Mátalo, Samo Chalupka

[Mor ho]. Poema épico del poe­ta eslovaco Samo Chalupka (1812-1883). La acción tiene lugar al tiempo de la inva­sión romana de Panonia, que el poeta ima­gina poblada de eslavos. La orgullosa ne­gativa de éstos a doblar la cabeza frente a las invencibles legiones de Roma, provo­ca un conflicto armado con los pretorianos, que se resuelve en una verdadera matanza, con el consiguiente e inevitable exterminio de los eslavos, fácilmente vencidos a pesar de su heroico sacrificio. Es un episodio completamente fantástico. Lo inventó el poeta para despertar en su pueblo la con­ciencia de la propia personalidad nacional a través de la exaltación del sacrificio por un alto ideal de libertad y de patria. Por esto se considera al autor como el creador de la poesía patriótica en la historia de la literatura eslovaca.

E. Damiani

El Matadero, Esteban Echeverría

Obra del pensador y escritor argentino Esteban Echeverría (1805- 1851). Encabezó la generación denominada de «los proscriptos» o de 1837-38. No ha sido posible indagar la fecha de El Matadero, cuyos originales encontró Juan Ma­ría Gutiérrez cuando proyectaba editar las Obras completas de Echeverría: se incluyó en el tomo V y último (1874).

La acción se sitúa en 1830 y tantos, durante la tiranía de Rosas. Acapara éste el abasto de la población bonaerense, para lo cual cuenta con los peones de sus varias estancias, a los que da categoría de matarifes en la ciudad. Son diestros degolladores de bes­tias y, si reciben orden o simple insinua­ción desde las alturas del poder, impasi­bles degolladores de unitarios, ellos que — sin entender la diferencia — se procla­man «federales». Comienza El Matadero con una vivaz e irónica descripción de Buenos Aires bajo una inundación y en época de cuaresma. Las aguas impiden que llegue ganado al Matadero de la Convalecencia, del barrio del Alto. Transcurren quince días de abstinencia forzosa y al fin llegan cin­cuenta novillos para calmar algo el hambre colectiva. Describe en seguida a cuantos actúan en el lugar de faenamiento: el juez del matadero, encargado de recaudar el im­puesto de corrales y de cobrar las multas consiguientes; el carnicero, con el rostro a poco embadurnado de sangre; los enlazadores y pialadores, que lucen vestimentas y pañuelos color punzó; los grupos de mu­chachos y de negras y mulatas que van en busca de «achuras», o sea de ciertos trozos y desperdicios de las reses; los perros va­gabundos, a la caza de lo que se sirva caer en buena hora; las gaviotas, en procura de cualquier residuo.

El ambiente anímase con menudos episodios, pintados del natural. De pronto, un toro se embravece antes de que el degollador, Matasiete, pueda ulti­marlo. El animal, hostigado y enfurecido, echa a correr y, al empujar el portalón del matadero, cierra el lazo junto a la hor­queta en que está apostado un chicuelo curioso: rueda la cabeza de éste, mientras el tronco permanece inmóvil «sobre su ca­ballo de palo». La indiferente multitud no repara en tan minúsculo hecho. El toro prosigue su veloz huida ante el terror de la gente que se agolpa en las calles veci­nas, convertidas en lodazal por la reciente lluvia. A lo lejos, vadeando un pantano, aparece un inglés que vuelve de su sala­dero. El toro le espanta la cabalgadura y el jinete cae en el fango, donde queda media vara hundido. Los perseguidores del toro ríen del suceso y pasan sobre el des­prevenido inglés a todo galope. Logran fi­nalmente cercar al toro y lo reconducen al matadero para que Matasiete pueda des­jarretarlo, clavarle su daga en la garganta y desollarlo. La vocinglería de la chusma aclama al hábil faenador. Y lo están cele­brando todavía cuando ven pasar a un joven unitario, que se denuncia por detalles característicos: patilla en forma de U; ca­rencia de la divisa colorada, impuesta por Rosas; ausencia de luto en el sombrero, luto «federal» oficialmente decretado en oc­tubre de 1838 al morir Encarnación Ezcurra, esposa del tirano.

Y a aquel joven, decen­temente trajeado y que monta en silla in­glesa, le gritan, a coro, todos los insultos de la época: entre ellos, el muy conocido de «perro unitario». Azuzan a Matasiete para que lo provoque. Y así ocurre: pe­chándolo con su caballo, consigue que el joven yazga pronto en el suelo. Pero éste no se amedrenta y de su boca salen pala­bras de asco contra la turba cobarde. Llévanlo entonces a la casilla del juez, al­guien puntea en su guitarra la temida «res­balosa» — anuncio de degüello — y empie­zan a «tusarlo», es decir, a cortarle la patilla caracterizadora y el bigote. La resis­tencia que opone y las valientes frases con que responde a quienes lo amenazan, enar­decen a sus verdugos. Deciden desnudarlo para consumar las torturas físicas y mora­les que aplicaba el régimen rosista a los contrarios. Aumenta la resistencia del jo­ven mientras lo colocan boca abajo y le atan pies y manos. A consecuencia de tan­tos esfuerzos, de su garganta brotan borbollones de sangre y minutos después que­da exánime. El juez dice entonces: «¡Pobre diablo! Queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo se­rio». La breve narración se cierra así: «Por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la Federación (o sea, del rosismo) estaba en el Matadero…» Curioso es comprobar que con esta obra el autor se anticipa a modos de concepción, de rea­lización y hasta de forma — vocabulario y estilo — luego empleados por el realismo y el naturalismo europeos. Aparte el Dogma Socialista (v.), libro de pensador y soció­logo, de La Cautiva y sus otras produccio­nes en verso, Echeverría escribió también varios relatos en prosa, algunos de los cuales revelan la influencia de Byron y de Larra.

