido como traductor y comentarista de Destutt de Tracy, merece especial valoración por sus Lecciones de Derecho público, expuestas en relación di­recta con la Constitución de Cádiz partiendo del estudio de los principios generales de la ciencia social y confrontando éstos con cada uno de los artículos de la ley funda­mental de 1812. La postura de Salas es ajena a la consideración puramente ideológica, advirtiendo el valor relativo de las disposi­ciones gubernativas. Lo ideológico no pesa sino sobre una tradición cultural, que es su antecedente y su sostén. Recoge influen­cias de Montesquieu, en quien reconoce al primero que redujo la legislación a sistema. Ve la ciencia política como ciencia de la felicidad social. Está en plena atmósfera iluminista. Cree que la instrucción debe ser compañera de la libertad. Salas es de este modo el portaestandarte de esa «ilus­tración retrasada» que matiza el liberalismo español de principios del siglo XIX. Su sin­gular prestigio entre los elementos universi­tarios y la docta y a la vez brillante manera de exponer, granjearon a las Lecciones uno de los mayores éxitos que obras de este tipo lograron.

La obra de Salas se difundió en toda la América de habla española, portando allá una especie de comentario docto a aquella Constitución gaditana exaltada por el fervor del pueblo. Sus Lecciones han constituido durante varios lustros el texto de Derecho político de numerosas universi­dades sudamericanas.

Lecciones de Arqueología Cristiana, Mariano Armellini

[Lezioni de Archeologia cristiana]. Tratado de arqueología cristiana, que con­densa la copiosa cosecha de estudios e in­vestigaciones de Mariano Armellini (1852- 1896), discípulo y colaborador de G. B. Rossi en sus exploraciones arqueológicas. Se publicó póstumo en 1898 y va precedido de una introducción de Enrico Stevenson; so­bre la función de la arqueología cristiana, de proporcionar luz¿ y a menudo crear la historia del cristianismo con ayuda de los monumentos. El arte primitivo cristiano — las pinturas, las lápidas, todos los monu­mentos, hasta los más humildes —, sirve aquí para ilustrar la historia y la vida cris­tiana en sus relaciones con la sociedad, en su literatura, en su organización interna.

En la primera parte del tratado es estudia­da la difusión del cristianismo en los tiem­pos apostólicos aun entre las familias ro­manas nobles y patricias; los nombres de los Cecilios, los Cornelios, los Bascos, etc., ornan, en efecto, los cubículos sepulcra­les; se estudian, después, las relaciones en­tre Iglesia y Sinagoga en los tres primeros siglos. Las profesiones, las artes, los oficios ejercidos, y las dignidades públicas soste­nidas por los fieles hallan todos amplia ilustración en la epigrafía cristiana, en la que no raramente se hallan también los símbolos de los diversos oficios. El autor añade una docta documentación de las difi­cultades enormes a que estaban expuestos los cristianos que ejercían profesiones, artes y oficios; los nombres injuriosos que les daban los gentiles, y las calumnias e impu­taciones de delitos de que eran objeto; los vestidos de los fieles y las ropas que con el tiempo se convirtieron en litúrgicas; las razones jurídicas por las cuales la «ecclesia fratrum» se denominó oficialmente «cole­gio funeraticio» son ilustrados por otros ca­pítulos. La segunda parte trata de los ritos cristianos, de exequias y sepulturas y, am­pliamente, de cada uno de los cementerios cristianos de Roma, a los cuales Armellini dedicó la mayor parte de su sagaz actividad y vasta cultura; la tercera, del arte cris­tiano que se desarrolló en los cementerios; la cuarta, de la «disciplina eclesiástica»; iniciación, bautismo, y varios ritos litúrgicos de la misa, de la «Semana Santa», relacio­nes entre libres y siervos, mártires, etc. La quinta parte «Epigrafía» estudia las inscripciones cristianas en relación con la con­dición civil y social de los fieles; en sus características que los diferenciaban de los paganos.

Cierran la obra las inscripciones «dogmáticas», con alusiones a los dogmas cristianos, a los ritos, a los sacramentos, a la resurrección, al pueblo cristiano. Sigue un rico índice analítico. Es ésta, pues, una pequeña enciclopedia de arqueología cris­tiana, que merece sin duda, ser puesta al día, pero sigue siendo la única en su gé­nero: rica mina de conocimientos, aunque no rigurosamente sistematizados, copiosos, seguros, estructurados por una vasta cultura patrística y animados de un cálido y devoto entusiasmo y sentimiento de veneración por el período heroico del Cristianismo primi­tivo.

G. Pioli

Lecciones Acerca de las Verdades Fundamentales de la Ciencia, Carl Christian Krause

[Vorlesungen über die Grundwahrheiten der Wissenschaft]. Obra de Carl Christian Krause (1781-1832) publicada en Góttingen en 1829, y en la cual están reunidas y revi­sadas las lecciones profesadas en 1823 en Dresde; además, el autor añadió una crí­tica de la filosofía contemporánea y en modo especial, de Kant, Fichte, Schelling, Hegel y Jacobi.

Esta obra es, para una ojeada de conjunto al pensamiento del filósofo, la más completa y más fácilmente asequible, pues Krause renunció en ella a su especial ter­minología filosófica. La reflexión especula­tiva consta para Krause de dos momentos; el primero es el analítico, que en el examen de la conciencia subjetiva aclara su aspecto formal de certidumbre inmediata, define su principio, determina sus contenidos, y se eleva a su fundamento esencial en la idea de lo Absoluto. El segundo es el momento sintético que desde la idea de lo Absoluto, como primer principio de toda verdad, idea que es captada en una pura intención inte­lectual, desarrolla los elementos formal­mente esenciales de esa idea — las catego­rías — e interpretando en la formación dé éstas los datos que el análisis ha descu­bierto como constitutivos de la experiencia subjetiva, construye una visión del mundo, desde el punto de vista no ya empírico, sino absoluto. En este doble procedimiento Krause vio una conciliación dialéctica del subjetivismo crítico kantiano y el racionalismo objetivo de Schelling.

