Lodoletta, Pietro Mascagni

Ópera en tres actos, de Pietro Mascagni (1863-1945), con libreto de Giovacchino Forzano, estrenada en el Teatro Costanzi de Roma en 1917. La ac­ción se desarrolla en un pueblo holandés hacia mediados del siglo XVIII. Lodoletta es amada por el pintor francés Flammen, que está refugiado en el pueblo por razones políticas. Indultado, querría renunciar al gran París para vivir junto a la muchacha que le hace de modelo; pero por fin decide terminar el idilio y parte. Mas Lodoletta no sabe vivir sin él, y una noche llega a París, descubriendo a Flammen que baila feliz y despreocupado entre el bullicio de una fiesta. Al librarse de los convidados, baja el pintor al jardín, donde descubre a Lodoletta muerta y cae desesperado a los pies de la muchacha. Los medios de expresión son los habituales; volvemos a encon­trar el idilio fresco y malicioso del Amigo Fritz (v.), al cual, por otra parte, Lodoletta es notablemente inferior, aun teniendo pá­ginas de gran interés; el color local está bien logrado, y el aria «Flammen perdonami» del último acto es de las mejores pági­nas liricosentimentales de Mascagni.

F. A. Mella

Logia, Wolfgang Goethe

[Loge]. Ocho poesías de Wolfgang Goethe (1749-1832) reunidas bajo este tí­tulo en el volumen Poesías (v.), escritas entre 1814 y 1826. Goethe había entrado en 1780 a formar parte de la masonería en la Logia «Amalia», mientras que en su pe­ríodo de Francfort se había negado a hacerlo por un sentimiento de independencia. En 1812 se había «hecho suspender de sus obligaciones para con aquella sociedad», pero todavía tomaba parte en algunas se­siones pronunciando en ellas discursos sobre todo en memoria de hermanos fallecidos. De las relaciones entre Goethe y las socie­dades secretas tan en boga en la segunda mitad del 1700, hallamos señales en los Años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.), en el Gran Cofta [Der Grosskophta, 1791] y en algunas poesías (cfr. «Miste­rios» en Poesías diversas), pero estas ocho poesías están dedicadas particularmente a ellas.

Las dos primeras, «Símbolo» y «Si­lencio», sintetizan los fines de la sociedad dirigidos al bien obrar y a la fraternidad que «en el silencio y la fe construyen su templo». Las otras son poesías de ocasión, compuestas para la entrada de su hijo Augusto en la Logia «Amalia», para el jubi­leo del príncipe Carlos Augusto y, final­mente, en 1830, cuando los hermanos de la Logia de Weimar nombraron a Goethe miembro honorario, para celebrar el cin­cuentenario de su ingreso en la masonería. Todas estas poesías tienen un valor esen­cialmente documental. [Trad. de Rafael Can­sinos Assens en Obras completas. Tomo I (Madrid, 1950)].

G. F. Ajroldi

Lo Cursi, Jacinto Benavente

Obra en tres actos del come­diógrafo español Jacinto Benavente (1886-1954), estrenada en el teatro de la Comedia, de Madrid, el 19 de enero de 1901.

En ella se plantea el problema de un matrimonio joven, enamorado, que, llevados por las modas de los tiempos, se creen obligados a disimular sus auténticos sentimientos para no ser cursis. Rosario, la esposa, juega de muy mala gana el papel de despreocupada que su esposo le dicta a cada momento de la vida social en común. Agustín, su marido, es un buen muchacho que vive pendiente de lo que se lleva y de lo que no se lleva en la vida matrimonial en relación con la sociedad. Intervienen unas primas de Agus­tín, sobre todo la llamada Lola, que a nada dan importancia y que tienen una repu­tación equívoca de mujeres despreocupada­mente ligeras; y en realidad no lo son; lo aparentan con cierto entusiasmo, como su propia madre y su egoísta padre. La única persona seria (y por eso la consideran todos muy aburrida y anticuada) es Flora, anciana tía de Rosario que la educó y enseñó a considerar las relaciones humanas como cosa seria y digna del mayor respeto. A ella acaba sumándosele el Marqués, padre de Agustín; y ambos protegen la decisión de Rosario de llevar al ánimo de su marido el convencimiento de lo superfluo e inútil que resulta vivir pendiente del dictado de una moda, pues el verdadero amor, el ver­dadero sentimiento, no puede ni debe estar sujeto a la consideración de cursi o no cursi. Todo se resuelve felizmente, porque el matrimonio, después de tantas vicisitu­des, se siente más unido que nunca y re­suelto a afrontar la verdadera existencia.

C. Conde

Locuras de Carnaval, Pío Baroja y Nessi

Narraciones de Pío Baroja y Nessi (1872-1956). En el prólogo de esta obra, el autor — en un diá­logo que sostiene con una lectora suya en el tren que se aproxima a Madrid — afirma que «hoy no hay más que el diálogo realista, que se podría llamar fotográfico, que no sirve para el alto coturno, y luego el diá­logo ligero, dannunziano, que me parece una mistificación pobre, recalentada, que vale poco». Se refiere al teatro, pero bien podría aplicarse el juicio a la novela tam­bién.

