Luis Lambert, Honoré de Balzac

[Louis Lambert]. Novela de Honoré de Balzac (1799-1850) publicada en 1832. El autor, todavía adolescente, sigue sus estudios en el colegio Vendóme, donde conoce a una singular figura de muchacho, Lambert, hijo de pobres gentes, a quien Madame de Stáel hace estudiar a su costa por haber descubierto en él extraordinarias y precoces dotes de inteligencia. En la me­diocre vida del colegio, ambos jóvenes, a quienes la casualidad y ciertas afinidades han aproximado, representan en cierto modo la excepción que es objeto de burlas y es­carnios. Después de unos años el autor, enfermizo, abandona el colegio, llevando im­preso en la mente y en el corazón el re­cuerdo del pensamiento místico que Lambert había ido delineando en su Tratado de la voluntad, que la dirección del colegio se­cuestró cierto día y que vendió como papel viejo. Más tarde el mismo Lambert aban­dona el colegio y va a probar fortuna a Pa­rís; allí completa su preparación científica, profundizando su pensamiento y tratando de individualizar y definir las relaciones «reales» existentes entre el hombre y Dios, entre el mundo físico y el metafísico.

Pero su salud cede a las privaciones de esta vida agitada y febril, socavada por la miseria; Lambert, desconfiado, vuelve a su pueblo donde malvive junto a un tío sacerdote. Allí, en el amor imprevisto y violento por una rica heredera, Pauline de Villenoix, su co­razón renace a la vida, y sus largos sufri­mientos parecen encontrar un término en aquella inesperada fortuna. Sólo que su sis­tema nervioso cede a la tensión y enlo­quece en vísperas de la boda. La novela, en parte autobiográfica, testimonia las múltiples ambiciones con las que Balzac afrontó su carrera y las varias tendencias (filosóficas, científicas, realistas) que confluyen en su arte de novelista sin conseguir siempre armonizarse. En realidad, la tragedia de Luis Lambert, en las páginas de este libro genial y desigual, no supera el momento lírico y especulativo, de modo que la obra perma­nece en un clima romántico. Pero en la pin­tura del ambiente, de la vida colegial sobre todo, ya se manifiesta el poderoso realismo balzaquiano. [Trad. española de Torcuato Tasso y Serra (Barcelona, 1903)].

M. Bonfantini

De todas las novelas de Balzac, es sin duda la menos lograda. (A. Guide)

Lugares Comunes Teológicos, Philipp Echawarzerd

[Loci communes rerum theologicarum]. Obra de Philipp Echawarzerd, en su forma helenizada, Melanchton (1497 – 1560), primera exposición sistemática de la idea de la Reforma; publicada en 1521 y completada con innovaciones sustanciales del texto en las ediciones sucesivas, a partir de 1535, de acuerdo con la evolución gradual del pen­samiento del autor — cf. reimpresión del texto original, dirigida por G. Pitt y T. Xol- de, 6.a ed. Leipzig, 1925 —. Melanchton, figura de humanista ajena a todo exceso, ha dado a la teología de Lutero la forma más conciliadora, evitando con el máximo cuidado los equívocos y violencias que la polémica, durísima por ambas partes, y la atmósfera revolucionaria creada, engen­draban en los dos campos opuestos.

Trata de Dios, de la Trinidad, de la Creación (en el sentido tradicional), del pecado original y actual, de la gracia y la santificación, las buenas obras, la libertad cristiana, de los sacramentos, la Iglesia, la oración y de la magistratura civil. Históricamente en­cierra importancia, ante todo, por la meticulosa definición de la «justificación por la fe» (v. Libertad del cristiano); justifica­ción o santificación en el sentido melanchtoniano significa estrictamente la remisión de los pecados y la reconciliación con Dios, que es concedida graciosamente por mérito de la muerte redentora de Cristo, a todas las personas atormentadas por la conciencia de su pecado. La única condición de esa justificación es la «fe» en la misericordia divina y en el «beneficio» de Cristo. Ésta, por otra parte, no confiere una justicia in­trínseca, sino que es como un decreto fo­rense de absolución por gracia soberana. La justificación, para Melanchton, es tan sólo el primer- grado de la libertad cris­tiana. El segundo lo constituyen los «dones del Espíritu Santo», merced a los cuales los creyentes son animados, guiados y protegi­dos contra las insidias del demonio y hacen espontáneamente lo que las leyes natural y divina ordenan.

