La Mascarada de la Anarquía, Percy Bysshe Shelley

[The Masque of Anarchy]. Pequeño poema de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), escri­to en 1819 y publicado por el poeta Leigh Hunt en 1832. Está formado por 91 estrofas de cuatro tetrámetros de ritmo trocaico que riman en pareados. El poema es de inspi­ración politicosocial.

A las guerras napo­leónicas había seguido en Inglaterra una grave crisis económica, que el gobierno conservador de Wellington y de Castlereagh no acertaba a resolver. Los obreros se agi­taban, pero sus manifestaciones eran re­primidas del modo más severo. Cuando el 16 de agosto de 1819, en Manchester, y so­bre los campos de San Pedro, se reunió un comicio de labradores y labradoras para solicitar una reforma parlamentaria, los magistrados, llenos de pánico, ordenaron una carga de guardias a caballo que oca­sionó muertos y heridos. El ministerio apro­bó este trágico error, pero la nación opinó en contra. La matanza de Peterloo llenó de infamia al vencedor de Waterloo. Las noticias de la mortandad de Manchester hizo sentir más vivamente a Shelley el amor por la patria, al que tendía natural­mente su corazón nostálgico. En una vi­sión se le aparece una macabra cabalgata; a la cabeza figura el Asesino, que tiene el aspecto de lord Castlereagh, y arroja cora­zones humanos para que sean pasto de los perros que le siguen. Le acompañan el En­gaño, la Hipocresía y la Destrucción: todos los componentes del cortejo van disfrazados de obispos, abogados, pares y espías. El cortejo llega a Londres y la joven Espe­ranza, enloquecida, se arroja al suelo bajo los cascos de los caballos. Los macabros personajes son pisoteados por el caballo de la Muerte, cuando se eleva una voz que incita a los oprimidos para que hagan valer sus razones y reclamen como sacrosanto derecho la libertad, que es bienestar, paz, justicia y amor. Y si los tiranos osaran ensañarse en el pueblo, a mano armada, éste; aunque inerme, apelando a las leyes, sabrá vencer con su firmeza digna y serena. «Vos­otros sois muchos y ellos son pocos».

La idea de la visión y de los personajes ale­góricos tiene carácter y sabor medieval. Shelley tituló su poema The Masque of Anarchy recordando las Masques, breves representaciones teatrales de carácter ale­górico, acompañadas de música y danzas, que estuvieron en boga en el siglo XVII, en la Corte o en las casas nobles. A este género de representaciones dramáticas per­tenece también el famoso Como (v.) de Milton.

T. P. Pieraccini

Las Más Bellas Leyendas de la Antigüedad Clásica en sus Poetas y Narradores, Gustav Schwab

[Die schönsten Sagen des klassichen Altertwas nach seinen Dich­tern und Erzählern]. Colección de leyendas del poeta de la llamada «escuela sueva» Gustav Schwab (1792-1850); aparecida de 1837 a 1845 en tres volúmenes, se ha re­impreso continuamente en repetidas edicio­nes hasta hoy. Gentil y amable — sus ami­gos le llamaban el «abbé» —, dotado de vena fácil, el autor fue como poeta, junto a Kern y a Uhland, la figura más sobre­saliente de la escuela. Ejerció de profesor del Gimnasio, fue luego párroco, después superintendente, y halló su camino en obras como ésta, en la que el amor por la poesía se asocia al propósito pedagógico. En un prefacio, él mismo explica la inten­ción del libro, que trata de dar a la ju­ventud una orientación, entre los mitos y las leyendas antiguas, para sentir más a fondo su intrínseca poesía. El autor se pre­ocupa naturalmente también del elemento moral, y algunos mitos, como el de Edipo, están por eso un tanto «revisados». El pri­mer volumen contiene los más antiguos; el segundo, los que se refieren a la guerra de Troya, a los Tantálidas y a Ulises; y la materia lejana en el tiempo y en el es­píritu parece que fue refractaria a la ín­dole del narrador. Pero entre clasicismo y romanticismo se han establecido ya puentes de tránsito en el alma de los nuevos tiem­pos. Y las narraciones de Schwab tienen el mérito de no querer ser más de lo que son. La narración es agradable, suelta, sim­ple, y el tono familiar y didáctico no está exento de gracia romántica. [Trad. de Fran­cisco Payarols bajo el título Las más be­llas leyendas de la antigüedad clásica (Bar­celona, s. a.)].

