La Máscara de Estuco, Juan Francisco Bedregal

Obra del boliviano Juan Francisco Bedregal (1880- 1945). Se trata de un ensayo de amplitud, integrado por múltiples capítulos, dirigido a penetrar mediante examen inteligente, aunque no científico, los diversos aspectos de la realidad social, política e histórica de Bolivia. Dicho ensayo, trazado con vario colorido y animación, está concebido en un estilo jocundo, siendo su visión total de carácter satírico, inspirado en la idea de realizar la crítica del no conformista y del reformador, sirviéndose como instrumento filosófico de la risa. Bedregal, fundador de la Academia de la Lengua Boliviana, Co­rrespondiente de la Española, y su primer Presidente, escribe su libro en un lenguaje rico que demuestra su conocimiento de los clásicos del Siglo de Oro, y especialmente de Cervantes, Quevedo y Mateo Alemán, a quienes sigue tanto en su estilo como en las huellas de su espíritu.

G. A. Otero

Las Máscara de Pandora, Henry Wadsworth

[The Masque of Pandora]. Libro de versos del poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882), publicado en 1875. En él se incluye la poesía de circunstancias «Morituri salutamus», llena de fuerza y dignidad, y muchos sonetos muy alabados, que recuerdan los sonetos italianos, que Longfellow había estudiado. El poeta es viejo y está algo cansado. Y si en cuanto a la forma es éste uno de sus libros más notables, se advierte en él un cansancio de inspiración que alcanza incluso a las piezas más logradas.

A. Camerino

Matrimonio, Jacob Cats

[Honwdick]. Obra del es­critor didáctico holandés Jacob Cats (1577- 1660), publicada en 1625. Es un espejo de la mujer como niña, esposa, madre y viuda. A estas cuatro partes, escritas en alejandrinos pareados, el autor añadió poco antes de su publicación otras dos, y, junto con ellas, la refundición de una obra juvenil suya. En las lecciones de vida práctica, sa­cadas unas veces de la historia, otras de la poesía o de la experiencia de la vida coti­diana, están intercaladas con abundancia de pormenores, en ciertos puntos hasta de­masiado prolija, varias narraciones, entre ellas la de Galant y Rosette, muy sen­cilla. La moral de Cats es convencional; pero precisamente por esta manera de re­flejar la mediocre sociedad de su tiempo, fue tan popular entre sus compatriotas has­ta mediados del siglo XVIII.

H. Henny

La Mascarada de la Anarquía, Percy Bysshe Shelley

[The Masque of Anarchy]. Pequeño poema de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), escri­to en 1819 y publicado por el poeta Leigh Hunt en 1832. Está formado por 91 estrofas de cuatro tetrámetros de ritmo trocaico que riman en pareados. El poema es de inspi­ración politicosocial.

A las guerras napo­leónicas había seguido en Inglaterra una grave crisis económica, que el gobierno conservador de Wellington y de Castlereagh no acertaba a resolver. Los obreros se agi­taban, pero sus manifestaciones eran re­primidas del modo más severo. Cuando el 16 de agosto de 1819, en Manchester, y so­bre los campos de San Pedro, se reunió un comicio de labradores y labradoras para solicitar una reforma parlamentaria, los magistrados, llenos de pánico, ordenaron una carga de guardias a caballo que oca­sionó muertos y heridos. El ministerio apro­bó este trágico error, pero la nación opinó en contra. La matanza de Peterloo llenó de infamia al vencedor de Waterloo. Las noticias de la mortandad de Manchester hizo sentir más vivamente a Shelley el amor por la patria, al que tendía natural­mente su corazón nostálgico. En una vi­sión se le aparece una macabra cabalgata; a la cabeza figura el Asesino, que tiene el aspecto de lord Castlereagh, y arroja cora­zones humanos para que sean pasto de los perros que le siguen.

Le acompañan el En­gaño, la Hipocresía y la Destrucción: todos los componentes del cortejo van disfrazados de obispos, abogados, pares y espías. El cortejo llega a Londres y la joven Espe­ranza, enloquecida, se arroja al suelo bajo los cascos de los caballos. Los macabros personajes son pisoteados por el caballo de la Muerte, cuando se eleva una voz que incita a los oprimidos para que hagan valer sus razones y reclamen como sacrosanto derecho la libertad, que es bienestar, paz, justicia y amor. Y si los tiranos osaran en­sañarse en el pueblo, a mano armada, éste; aunque inerme, apelando a las leyes, sabrá vencer con su firmeza digna y serena. «Vos­otros sois muchos y ellos son pocos». La idea de la visión y de los personajes ale­góricos tiene carácter y sabor medieval. Shelley tituló su poema The Masque of Anarchy recordando las Masques, breves representaciones teatrales de carácter ale­górico, acompañadas de música y danzas, que estuvieron en boga en el siglo XVII, en la Corte o en las casas nobles. A este género de representaciones dramáticas per­tenece también el famoso Como (v.) de Milton.

