El Mar, Claude Debussy

[La mer]. Tres bocetos sin­fónicos («De l’aube á midi sur la mer», «Jeux de vagues», «Dialogue du vent et de la mer») de Claude Debussy (1862-1918), compuestos entre los años 1903-1905, y estrenados en París, en 1905. Señalan la ini­ciación de un segundo momento en la acti­vidad creadora de Debussy: «sin abdicar en modo alguno en cuanto a delicadeza de sensaciones, tal vez única en el mundo, presenta un estilo cerrado, determinado, afirmativo y lleno» (Louis Laloy).

Aquella atmósfera íntima un poco románticamente «boulevardiére» de las obras anteriores al Pelléas y Melisande (v.), puede afirmarse que es descartada ahora por Debussy; su contacto con la naturaleza tiene algo de más solemne y menos subjetivo. Ya no es la inspiración íntima y momentánea, tierna o melancólica, triste o alegre. Los dos Noc­turnos (v.) aparecen animados por las emo­ciones captadas al regresar de noche al hogar, cruzando un puente parisiense o discurriendo a lo largo de las avenidas del Bois de Boulogne, y están escritos con una fantasía fluidamente feliz que a la vez se traduce en términos artísticos – purísimos e impecables. A veces, el músico se siente incluso decidido a emprender algo más vasto que responde a un aliento espiritual que se ha amplificado y profundizado. Esta llamada interior se convierte en un im­perativo para su conciencia de artista, que sobre la página escrita se atormenta insa­tisfecho. Y en la obra se advierte la pre­sencia de una reflexión más profunda, de una voluntad constructiva más tensa. El mismo Debussy lo confiesa en una carta que dirigió en 1904 a su amigo André Messager: «añoro el Debussy que trabajaba casi alegremente en el Pelleas, porque, di­cho sea entre nosotros, no lo he vuelto a encontrar; y ésta es una de mis miserias, entre tantas otras». Pero esta lucha contra sí mismo, contra la materia de su arte, des­tella sobre la obra de este período una ma­yor luminosidad, a la vez que refuerza y profundiza la emoción.

Interesa poner de relieve que en este trabajo aparece au­sente cualquier intención anecdótica y descriptiva; un cúmulo de impresiones y emo­ciones confluyen en esas páginas, que fue­ron concebidas y casi totalmente escritas en París o durante un descanso gozado le­jos del mar. Superado cualquier interés naturalista y descriptivo, el espectáculo ma­rino se convierte en reflejo del alma del artista en el plano de una humanidad pro­funda y conmovida. La escritura de El Mar es mucho más compleja que la de cuanto había producido anteriormente, como La siesta de un fauno (v.) o los Nocturnos (v.), sin que, no obstante, se resienta por ello la frescura de su inspiración, la fan­tástica y libérrima espontaneidad de la composición; una gran riqueza temática, hasta entonces inusitada en Debussy, revela ahora una fuerte y nueva aspiración cons­tructiva. Habiendo renegado de todo vínculo académico, toda conexión que pudiera estor­bar la libre expansión de su fantasía e ins­piración, el músico se ajusta a determinados medios de escrituró. que antes había consi­derado radicalmente extraños. Así, en este trabajo pone en juego una extraordinaria multiplicidad de temas, un tejido polifónico en el que dichos temas son elaborados y plasmados. El carácter inmediato de la no­tación sonora que el músico había empleado hasta ese momento, creando atmósfera pal­pitante e indeterminada, en la que la me­lodía era abigarrada y velada, se pone de manifiesto ahora en una especie de desme­nuzamiento rítmico, en una extrema movi­lidad de los elementos melódicos — también muy simples — que se entrecruzan y per­siguen. Es una materia sonora dotada de extraordinaria movilidad, inestable en todo momento y plena de gracia, como lo es el mar que inspiró esta obra.

A. Mantelli

En El Mar se descubrió el esfuerzo de sustituir la espontaneidad sensual de los desarrollos con la dirección del espíritu. (Rivière)