G. F. Ajroldi

El Más Antiguo Documento del Género Humano, Johan Gottfried Herder

[Die älteste Urkunde des Menschengeschlechtes]. Obra de Johan Gottfried Herder (1744-1803): I volumen (Partes I-III), Riga, 1774; II vol. (IV par­te), Riga, 1776. Edic. crítica en Herders sämtliche Werke, por B. Suphan, vol. VI y VII, Berlin, 1883-84.

Se trata de la primera de las obras teológicas de Herder y la más significativa por el trabajo espiritual de la época wertheriana. Gracias a sus numerosos sentidos místicos, la obra es susceptible de las más amplias interpretaciones; según la definió Goethe, es fragmentaria y desigual en la% ejecución, y sin embargo orgánica y unitaria por la idea que la inspira; se ini­cia con el comentario poeticorreligioso de los primeros once capítulos del Génesis (v.) (creación – diluvio), original exégesis del «Antiguo Testamento» hecha con el nuevo método de la «Einfühlung», a base de la comprensión inmediata, método que dará sus frutos más maduros y perdurables en el escrito Sobre el espíritu de la poesía he­braica [Vom Geist der hebräischen Poesie, 1782-83], considerado por Madame de Staël como la obra más completa de Herder. La traducción, hecha con miras a poner de relieve los valores poéticos del original, es aquí parte integrante y principalísima de la interpretación, la cual, en voluntario con­traste con la forma objetiva, didáctica o dialéctica de los anteriores comentarios or­todoxos, racionalistas o historicofilológicos, toma en Herder el carácter completamente subjetivo de una emotiva evocación lírica o de una elocuente parénesis; por eso la Urkünde fue comparada por Goethe, por su estilo oracular, de inspiración a lo Ha­mann, a un canto órfico.

Y es verdad que, más que a esclarecer paso a paso la letra del texto bíblico, Herder se siente inclinado a anunciar al mundo su gran descu­brimiento de un nuevo evangelio universal y eterno, contenido en las primeras páginas del Génesis, para confutar el más grave ar­gumento opuesto por los deístas al dogma de la revelación : la parcialidad y la in­justicia de un Dios que se había mani­festado a un solo pueblo, dejando a todos los demás en las tinieblas del error, para después castigarlos con la condenación eter­na. Negada decididamente, desde el princi­pio, siguiendo la obra de Jean Astruc, Con­jectures sur les mémoires originaux dont Il paroit que Moyse s’est servi pour com­poser le livre de la Génèse (1753), la pa­ternidad mosaica de los primeros capítulos del Génesis, Herder ve en la narración bí­blica un auténtico «documento», una gran­diosa «epopeya histórica», que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad, y que, transmitida oralmente en la progenie de Seth, se comunicó, después del Diluvio, a todas las gentes, las cuales, caídas en la idolatría, corrompieron sus caracteres pri­mitivos.

