Locuras Amorosas, Jean-François Regnard

[Les folies amouremses]. Comedia en tres actos, en ver­so, de Jean-François Regnard (1655-1709), estrenada en 1704, en la que se insiste en el motivo, común a la comedia italiana y fran­cesa, del tutor que quiere casarse con su pupila, motivo que aparecerá de nuevo en el Barbero de Sevilla (v.) de Beaumar­chais. El anciano Alberto, tutor de Águe­da, pretende en vano el amor de la mu­chacha, que ama a Erasto, y la custodia con celosos y suspicaces cuidados. Pero Erasto, y con él su criado Crispino, consiguen en­trar en la casa de Alberto, simulando ser unos viajantes extranjeros a quienes se les estropeó el coche. Águeda, entonces, simula una imprevista locura, pretende que Alberto y Erasto se pongan a cantar y, con la ex­cusa de distribuir las partituras, entrega a su amado una tarjeta en la que pide soco­rro. Siempre haciéndose la loca, Águeda se presenta disfrazada, ordena a Alberto que entregue unos dineros a Erasto, que servi­rán para su fuga, y mientras Alberto corre en busca de medicinas, los dos amantes huyen felices.

Comedia escrita sobre todo para po­ner de manifiesto la habilidad de la criada, como lo será, más tarde, La criada adicta (v.) de Goldoni, es toda ella un mero juego escénico, desprovista de la menor coheren­cia, viva solamente por su elegancia deco­rativa y su brío. Es «commedia dell’arte», pero consciente de sus valores y de sus lí­mites, refinada en el estilo y en la construc­ción, cuyo único fin es el de suscitar la risa; pero la risa de un público culto, que ya había aplaudido a Molière. Fue seguida por el epílogo Las bodas de la locura (v.).

U. Dèttore

La Locura de Almayer, Joseph Conrad

[Almayer’s Folly]. Novela de Joseph Conrad (Teodor Jósef Konrad Korzeniowsky, 1857 – 1924), publicada en el año 1895. El marco de la acción es una desolada región de Borneo, situada a orillas del río Pantai. Aquí, en medio de una población de malayos y de árabes vive, como único blanco, el holandés Almayer. El destino le arrojó a aquellas playas, donde vive soñando en una futura prosperidad; creyendo labrar su suerte, se casó con una malaya, hija adoptiva de un viejo y rico pirata, pero ahora la mujer le odia y el patrimonio va esfumándose len­tamente en empresas desgraciadas. Almayer tiene un único amor al que aferrarse: su hija Nina; con ella sueña rehacer su vida en Europa, en un mañana que sus ilusiones le hacen parecer cercano. Pero Nina no de­sea alejarse de este país, que se siente im­pulsada a amar por el instinto de su sangre malaya que predomina en ella; y mucho menos aún lo desea después de haber en­contrado a Dain Marula, un espléndido in­dígena hijo de un rajah.

Almayer, que nada sospecha de este gran amor, ve un amigo precioso en Dain Marula; siempre absorto en sus quiméricos proyectos, ve en el mu­chacho el hombre adecuado para mandar una expedición con unos planos que encon­tró en la bolsa del viejo pirata y que pro­mete espléndida cosecha de tesoros. Dain se compromete por amor a Nina; pero perse­guido por los holandeses, puesto que él lleva también un negocio secreto de pólvora, se ve obligado a volar la nave. Al volver, ma­quina con Nina un plan para huir de sus perseguidores: visten con sus ropas el cadá­ver de uno de sus marineros ahogado du­rante la crecida del río y se esconde; Nina luego irá a buscarle y huirán juntos. Al­mayer, creyendo muerto el hombre en el cual había puesto todas sus esperanzas, se siente vencido; y cuando una pequeña es­clava de Dain le revela, por celos, la ver­dad, va a su encuentro y suplica a los fugi­tivos, pero ya no tiene poder sobre su hija; doblemente derrotado, Almayer se hunde en la locura, hasta que la muerte piadosa le libera.

