[Voreesungen über die Philosophie der Geschichte]. Obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), publicada en 1837 y ampliada por Karl Hegel en 1840. La filosofía de la historia se halla en conexión con la filosofía del derecho.
La verdadera realización de la idea de Estado no se actúa en un Estado particular, sino como momento o determinación de la Razón universal; la línea de desarrollo del Espíritu objetivo hay que buscarla en el proceso histórico de la humanidad, en la historia del mundo. La sustancia del espíritu es la libertad. El fin del proceso histórico es, por lo tanto, la libertad del individuo, en cuanto éste se proponga fines universales que hacer valer, y adquiera conciencia de este supremo valor suyo. Las totalidades que son Estados no son más que realidades individuales en comparación con el espíritu universal, el cual se desenvuelve en el curso de un proceso histórico, realizándose parcial y sucesivamente en las varias formas de los espíritus de cada uno de los pueblos, que son el momento del proceso por el cual el espíritu llega al libre conocimiento de sí mismo. Cada período histórico está caracterizado por el hecho de que un pueblo particular actúa en sí, de modo completo, según el grado de desarrollo a que el espíritu del mundo ha llegado.
Este pueblo, en las instituciones civiles, en las costumbres, en el arte y en el pensamiento, representa el contenido que el espíritu universal realiza en aquel momento dado de su devenir. Al agotar un pueblo este cometido, comienza la decadencia, y cede la preeminencia a otro pueblo, el cual representará en una nueva época, un momento del proceso histórico, que es superación del antecedente. La filosofía de la historia es, pues, «consideración pensante de la razón que gobierna el mundo», realizando su infinito contenido como esencialidad y verdad. Por esto en la filosofía de la historia los hechos históricos no aparecen yuxtapuestos exteriormente, sino que son reconocidos como formas necesarias del desarrollo del espíritu universal.
La historia del mundo se compone de cuatro grandes períodos: oriental, griego, romano y germánico. El mundo oriental es la infancia de la historia: su fundamento es la conciencia inmediata, la sustancialidad; en él las determinaciones éticas son expresadas como leyes. En los reinos orientales la estabilidad y la duración, que por sí son formas no históricas, por ser estáticas, están rotas por conflictos exteriores, no por una contradicción interna; la última fase de la civilización asiática, representada por el Egipto de los Faraones, sigue a la ruptura de la inmediata e inconsciente sustancialidad; la individualidad, que primero desaparecía ante ella, comienza a afirmarse como su contrario. El segundo período se inicia con la aparición de la civilización griega. Es la afirmación plena de la individualidad, de la cual surgen las costumbres, las instituciones civiles, la cultura. El derecho es reconocimiento de la voluntad subjetiva pero no es todavía moralidad; es menester que la oposición sea planteada históricamente para que sea superada y la unilateral libertad subjetiva se lleve a libertad absoluta.
El tercer momento de desarrollo de la historia del mundo es, pues, el de la abstracta universalidad; es el período romano. El Estado se eleva por encima de los individuos, asignándose una finalidad a cuyo logro también concurren los individuos, pero no de manera que se identifiquen con él. Los individuos libres son sacrificados a la severidad de ese fin, y el culto que consagran al Estado es el culto a una abstracta universalidad. Pero mientras el Estado somete a los individuos, les comunica su propia y formal universalidad; se convierten en personas jurídicas. Pero de la universalidad abstracta surge una contradicción entre el fin que se propone el Estado y el de la persona abstracta. En el curso de la Historia, el segundo término, la personalidad, se torna tan preponderante que, para cimentar exteriormente la unidad del Estado por entre la atomizada disgregación, se establece el predominio de un señor, arbitrario poder de personalidad particular. Y entonces del despotismo nace el dolor; por eso el espíritu humano se repliega a escrutar su íntima profundidad, busca en sí mismo la reconciliación; la personalidad individual es transfigurada en universalidad, en subjetividad, en sí y por sí universal, en personalidad divina. Al reino de la tierra se opone el reino de la Razón, que se conoce en su misma esencia, el reino del Espíritu real.
Éste es el cuarto período de la historia, el del mundo germánico. Éste se inicia con la reconciliación ocurrida en el cristianismo, la cual, sin embargo, no está todavía cumplida más que «en sí», como conciencia de un mundo interior; por lo que se plantea la contradicción del principio espiritual y la realidad en bruto. Inicialmente, el principio mundanal se sometió al espiritual, después éste, en contacto con el primero, se corrompió: la Iglesia se hizo más mundana. La reforma luterana señaló entonces el comienzo del desarrollo de la más típica forma de pensamiento racional; el espíritu, vuelto a entrar en sí, realiza en el mundo su racionalidad. Desaparece la contradicción entre Estado e Iglesia; el Espíritu se reencuentra en el mundo y construye a éste como ser determinado, orgánico en sí. La libertad realiza plenamente su noción y su verdad; y es éste el fin al que tiende la historia universal. El historicismo racionalista hegeliano, peca de excesivo optimismo. Todo el proceso histórico de la humanidad es considerado como la fatal afirmación del «Espíritu del mundo», en una progresiva manifestación de la libertad. El esquema logicodialéctico en que se encuentra el devenir histórico, como posición, oposición y superación, trae como consecuencia que el hecho consumado, precisamente por haberse afirmado como realidad histórica, sea reconocido como racional y por lo tanto justificado; lo que puede inducir a la tentación de excluir del juicio histórico toda valoración moral. [Trad. española del alemán por José Gaos bajo el título, Filosofía de la Historia Universal (Madrid, 1928)].
E. Cecchi
