El Libro Áureo de la Virtud, Friedrich Spee

[Güldenes Tugendbuch, das ist Merck und Uebung der dreyen Göttlichen Tugenden, dess Glaubens, Hoffnung und Liebe). Libro de edificación religiosa, más que de doc­trina teológica, de Friedrich Spee (1591- 1635). Escrito en los años en que Spee resi­día en Colonia, donde enseñaba teología moral (1631-1633), fue publicado por el librero Friessenm de Colonia en 1643 (reim­presión en 1649; reducción al moderno alto- alemán en 1829). Probablemente es una colección de ejercicios religiosos y de observaciones teológicas, que Spee tuvo oca­sión de escribir durante sus anteriores apos­tolados; aquí reducidos a forma de diálogo entre confesor y penitente, que por la sencillez y la incomparable vivacidad de su forma da la sensación de una simple y real conversación. Tendría que ser una ex­plicación, una exaltación de las tres virtu­des teologales, principio de toda perfección; pero este libro es más bien el reflejo más completo y luminoso de todo el pensamiento religioso de Spee, de la pasión de su alma, ora triste, ora jubilosa de fe, de su confianza mística en las contrariedades de la vida, de su sincero deseo de la muerte, de su amor verdaderamente franciscano a Dios, a los hombres, a la naturaleza, base de toda su actividad; y es también, en los cantos que alternan con las prosas, expresión ar­tística de su sentimiento religioso, que en los momentos de más alto ardor, necesaria­mente pasaba de la prosa al verso; de lo cual es el mejor ejemplo la colección El ruiseñor que desafía (v.).

S. Lupi

Libritos de Hartmann von Aue

[Büchlein I und II]. Son dos poemas cortos, en alemán medieval, del poeta Hartmann von Aue (hacia 1170-1205); el primero es una disputa entre el cuerpo y el corazón, en la que el primero censura al segundo por haberle hecho amar y, por tanto, sufrir; el corazón devuelve la acusación diciendo que solamente a través de los ojos llegó el amor a alcanzarle, y en lo referente a las penas de amor es sabido, contesta, que sólo su-friendo se llega a gozar; el cuerpo se re­signa y reconoce que tanto él como el co­razón tienen que cargar con su tarea; el corazón entonces enseña al cuerpo las má­ximas del amor, y acaba recomendándole fidelidad y enviándole a ver a su amada. Este poema es, por tanto, una disputa por el estilo de las de la Edad Media (v. El Secreto de Petrarca) y que ya encontramos en alemania en el poema Consuelo en la desesperación, hacia 1180; sólo que éste no tiene carácter misticorreligioso, sino que es un pequeño tratado de moral caballeresca, quizá sugerido por un modelo francés.

Ade­más de psicológicamente, es interesante históricamente por las teorías de ética caba­lleresca que expone: «milte, zuht, diemuot, triuwe, staete, kiuscheit, schame und manheit» (dulzura, penitencia, humildad, fideli­dad, constancia, castidad, pudor y virilidad) son las dotes fundamentales del caballero. El segundo poema es el lamento de un caba­llero que, separado de su mujer por culpa de unos malos parientes, razona consigo mismo acerca de la felicidad y de la infe­licidad de. la vida, llegando a una conclu­sión muy pesimista. Este segundo poema es esencialmente lírico y ‘personal, y es interesante en su género de «confesión».

M. Pensa

Librito de la Vida Perfecta, Anónimo

[Büchlein von dem vollkommen Leben]. Obra asignada a la segunda mitad del si­glo XIV, escrita por un clérigo desconocido que probablemente era un «Amigo de Dios», y que en el más antiguo manuscrito (1497), del que deriva el primer título de la obra, conocida también como Teología alemana [Theologia deutsch], es llamado Guardián de la Casa de la Orden Teutónica en Sachsenhausen, cerca de Francfort. Desconocida hasta principios del siglo XVI, la obra fue leída entonces por Lutero, que, juzgándola una especie de resumen de los sermones de Tauler, se entusiasmó con ella, la pu­blicó en 1516, y en la tercera edición de 1518 la llamó una «teología alemana» en contraste con la romana y escolástica. Con este título y esta recomendación tuvo am­plia divulgación y resonancia. La crítica textual es dudosa, ya que tanto el manus­crito de 1497 como la edición de Lutero han alterado la redacción original, uno por su gusto por el estilo humanístico y el otro por sus preocupaciones teológicas. Lutero, además, rectificó su juicio cuando de simple adversario de Roma se transformó en fun­dador de una nueva Iglesia y entró en con­flicto con las corrientes místicas; más neta todavía fue la oposición de Calvino; sin embargo, la obra siguió influyendo sobre la ulterior literatura mística (Franck, Weigel, etc.) El pensamiento de la breve obra remonta a través de Tauler al mismo Eckhart, que sin embargo no es nombrado nun­ca. quizá por la condena que había sufrido, o por íntima y consciente suspicacia del autor contra la herejía, de la que le pro­tege a duras penas una cultura teológica más bien escasa.