Resonancias de antigua leyenda desgarran a veces el tenso clima de la novela, cuya historia, tan sencilla en sus rasgos principales, alcanza una poderosa fascina­ción por el ambiente en que se desarrolla, sórdido a veces y traidor, y a pesar de todo espléndido en su primordial intensidad. [Trad. española de Rafael Marquina (Bar­celona, 1925)].

G. Alliney

La Locura de Tristán, Anónimo

 [La folie Tristán). Existen dos poemas con el mismo título, poco más o menos de la misma época (siglo XII), de análoga inspiración, pero de muy distinto valor literario. Ambos poemas fueron publicados por Joseph Bédier en 1907.

El más desarrollado y mejor escrito es el que se conserva en el manuscrito de Oxford (Douce d. 6). Tristán, que ha tenido que abandonar la corte del rey de Cornualla, Marc, vive en Bretaña, lejos de Isolda, pero no puede ya soportar por más tiempo la separación. Se embarca en un velero que hace rumbo a Cornualla y arriba a Tintagel, castillo en que se halla la corte de Marc. Gracias a su disfraz de loco de la corte no es reconocido. Ante el rey y la reina desempeña su papel de bufón; pero entre sus discursos mezcla alusiones a su amor, que sólo Isolda puede comprender. La reina queda profundamente turbada. El rey parte a una cacería y la reina, presa de emoción, no puede contenerse y envía a su mejor confidente, Brangien, para que visite al loco. Tristán, sin desprenderse de su dis­fraz, hace alusiones más y más precisas y ruega a Brangien que le conduzca ante Isolda. Llegado ante la reina declara aque­llos secretos que sólo ellos dos pueden cono­cer; pero ella se resiste todavía, no puede reconocer en este loco a su amante. Sólo cuando Tristán es reconocido por su perro y le muestra el anillo que ella le dio se disi­pan por completo sus dudas. Tristán recobra entonces su aspecto normal e Isolda cae rendida en sus brazos.

He aquí un resumen de la hábil y sugestiva leyenda que aquí se evoca. El-poeta se inspira en efecto en los poemas anteriores; Tristán et Yseult de Béroul, y sobre todo en el del mismo título del poeta anglonormando, Thomas, cuyos pasos sigue de muy cerca (v. Tristán e Isol­da); pero sabe prestar una gran novedad a esta nueva versión, al inventar este frag­mento; la fuerza toda del poema radica en la antítesis que se plantea entre el héroe Tristán y la sórdida apariencia de que él se reviste, entre sus llamadas desesperadas y la especie de engaño innoble de que, por un momento, cree Isolda que es víctima. La locura de Tristán está escrita en octosílabos rimados, en una lengua muy rica, y no obstante extremadamente sobria.

El Loco y la Muerte, Hugo von Hofmannsthal

[Der Tor und der Tod]. Drama lírico del poeta y drama­turgo austríaco Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), escrito en 1894 y publicado en 1899.

Claudio, mirando el sol poniente, piensa en el pasado. Refinado esteta, ha querido conquistar la vida a través del arte, pero el arte le ha nublado y ocultado la verdadera vida, y todas los cosas le han parecido simples imágenes de la realidad. Inútilmente ha intentado penetrar dentro de su más íntimo significado, hasta que, consciente de su impotencia y desilusionado, se ha abandonado en una renuncia inope­rante a la contemplación de su rico mun­do interior. Mientras se le van ocurriendo estos pensamientos, entra en escena, pre­cedida por el sonido de un violín, la Muerte. Claudio comprende que ha llegado su hora; pero nace ahora en él un vehemente deseo de llenar el vacío de los años transcurridos, y suplica a la Muerte que le permita que­darse aún en la tierra. La Muerte contesta impasible, diciéndole que hubiera debido respetar la vida; y con un sonido leve evoca la imagen de su madre, a la que él había hecho sufrir mucho, la de la muchacha que Claudio abandonó, la de su amigo al que él no defendió.

