Mare Nostrum, Vicente Blasco Ibáñez

Obra de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), publicada en 1918 y escrita durante la primera guerra europea, cuya huella se deja sentir: es un apasio­nado canto al mar Mediterráneo. Sus glo­rias desfilan a lo largo de los siglos, con su acompañamiento de leyendas clásicas y su entronque con la realidad científica e histórica. La infancia de Ulises, el prota­gonista humano, sirve como base para el brillante cortejo de páginas. El estilo del escritor valenciano, cautiva generalmente en las descripciones del mundo marítimo.

Seguimos las singladuras de Ulises que desde muy niño aprende a amar el mar junto a su tío paterno, el Tritón, antiguo médico de barco; pasa luego Ulises a na­vegar como marino mercante, desdeñando la carrera notarial de su padre y el aco­modo burgués de su familia materna. La carrera de Ulises nos lleva por un mundo esplendoroso de recuerdos mitológicos y de exactitudes cientificooceánicas. Nápoles y su acuarium, Pompeya y Pestum con sus ruinas, son el cañamazo de algunos suce­sos eróticos que a su vez protagoniza Freya Talberg, una espía al servicio de alemania (sin duda la transposición literaria de aquella Mata-Hari tan novelesca, fusilada por los franceses). El drama familiar de Ulises, acarreado por la nefasta influencia sensual de Freya, y que culmina con la muerte de Esteban, el hijo único de Ulises — víctima del primer torpedeamiento en aguas mediterráneas de un buque aliado por parte de un submarino germano, abas­tecido gracias a la cooperación de Ulises—, termina con la propia muerte del capitán en condiciones semejantes a las de su hijo… Las situaciones humanas son menos intere­santes y menos bellas que la elegía entona­da al mar Mediterráneo, Mare Nostrum, por su deslumbradora e inmortal hermosura.

C. Conde

Mar de Historias, Fernán Pérez de Guzmán

Obra del poeta e historiador español Fernán Pérez de Guzmán (1375/78-1460?). Escrita antes de 1450, fue impresa en 1512.

Se divide en tres partes: en la primera trata de los «empera­dores e de sus vidas, e de los príncipes gentiles e católicos»: en la segunda, de los «sanctos e sabios e de sus vidas e de los libros que ficieron»; y en la tercera, de las «semblanzas y obras de los excelentes re­yes de España don Enrique III e don Juan II y de los venerables prelados e no­tables caballeros que en los tiempos de es­tos nobles reyes fueron». Las dos primeras partes no se apartan mucho de las vulgares compilaciones retóricas medievales y sólo en cuanto al aspecto estilístico ofrecen al­gún relieve personal. Se refieren a figuras de personajes reales, como Alejandro Mag­no, César, Carlomagno, o imaginarios, co­mo el rey Artús y algunos héroes del San­to Graal y asimismo nos evocan figuras de santos, sabios, literatos, etc., presentando en un mismo plano lo legendario y lo his­tórico, los héroes de la espada y los de la pluma.

Las influencias de la historio­grafía medieval (entre sus fuentes más di­rectas el autor cita la obra homónima de Juan de Colonna Mare historiarum) se fun­den con una cultura humanista nutrida de estoicismo y dan al autor una cierta origi­nalidad de visión en la capacidad de sín­tesis del estilo y la predilección por las personalidades poderosas. Estas dotes de moralista y de prosista hallan mejor apli­cación en la tercera parte que es conocida bajo el título de Generaciones y semblan­zas y que el reciente descubrimiento del manuscrito original confirma como obra completamente suya. Fue escrita en 1450, y en las ediciones posteriores a la prime­ra aparece separada de las otras dos par­tes; así, en la edición de Logroño, de 1517: Las generaciones y semblanzas y obras de los excelentes reyes de España don Enrique el tercero y don Juan el segundo. Partien­do de las genealogías y retratos de los dos soberanos, Pérez de Guzmán nos ofrece una viva y rica galería de las principales per­sonalidades de su tiempo: prelados, caba­lleros, dignatarios y poetas desfilan como en un policromo calidoscopio, caracteri­zados en sus rasgos físicos y morales, plas­mados en sus líneas esenciales, con sus vi­cios y virtudes.