J. M. Monner Sans

Masu Kagami, Ichijō Ruyuyoshi

[Espejo clarísimo]. Obra de la literatura japonesa, en veinte capí­tulos, atribuida generalmente a Ichijō Ruyuyoshi (1464-1514), mientras algunos la su­ponen escrita por Nijō Yoshimoto (1320- 1388), por Ichijō Tsunetsugo (1358-1418) y otros escritores. El título es una contracción de Ma-sumino Kagami (Espejo perfecta­mente limpio y puro). La fecha de com­pilación debe estar comprendida en los cua­renta y tres años que corrieron entre 1333 y 1376.

Es una Historia del Japón en el período que abarca de 1183 a 1333, es decir desde el nacimiento del emperador Go Toba (1184-1198) al retorno (1333) a Kioto del emperador Go Daigo (1319-1338), desde su destierro en la isla de Oki. El autor mani­fiesta sus sentimientos de devoción por la familia imperial y expresa su dolor por ver debilitada su fuerza a consecuencia del acceso al poder de la casta militar. Confie­re asimismo al texto un notable valor his­tórico la relativa precisión de las fechas, mientras desde el punto de vista literario, el estilo elegante, a veces incluso fascina­dor, sirve maravillosamente al autor para demostrar un conocimiento profundo de los usos y ceremoniales, de los textos budistas y literarios, entre los cuales muestra espe­cial predilección por el Genji Monogatari (v.) y el Eigwa Monogatari (v.), de los cua­les parece haber sufrido influencias en medida no despreciable.

S. Nogami

Más que el Amor, Gabriele D’Annunzio

[Più che Vamore]. Tragedia en dos actos, en prosa, de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), representada en 19Ò6 por Ermete Zacconi y publicada al año siguiente. Como siempre — en La Ciudad muerta (v.), en la Gioconda (v.), en El Fuego (v.), en la Laus vitae (v.)— el tema sobrehumano, «per se», falla en la poesía de D’Annunzio, actuando sólo en las pausas que se intercalan en ella: así esta tragedia resulta pobre, precisamente por la claridad a que reduce la ideología en la figura de Conrado Brando (v.), el héroe que querría ser explorador y, careciendo de los recur­sos necesarios, se convierte en asesino para procurárselos. Persuadido de la grandeza más que moral del gesto que ensalza en su personaje, D’Annunzio se esfuerza por al­canzar en esta obra una concisión lapidaria de estilo que se convierte en una nueva manera de énfasis, y esta ilusión es la cau­sa de que en el discurso preliminar del vo­lumen invoque nada menos que el ejemplo de Esquilo. En verdad, lo que predomina en su espíritu, al escribir, es la manía po­lémica de escandalizar con la ideología sobrehumana a los mismos que en la repre­sentación quedaron en efecto escandaliza­dos; por eso ni siquiera los motivos sua­ves, que como siempre rodean el motivo erótico (la muchacha que el héroe aban­dona encinta, el hermano de ella que ahoga su indignación admirando su dulzura), lo­gran concretarse en la fantasía del poeta lo bastante para vivificarla, ni tan sólo epi­sódicamente.

El único interés de la obra, ya que la pasión del héroe es la pasión de África, son los signos de la pasión africana que no murió en Italia con la derrota de Adua, y que sugiere palabras en las que D’Annunzio buscará treinta años después, con sólo añadirles un presagio, el título de un libro suyo de impulso patriótico, Te tengo, África: «Tengo mi pensamiento, ten­go también mi imperio, una palabra roma­na que hay que convertir en italiana: ‘Teneo te, Africa’».

E. De Michelis

Massimilla Doni, Honoré de Balzac

Novela de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1839, incluida más tarde en la Comedia humana (v.), parte 2.a, «Estudios filosóficos». Junto con la otra titulada Gambara (v.), nos ofre­ce la imagen que el escritor francés se ha­bía formado de Italia, en el período que precede el Risorgimento: noble, empobre­cida, absorta en las lánguidas dulzuras del sentimiento y de la música, Massimilla, de antigua familia florentina, esposa del du­que de Cattaneo, de Venecia, se enamora de Emilio Memmi, príncipe arruinado de Várese, y, al enviudar, se une a él y con él vive en París. El trasfondo de este idi­lio lo constituyen, al principio, los espec­táculos de ópera representados en el teatro «Fenice», y, más tarde en París, el encuen­tro de Paolo Gambara, músico maniático, que ha acabado cantando por la calle con su mujer Mariannina. Se trata, pues, de un clima italiano amanerado, como en otro as­pecto lo había introducido Mme. de Staël con su Corinna (v.), y, en el fondo, de una simple variación sobre .motivos que se iban haciendo proverbiales hasta el punto de volver insegura la firme mano de Balzac.

F. Neri