Matías de las Ocas, Mihály Fazekas

[Ludas Matyi]. Poema cómico húngaro de Mihály Fazekas (1766-1828), publicado en 1815. En contras­te con el argumento y el estilo populares, el metro es el hexámetro clásico. Es el poe­ma de los sufrimientos y el deseo de ven­ganza de la servidumbre de la gleba.

Matías de las Ocas (v.) es el tipo de joven cam­pesino astuto, tratado por el poeta con lí­neas firmes. Döbrögi, el propietario, se lle­va las ocas de Matías y en compensación le hace dar una buena dosis de palos. El joven se empeña en restituirle en triple dosis los palos y lo consigue. La primera vez se finge leñador, la segunda se disfraza de médico y la tercera ataca a Döbrögi cuando está solo, y las tres veces le apalea en serio. El argumento, que pertenece al fondo común de la novelística popular, fue refundido varias veces por la literatura dramática magiar. Apareció en escena por primera vez en forma de comedia en 1838, por obra de István Balogh (1787-1873). En ella, la suerte de Matías está dirigida por fuerzas sobrehumanas; interviene en la co­media la hija del propietario, que luego se convierte en mujer del protagonista. En época más reciente lo emplearon como ar­gumento de comedia Ernó Vajda y Andrés Dékány.

M. Benedek

El Matriarcado, Johann Jakob Bachofen

Investigación sobre la ginecocracia del mundo antiguo en su naturaleza jurídica y religiosa [Das Mut­terrecht. Eine Untersuchung über die Gynaikokratie der alten Welt nach ihrer religiösen und rechtlichen Natur], Obra fundamental de Johann Jakob Bachofen (1815-1887), historiador del derecho, filó­logo y filósofo suizo, publicada en Stuttgart en 1861. Es una especie de visión-interpretación, a veces documentada con pacientes y originales investigaciones, pero más a menudo imaginaria, de la historia de los más antiguos pueblos europeos y asiáticos.

Con su método historicoimaginativo o, co­mo se dijo también, afilológico, Bachofen se propone oponerse a las investigacio­nes historicofilosóficas de Mommsen y de los historiadores de su tipo, según él, de­masiado áridos y abstractamente sistemá­ticos. ‘Contra ellos reivindica la impor­tancia fundamental de la intuición en la reconstrucción del pasado y de las vicisitu­des históricas por medio de documentos y testimonios. El valor de la interpretación intuitiva resalta sobre todo cuando se tra­ta de estudiar antiguas instituciones que no pueden ser comprendidas y valoradas con un método estrictamente racional con riesgo de falsear el significado más pro­fundo de usos, costumbres y mitos, cuyos motivos determinantes nos son a menudo desconocidos, y que reflejan una visión del mundo y de la vida completamente opuesta a la moderna. El estudio de esta mentalidad primitiva es conducido por Bachofen sobre el material fascinador e infiel de los mitos y las tradiciones misteriosofistas y religiosas y conduce al autor a la convic­ción de que el principio inspirador de la primitiva civilización de los pueblos más antiguos del Asia Central y de Europa es ofrecido por una concepción religiosa neta­mente «femenina», que se ha ido perdiendo poco a poco en el desenvolvimiento de la cultura y de la civilización occidentales, en las que permanecen elementos y recuer­dos de ello, aun en medio del triunfo de una visión «masculina» o paternalista del universo.