Para demostrar esta tesis, deriva­da del neoplatonismo cristiano, desarrolla las argumentaciones de la segunda y ter­cera partes de la obra, en las que Herder examina, con medios de investigación aún inadecuados, pero con clara intuición de los caracteres esenciales del fenómeno religio­so, las mitologías de los egipcios y de los pueblos asiáticos, inaugurando así los estu­dios’ de mitología comparada y señalando en el mazdeísmo, cuyas fuentes habían sido precisamente entonces discutidas por Anquetil-Duperron [Zend-Avesta, ouvrage de Zoroastro, 1771], la tradición más cercana al «documento bíblico». En la primera par­te de la obra, dedicada al estudio del pri­mer capítulo del Génesis, Herder, objeti­vando su propia experiencia religiosa, que era la de un naturalismo cristiano, ve es­bozada en la narración bíblica la revelación que Adán tuvo de la obra creadora de Dios, contemplando el espectáculo del día que nace con el alma virgen y nueva, abierta para recoger los mil aspectos de la natura­leza y las voces infinitas de las criaturas, para expresarlos con la innata inventiva de un lenguaje esencial, -todo imágenes, sím­bolos y armonías imitativas. Ésta es la «re­velación perenne» que todavía hoy vincula a los hijos de Adán con sus divinos orígenes. Fijado en forma de un simple esquema, el «documento» divino fue durante siglos el patrimonio de los creyentes, perseguidos y oprimidos.

A la prenda del eterno amor y del renacimiento futuro, los descendientes de Caín opusieron con Lamech, el «primer poeta», el Himno del hierro homicida (Gén., cap. IV, 23-24), el nuevo dios que desde entonces dominó en el mundo. Turbado el orden establecido por Dios por el primer pecado, que fue el pecado de la descon­fianza en la bondad infinita del Padre, el casto connubio de los progenitores se con­virtió en la esclavitud del «eros», por lo que las fuentes mismas de la vida quedaron profanadas y poco a poco se fueron agos­tando. Ésta es la llaga que hoy sangra to­davía, la llaga que sólo un médico divino podrá sanar. Sobre la tierra, inundada por la sangre fraterna, dos ejércitos se hallan frente a frente: el uno, fiel a la tradición divina, reconoce y venera en la persona humana la imagen del Creador; el otro, ciego por el orgullo y la concupiscencia, siempre se halla dispuesto a emplear en destrucciones y matanzas los bienes creados por su genio inventivo y por el espíritu de cooperación. Así, la primera obra teológica de Herder, que comienza con un himno a la luz que, por voluntad del Eterno, rasga las tinieblas del caos para difundir en el universo la vida y el amor, termina con la trágica visión de las dos ciudades, armadas la una contra la otra, para combatirse has­ta el advenimiento del reino: del mismo modo que en el Urfaust (v. Fausto) de Goethe, contemporáneo de la Urkünde, a la bienaventurada visión del macrocosmos si­gue, con violento contraste, la evocación del «numen fascinosum et tremendum» que representa la vida terrestre y el reino del hombre.

El fin último que Herder se pro­ponía con la Urkünde era el de establecer, de una vez para siempre, los límites’ entre ciencia y religión, para salvar a las jóve­nes generaciones de la «fatal y lacerante discordia» que las atormentaba. En la labo­riosa gestación de la obra (1769-73), de la que dan buen testimonio nada menos que cinco redacciones manuscritas, se refleja la crisis religiosa del autor, que le lleva, des­de el «libertinaje teológico» de los años de Riga, a la decidida y batalladora afirmación de su renovada fe en lo trascendente y en la intervención inmediata y constante de Dios en la historia humana, que caracteriza los escritos del período de Bückeburg (1771- 1776). Así, en el curso de la elaboración de la Urkünde, la atención se desvía desde el antropocentrismo inmanente de la primera concepción, al «pancristismo» de la última. Si en las primeras redacciones la vida está concebida como fin en sí misma, por lo que el hombre, prometeico artífice plasmador de sí mismo y de su mundo, encuentra en el «Streben», a la manera de Fausto en su propio e infatigable anhelar y operar, el más alto premio y la felicidad suprema, en la redacción definitiva de la obra, a la economía de la naturaleza sucede, en el or­den providencial deseado por Dios después de la «felix culpa» de los progenitores, la economía de la gracia, en la cual la natu­raleza humana se cumple, se sublima y se deifica. La última meta a que tiende la hu­manidad es ahora para Herder, que apela explícitamente a la grandiosa visión del Cusano, la incorporación en Cristo.