Locuras de Carnaval tiene la fecha de 1937, aunque sus páginas fueron escritas en­tre 1935 y 1936. Cuatro novelas forman el volumen: la primera se refiere a una cierta aventura carnavalesca del personaje Isasi y sus amigos y amigas, y en la que juega papel de importancia un baile de másca­ras; la segunda se titula «Un dandy comu­nista» y trata del embrollo de unas vidas vulgares pero arriesgadas moralmente, que un corrector de pruebas, El licenciado Latorre, contempla y critica, memoriándolas; la tercera, «Los Cínifes», es la historia amarga de un pobre diablo cargado de bilis que fracasa como periodista y como hombre; la última, «A la alta escuela», discurre en el extranjero y entre personas de la aristo­cracia de la sangre y del dinero. En todas, el incesante desfile de seres y de ciudades, de comentarios — normalmente negativos — y de reacciones del autor atribuidos a los protagonistas. Interesante es la lectura de Locuras de Carnaval, sin duda, aunque nada nuevo aporta al conocimiento de la obra total del autor. Sus observaciones justas, certeras, no exentas de la amargura y del pesimismo a que nos ha habituado, tienen el-valor de la realidad; de la realidad, «foto­gráficamente expresada».

Hay en la cuarta de las novelas, que constituyen el volumen que comentamos, una cierta dama miste­riosa, bellísima, seductora, desalmada, que nos deja sin que hayamos podido conocerla a fondo: es la Circe de Baroja. Algún día se estudiará en la valiosa obra de Baroja ese tipo de mujer fatal que la atraviesa, de modo intermitente, dejándonos la curio­sidad literaria y humana sin saciar.

C. Conde

Las Locuras de Europa, Diego Saavedra Fajardo

Obra del diplomático marciano Diego Saavedra Fajardo (1584-1648), uno de los intelectuales más representativos de la España del siglo XVII. Esta obra ha sido editada varias ve­ces, entre ellas, en Madrid, en 1918. En general sólo se le atribuye una significación importante en el plano de la política inter­nacional y de la pugna ideológica centrada en la guerra de los Treinta Años. Apenas se ha destacado, sin embargo, lo que ocupa la mayor parte del tratado: la posición del autor ante las crisis hispánicas desatadas en 1640, en particular, la sublevación en Cata­luña y la intervención de la diplomacia y de las armas francesas.

La obra está escrita en forma de diálogo entre Luciano y Mercurino. Este último, que es en realidad el propio Saavedra, comienza diciendo que ha hecho un largo viaje a través de los países europeos y que puede describir la situación del continente como si lo contemplara «sus­pendido en el aire». En todas partes impera lo mismo: «Marte sangriento, batallando unas naciones con otras, por el capricho y las conveniencias de uno solo». Es una clara alusión a Francia por su conducta en la guerra de los Treinta Años. El autor contra­pone hábilmente las dos tendencias que se enfrentan en el conflicto: de un lado, la «universitas christiana», es decir, la Europa jerarquizada y vertical, de las dos ramas de la Casa de Austria — la habsburguesa y la española —; y, de otro, el particularismo moderno, la Europa horizontal, organizada a base de Estados soberanos y recíproca­mente independientes, que propugnan Fran­cia y las potencias protestantes del Norte. Así, considera la «locura» de Europa, «en dejar las felicidades de la paz por con­quistar los dominios ajenos», y añade: «Nin­guna cosa me movió más a compasión que alemania, viendo que era esclava de las naciones la que por el imperio del mundo, que en ella resplandece, debía ser señora de todas».

Es una clara alusión al triste estado en que se encontraba el Sacro Impe­rio en las fases finales de la guerra de los Treinta Años, así como una profesión de fe imperialista en el momento en que el Imperio universal se descompone definitiva­mente. Se refiere, luego, a las negociacio­nes que se desarrollan en las ciudades de Munster y Osnabruck, preparatorias del tra­tado de paz — de Westfalia — que se firma­ría en 1648, año en que moriría Saavedra en Madrid. Critica la elección de las men­cionadas urbes y los procedimientos dila­torios de los enviados de Francia y de Sue­cia, países rivales del Imperio. En su admi­ración por el «viejo orden», que se estaba derrumbando, Mercurino, es decir, el autor, no deja de expresar la simpatía que le me­rece la resistencia del Parlamento de París a la tendencia absolutista del cardenal Mazarino, continuador de Richelieu. Claro que ello se refleja en su animadversión contra Francia, principal responsable del fracaso hispano-habsburgués en la guerra de los Treinta Años. Dedica interesantes reflexio­nes, como ya se ha dicho, a las derivaciones de las crisis hispánicas de 1640, en parti­cular, a la rebelión de Cataluña, atizada y apoyada por Richelieu.

La posición de Saavedra es ecuánime. Así, critica a los caste­llanos «por su poca prudencia política» en los años que precedieron a la ruptura, y de los catalanes opina que «el demasiado afec­to a sus fueros los redujo a este miserable estado y con los medios que aplicaron para conservarlos los perdieron, porque ya casi todos los ha roto la guerra». Saavedra diose cuenta, pues, de que las crisis de 1640 con­dicionarían en toda Europa la puesta en mar­cha del absolutismo monárquico, simbolizado en la Francia de «l’Etat c’est moi» de Luis XIV. Se equivocó, sin embargo, en lo referente a España, ya que Felipe IV res­petó, hasta cierto punto, en 1652, las Cons­tituciones y privilegios de Cataluña, una vez sometida Barcelona por las tropas de Juan José de Austria. Las locuras de Eu­ropa constituyen una obra de sumo interés por las atinadas consideraciones del autor, buen conocedor de la situación del conti­nente, sobre el panorama internacional en los años en que se estaba fraguando el espíritu de Westfalia, y, sobre todo, por los ecuánimes juicios que le merece la quiebra de la «universitas hispana» a mediados del siglo XVII.

J. Regla