Bachofen llega después a la con­clusión de que una concepción materialista de la vida no es característica de este o aquel pueblo, sino típica de todo pueblo que haya llegado a un nivel particular en el desarrollo de su historia. Está caracte­rizada por el culto a la Madre interpretada en general como la Madre Tierra, pero, en todo caso, como el origen, la misteriosa unidad primigenia de la cual se han de­rivado después todos los elementos consti­tutivos del cosmos y de la vida histórica y humana. En el culto primordial de la Madre todos los pueblos coinciden; porque el culto refleja el principio primero del cual todos derivan. Sobre estas bases Ba­chofen desarrolla una concepción misteriosófica, según la cual la vida y la juventud de un pueblo dependen de la conciencia del vínculo primigenio que enlaza a la hu­manidad con la Madre eterna, fuente inagotable de energía vital. La visión mate­rialista del universo se refleja, desde el punto de vista jurídico y social, en la ins­titución del matriarcado, que Bachofen cree común también a todos los pueblos en un momento particular de su historia. El ma­triarcado es concebido no en su significado jurídico general, esto es, como aquella ins­titución por la cual los hijos toman el nombre y asumen la propiedad no del pa­dre, sino de la madre, sino en un sentido más universal y absoluto, por el cual se resuelve en un auténtico y verdadero do­minio de la mujer y de la mentalidad fe­menina en una verdadera ginecocracia, cuya superioridad Bachofen exalta, así como su elevado valor humano y social, y que sin duda vino a ser una institución normal en las primeras épocas de la historia.

La dis­tinción entre lo femenino y lo masculino llega a adquirir a menudo para Bachofen un valor pseudofilosófico en cuanto lo fe­menino se presenta como cosa espontánea procreadora, propulsora y recreadora de vida, como lo irracional, pero ligado a las fuerzas primigenias del universo; lo mascu­lino, en cambio, es lo espiritual, lo racio­nal, lo esquemático, lo abstracto, que, en nombre de una voluntad a menudo dema­siado rectilínea y dogmática, reniega de las fuentes perennes de la vida. Desde este punto de vista debemos unir la posición de Bachofen con la concepción que por pri­mera vez ha indicado Nietzsche, según la cual la vida y el espíritu son irremediable­mente opuestos. Al mismo tiempo la obra de Bachofen ofrece sugestiones notabilísi­mas a los filósofos del decadentismo euro­peo tipo Spengler, los cuales ven en la orientación decididamente masculina de nuestra sociedad y de nuestra cultura una de las mayores razones de la decadencia europea.

E. Pací

Màthnawi-I Mànawi, Gialàl ad-din Rumi

[literalmente: El poema en versos dobles, de argumento espi­ritual]. Gran poema místico del poeta y «sufi» persa Gialàl ad-din Rumi (m. 1273), que vivió en Conia, Asia Menor, donde fundó la confraternidad mística de los Mawlawiyyah, que hasta 1925 tuvo allí su cen­tro. El Máthnawi consta de seis libros que exponen las experiencias místicas del au­tor, unas veces en forma didáctica y otras en forma predominantemente lírica y na­rrativa. Entre la ingente mole es difícil descubrir un plan sistemático y las líneas definidas y coherentes de una doctrina per­sonal. Sobre todo para el lector no inicia­do, constituyen un cúmulo tempestuoso de efusiones líricas, de preceptos y reglas de vida espiritual, interpretaciones místicas de versículos coránicos y episodios de la his­toria sacra musulmana, relatos, apólogos y parábolas. En el centro de este mundo es­piritual aparece un ardiente monismo, no siempre dentro de los límites de la orto­doxia islámica, avivado por un profundo sentido de la caridad humana, con un es­píritu digno del Evangelio.

Específicamente oriental es la despreocupación con que el poema místico y espiritual no rehuye a veces los relatos y escenas del más crudo realismo, para ilustrar las verdades supre­mas de su credo. Literariamente, el Màthnawi no puede ser del gusto de los occi­dentales si se limitan a una sola lectura seguida; pero considerado en sus partes, contiene páginas de alta tensión espiritual y de poesía arrebatadora, ante los que vi­braron en emoción congenial otros grandes espíritus europeos, como Goethe y Hegel. Trad. inglesa de R. A. Nicholson (Londres, 1926-34).

F. Gabrieli

De la Materia Médica, Pedanio Dioscórides

Esta obra de Pedanio Dioscórides, compuesta en el siglo I d. de C., com­prende la relación de una serie de pro­ductos farmacéuticos de origen casi siem­pre vegetal y animal, para cada uno de los cuales indica el procedimiento de prepara­ción, las indicaciones y el origen de las materias primas para producirlos.