T. P. Pieraccini

El Más Antiguo Documento del Género Humano, Johan Gottfried Herder

[Die älteste Urkunde des Menschengeschlechtes]. Obra de Johan Gottfried Herder (1744-1803): I volumen (Partes I-III), Riga, 1774; II vol. (IV par­te), Riga, 1776. Edic. crítica en Herders sämtliche Werke, por B. Suphan, vol. VI y VII, Berlin, 1883-84.

Se trata de la primera de las obras teológicas de Herder y la más significativa por el trabajo espiritual de la época wertheriana. Gracias a sus numerosos sentidos místicos, la obra es susceptible de las más amplias interpretaciones; según la definió Goethe, es fragmentaria y desigual en la% ejecución, y sin embargo orgánica y unitaria por la idea que la inspira; se ini­cia con el comentario poeticorreligioso de los primeros once capítulos del Génesis (v.) (creación – diluvio), original exégesis del «Antiguo Testamento» hecha con el nuevo método de la «Einfühlung», a base de la comprensión inmediata, método que dará sus frutos más maduros y perdurables en el escrito Sobre el espíritu de la poesía he­braica [Vom Geist der hebräischen Poesie, 1782-83], considerado por Madame de Staël como la obra más completa de Herder. La traducción, hecha con miras a poner de relieve los valores poéticos del original, es aquí parte integrante y principalísima de la interpretación, la cual, en voluntario con­traste con la forma objetiva, didáctica o dialéctica de los anteriores comentarios or­todoxos, racionalistas o historicofilológicos, toma en Herder el carácter completamente subjetivo de una emotiva evocación lírica o de una elocuente paréntesis; por eso la Urkünde fue comparada por Goethe, por su estilo oracular, de inspiración a lo Ha­mann, a un canto órfico.

Y es verdad que, más que a esclarecer paso a paso la letra del texto bíblico, Herder se siente inclinado a anunciar al mundo su gran descu­brimiento de un nuevo evangelio universal y eterno, contenido en las primeras páginas del Génesis, para confutar el más grave ar­gumento opuesto por los deístas al dogma de la revelación : la parcialidad y la in­justicia de un Dios que se había manifestado a un solo pueblo, dejando a todos los demás en las tinieblas del error, para después castigarlos con la condenación eter­na. Negada decididamente, desde el princi­pio, siguiendo la obra de Jean Astruc, Con­jectures sur les mémoires originaux dont Il paroit que Moyse s’est servi pour com­poser le livre de la Génèse (1753), la pa­ternidad mosaica de los primeros capítulos del Génesis, Herder ve en la narración bí­blica un auténtico «documento», una gran­diosa «epopeya histórica», que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad, y que, transmitida oralmente en la progenie de Seth, se comunicó, después del Diluvio, a todas las gentes, las cuales, caídas en la idolatría, corrompieron sus caracteres pri­mitivos. Para demostrar esta tesis, deriva­da del neoplatonismo cristiano, desarrolla las argumentaciones de la segunda y ter­cera partes de la obra, en las que Herder examina, con medios de investigación aún inadecuados, pero con clara intuición de los caracteres esenciales del fenómeno religio­so, las mitologías de los egipcios y de los pueblos asiáticos, inaugurando así los estu­dios’ de mitología comparada y señalando en el mazdeísmo, cuyas fuentes habían sido precisamente entonces discutidas por Anquetil-Duperron [Zend-Avesta, ouvrage de Zoroastro, 1771], la tradición más cercana al «documento bíblico».