Pero ya el «Canto matutino de la Creación» [«Die Schöpfung. Ein Morgengesang»], que resu­me en una inspirada síntesis lírica los mo­tivos fundamentales de la obra y que mar­ca el paso de la primera concepción a la segunda, después de haber celebrado la glo­ria y la dignidad del hombre, aspiración, espejo y síntesis de todo lo creado, termina con una ardiente invocación al Verbo, que es principio fundamental de la vida del uni­verso y modelo y regidor divino. Histórica­mente considerada en relación con las co­rrientes de pensamiento de su tiempo y el siguiente, hasta el romanticismo cristiano (Adam Müller, Görres, Federico Schlegel, Baader), queda la Urkunde como uno de los más insignes monumentos del «Sturm und Drang» (v.) religioso, aunque la for­ma, debido al largo trabajo creador no siempre resuelto en unidad de síntesis, por las preocupaciones doctrinales y polémicas, y sobre todo por la falta de una sólida base científica en los campos racional e históri­co, no siempre corresponda a la elevación y nobleza del asunto.

C. Grünanger

Masaccio y los Comienzos del Renacimiento en Italia, Obra de Jacques Mesnil

[Masaccio et les débuts de la Renaissance]. Obra de Jacques Mesnil (1868-1941), publicada en La Haya en 1927, en la cual el autor trabajó desde 1911 a 1925, resumiendo en ella las conclusiones de sus estudios sobre el arte florentino del principio del siglo XV.  Cons­ta de los siguientes capítulos: I. De Giotto a los imitadores góticos; II. Los comienzos de Masaccio; III. Primeras obras de Ma­saccio; IV. Los frescos de la capilla Brancacci; V. El fin de Masaccio; VI. Perspec­tiva y composición en los comienzos del Renacimiento.

De la perspectiva el autor trata ampliamente también en una parte del segundo capítulo: «la teoría de la pers­pectiva, su significado y su aplicación». Por perspectiva entiende naturalmente, y no podría ser de otro modo, la de foco central, la que, para distinguirla de otros conceptos espaciales, hoy se llama «matemática» o «lineal» o «brunelleschiana»; distinción jus­tificada por reconocer que también la pers­pectiva, como cualquiera otra circunstancia artística, no es una ley inderogable, sino «una elaboración del espíritu en continua mutación». La importancia de este estudio monográfico de Mesnil consiste justamente en la circunstancia de que por primera vez se encuentra en él valorizado críticamente el principio perspectivo en relación con un artista, o sea, que se ve considerada la solución espacial, no como un problema geométrico o metafísico, sino como un problema estético; no como teoría abstracta o sistema de enseñanzas técnicas, sino co­mo «creación viviente del artista y como medio de expansión de su modo de sen­tir».

Para determinar la esencia artística de la perspectiva lineal en relación con la pintura, Mesnil recurre a la literatura del siglo XV, especialmente a los Comentarios (v.) de Ghiberti, y al De prospectiva pingendi de Piero della Francesca; de este modo precisa históricamente la posición de la perspectiva, indica y limita su lado fí­sico, óptico, y concluye afirmando que su importancia consiste en haber sido «el más poderoso medio de cohesión de la obra», y en haber establecido entre la representa­ción y el espectador una relación precisa, de carácter no ilusionista, sino esencial­mente imaginativo. Del principio de la pers­pectiva, Mesnil hace después un instrumen­to discriminante para entender el arte de Masaccio. El que estudie a este artista debe adoptar posición respecto a la paternidad de varias obras que algunos opinan que son de él, otros de Masolino (frescos de San Clemente en Roma, Deposición de Empoli, Madonna de la Pinacoteca de Munich, etc.). Ahora bien, nuestro escritor razona de esta manera: «Si, teniendo en cuenta la distan­cia del observador a la composición, se so­meten a un análisis riguroso todas las obras que se atribuyen a Masaccio, se verá que las leyes de la perspectiva están, en algu­nas, aplicadas con gran coherencia e in­teligencia; en otras, por el contrario, tan mal, que acusan en el pintor la ausencia de todo criterio preciso y la asimilación apresurada y superficial del método en bo­ga.

