Lugares Comunes Teológicos, Philipp Echawarzerd

[Loci communes rerum theologicarum]. Obra de Philipp Echawarzerd, en su forma helenizada, Melanchton (1497 – 1560), primera exposición sistemática de la idea de la Reforma; publicada en 1521 y completada con innovaciones sustanciales del texto en las ediciones sucesivas, a partir de 1535, de acuerdo con la evolución gradual del pen­samiento del autor — cf. reimpresión del texto original, dirigida por G. Pitt y T. Xol- de, 6.a ed. Leipzig, 1925 —. Melanchton, figura de humanista ajena a todo exceso, ha dado a la teología de Lutero la forma más conciliadora, evitando con el máximo cuidado los equívocos y violencias que la polémica, durísima por ambas partes, y la atmósfera revolucionaria creada, engen­draban en los dos campos opuestos.

Trata de Dios, de la Trinidad, de la Creación (en el sentido tradicional), del pecado original y actual, de la gracia y la santificación, las buenas obras, la libertad cristiana, de los sacramentos, la Iglesia, la oración y de la magistratura civil. Históricamente en­cierra importancia, ante todo, por la meticulosa definición de la «justificación por la fe» (v. Libertad del cristiano); justifica­ción o santificación en el sentido melanchtoniano significa estrictamente la remisión de los pecados y la reconciliación con Dios, que es concedida graciosamente por mérito de la muerte redentora de Cristo, a todas las personas atormentadas por la conciencia de su pecado. La única condición de esa justificación es la «fe» en la misericordia divina y en el «beneficio» de Cristo. Ésta, por otra parte, no confiere una justicia in­trínseca, sino que es como un decreto fo­rense de absolución por gracia soberana. La justificación, para Melanchton, es tan sólo el primer- grado de la libertad cris­tiana. El segundo lo constituyen los «dones del Espíritu Santo», merced a los cuales los creyentes son animados, guiados y protegi­dos contra las insidias del demonio y hacen espontáneamente lo que las leyes natural y divina ordenan.

Esta obediencia espon­tánea de la libertad, vivificada por el Es­píritu, esta libertad de segundo grado, como la entiende San Agustín, no debe se­pararse nunca del primer grado de la «libertad cristiana», es decir, de la justifi­cación propiamente dicha, porque éste es el supremo consuelo en las angustias y en los horrores de la conciencia, mientras la otra debe ser la instigación en todos los demás peligros. En la vida renovada por el Espíritu Santo tienen suma importancia las «buenas obras»; «no tan sólo las obras externas y civiles, sino también las mani­festaciones del espíritu, el temor de Dios, la fe, la invocación y el amor». Éstas son siempre imperfectas, pero Dios engrandece la obra, porque concede gracia a la per­sona en virtud del beneficio de Cristo. Lu- tero alabó en muchas ocasiones el libro del maestro Philippus, declarándolo casi canó­nico y la mejor exposición de la doctrina cristiana después de las Sagradas Escritu­ras. Debe señalarse, no obstante, que su interpretación de la «justificación por la fe» corresponde a las intenciones de Lutero, si bien éste parece interesarse menos por la vida renovada del creyente que por la infinita superabundancia de la misericordia divina, por la cual el creyente es siempre, en todo momento, justo, pecador y penitente.

G. Miegge