En la primera par­te de la obra, dedicada al estudio del pri­mer capítulo del Génesis, Herder, objeti­vando su propia experiencia religiosa, que era la de un naturalismo cristiano, ve es­bozada en la narración bíblica la revelación que Adán tuvo de la obra creadora de Dios, contemplando el espectáculo del día que nace con el alma virgen y nueva, abierta para recoger los mil aspectos de la natura­leza y las voces infinitas de las criaturas, para expresarlos con la innata inventiva de un lenguaje esencial, -todo imágenes, sím­bolos y armonías imitativas. Ésta es la «re­velación perenne» que todavía hoy vincula a los hijos de Adán con sus divinos oríge­nes. Fijado en forma de un simple esquema, el «documento» divino fue durante siglos el patrimonio de los creyentes, perseguidos y oprimidos. A la prenda del eterno amor y del renacimiento futuro, los descendientes de Caín opusieron con Lamech, el «primer poeta», el Himno del hierro homicida (Gén., cap. IV, 23-24), el nuevo dios que desde entonces dominó en el mundo. Turbado el orden establecido por Dios por el primer pecado, que fue el pecado de la descon­fianza en la bondad infinita del Padre, el casto connubio de los progenitores se con­virtió en la esclavitud del «eros», por lo que las fuentes mismas de la vida quedaron profanadas y poco a poco se fueron agos­tando.

Ésta es la llaga que hoy sangra to­davía, la llaga que sólo un médico divino podrá sanar. Sobre la tierra, inundada por la sangre fraterna, dos ejércitos se hallan frente a frente: el uno, fiel a la tradición divina, reconoce y venera en la persona humana la imagen del Creador; el otro, ciego por el orgullo y la concupiscencia, siempre se halla dispuesto a emplear en destrucciones y matanzas los bienes creados por su genio inventivo y por el espíritu de cooperación. Así, la primera obra teológica de Herder, que comienza con un himno a la luz que, por voluntad del Eterno, rasga las tinieblas del caos para difundir en el universo la vida y el amor, termina con la trágica visión de las dos ciudades, armadas la una contra la otra, para combatirse has­ta el advenimiento del reino: del mismo modo que en el Urfaust (v. Fausto) de Goe­the, contemporáneo de la Urkünde, a la bienaventurada visión del macrocosmos si­gue, con violento contraste, la evocación del «numen fascinosum et tremendum» que representa la vida terrestre y el reino del hombre. El fin último que Herder se pro­ponía con la Urkünde era el de establecer, de una vez para siempre, los límites entre ciencia y religión, para salvar a las jóve­nes generaciones de la «fatal y lacerante discordia» que las atormentaba.

En la labo­riosa gestación de la obra (1769-73), de la que dan buen testimonio nada menos que cinco redacciones manuscritas, se refleja la crisis religiosa del autor, que le lleva, des­de el «libertinaje teológico» de los años de Riga, a la decidida y batalladora afirmación de su renovada fe en lo trascendente y en la intervención inmediata y constante de Dios en la historia humana, que caracteriza los escritos del período de Bückeburg (1771- 1776). Así, en el curso de la elaboración de la Urkünde, la atención se desvía desde el antropocentrismo inmanente de la primera concepción, al «pancristismo» de la última. Si en las primeras redacciones la vida está concebida como fin en sí misma, por lo que el hombre, prometeico artífice plasmador de sí mismo y de su mundo, encuentra en el «Streben», a la manera de Fausto en su propio e infatigable anhelar y operar, el más alto premio y la felicidad suprema, en la redacción definitiva de la obra, a la economía de la naturaleza sucede, en el or­den providencial deseado por Dios después de la «felix culpa» de los progenitores, la economía de la gracia, en la cual la natu­raleza humana se cumple, se sublima y se deifica. La última meta a que tiende la hu­manidad es ahora para Herder, que apela explícitamente a la grandiosa visión del Cusano, la incorporación en Cristo.

Pero ya el «Canto matutino de la Creación» [«Die Schöpfung. Ein Morgengesang»], que resu­me en una inspirada síntesis lírica los mo­tivos fundamentales de la obra y que mar­ca el paso de la primera concepción a la segunda, después de haber celebrado la glo­ria y la dignidad del hombre, aspiración, espejo y síntesis de todo lo creado, termina con una ardiente invocación al Verbo, que es principio fundamental de la vida del uni­verso y modelo y regidor divino. Histórica­mente considerada en relación con las co­rrientes de pensamiento de su tiempo y el siguiente, hasta el romanticismo cristiano (Adam Müller, Görres, Federico Schlegel, Baader), queda la Urkunde como uno de los más insignes monumentos del «Sturm und Drang» (v.) religioso, aunque la for­ma, debido al largo trabajo creador no siempre resuelto en unidad de síntesis, por las preocupaciones doctrinales y polémicas, y sobre todo por la falta de una sólida base científica en los campos racional e históri­co, no siempre corresponda a la elevación y nobleza del asunto.

C. Grünanger