Esta obediencia espon­tánea de la libertad, vivificada por el Es­píritu, esta libertad de segundo grado, como la entiende San Agustín, no debe se­pararse nunca del primer grado de la «libertad cristiana», es decir, de la justifi­cación propiamente dicha, porque éste es el supremo consuelo en las angustias y en los horrores de la conciencia, mientras la otra debe ser la instigación en todos los demás peligros. En la vida renovada por el Espíritu Santo tienen suma importancia las «buenas obras»; «no tan sólo las obras externas y civiles, sino también las mani­festaciones del espíritu, el temor de Dios, la fe, la invocación y el amor». Éstas son siempre imperfectas, pero Dios engrandece la obra, porque concede gracia a la per­sona en virtud del beneficio de Cristo. Lu- tero alabó en muchas ocasiones el libro del maestro Philippus, declarándolo casi canó­nico y la mejor exposición de la doctrina cristiana después de las Sagradas Escritu­ras. Debe señalarse, no obstante, que su interpretación de la «justificación por la fe» corresponde a las intenciones de Lutero, si bien éste parece interesarse menos por la vida renovada del creyente que por la infinita superabundancia de la misericordia divina, por la cual el creyente es siempre, en todo momento, justo, pecador y penitente.

G. Miegge

Ludro y su Gran Jornada, Francesco Augusto Bon

[Ludro e la sua gran giomata]. Primera comedia de la llamada trilogía de Ludro (v. más abajo El matrimonio de Ludro y La ve­jez de Ludro), de Francesco Augusto Bon (1788-1858), en tres actos, representada por vez primera en 1883. Inspirada en parte por algunas comedias goldonianas, El hombre de mundo (v.) y El café (v.), y en parte por el Barbero de Sevilla, de Beaumarchais, sigue la fórmula acostumbrada de la co­media de carácter de Goldoni, en que va­rios acontecimientos se desarrollan en torno a un personaje principal; de una parte está el amor de Lodovico y Angelina, combatido por sus respectivos padres; de otra, la des­graciada situación de Giulio caído en manos del usurero Prospero, que pretende a su es­posa, pero Ludro (v.), traficante sin escrú­pulos y sin embargo hombre de buen co­razón, consigue combinar el matrimonio de ambos fingiendo un rapto, y salvar a Giulio haciendo caer a Prospero en sus pro­pias redes. Esta comedia obtuvo gran éxito gracias a su construcción y acertados per­sonajes, como Bárbara, viuda bondadosa y astuta; el usurero Prospero, Carletto, ayu­dante de Ludro, y particularmente Ludro, personaje completamente convencional pero perfectamente delineado. Se nos muestra aquí una Venecia algo decaída, en que el comercio parece ceder lugar a la usura y la prudencia a la astucia, pero que toda­vía muestra su vitalidad en las plazas, en los canales y en los cafés; lo que conduce la acción no es la espontaneidad del personaje, sino la habilidad del autor. Todo lo que se nos presenta, y el protagonista en primer lugar, vive en el artificio de la escena, y el autor lo sabe preocupado únicamente por entablar, al modo de los antiguos cómi­cos, pero con mayor finura, un alegre co­loquio con el público.

U. Déttore

#    La segunda comedia, El matrimonio de Ludro [II matrimonio di Ludro], fue es­trenada en 1836. Ludro intenta ahora rea­lizar un matrimonio por su propia cuenta, casándose con la vieja y rica Lucietta, pero su joven ayudante, Ludretto, consigue suplantar a su amo. Ludro intenta conven­cer a Lucietta de que su pretendiente es un pelagatos que sólo desea su dinero, pero Ludretto puede fácilmente desmentirlo pre­sentando un tío, Fabio, que ha venido de Florencia para anunciarle una rica heren­cia. Pero ahora que es rico, a Ludretto le parece inútil casarse con una vieja, y aban­dona a Lucietta sin imaginar que Fabio no es sino un compadre de Ludro enviado por él para conducirle a aquella decisión y mos­trar a la vieja sus propósitos. Así Ludro puede realizar su interesado sueño de amor, mientras Ludretto se consuela casándose con la modista de Lucietta. Esta comedia es tan viva como la primera, pero, habituados ya al tipo del protagonista, percibimos más el artificio. Es una comedia escrita sobre todo para divertir y, como la que seguirá, entra, sin añadirle nada, en la afortunada estela de la anterior.