Es un verdadero arte del retrato y el estilo rápido, incisivo y apli­cado maravillosamente a captar en lo vivo hombres y cosas con una inmediata cone­xión al propio objeto y una fuerza de reconstrucción nada común. Los retratos más vivos son los de Enrique III el Doliente, el Canciller Ayala, el Conde de Niebla, el Condestable Ruy López Dávalos, el arzo­bispo de Toledo don Pedro Tenorio, etc. Hombre de armas y político, gran conoce­dor de los vicios humanos y del valor, Pé­rez de Guzmán nos ha legado una visión de su época, sellada con un sentido escru­puloso de la realidad y una extrema sereni­dad de juicio, que pueden ser fruto del estoicismo por él sustentado, o bien como sublimación de sus decepciones cortesanas. De todos modos, para poder encontrar un parangón a esta obra, hay que referirse al retratismo moral francés, del siglo XVII, que encuentra en las Memorias (v.) de Saint-Simon su manifestación más feliz.

C. Capasso

La Marcha Nupcial, Henri Bataille

[La marche nuptiale]. Drama en cuatro actos de Henri Bataille (1872-1922), estrenado en París en 1905. Una muchacha que lleva uno de los nombres más hermosos de la aristocra­cia francesa, Gracia de Plessans, en la so­ledad de su vida provinciana se ha ena­morado de la bondad tímida y casi infantil de su maestro de piano, Claudio Morillot, y ha soñado, en místico anhelo de devoción, en entregársele ante el mundo, dirigiéndo­se con él al altar entre las notas triunfales de aquella Marcha nupcial de Mendelssohn, que tantas veces han tocado juntos. Ante la oposición inexorable de su familia, re­nuncia a todo y huye con él a París, donde viven con el modesto empleo conseguido por Claudio gracias al marido de otra com­pañera de colegio, Rogelio Lechatellier. Pe­ro la vida en la gran ciudad es dura y se encarga muy pronto de demostrar a Gra­cia la debilidad de Claudio, que, para pro­curarle algunas comodidades, incluso llega a cometer una mala acción. Los velos caen uno tras otro; pero Gracia permanece en su sitio hasta que, tras una estancia en el castillo de Lechatellier, donde lentamente ha sentido insinuarse en su corazón el amor tierno y generoso de Rogelio, advirtiendo la maternidad que le liga aún más estre­chamente a Claudio, se mata en su pobre habitación. El drama, considerado como la obra maestra de Bataille, da la medida de su arte. Gracia es el prototipo de las figu­ras femeninas en cuya representación des­tacaba: criaturas patéticas y ardientes, cuya vida espiritual no supera la esfera de su aguda sensibilidad, lanzadas por la fanta­sía al camino del sueño, y que se deshacen al primer choque con la realidad.

E. C. Valla

Los Marcurell, Hjalmar Bergman

[Markurells i Wadkoping]. Es la mejor novela del sueco Hjalmar Bergman (1883-1931), donde se desarro­lla la tesis de que, en las relaciones entre padres e hijos, no es lo esencial la sangre común, sino la efectiva correspondencia de afectos.

Marcurell, el protagonista, ha tra­bajado toda su vida para amasar, con en­redos y abusos, una fortuna para su único hijo Johan. Cuando descubre que no es su hijo, sino el de un conde arruinado a quien su mujer se entregó disgustada por la feal­dad física de su marido, su reacción es brutalmente violenta. Pero pronto se da cuenta de la realidad, se ve realmente tal cual es: vulgar, ávido, sólo preocupado por la lucha y la ganancia; y el sentido de su vida y de su trabajo queda destruido. Su único sostén es en adelante verse compren­dido por la esposa del conde, una mujer grácil y delicada, también víctima de la traición conyugal. Pero cierto día, en la escuela, el hijo de la condesa, discutiendo con Johan, ofende a Marcurell llamándole viejo usurero y Johan se inclina decidida­mente del lado de su padre putativo, rebe­lándose ante la injuria y defendiéndole con ardor. El viejo se siente entonces renacer y comprende que el amor de su hijo es más sólido e importante que cualquier vínculo de sangre.

