Libro de Fiésole, Anónimo

[Libro Fiesolano]. Es la traducción italiana más reciente (ha­cia mediados del siglo XIV) de una antigua crónica latina, De origine civitatis, pero con muchas adiciones, especialmente de hechos legendarios. De ella se aprovechó Malispini para su Historia florentina (v.), cuya autenticidad no parece que deba po­nerse en duda, y ésta confluye a su vez en la gran síntesis de la crónica de Villani. El anónimo cuenta, para memoria y delec­tación de las gentes, todas las bellas y agra­dables historias ya olvidadas desde Adán hasta el origen de la familia degli Uberti: la creación de Fiésole, su destrucción por César por haber dado asilo a Catilina, y la creación de una nueva ciudad a semejanza de Roma, es decir, Florencia; la destruc­ción de ésta por Totila, la reedificación y ruina final de Fiésole.

Por último se de­muestra que de Catilina desciende la fami­lia de los Uberti; y el Libro de Fiésole, que comienza «a honor y reverencia de la Santí­sima Trinidad», termina con un «Deo gratias». Para el buen cronista — cuya arbi­traria erudición queda bien manifiesta —, la tercera parte del mundo se llama Europa «y su verdadero comienzo es Brandizia, llega hasta Bari, luego tuerce a Nápoles, llega después hasta Génova, y hasta Marse­lla, y hasta Santa María Finibus Terrae»; el fundador de la primera ciudad, Fiésole, fue Atalam Egipter con su mujer Eleta, por consejo de Apolonio, «gran maestro de As­tronomía»: Totila «tenía las orejas como un lebrel y la cabeza calva»; la antigua Agna cambió su nombre por el de Luca, «como si dijéramos luz», porque sus ciuda­danos «brillaron en la fe de Cristo». Y así por el estilo. De sabor arcaico, de ingenua frescura, el Libro de Fiésole es un tejido de leyendas que pueden gozarse con ánimo pueril teniendo en la mente aquel tiempo que ya la nostalgia de Dante encontraba remoto y sereno como un limbo. Es precisa­mente de estas historias «de Troyanos, de Fiésole y de Roma», de las que sacaban sus cuentos las antiguas madres florentinas «mientras tiraban la hebra de la rueca».

F. Antonicelli