La Leda sin Cisne, Gabriele d’Annunzio

[La Leda senza Cigno]. Narración de Gabriele d’Annunzio (1863-1938), escrita en 1913 y publicada en un volumen, en 1916, con el subtítulo As­pectos de lo desconocido (v.). Prosigue el intento hecho en Quizás sí, quizás no (v.) de conseguir, más allá de los personajes y de los hechos, un análisis fluido e indis­tinto, como en la trama sin narración de las Chispas del mallo (v.); pero se ajusta tanto más a esta intención cuanto menos se constituye en asunto propiamente dicho (introducción, desarrollo, conclusión), que­dando al margen de las situaciones creadas como en un movimiento de sombras. El hecho escueto es el siguiente: una especie de Maria Tarnovska de la novela Circe (v.) de Vivanti, que va de hotel en hotel con un equívoco personaje que la domina y con el riquísimo novio que aquél le ha proporcionado; éste, intoxicado de morfina, obligado a firmar un fuerte seguro de vida a favor de su prometida, es asesinado en un accidente preparado de antemano; al iniciarse la investigación sobre el crimen, el siniestro socio mantiene encadenada a la mujer con la amenaza de denunciarse a sí mismo y a ella; y ella, que le aborrece, acaba por sentirse indiferente a todo y se suicida.

La historia sólo interesa a D’An­nunzio por los turbios sentimientos que la mujer suscita en el ánimo de aquél que recuerda en primera persona el deseo sen­tido en sus dos encuentros con ella, coin­cidentes con los dos intentos de suicidio, el segundo mortal. La narración procede por intenciones relampagueantes; aquella palidez de muerte, aquella fría energía y blandura de la extraña mujer, en contraposición con las imágenes que despierta su be­lleza, culminantes en la escena de la perre­ra, cuando entre los blancos lebreles ella parece querer renovar el mito de Leda entre los cisnes. «Toda apariencia era aparición para el bullir de mis sentidos», es el comen­tario de un momento de la narración, y pue­de considerarse como el módulo; los pálidos personajes son como «aquellos fantasmas que se forman en ciertas disgregaciones del espíritu al borde de la locura y que hielan al enfermo con una presencia intermitente». La trama es infinitamente cambiante; la despechada irritación se traduce también aquí — como en el Segundo amante de Lucrezia Buti (v.) y en el Compañero de los ojos sin pestañas (v.)—en malicia, ira y una cierta sequedad de expresión, pero siempre como matices de una gracia que sale ganando con ellos; de esta manera la triste mujer dice las cosas más crueles «con no sé qué sonrisa tímida».

Y no importa, antes bien, es un nuevo mérito de la obra, que la narración, nacida de la nada, llevada sobre apenas nada, acabe y termine en nada; sólo la visita de la mujer a los her­mosos perros de Desiderio Moriar, el narra­dor autobiógrafo, cuando la mujer se le transforma en Leda y los perros en cisnes; e inmediatamente después, sin más motivo, la noticia del-suicidio. Es, en cambio, un defecto cuando las irisadas sensaciones, en el límite entre lo visible y lo invisible, son también estados de ánimo, pero definidos en imágenes demasiado corpóreas; o cuando para hacerse etéreas se deshacen en decep­cionante vacuidad; o también cuando una ola periódica demasiado abundante traiciona el fluctuar de las sensaciones y de los re­cuerdos. Sigue a la narración una Licen­cia (v.), dos veces y media más larga, y que forma por sí sola una obra aparte. E. De Michelis

…Hay en muchos momentos una ligereza y un refinamiento de expresión, una rapi­dez y una simplicidad de período que pue­den dar la impresión de que una más sin­cera espiritualidad mueve las palabras del poeta. (L. Russo)