Las Maravillas de Milán, Bonvesin de la Riva

[De magnalibus civitatis Mediolani]. Obrita his­tórica de fray Bonvesin de la Riva (1240?- 1314?). Los elogios de ciudades fueron un tema bastante en boga durante la Edad Me­dia y el Renacimiento; y parece ser que Milán, en dicho género de composiciones, precede a las demás ciudades, pues, desde el siglo IX, un clérigo anónimo glorificó sus bellezas en un rudo ritmo latino. Algo muy distinto es la obra de fray Bonvesin, que consta de dos partes, una estadística y descriptiva y la otra histórica: tanto más preciosa por cuanto, escrita en 1288, nos da una visión bastante fiel de lo que fue la gran ciudad lombarda a fines del si­glo XIII y a principios del XIV, cuando decaían las instituciones municipales sobre las que surgía la Señoría. La obrita, des­acreditada por Galvano Fiamma, a pesar de haberla saqueado en sus crónicas lle­nándola de errores, fue considerada de poca importancia por Pietro Verri, que sólo la conoció a través de Fiamma. El texto ori­ginal de la obra fue descubierto en 1895 por Francesco Novati en la Biblioteca Na­cional de Madrid, y vio la luz por primera vez en Roma en 1898. En 1921 fue editada en Milán la traducción italiana de Ettore Verga.

G. Franceschini

Mar Agitado, Aleksej Feofilactovič Pisemskij

 [Vsbalmučenoe more]. Novela de Aleksej Feofilactovič Pisemskij (1820-1881), publicada en Moscú en 1863. Es, con Mil almas (v.), una de las grandes novelas realistas del escritor ruso, que des­cribe la vida de su país a mitades del si­glo XIX, es decir, en el momento en que los campesinos se liberan de la servidum­bre de la gleba.

Los protagonistas de la obra son Baklanov, espíritu débil y pa­sivo, y Sofía, mujer fatal e irresponsable, ambos víctimas de su educación y de la sociedad en que viven. Sofía, a los 18 años y a consecuencia de una decepción amorosa, consiente en casarse con un viejo rico, Leniov. Éste muere poco después de las bodas, y ella, que entretanto se ha enamo­rado de Baklanov, a los veintiséis años, traicionada y maltratada por él, se vende a un usurero. Poco después Baklanov se casa con una mujer enérgica y de buen sentido, y cuando Sofía, cansada y arrepen­tida de su pasado, quisiera reemprender con él una nueva vida, encuentra un hom­bre casado, frío, sin carácter. Sofía, disgustada y decepcionada, sigue su camino, mien­tras Baklanov continúa viviendo su inútil vida al lado de su mujer y de sus hijos, que aman más a su débil y casi infantil padre que a la madre, rígida y severa con los demás como consigo misma. En las nume­rosas figuras de la larga novela se presenta al lector una Rusia en que todas las muje­res son o pervertidas o hipócritas moji­gatas; los señores, amorales y vividores; los funcionarios, corrompidos, y los siervos, oprimidos y feroces como bestias persegui­das.

Los únicos idealistas son los estudian­tes que, por otra parte, ven desvanecerse todos sus ideales cuando, apenas salidos de la Universidad, entran en contacto con la realidad y también son devorados por la corrupción general. El prototipo de di­chos hombres sin nervio es Baklanov, que, «crecido en la ociosidad, estudió mediana­mente; recomendado, entró en el servicio que solventó honrada y torpemente, hizo un matrimonio de conveniencia, no supo administrar sus propios bienes, y se pre­ocupó siempre y sobre todo de la manera de pasar el tiempo de modo tranquilo y agradable». Por otra parte, a la hermosí­sima Sofía le han enseñado desde la in­fancia a apreciar por encima de todo al di­nero; desde la adolescencia ha aprendido que toda muchacha bonita ha de ser co­queta y tener a sus pies el mayor número posible de adoradores. Opuesta a Sofía en­contramos en la novela a la mujer de Baklanov, Efraksja, elegida como rígida ma­dre de familia, en que el autor ha querido ver el ideal de la mujer rusa, tomando por modelo a su propia mujer. Como escribe el autor en las últimas líneas de su libro, «si en estas páginas no entra la Rusia entera, es indudable que recogen cuidadosamente todo lo que en ella hay de podrido».