El pri­mer libro pasa revista a las especias y a diversas sustancias vegetales (aceites, un­güentos, etc.); el segundo comprende la serie de productos farmacéuticos tanto ve­getales como animales (miel, leche, cerea­les, grasas, legumbres, etc.); el tercero y el cuarto están dedicados a listas de medicamentos vegetales. El. quinto libro (po­siblemente último de la obra) examina las bebidas y las sustancias minerales, siempre desde el punto de vista farmacológico. Fi­nalmente, los diversos productos son ob­jeto de clasificación según la acción que desempeñan sobre el organismo. Por algu­nos fueron considerados como continuación de la obra un par de tratados sobre los animales venenosos y el modo de curar las mordeduras; pero es muy posible que sean debidos a otros autores. El conjun­to de la obra de Dioscórides constituye un importante núcleo de conocimientos far­macológicos, si se tiene en cuenta su tiem­po. No obstante, resulta difícil de compren­der por qué las características de las plan­tas de que se obtienen los medicamentos son expuestas basándose en observaciones superficiales y llenas de lagunas; así, a ve­ces, el autor las describe fragmentariamente; por otra parte, solamente una parte de ellas (80 a 100, de trescientas) ha podido ser identificada por los modernos.

La pre­paración de los productos farmacéuticos constituye lo más interesante y exacto del libro, si bien la mayor parte de ello apa­rece extraña e injustificada. Por ejemplo, Dioscórides aconseja suministrar siete chin­ches envueltas en una piel de haba para curar las fiebres intermitentes; o bien se limita a prescribir el uso de amuletos con productos farmacéuticos diversos para las enfermedades más graves. En general, son tratados preferentemente los medicamentos para las afecciones leves. La importancia de la obra de Dioscórides fue grandísima y duradera no sólo en la Edad Media, sino aun después, y sólo merced a la ciencia moderna se comenzó a reaccionar contra la tradición que invocaba Dioscórides como autoridad indiscutible, hasta el punto de que Plinio recoge muchos pasajes del mis­mo, sin citarlo, y Avicena no hace sino referirse a él. Los modernos consideran a Dioscórides tan sólo como fundador de la Farmacología; le reconocen notable cultu­ra naturalista y el evidente mérito de ha­ber clasificado los productos según su función.

C. Barigozzi

*  El médico naturalista sienés Pierandrea Mattioli (1500-1577) realizó una traducción con amplio comentario (Pedanii Dioscoridi de materia medica libri sex interprete Pedro Andrea Mathiolo cum ejusdem comentariis, Venecia, 1544) más conocida bajo el título Comentario a Dioscórides, que alcan­zó gran número de ediciones en todo el siglo XVI, traducida al alemán, bohemio, francés e italiano por su autor. [Adapta­ción española, en 1555, por el doctor An­drés Laguna (1490-1560), con el título Dios­córides Anazarbeo].

Materia y Memoria, Henri Bergson

[Matière et mé­moire. Essai sur la relation du corps à Vesprit]. Obra filosófica de Henri Bergson (1859-1941), publicada en 1896. Bergson pre­tende mostrar la relación que existe entre los dos términos opuestos de espíritu y ma­teria, de cuya coordinación nace la expe­riencia. La dificultad de resolver el dua­lismo y la oposición de estos dos términos estriba en el concepto, común al materialismo y al idealismo, que hace de lo moral una copia de lo físico: en tal caso es in­explicable por qué y cómo se produce esta repetición consciente de los fenómenos ma­teriales.