La novela, adaptada a comedia con el mismo título (1929), tuvo un gran éxito, similar al obtenido por el mismo au­tor con su otra comedia, El premio Nobel (v.). La novela, rica en invención, sorpresas y tipos, y también humanamente con­movedora, es una de las obras más notables de la literatura sueca contemporánea.

A. Ahnfelt

Marco Visconti, Tommaso Grossi

Novela histórica de Tommaso Grossi (1790-1853), compuesta en­tre 1831 y 1834, y publicada en 1834 con dedicatoria a Manzoni, que es su modelo. La acción tiene lugar en 1329, en parte en Llimonta, junto al lago de Como, en parte en Milán, y finalmente en el castillo de Ró­sate. El objeto de la obra consiste en re­presentar la historia de Lombardía en el siglo XIV, según los documentos sacados de las crónicas de aquella época.

Marco Visconti ama a una ioven, Bice, hija del con­de Oldrado del Balzo, la cual, en cambio, ama a Ottorino Visconti, primo de Marco, siendo correspondida por él. Pero Marco está enamorado locamente de ella, y no sólo por su joven y fresca belleza, sino también porque le recuerda a la madre, Ermelinda, a quien él ha amado; desafía al rival en un torneo, al que se presenta con armadura cerrada para que no le reconoz­can; le derriba, y le mataría si el grito de combate de Ottorino no hubiera sido «¡Viva Marco Visconti!». Con todo, recomienda a un vasallo suyo, Pelagrua, que impida a toda costa la boda, y éste, de acuerdo con Lodrisio Visconti, que odia a Ottorino, no habiendo podido impedir la boda, intenta separar con astuta violencia a los dos jóvenes.

Marco advierte demasiado tarde que aquellos picaros se han excedido en sus atribuciones, porque Bice muere agotada, y apenas ha tenido tiempo para volver a ver a Ottorino. Ésta es la trama principal y a su alrededor se entrelazan muchos sucesos históricos, como el cisma de Nicolás V y Juan XXII; la caída de Ludovico el Bávaro, el sitio de Milán, etc., y se mueven otros muchos personajes. Los protagonistas, sin embargo, no tienen una vida profunda; Marco, violento y contemporizador, ambi­cioso y enamorado, es, según opinión del autor, un hombre de su época; pero la presentación en la obra no tiene la fuerza de hacerlo vivir como tal; Bice y Ottorino son las acostumbradas figuras tradicional­mente románticas; más personal es el pa­dre de Bice, el conde del Balzo, vanidoso y tímido, pero demasiado calcado en su modelo manzoniano.

Figuras secundarias, pero vivísimas son, en cambio, el escudero de Ottorino, Lupo, y un cura juglar, Tremacoldo, con su aguda presteza natural. Las últimas páginas de la obra, que des­criben una tempestad en que Lupo acude en socorro de los náufragos, y el duelo de los padres por la muerte del hijo, han sido distinguidos de los demás de la novela con el título de «La cabaña del ahogado». Y son las más bellas de la obra. Este libro, en el cual es evidente la afinidad con El anti­cuario (v.) de Walter Scott, está animado por algunas poesías; una de ellas es la fa­mosa «Rondinella pelegrina» cantada por Tremacoldo; otra es la historia de Falchetto di Narbona, muerto anciano en un claustro, después de haber cometido muchos delitos; otra consiste en un sirventés, cantado por un ministril de Lucca, a la muerte de Mar­co. La obra es una mezcolanza no bien fundida de erudición y de fantasía; dAzeglio la alabó mucho, Tommaseo la juzgó severamente. Queda, sin embargo, como la más característica entre las novelas italia­nas de asunto histórico dentro del gusto netamente romántico de su época.

M. Maggi

Leyendo el Marco Visconti se siente tener enfrente un poeta no sólo indiferente para todo contenido religioso, moral y político, sino para la historia misma, que para él es únicamente la tela sobre la cual dibuja un hecho artístico. (De Sanctis)

*    De la novela de Grossi se han sacado algunos libretos de ópera, con el título Mar­co Visconti, uno de ellos musicado por Enrico Petrella (1813-1877); esta ópera fue estrenada en Nápoles, en 1854. Otro ha sido musicado por Nicola Vaccai (1790-1848), Turín, 1838.