Materia y Memoria, Henri Bergson

[Matière et mé­moire. Essai sur la relation du corps à Vesprit]. Obra filosófica de Henri Bergson (1859-1941), publicada en 1896. Bergson pre­tende mostrar la relación que existe entre los dos términos opuestos de espíritu y ma­teria, de cuya coordinación nace la expe­riencia. La dificultad de resolver el dua­lismo y la oposición de estos dos términos estriba en el concepto, común al materialismo y al idealismo, que hace de lo moral una copia de lo físico: en tal caso es in­explicable por qué y cómo se produce esta repetición consciente de los fenómenos ma­teriales.

En cuanto al dualismo vulgar que ve en los movimientos cerebrales la causa de la representación consciente, conduce en último análisis a una u otra de las teo­rías antes citadas; de otro modo terminará por ver en el cuerpo y en el espíritu dos traducciones paralelas (y sin recíproca influencia) de un mismo objeto, y anulará con ello la libertad. Estas tres hipótesis tie­nen un fondo común: consideran las opera­ciones del espíritu, percepción y memoria, como operaciones del conocimiento puro, olvidando sus relaciones con la acción. Para Bergson, en cambio, la percepción reside más bien en las cosas que en el individuo; sus centros perceptivos no son sino el es­bozo de la acción que hace posible la re­acción ante los estímulos externos. La per­cepción es, por consiguiente, una selección mediante la cual se elimina todo aquello que no es manejable en el plano de la acción. La relación que se produce entre el fenómeno y la realidad no es, por lo tanto, la de la semejanza con la realidad, sino, más bien, la de la parte con el todo. El error fundamental del realismo consiste en considerar el espacio homogéneo como una forma que precede al objeto y en el que éste se halla situado. Con frecuencia ello es consecuencia de una función de nuestro cerebro, que espacializa la per­cepción para poderla adaptar a las necesi­dades de la acción.

El cuerpo, siendo ex­tenso, puede obrar sobre sí mismo en igual medida que sobre los demás cuerpos (y por tal motivo se nos presenta a la vez como sensación y como imagen); por esto, en la percepción pura se mezclan dos elemen­tos subjetivos: la captación (en cuanto el cuerpo se percibe a sí mismo) y la memo­ria. Ésta se considera, erróneamente, como el producto de una acumulación de los re­cuerdos en la materia cortical, mientras el cerebro es el órgano que los lleva a la ac­ción, escogiéndolos entre el flujo espiritual de la memoria, para materializarse al con­tacto de la percepción presente. Entre los recuerdos y las percepciones existe una di­ferencia esencial de naturaleza, y no sólo de grado; en realidad, la memoria consiste en una progresión del estado actual con la que nos sitúa en el pasado y en un esta­do en que el recuerdo se materializa como percepción presente, alcanzando el último de los diversos planos de la conciencia, es decir, aquel en que se proyecta el cuerpo. El presente, en realidad, no es algo más in­tenso que el pasado, sino el estado de ac­ción del cuerpo; mientras el pasado es algo que ya no actúa, pero que puede obrar in­sertándose en el presente, donde el recuer­do, actualizándose, se transforma en per­cepción.

La percepción pura es un ideal; toda percepción de cierta duración parti­cipa de la memoria; la percepción concreta resulta, así, de una síntesis del recuerdo puro y de la percepción pura, y se explica con lo que Bergson llama «recuerdo ima­gen». Con ello se ha reducido a los lími­tes más estrictos el problema de la unión de alma y cuerpo. La oposición de estos dos principios que ofrece el dualismo se resuelve con la triple oposición de lo in- extenso a lo extenso, de la cualidad a la cantidad y de la libertad a la necesidad. Estas oposiciones se resuelven, en primer lugar, sustituyendo el concepto de extensión por el de lo «extensivo» que, consolidándo­se mediante un espacio abstracto, da lugar a la extensión de la materia y, sutilizán­dose, en cambio, origina todas las sensa­ciones inextensivas de la conciencia; en se­gundo lugar, reconociendo en el movimiento un germen de conciencia, que posibilita comprender cómo entre los cambios menos heterogéneos (movimientos en el espacio) y los más heterogéneos (estados de con­ciencia) se presenta no una diferencia de naturaleza, sino, simplemente, una diferen­cia de ritmo de la duración, una diferencia de tensión interior; finalmente, reconocien­do que la libertad surge de la necesidad, que gobierna el universo material, siguiendo el progreso de la materia viva, el cual con­siste en una diferenciación de funciones que lleva a la formación y a la complica­ción gradual de un sistema nervioso capaz de orientar la acción por vías diversas. En esta obra, a la cual realzan la pureza y vigor del estilo, tiene gran importancia, so­bre todo, la aplicación genial del pragma­tismo por la que se reconoce a la función cerebroespinal un valor práctico más que teórico.

G. Alliney