Mucho más clara y mejor fundada es la admonición, mejor dicho, la ardiente reprobación contra las tendencias amoralistas o francamente inmorales del panteísmo místico de los «Libres Espíritus». Se trata en total de un pensamiento poco original, más ecléctico que coherente, pobre en ímpetu intuitivo, pero que presenta un tranquilo y honesto esfuerzo de edificación y un equilibrio conciliador entre la mística especulativa y la moral de orden práctico. Dios «el Perfecto» es llamado, como en Eckhart, «la Nada», en oposición al mundo exterior fragmentario y humano. Él es plotiniamente «el Uno», y el Bien es su pri­mera manifestación; aunque inefable, es sin embargo, conocimiento y no incognos­cible. Dios, en realidad, es el verdadero Ser, y el hombre no es nada comparado con Él, aunque sea necesario para su ma­nifestación. Dios puede realizar y conocerse a sí mismo en nosotros; es más, tiene que hacerlo en nosotros individualmente si es que hemos de ser redimidos; no por méri­to nuestro (y esto le gustó a Lutero), sino solamente por su gracia. A nosotros nos incumbe no impedirla, abriéndonos camino hacia Él -en los grados sucesivos de la Pu­rificación, Iluminación, Unión. Tenemos que resignarnos, además, a todos los trabajos exteriores, ya que Uno está en Todo, y Todo está en Uno; y renunciar hasta a resistir al mal, aunque absteniéndonos del pecado, que es voluntad apartada del «Uno». Las voluntades particulares son necesarias, en efecto, como los hombres, pero han de ser absolutamente libres del individuo y unificadas en Dios, no separarse de Él y afirmarse en sí mismas; es, por tanto, diabólico afirmarse a sí mismos superiores e indiferentes al pecado en nombre de la iluminación mística.

Tampoco hay que pre­tender la inmpasibilidad; tenemos que su­frir por el pecado, ya que Dios mismo, aun­que dichoso como «Uno», sufre del pecado como Dios en el Hombre, como Cristo. Adán y Cristo son realidades actuales y perennes de la conciencia ‘humana; aunque no se afirme una exclusiva interpretación en este sentido. La oposición entre Luz y Amor verdaderos, teocéntricos, y Luz y Amor falsos, egocéntricos y naturales, es absoluta. El alma tiene dos ojos, uno dirigido hacia el interior, hacia el «Uno» y «Perfecto», el otro, hacia el exterior, hacia el mundo; solamente en Cristo hay la unión de lo humano y de lo divino, pero nada en nos­otros debe quedar del hombre (individual) y del ser humano, para que se pueda alcan­zar la vida en Cristo. De ésta el autor acen­túa las consecuencias éticas, mientras que a los goces del éxtasis místico sólo alude con sobria discreción.

L. Vertova

El Librito de la Vida Después de la Muerte, Gustav Theodor Fechner

[Büchlein vom Leben nach dem Tode]. Obra alemana de Gustav Theo­dor Fechner (1801-1887), publicada en 1836. El autor describe aquí el destino del alma humana, en sus pasos sucesivos a los gra­dos superiores de la existencia. La muerte, que su nacimiento le había liberado de las tinieblas del vientre materno, eleva al in­dividuo hacia unas formas más altas de vida, en las que él, puro espíritu entre espíritus puros, podrá, sin por ello pasar a otro mundo, compenetrarse con las cosas bellas de aquí abajo, de las que su cuerpo le tenía alejado, al igual que le impedía una comunión verdaderamente íntima con los espíritus a los que quería. Así el autor adopta la idea cristiana que considera la vida como una prueba; las acciones buenas y malvadas del hombre seguirán actuando más allá de la vida terrenal, según un principio paralelo al físico, por el que no se pierde ninguna forma de energía. Es singular la teoría del autor, que considera al alma humana como el campo de una lucha entre espíritus buenos y malos, fa­vorecidos, unos u otros, por la buena o la mala Voluntad del hombre. El autor, llegado a una concepción panpsíquica del mundo (lo creado es la manifestación viva de Dios), partiendo de una severa preparación científica, expone sus teorías con claridad y evidencia. La obra, animada por un soplo poético y religioso, sigue siendo una ex­presión del misticismo alemán, como se fue formulando después del Romanticismo.

B. Del Re

Del Libre Albedrío, Valla

[De libero arbitrio]. Tratado del humanista Lorenzo della Valle, llamado Valla (1407- 1457), compuesto hacia 1443 y desarrollado en forma de diálogo entre el autor y el español Antonio Glarea. La obra aborda uno de los más importantes problemas espiri­tuales que la cultura medieval había legado a la época del Renacimiento: el del libre albedrío y de la presencia de Dios. Lleno de espíritu epicúreo, aunque entendido éste como una superación del mundo pa­gano, dentro de las opiniones de la nueva espiritualidad cristiana, Valla se ve arras­trado inevitablemente a afrontar una cues­tión -que ya Coluccio Salutati había inten­tado explicar en su obra Del hado y de la fortuna (v.), señalando como inútil y orgulloso el deseo de la criatura de conocer íntimamente los designios del Omnipotente. A su vez, Valla, adoptando una posición todavía vacilante, en comparación con el fermento de sus nuevas ideas epicúreas, ataca la vacuidad de la ciencia filosófica respecto al misterio del universo. Supone un error la tentativa hecha por la razón para conocer las relaciones existentes entre el querer de Dios y nuestra actividad. Sola­mente la caridad en un soplo de vida reli­giosa aporta la fe necesaria para compren­der menos erróneamente los arduos proble­mas que agitan la vida: en su práctica está el remedio contra la soberbia humana que cree saberlo todo.

C. Cordié