Claudio ahora entien­de que vida es abnegación, continuidad, responsabilidad moral; pero ahora ninguna lamentación puede ya salvarle, y cae exá­nime a los pies de la Muerte, sorda a sus desesperadas súplicas. El autor reemprende en esta obra el motivo ya desarrollado en Ayer ,(v.) y en la Muerte de Tiziano (v.): la búsqueda afanosa del verdadero sentido de la existencia terrenal, que sólo encuentra una completa justificación si se pone en relación con existencias anteriormente vi­vidas. Para emplear sus palabras, hay que «reconquistar la perdida unidad de vida con un mundo superior preexistente». Tal conquista es posible sólo a los seres que informan sus acciones sobre un ideal de solidaridad cósmica, que consiguen crear un contacto entre las cosas y establecer una continuidad entre los seres humanos. He aquí, por lo tanto, la condena del esteta, que «no es nada para nadie, y nadie para él», la denuncia del aislamiento cruel de una existencia sólo hedonísticamente recep­tiva, cerrada en un egoísmo pasivo, rígida en su indiferencia hacia los demás seres humanos.

Este es el esquema de la obra, cuya tesis es transparente pero nublada por una magnífica riqueza de imágenes, de rit­mos y de armonías. Junto a la musicalidad romántica, a la refinada representación de la muerte, encontramos en ella la atmós­fera misteriosa de las obras maeterlinckianas, en tonos de poesía suaves, sugestivos y profundos. Más que drama, la obra se puede definir como la meditación lírica de un artista, que en su refinada sensibilidad ha vivido y comprendido los conflictos y los tormentos del alma contemporánea.

C. d’Ancona

El Loco Dios, José Echegaray

Drama en prosa, en cuatro actos, del escritor español José Echegaray (1832-1916), representado en 1900.

Fuensanta, viuda rica y joven, de salud delicada, vive constantemente rodeada de parientes que esperan la herencia. Gabriel, un abogado inteligente, ama a Fuensanta, y aspira a casarse con ella. Para enrique­cerse y poder así realizar su sueño, se va a América. Cuando vuelve rico, todos, a excepción de su novia, creen notar en él síntomas de locura. Y como la proyectada boda de Gabriel y Fuensanta constituye un grave obstáculo para la soñada herencia, los parientes deciden abrir los ojos a la joven viuda; su futuro esposo está afectado de una extraña forma de locura que le hace creerse Dios, creador y señor, de todas las cosas. A pesar de todo, la boda se celebra; pero la locura de Gabriel se hace evidente cuando quiere matar a don Baltasar, uno de los parientes de Fuensanta, al que el loco cree encarnación de Lucifer. Denuncian la locura a las autoridades, y Fuensanta se apresta a huir con su marido cuando llegan los enfermeros que se lo deben llevar.

Ga­briel, aprovechando la confusión, incendia la casa, y con la esposa en brazos, lanza una tremenda maldición contra los parientes. Es un drama simbólico del segundo período de Echegaray. En el primer período, que ocupa el último cuarto de siglo XIX, el es­critor aparece como neorromántico. Escribe dramas en verso, llenos de cárceles horren­das, castillos, cadenas e hijos ilegítimos. En 1881 escribió la obra considerada como la mejor del período: El Gran Galeoto (v.), sátira social. La lectura de los grandes dra­maturgos alemanes y escandinavos, Sudermann, Strindberg, Ibsen y especialmente Bjornson, lo llevó hacia el drama simbólico, cuyo ejemplo más logrado es El hijo de don Juan (v.) y El Loco Dios. En este drama, la indudable locura de Gabriel sig­nifica la grandeza de los nobles propósitos que viene a ser sofocada por el complejo de mezquinos egoísmos, representado por los parientes de Fuensanta como fuerzas del mal. La obra, al modo de Echegaray, abunda en efectos escénicos, el más notable de los cuales es el incendio final. La prosa es vibrante, aunque alejada de toda natu­ralidad.

N. González-Ruiz