Las primeras hay que atribuirlas a Masaccio, las segundas a Masolino». En esta conclusión, que sigue a una larga cadena de razonamientos, está el lado original del método reflexivo de Mesnil y, al mismo tiempo, su límite. Porque si nadie puede negar que la seguridad con que Masaccio resuelve el problema de la determinación de la perspectiva sea una conquista tan personal que constituye una excelente base de referencia atributiva, por otra parte el servirse en forma tan absoluta de un ele­mento que, en cierto modo, cesa de ser artístico para afirmarse en su esencia geo­métrica, tiene por consecuencia mecanizar el pensamiento o a lo menos atenuar algo su capacidad penetradora. Tanto más, tra­tándose del arte de Masaccio, el pintor que da como ninguno en su tiempo la impresión de facilidad, de inmediatez, el cual, aunque ha tenido conocimiento de los principios perspectivos de Brunelleschi (la Trinità de Santa María Novella lo ates­tigua), ha transfigurado, sin embargo, tanto ese conocimiento y lo ha sometido tan li­bremente a las exigencias de la visión plástica, que no deja percibir ningún presu­puesto cultural.

Con menos razón se podría decir esto, independientemente de la cua­lidad del efecto artístico, de Paolo Ucello o de Piero della Francesca. A pesar de esta objeción metodològica, no se puede negar la gran importancia del libro de Mesnil, voz nueva en la crítica acerca de Masaccio, estropeada por la monótona repetición de los conceptos que, en parte, se remontan aun a Vasari, voz nueva y, sobre todo, en relación con la interpretación del problema espacial en el arte. Desde el punto de vista filológico, si se exceptúan una o dos opi­niones divergentes, y no aceptables, este estudio comparte las soluciones dadas ya por Toesca y Venturi, y acogidas después por Salmi y la señora Pittaluga, contra las teorías «panmasaccistas». de Schmarsow y otros.

M. Pittaluga

 

Más Allá del Río, John Galsworthy

[Over the River]. Novela del escritor inglés John Galsworthy (1867-1933) que, publicada póstuma en 1934, forma una especie de trilogía con dos li­bros anteriores del autor, Esperanzas juve­niles y Prado florido (v.).

La protago­nista de todas ellas es Dinny Cherrel, una joven a la que la fatalidad parece destinar a ser «testigo» de las pasiones de los de­más, sin que ella llegue a vencer nunca su frialdad innata o los obstáculos que se interponen entre la sociedad y su amor. Esta vez se halla íntimamente interesada en las peripecias de su hermana Clara, que llega de improviso de Ceylán, declarando que no puede seguir viviendo con su ma­rido (que ha quedado allá), al cual no había nunca amado de veras. Dinny ayuda a su hermana en las tormentosas peripe­cias del divorcio, complicadas con el amor del joven Tony Croom por Clara. También en esta ocasión se muestra Dinny nobilísi­ma y devota «esclava» del amor de su hermana, defendiéndose por su parte de la pasión que ha despertado en el abogado Eustaquio Dornford, anciano noble, dipu­tado del Parlamento, que le da continua­mente pruebas de su absoluta devoción. Pero al fin, turbada y vencida por el espec­táculo del feliz amor de Tony y Clara, tam­bién ella decide vencer su helada reserva y acepta casarse con el abogado.

El perso­naje de Dinny, tan amorosamente acari­ciado por el escritor en el curso de tres novelas, resuelve sus contradicciones, pe­netrando en un clima de normal humani­dad. Cesa de ser un graciosísimo y exqui­sito «tipo» artístico, para convertirse en una mujer. Pero si Dinny vive episodio tras, episodio, en pintorescas actitudes llenas de sugestión sentimental y tratadas con indu­dable acierto, su «catarsis» aparece no me­nos gratuita entre las muchas peripecias en que se ha encontrado mezclada a lo largo de todo el ciclo; lo cual es prueba de lo agotada que se hallaba la vena del afor­tunado autor de la Saga de los Forsyte (v.).

A. Galimberti