La deducción de las categorías le permite constituir una orgánica sistemática de la ciencia. El Absoluto, Dios, es concebido por Krause como la absoluta sustancia incondicionada, prin­cipio, condición, vida de todo lo real, uni­dad, totalidad, interioridad absoluta, fuera de la cual no hay ninguna existencia, y en que toda existencia tiene su certidumbre, su orden, su significado. Es pura autoconciencia que en sí se refleja en la calma de un absoluto sentir y de un absoluto saber; una infinita difusión, y un infinito retorno; Dios es la intimidad absoluta como todo, y la totalidad interior a sí mismo, perfección y gozo sin límites, pero los dos momentos de su esencia, totalidad e interioridad, son en Dios mismo, el principio de la distinción entre la esfera de la Naturaleza y la de la razón. Así, en la absoluta sustancia se se­para el Mundo que es dualidad de Natu­raleza y Razón, pero es al mismo tiempo el rehacerse de su unidad en el Hombre. En relación con el mundo, en cuanto éste se pone como subsistencia independiente, Dios es la alteridad absoluta, principio de su inquietud, de su dialéctica que, sin em­bargo, tiene en la eterna sustancia divina, su positiva certidumbre. Esta concepción metafísica que Krause ha querido definir como panenteísmo, para distinguirla del panteísmo de Spinoza e indicar la subsis­tencia de lo finito y de lo individual en lo absoluto, ilumina toda su teoría de la vida espiritual, como proceso por el cual en el hombre se recompone la unidad divina, y la Naturaleza y la Razón recuperan su armonía.

Esta armonía está en el derecho como orden extrínseco de las relaciones hu­manas en que la dignidad de la persona es garantizada y hecha eficaz; en la morali­dad como ley universal en que todas las voluntades, desligadas de su determinación finita, colaboran en el destino humano común; en la estética como presencia y reve­lación inmediata en toda forma de vida; en el pensamiento, en fin, como actualidad consciente de Dios que reconoce su propia unidad. Toda la vida espiritual es, por esto, en su sentido más profundo, vida religiosa, ascensión de la humanidad hacia Dios, re­torno de Dios a sí mismo; cumplidas circularidades de lo Absoluto, que goza en ello de su absoluta libertad. La filosofía de Krau­se, que fue un espíritu solitario y rico, pero oscuro escritor, no tuvo vasto eco en Ale­mania ni siquiera después de la tentativa, en el primer decenio de este siglo, por algunos admiradores suyos, de publicar nue­vamente sus obras, y despertar su pensamiento (Leonhardi, Rôder, Wünsche, Hohl- feld); pero sus doctrinas en cambio, y especialmente §u filosofía del derecho, que concilia los principios liberales con una directiva eticorreligiosa del Estado y culmi­nante en una ley de la Humanidad, fueron difundidas por sus discípulos, Ahrens en Francia y en Bélgica, y Sanz del Río en España.

A. Banfi

Lecciones Académicas, Evangelista Torricelli

Son doce lecciones o discursos que el célebre discípulo de Galileo, Evangelista Torricelli (1608-1647), pronunció en la Aca­demia de la Crusca y que fueron publicadas en Florencia en 1715. Alguna de ellas tie­ne tono y contenido puramente académico, como, por ejemplo, la IX, en la que se incluye un panegírico de las matemáticas, no sin eruditas referencias al mundo clá­sico. Otras lecciones, en cambio, tienen im­portancia notabilísima, y quedan como tra­tados fundamentales en la historia del pen­samiento científico. Tal es la bien conocida lección VII, en que Torricelli, partiendo de sus célebres descubrimientos sobre la pre­sión atmosférica, consigue dar una expli­cación definitiva del origen de los vientos. Antes del experimento de Torricelli, se creía que los vientos se originaban de emanacio­nes gaseosas terrestres («la térra lacrimosa diede vento…» escribe Dante); no de otro modo el aire es emitido del cuerpo de un animal durante la expiración.

Torricelli da en cambio la explicación exacta: es la dife­rencia de presión atmosférica la que ori­gina el paso del aire de los lugares de presión alta a los de baja presión; por lo tanto, es esa diferencia de presión la que produce los vientos; «Si toda la Toscana tuviese sobre sí, en lugar de aire, una masa igualmente alta de agua, ¿qué sucedería? Se contesta que aquella mole no podría contenerse, sino que se desbordaría en una rapidísima efusión, esparciéndose por todos los campos de los estados circunvecinos… He aquí pues la generación del viento por vía de condensación. Supóngase todo el hemisferio boreal quieto, y en estado de calma tranquila, sin un soplo de viento, sin un hálito de aura; venga luego una lluvia repentina u otro accidente cualquiera, el cual, sin alterar nada el resto del hemis­ferio aumente más de lo debido el frío sólo en alemania. Claro está que el aire en­friado de aquel vasto reino se condensará… y por lo tanto, más pesado que el circun­vecino, enviará en todas direcciones una efusión de viento…». También son notables, aunque no aceptables del todo, las tres pri­meras lecciones (sobre la fuerza de la per­cusión) las cuales son continuación de las publicadas en los Diálogos de las Ciencias Nuevas (v.) de Galileo y reflejan, proba­blemente, a lo menos en parte, los últimos pensamientos del Maestro. Aunque menos originales son también dignas de señalar las dos penúltimas lecciones (X y XI) dedi­cadas a la arquitectura militar.

U. Forti