En cuanto al dualismo vulgar que ve en los movimientos cerebrales la causa de la representación consciente, conduce en último análisis a una u otra de las teo­rías antes citadas; de otro modo terminará por ver en el cuerpo y en el espíritu dos traducciones paralelas (y sin recíproca influencia) de un mismo objeto, y anulará con ello la libertad. Estas tres hipótesis tie­nen un fondo común: consideran las opera­ciones del espíritu, percepción y memoria, como operaciones del conocimiento puro, olvidando sus relaciones con la acción. Para Bergson, en cambio, la percepción reside más bien en las cosas que en el individuo; sus centros perceptivos no son sino el es­bozo de la acción que hace posible la re­acción ante los estímulos externos. La per­cepción es, por consiguiente, una selección mediante la cual se elimina todo aquello que no es manejable en el plano de la acción. La relación que se produce entre el fenómeno y la realidad no es, por lo tanto, la de la semejanza con la realidad, sino, más bien, la de la parte con el todo. El error fundamental del realismo consiste en considerar el espacio homogéneo como una forma que precede al objeto y en el que éste se halla situado. Con frecuencia ello es consecuencia de una función de nuestro cerebro, que espacializa la per­cepción para poderla adaptar a las necesi­dades de la acción.

El cuerpo, siendo ex­tenso, puede obrar sobre sí mismo en igual medida que sobre los demás cuerpos (y por tal motivo se nos presenta a la vez como sensación y como imagen); por esto, en la percepción pura se mezclan dos elemen­tos subjetivos: la captación (en cuanto el cuerpo se percibe a sí mismo) y la memo­ria. Ésta se considera, erróneamente, como el producto de una acumulación de los re­cuerdos en la materia cortical, mientras el cerebro es el órgano que los lleva a la ac­ción, escogiéndolos entre el flujo espiritual de la memoria, para materializarse al con­tacto de la percepción presente. Entre los recuerdos y las percepciones existe una di­ferencia esencial de naturaleza, y no sólo de grado; en realidad, la memoria consiste en una progresión del estado actual con la que nos sitúa en el pasado y en un esta­do en que el recuerdo se materializa como percepción presente, alcanzando el último de los diversos planos de la conciencia, es decir, aquel en que se proyecta el cuerpo. El presente, en realidad, no es algo más in­tenso que el pasado, sino el estado de ac­ción del cuerpo; mientras el pasado es algo que ya no actúa, pero que puede obrar in­sertándose en el presente, donde el recuer­do, actualizándose, se transforma en per­cepción.

La percepción pura es un ideal; toda percepción de cierta duración parti­cipa de la memoria; la percepción concreta resulta, así, de una síntesis del recuerdo puro y de la percepción pura, y se explica con lo que Bergson llama «recuerdo ima­gen». Con ello se ha reducido a los lími­tes más estrictos el problema de la unión de alma y cuerpo. La oposición de estos dos principios que ofrece el dualismo se resuelve con la triple oposición de lo in- extenso a lo extenso, de la cualidad a la cantidad y de la libertad a la necesidad. Estas oposiciones se resuelven, en primer lugar, sustituyendo el concepto de extensión por el de lo «extensivo» que, consolidándo­se mediante un espacio abstracto, da lugar a la extensión de la materia y, sutilizán­dose, en cambio, origina todas las sensa­ciones inextensivas de la conciencia; en se­gundo lugar, reconociendo en el movimiento un germen de conciencia, que posibilita comprender cómo entre los cambios menos heterogéneos (movimientos en el espacio) y los más heterogéneos (estados de con­ciencia) se presenta no una diferencia de naturaleza, sino, simplemente, una diferen­cia de ritmo de la duración, una diferencia de tensión interior; finalmente, reconocien­do que la libertad surge de la necesidad, que gobierna el universo material, siguiendo el progreso de la materia viva, el cual con­siste en una diferenciación de funciones que lleva a la formación y a la complica­ción gradual de un sistema nervioso capaz de orientar la acción por vías diversas. En esta obra, a la cual realzan la pureza y vigor del estilo, tiene gran importancia, so­bre todo, la aplicación genial del pragma­tismo por la que se reconoce a la función cerebroespinal un valor práctico más que teórico.

G. Alliney