Leeuwendalers, Joost van den Vondel

Comedia pastoril del escritor holandés Joost van den Vondel (1587-1679) estrenada en 1648 para expresar su alegría por la paz de Münster. Es una alegoría histórica, cuya acción se desarrolla en un país imaginario: Leeuwendaal, divi­dido en una parte meridional y una septena trional. Un día, los habitantes de las dos partes, habiéndose embriagado en un ban­quete en celebración de las fiestas de Pan, se pelean y dan muerte a Warandier, hijo del dios de la selva, y a Duinrijk, hijo del dios Pan, que habían querido intervenir para separarlos. De ahí hace una larga guerra, suscitada por los dioses de la selva, entre los reyes de las dos partes: Lants- kroon, rey del Sur, que representa a Es­paña, y Volckaert, rey del Norte, que repre­senta a los Estados holandeses. Terminada la guerra, los habitantes de Leeuwendaal quedan obligados a inmolar todos los años un joven para aplacar al dios Pan. Un año la suerte recae en Adelaert, hijo de Warandier, pero cuando está a punto de ser sacri­ficado, aparece una desconocida doncella del Norte, que por amor al joven pide ser inmolada en su lugar. Es la bella hija de Duinrijk, Hageroos; la pronta intervención de Pan evita su sacrificio. Los dos jóvenes se casan y su unión, que simboliza la de las tierras meridionales de Holanda con las septentrionales, pone fin a toda discordia. Las evidentes intenciones alegóricas y polí­ticas de esta obra se manifiestan con toda la abundancia de un arte barroco.

H. Henny

Lecturas para Niños, Zacharias Topelius

[Lásning fór bam]. Es el título de la más conocida re­copilación de prosas y poesías para niños, del escritor sueco, de Finlandia, Zacharias Topelius (1818-1898), publicada en ocho volúmenes, entre 1865 y 1896. Los temas están sacados en parte de fábulas cono­cidísimas, como la Princesa Blancanieves, la Cenicienta, etc., en parte de recuerdos de la vida infantil observada por él con fina intuición. Topelius es un moralista; pero el contenido moral, en estas Lecturas, surge naturalmente del relato mismo. Las Lecturas de Topelius, tanto en su original sueco como en la traducción finlandesa, han influido en la formación de tres generacio­nes nórdicas.

T. Tuulio

Lecturas Españolas, José Martínez Ruiz

Ensayo del gran prosista español José Martínez Ruiz (1873-1967), más conocido por el pseudóni­mo de Azorín. El autor, en una breve nota introductora, justifica la mención del libro afirmando: «Un lazo espiritual une, como verá el lector, todos los trabajos de este volumen. La coherencia estriba en una curiosidad por lo que constituye el ambiente español — paisajes, letras, arte, hombres, ciudades, interiores — y en una preocupa­ción por un porvenir de bienestar y de justicia para España». Desfilan por estas páginas grandes escritores españoles o ex­tranjeros que, de alguna manera, se han referido o han visitado a España, como Dumas y Gautier.

Gracias al asombroso poder evocativo de la prosa azoriniana, que tiene la fuerza de un conjuro, se hacen vivos y casi palpables Juan Luis Vives, el ejemplar humanista valenciano; Vélez de Guevara, el que, menospreciando la corte, alababa a la aldea; el Quijote; Saavedra Fajardo, y otros. El escritor dedica también un recuerdo lírico a los jardines de Casti­lla y a una visión neorromántica de la pri­mavera. Pero lo que da una especie de unidad ideológica al libro son los estudios dedicados a aquellos escritores españoles que tuvieron una seria y acongojada pre­ocupación por España: Gracián, Cadalso, Mesonero, Costa, Larra, Galdós, Baroja, etc. y que han hablado siempre con amor, aun­que a veces con acritud y pesadumbre, de las lacras del pueblo español: el falso pa­triotismo, la exuberante burocracia, el abandono de la agricultura, el vicio de resolverlo todo con las bayonetas, el seño­ritismo, la miseria de los menesterosos, etc. Glosando citas de estos autores, desempol­vando palabras de entonces, evocando sus ciudades, sus montañas, sus diálogos, sus ropajes, Azorín nos da una exacta y vi­viente pintura de cada época, nos acerca a los clásicos, confirmándonos así lo que escribe en el prólogo: «Un autor clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna… por eso los clásicos evolucionan: evolucio­nan según cambia y evoluciona la sensibi­lidad de las generaciones». Con su estilo sobrio, sucinto y moroso, Azorín cumple una vez más la misión de moderno emba­jador de los clásicos.