G. Kraisky

Maqlü

[Combustión]. Es, junto con Shurpu (v.), de carácter afín, uno de los más famosos manuales de magia y conju­ros de la literatura babilónica y asiría, ha­llado en numerosos fragmentos en la biblioteca que tuvo en Nínive, capital del reino asirio, el rey Asurbanipal (669-626 a. de C.). Lleva este título porque las operaciones mágicas descritas se basan, generalmente, sobre la quema de objetos, a la que debía seguir, según entendían los exorcistas o he­chiceros, la muerte o destrucción de la per­sona que traía el mal, por efecto de magia simpática. Esta serie mágica consta de nue­ve tablas. La primera comprende ocho con­juros, llamados en lengua sumeria «en», que corresponde a «shiptu» en acadio. En los conjuros habla siempre con el que ha sido hechizado, invitándole a hacer oración ante los dioses que tienen la capacidad de ayudarle en su desgracia o de librarle de los males que le agobian. En el primer con­juro, el hechizado invoca a los dioses de la noche, a la noche misma, al crepúsculo, la medianoche y el alba, porque algún he­chicero lo ha embrujado, alejándole de su dios, o ha llenado su boca con aires ma­lignos o con harina. Describe después su tristeza y dice haber hecho una figurilla del hechicero y la coloca a los pies de los dioses invocados: que muera el embrujador, y que él viva y el maleficio desaparezca. Enumera luego los demás objetos utiliza­dos para el conjuro y los invoca para su liberación. Así, repitiendo los mismos motivos, Maqlü nos ofrece gran número de hechizos muy diversos y que ilustran los distintos y multiformes aspectos del arte conjuratorio. Ediciones: Tallqvist, Die assyrische Beschwórungsserie Maqlü «Acta Societatis Scientiarum Fennicae», XX, 6, 1895; Meier, Die assyrische Beschwórungsserie Maqlü (Berlín, 1937).

G. Furlani

El Mar, Claude Debussy

[La mer]. Tres bocetos sin­fónicos («De l’aube á midi sur la mer», «Jeux de vagues», «Dialogue du vent et de la mer») de Claude Debussy (1862-1918), compuestos entre los años 1903-1905, y estrenados en París, en 1905. Señalan la ini­ciación de un segundo momento en la acti­vidad creadora de Debussy: «sin abdicar en modo alguno en cuanto a delicadeza de sensaciones, tal vez única en el mundo, presenta un estilo cerrado, determinado, afirmativo y lleno» (Louis Laloy).

Aquella atmósfera íntima un poco románticamente «boulevardiére» de las obras anteriores al Pelléas y Melisande (v.), puede afirmarse que es descartada ahora por Debussy; su contacto con la naturaleza tiene algo de más solemne y menos subjetivo. Ya no es la inspiración íntima y momentánea, tierna o melancólica, triste o alegre. Los dos Noc­turnos (v.) aparecen animados por las emo­ciones captadas al regresar de noche al hogar, cruzando un puente parisiense o discurriendo a lo largo de las avenidas del Bois de Boulogne, y están escritos con una fantasía fluidamente feliz que a la vez se traduce en términos artísticos – purísimos e impecables. A veces, el músico se siente incluso decidido a emprender algo más vasto que responde a un aliento espiritual que se ha amplificado y profundizado. Esta llamada interior se convierte en un im­perativo para su conciencia de artista, que sobre la página escrita se atormenta insa­tisfecho. Y en la obra se advierte la pre­sencia de una reflexión más profunda, de una voluntad constructiva más tensa. El mismo Debussy lo confiesa en una carta que dirigió en 1904 a su amigo André Messager: «añoro el Debussy que trabajaba casi alegremente en el Pelleas, porque, di­cho sea entre nosotros, no lo he vuelto a encontrar; y ésta es una de mis miserias, entre tantas otras». Pero esta lucha contra sí mismo, contra la materia de su arte, des­tella sobre la obra de este período una ma­yor luminosidad, a la vez que refuerza y profundiza la emoción.

