El Matadero, Esteban Echeverría

Obra del pensador y escritor argentino Esteban Echeverría (1805- 1851). Encabezó la generación denominada de «los proscriptos» o de 1837-38. No ha sido posible indagar la fecha de El Matadero, cuyos originales encontró Juan Ma­ría Gutiérrez cuando proyectaba editar las Obras completas de Echeverría: se incluyó en el tomo V y último (1874).

La acción se sitúa en 1830 y tantos, durante la tiranía de Rosas. Acapara éste el abasto de la población bonaerense, para lo cual cuenta con los peones de sus varias estancias, a los que da categoría de matarifes en la ciudad. Son diestros degolladores de bes­tias y, si reciben orden o simple insinua­ción desde las alturas del poder, impasi­bles degolladores de unitarios, ellos que — sin entender la diferencia — se procla­man «federales». Comienza El Matadero con una vivaz e irónica descripción de Buenos Aires bajo una inundación y en época de cuaresma. Las aguas impiden que llegue ganado al Matadero de la Convalecencia, del barrio del Alto. Transcurren quince días de abstinencia forzosa y al fin llegan cin­cuenta novillos para calmar algo el hambre colectiva. Describe en seguida a cuantos actúan en el lugar de faenamiento: el juez del matadero, encargado de recaudar el im­puesto de corrales y de cobrar las multas consiguientes; el carnicero, con el rostro a poco embadurnado de sangre; los enlazadores y pialadores, que lucen vestimentas y pañuelos color punzó; los grupos de mu­chachos y de negras y mulatas que van en busca de «achuras», o sea de ciertos trozos y desperdicios de las reses; los perros va­gabundos, a la caza de lo que se sirva caer en buena hora; las gaviotas, en procura de cualquier residuo.

El ambiente anímase con menudos episodios, pintados del natural. De pronto, un toro se embravece antes de que el degollador, Matasiete, pueda ulti­marlo. El animal, hostigado y enfurecido, echa a correr y, al empujar el portalón del matadero, cierra el lazo junto a la hor­queta en que está apostado un chicuelo curioso: rueda la cabeza de éste, mientras el tronco permanece inmóvil «sobre su ca­ballo de palo». La indiferente multitud no repara en tan minúsculo hecho. El toro prosigue su veloz huida ante el terror de la gente que se agolpa en las calles veci­nas, convertidas en lodazal por la reciente lluvia. A lo lejos, vadeando un pantano, aparece un inglés que vuelve de su sala­dero. El toro le espanta la cabalgadura y el jinete cae en el fango, donde queda media vara hundido. Los perseguidores del toro ríen del suceso y pasan sobre el des­prevenido inglés a todo galope. Logran fi­nalmente cercar al toro y lo reconducen al matadero para que Matasiete pueda des­jarretarlo, clavarle su daga en la garganta y desollarlo. La vocinglería de la chusma aclama al hábil faenador. Y lo están cele­brando todavía cuando ven pasar a un joven unitario, que se denuncia por detalles característicos: patilla en forma de U; ca­rencia de la divisa colorada, impuesta por Rosas; ausencia de luto en el sombrero, luto «federal» oficialmente decretado en oc­tubre de 1838 al morir Encarnación Ezcurra, esposa del tirano.

Y a aquel joven, decen­temente trajeado y que monta en silla in­glesa, le gritan, a coro, todos los insultos de la época: entre ellos, el muy conocido de «perro unitario». Azuzan a Matasiete para que lo provoque. Y así ocurre: pe­chándolo con su caballo, consigue que el joven yazga pronto en el suelo. Pero éste no se amedrenta y de su boca salen pala­bras de asco contra la turba cobarde. Llévanlo entonces a la casilla del juez, al­guien puntea en su guitarra la temida «res­balosa» — anuncio de degüello — y empie­zan a «tusarlo», es decir, a cortarle la patilla caracterizadora y el bigote. La resis­tencia que opone y las valientes frases con que responde a quienes lo amenazan, enar­decen a sus verdugos. Deciden desnudarlo para consumar las torturas físicas y mora­les que aplicaba el régimen rosista a los contrarios. Aumenta la resistencia del jo­ven mientras lo colocan boca abajo y le atan pies y manos. A consecuencia de tan­tos esfuerzos, de su garganta brotan borbollones de sangre y minutos después que­da exánime. El juez dice entonces: «¡Pobre diablo! Queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo se­rio». La breve narración se cierra así: «Por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la Federación (o sea, del rosismo) estaba en el Matadero…» Curioso es comprobar que con esta obra el autor se anticipa a modos de concepción, de rea­lización y hasta de forma — vocabulario y estilo — luego empleados por el realismo y el naturalismo europeos. Aparte el Dogma Socialista (v.), libro de pensador y soció­logo, de La Cautiva y sus otras produccio­nes en verso, Echeverría escribió también varios relatos en prosa, algunos de los cuales revelan la influencia de Byron y de Larra.

J. M. Monner Sans