A. Manent

La Leda sin Cisne, Gabriele d’Annunzio

[La Leda senza Cigno]. Narración de Gabriele d’Annunzio (1863-1938), escrita en 1913 y publicada en un volumen, en 1916, con el subtítulo As­pectos de lo desconocido (v.). Prosigue el intento hecho en Quizás sí, quizás no (v.) de conseguir, más allá de los personajes y de los hechos, un análisis fluido e indis­tinto, como en la trama sin narración de las Chispas del mallo (v.); pero se ajusta tanto más a esta intención cuanto menos se constituye en asunto propiamente dicho (introducción, desarrollo, conclusión), que­dando al margen de las situaciones creadas como en un movimiento de sombras. El hecho escueto es el siguiente: una especie de Maria Tarnovska de la novela Circe (v.) de Vivanti, que va de hotel en hotel con un equívoco personaje que la domina y con el riquísimo novio que aquél le ha proporcionado; éste, intoxicado de morfina, obligado a firmar un fuerte seguro de vida a favor de su prometida, es asesinado en un accidente preparado de antemano; al iniciarse la investigación sobre el crimen, el siniestro socio mantiene encadenada a la mujer con la amenaza de denunciarse a sí mismo y a ella; y ella, que le aborrece, acaba por sentirse indiferente a todo y se suicida.

La historia sólo interesa a D’An­nunzio por los turbios sentimientos que la mujer suscita en el ánimo de aquél que recuerda en primera persona el deseo sen­tido en sus dos encuentros con ella, coin­cidentes con los dos intentos de suicidio, el segundo mortal. La narración procede por intenciones relampagueantes; aquella palidez de muerte, aquella fría energía y blandura de la extraña mujer, en contraposición con las imágenes que despierta su be­lleza, culminantes en la escena de la perre­ra, cuando entre los blancos lebreles ella parece querer renovar el mito de Leda entre los cisnes. «Toda apariencia era aparición para el bullir de mis sentidos», es el comen­tario de un momento de la narración, y pue­de considerarse como el módulo; los pálidos personajes son como «aquellos fantasmas que se forman en ciertas disgregaciones del espíritu al borde de la locura y que hielan al enfermo con una presencia intermitente». La trama es infinitamente cambiante; la despechada irritación se traduce también aquí — como en el Segundo amante de Lucrezia Buti (v.) y en el Compañero de los ojos sin pestañas (v.)—en malicia, ira y una cierta sequedad de expresión, pero siempre como matices de una gracia que sale ganando con ellos; de esta manera la triste mujer dice las cosas más crueles «con no sé qué sonrisa tímida».

Y no importa, antes bien, es un nuevo mérito de la obra, que la narración, nacida de la nada, llevada sobre apenas nada, acabe y termine en nada; sólo la visita de la mujer a los her­mosos perros de Desiderio Moriar, el narra­dor autobiógrafo, cuando la mujer se le transforma en Leda y los perros en cisnes; e inmediatamente después, sin más motivo, la noticia del-suicidio. Es, en cambio, un defecto cuando las irisadas sensaciones, en el límite entre lo visible y lo invisible, son también estados de ánimo, pero definidos en imágenes demasiado corpóreas; o cuando para hacerse etéreas se deshacen en decep­cionante vacuidad; o también cuando una ola periódica demasiado abundante traiciona el fluctuar de las sensaciones y de los re­cuerdos. Sigue a la narración una Licen­cia (v.), dos veces y media más larga, y que forma por sí sola una obra aparte. E. De Michelis

…Hay en muchos momentos una ligereza y un refinamiento de expresión, una rapi­dez y una simplicidad de período que pue­den dar la impresión de que una más sin­cera espiritualidad mueve las palabras del poeta. (L. Russo)

Lecciones Sobre las Enfermedades del Sistema Nervioso, Jean Martin Charcot

[Leçons sur les maladies du système nerveux -faites à la Salpetrière]. Esta obra de Jean Martin Charcot (1825-1893) es, quizás, aquella en que refulge más clara su agudeza de neu­rólogo genial. Fue publicada en París, en tres volúmenes, ilustrados, en 1876-87. Los grandes síndromes clínicos neurológicos y las observaciones anatomopatológicas que a ellos se refieren son expuestos de modo claro y magistral, y se fijan de manera im­borrable en el espíritu del lector. Después de enunciar conceptos generales de modo indeleble y original, Charcot describe los grandes síntomas neurológicos, procurando fijar las alteraciones anatomopatológicas que los determinan, y delinea su cuadro clínico.

Los trastornos tróficos consiguientes a le­siones de los nervios, de la médula, del encéfalo; la parálisis agitante; la fenome­nología histérica, están admirablemente de­lineados. También las compresiones lentas de la médula, las miopatías, la esclerosis lateral amiotrófica, la semicorea posthemipléjica, la afasia, hallan en los tres volú­menes una descripción que hoy, después de tantos años, está todavía viva y fresca, por más que el gran cuadro trazado por Charot exige ahora ser reducido a más modes­tos límites, porque se evidencia en ella una sobrevaloración de hechos y fenómenos. En cambio, siguen siendo de actualidad las descripciones magistrales de la esclerosis lateral amiotrófica, junto con las de los demás síndromes neurológicos; por lo cual quien desee estudiar profundamente estas afecciones del sistema nervioso deberá acu­dir a estas descripciones clásicas. Las lec­ciones del último volumen están recogidas por discípulos de Charcot, como Babinski, Bernard, Féré, Guinon, Marie y Gilles de la Tourette, que forman parte de la serie de sus discípulos devotos, los cuales con­tribuyeron a la creación de la moderna neu­rología francesa, de la que se puede tener a Charcot por fundador.

V. Busacchi