Interesa poner de relieve que en este trabajo aparece au­sente cualquier intención anecdótica y descriptiva; un cúmulo de impresiones y emo­ciones confluyen en esas páginas, que fue­ron concebidas y casi totalmente escritas en París o durante un descanso gozado le­jos del mar. Superado cualquier interés naturalista y descriptivo, el espectáculo ma­rino se convierte en reflejo del alma del artista en el plano de una humanidad pro­funda y conmovida. La escritura de El Mar es mucho más compleja que la de cuanto había producido anteriormente, como La siesta de un fauno (v.) o los Nocturnos (v.), sin que, no obstante, se resienta por ello la frescura de su inspiración, la fan­tástica y libérrima espontaneidad de la composición; una gran riqueza temática, hasta entonces inusitada en Debussy, revela ahora una fuerte y nueva aspiración cons­tructiva. Habiendo renegado de todo vínculo académico, toda conexión que pudiera estor­bar la libre expansión de su fantasía e ins­piración, el músico se ajusta a determinados medios de escrituró. que antes había consi­derado radicalmente extraños. Así, en este trabajo pone en juego una extraordinaria multiplicidad de temas, un tejido polifónico en el que dichos temas son elaborados y plasmados. El carácter inmediato de la no­tación sonora que el músico había empleado hasta ese momento, creando atmósfera pal­pitante e indeterminada, en la que la me­lodía era abigarrada y velada, se pone de manifiesto ahora en una especie de desme­nuzamiento rítmico, en una extrema movi­lidad de los elementos melódicos — también muy simples — que se entrecruzan y per­siguen. Es una materia sonora dotada de extraordinaria movilidad, inestable en todo momento y plena de gracia, como lo es el mar que inspiró esta obra.

A. Mantelli

En El Mar se descubrió el esfuerzo de sustituir la espontaneidad sensual de los desarrollos con la dirección del espíritu. (Rivière)

Las Mañanas de Florencia, John Ruskin

[Mornings in Florence]. Obra del crítico de arte inglés John Ruskin (1819-1900), publicada de 1875 a 1877 con el subtítulo Sencillos estudios de arte cristiano para uso de los viajeros ingleses. Comprende seis partes correspondientes a otros tantos itinerarios que ilustran los mayores monumentos del arte del Duecento y Trecento florentinos, en especial, Santa Croce, los frescos de Giotto allí existentes, el amplio ciclo pic­tórico de la Capilla de los Españoles en Santa María Novella, las esculturas del cam­panario del Duomo.

Bajo títulos imaginarios —como «La Puerta de Oro», «La Torre del Pastor» — y con el tono habitual, alterna­tivamente lírico y familiar, Ruskin se ex­tiende en largas y minuciosas descripciones de obras de arte, deteniéndose sobre todo en el análisis de los asuntos desde el pun­to de vista de su significado alegórico y mo­ral. Aunque superado por las recientes investigaciones, especialmente respecto a las cuestiones de atribución (por las cuales, además, Ruskin declara su escaso interés), el libro conserva importancia para la his­toria de la moderna crítica de arte. Mediante una feliz fusión de sensibilidad artísti­ca, religiosa y moral, el autor consigue liberarse de los corrientes prejuicios aca­démicos y comprender plenamente la altu­ra del arte medieval. A través de una con­cepción estética, de fondo moral y declara­damente anticientífica y antiintelectualista, llega a afirmar la perfección ideal, el va­lor profético y educativo del arte del Tre­cento y a colocar a Giotto aun por encima de los maestros del Quattrocento, por la profunda sinceridad ética de su mensaje.

En virtud de una viva tradición popular en la que se perpetúa el genio etrusco, y de una sana disciplina de vida, en la pintura de Giotto se equilibran y concilian acción y contemplación, la vitalidad algunas veces brutal del arte románico y la estilizada abstracción del arte bizantino, el ideal do­méstico pagano y el ideal monástico cris­tiano. En el descubrimiento crítico de la pintura y escultura de la Edad Media ita­liana — ya iniciada por la historiografía romántica y paralela a la revaloración de la arquitectura bizantina y gótica efectuada por Ruskin en Las Piedras de Venecia (v.) —consiste el núcleo más vivo del libro, que ha contribuido con singular eficacia a la difusión del culto moderno de los «primi­tivos». [Trad. anónima (Valencia, Editorial Prometeo, s. a.)].

G. A. Dell’Acqua