U. Déttore

*    La vejez de Ludro [La vecchiaia di Lu­dro]. También en tres actos, fue represen­tada en 1837. Girolamo, tutor de Teresa, querría casarse con ella para quedarse con su dote, o casarla con quien renuncie a su patrimonio, pero Ludro, desviando, como de costumbre, en perjuicio de sus autores los enredos que Girolamo y Ludretto traman contra él y contra Teresa y Roberto, ena­morado de ella, consigue unir a los dos amantes. La trama de esta comedia es más sencilla que la de las anteriores, pero más por cansancio que por su propia estructura. Es otra vez una variación sobre un perso­naje ya gastado, que añade poca cosa a sus caracteres.

U. Déttore

Lugares Etruscos, David Herbert Lawrence

[Etruscan Places]. Páginas de viaje de David Herbert Lawrence (1885-1930), publicadas en 1932. Lawrence nos presenta la ciudad de Tarquinia, con su exuberante belleza solar, rodeada de colinas de suaves colores. Nos describe los adelantos de la civilización etrusca, que tan bien se adaptó a este clima: esqueletos de viejos templos, leves y graciosos, y anti­guas tumbas con sus pinturas deterioradas y, a pesar de todo, misteriosamente vivas. Según Lawrence, los etruscos amaban el fluir de la vida, de la que captaban el ínti­mo sentido de alegría, y lo expresaban así fijando su fugacidad en un momento de su huida. Su arte es un arte vivo por captar el sentido inmediato de la existencia; aque­llos decorados maravillosamente aéreos, aquellas figuran que danzan, para las que la danza parece ser un instinto, un fervor religioso que anima los miembros, represen­tan precisamente la aceptación alegre del florecer gozoso de la vida. La divinidad está entendida así, sin abstracciones, en la per­fección y en la belleza de la existencia: la vida de ultratumba se presenta como la continuación de esta vida terrena, tan rica y armoniosa. Esto enseñan las ruinas etruscas; enseñan a creer en la vida, saboréandola en su inocencia, en su fluidez siempre desconocida y siempre maravillosamente nueva. Son páginas intensas de color tam­bién las que Lawrence dedica a la Maremma, evocada en toda su pintoresca aspereza primigenia.

G. Alliney

Lucha por la Individualidad de la Lengua Literaria Eslovena en los Años 1848-1857, Ivan Prijatelj

[Borba za individualnost slovenskega knjizevnega jezika v letih 1848-1857]. Es una de las más importantes obras científicas de Ivan Prijatelj (1875-1937), profesor de literatura eslava de la Universidad de Lubiana (1.a edición 1924- 1926, 2.a edición 1937). Partiendo del prin­cipio de que la lengua no conoce revolu­ciones, el autor explica, con su método per­sonal, original y realista, que une el criterio sociológico de la ciencia rusa a la exacti­tud de la filología germánica, y a la claridad latina, las vivísimas polémicas surgidas entre los eslovenos sobre la cuestión lingüística en el período constitucional de su historia austríaca (1848-1851).

La corriente perifé­rica de los carintianos y de los estirianos (Majar, Einspieler, Janežič, Mursec, Macun, Razlag), en parte por el entusiasmo de la «Primavera de las naciones» y en parte por desesperación frente a la invasión germánica en perjuicio del propio pueblo, tiende a una especie de paneslavismo prin­cipalmente literario, soñando con una len­gua literaria paneslava, creada con elemen­tos de todas las lenguas eslavas, o al menos con una lengua ilírica para todos los eslavos del sur, a través de una fusión progresiva del esloveno con el serbocroata y el búl­garo. La corriente de la Eslovenia central, comprendidos los intelectuales y el clero, que tenía como jefe al «Padre del pueblo esloveno», doctor Janez Bleiweis, aumen­tada más tarde con el grupo de jóvenes eslo­venos que habitaban en Viena (el primer eslavista vienés Fran Miklosich, Cigale, Jeriša, Svetec-Podgorski, Trstenjak, Cegnar), acariciaba sólo platónicamente la idea de una única lengua literaria eslava, que podía ser en un futuro muy lejano, y para algunos poco probable, el ruso o el viejo eslavo, pero defendía calurosamente, con visión muy realista, apoyando la ac­ción del diario esloveno «Novice», el uso de un lenguaje popular y la creación de una lengua literaria eslovena, basada en todos los principales dialectos eslovenos, completada eventualmente con términos tomados de otras lenguas eslavas. Las dis­cusiones continuaron animadísimas hasta 1857 y terminaron con la victoria de los eslovenos realistas. La lucha comenzó de nuevo en 1864, pero volvió a decidirse, esta vez por influjo ,de Fran Levstik, en favor de la lengua literaria eslovena.

A. Budal