Memorias de Química y Mineralogía, Martin Heinrich Klaproth

Esparcidas en varios periódicos y principalmente en las «Memo­rias de la Academia de Berlín» y en los «Chemische Annalen» de Crell, el autor, Martin Heinrich Klaproth (1743-1817), las re­unió en una obra en cinco volúmenes: Con­tribuciones al conocimiento químico de los cuerpos minerales [Beiträge zur chemischer Kenntnis der Mineralkörper], publicadas en Berlín de 1793 a 1810, a las que todavía siguió en 1815 un sexto volumen Diserta­ciones químicas [Chemische Abhandlungen, etc.]. Estas memorias ejercieron una acción renovadora en la química alemana, porque Klaproth fue el primero en defender en aquel país las nuevas concepciones antiflo­gísticas de Lavoisier. En estos escritos, Kla­proth describe las investigaciones que le han conducido a sus principales descubri­mientos, entre los cuales están el del «te­lurio», del «uranio» (1789), del «circonio», del «cerio», del «titanio» y del «glucinio», además de sus análisis de la blenda pícea, de la uranita, la leucita, el crisoberilo, el granito, la olivina, la wolframita, la mala­quita, la piromorfita, etc., trabajos clásicos gracias a los cuales — por su novedad en los métodos y pulcritud de investigación — la química analítica dio un paso adelante respecto a lo alcanzada hasta entonces.

U. Forti

Memorias de Pasek, Jan Crysostom Pasek

[Pamietniki Jana Chryzostoma Paska]. Obra del escritor po­laco Jan Crysostom Pasek (1630?-1791), pu­blicada póstuma en Poznan en- 1836 por E. Racsyński. La vida de Pasek, gentilhom­bre campesino de la pequeña nobleza po­laca, fue una sucesión de peripecias aven­tureras y accidentadas, de luchas continuas en los campos de batalla y en la vida pú­blica y privada. Participó en las campañas contra los suecos, húngaros, daneses y tár­taros. Tuvo conflictos con deudores y con acreedores, fue arrestado y procesado, tuvo disputas, duelos y peripecias de toda suer­te, de las que salió siempre airoso. Bebedor famoso, cabeza descompuesta, buen conver­sador, agradable narrador, dotado de brío y de humor, egoísta impertérrito, hombre sin escrúpulos, ávido, valiente, reunía en sí las condiciones más contradictorias que le conferían una fascinación particular. A ello se debe la gran popularidad de sus Memorias, que reflejan las peripecias más salientes de su vida, desde 1656 a 1688, y que constituyen uno de los más típicos mo­numentos de la antigua literatura, polaca y son una importante fuente (aunque deba utilizarse con alguna reserva) de noticias históricas. Trad. francesa de Paul Cazin (París, s. a.).

E. Damiani

Memorias de Química De Lavoisier, Antoine-Laurent Lavoisier

Las memorias químicas de Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), fueron reimpresas en Oeuvres de Lavoisier, 6 vols., al cuidado del Ministerio de Instrucción Pública (Pa­rís, 1862).

Las principales en orden de tiem­po son las siguientes: Sobre la naturaleza del agua [Sur la nature de Veau, 1770]; Experiencias con el diamante [Expériences avec le diamant, 1772]; Sobre la calcinación del estaño [Sur la calcination de Vétain, 1774]; Sobre la combustión del fósforo y del azufre [Sur la combustión du phosphore et du soufre, 1777]; Sobre el ácido car­bónico [Sur Vacide carbonique, 2 memo­rias, 1781-1784]; Experiencias sobre el pla­tino [Expériences sur le platine] (editadas en «Annales de chimie»). En éstas y en las demás memorias de Lavoisier se afirma la que ha sido considerada como la máxima revolución de la química en la época mo­derna, en oposición a las teorías flogísticas del gran Stahl. Precursor máximo suyo fue Priestley, quien aisló el oxígeno y descubrió la verdadera naturaleza del aire atmosféri­co, mientras Cavendish ya notaba que el agua es precisamente un compuesto de hi­drógeno y oxígeno. En la primera de las memorias citadas, Lavoisier pudo demos­trar que determinados pesos de estos dos gases concurren a la formación del líquido más común sobre la superficie de nuestro planeta, y en los estudios sucesivos pasó a la interpretación orgánica de los hechos recientemente descubiertos y de los ya elaborados en el cuadro racional de la teo­ría del flogisto.

Él demostró, en primer lu­gar, que todos los fenómenos ordinarios de combustión consisten en la combinación del oxígeno atmosférico con la substancia com­bustible, tanto si ésta arde (madera, papel, carbón, etc.) como si se altera, sencillamen­te, para dar lugar a óxidos (como lo hacen, en condiciones ordinarias, los metales). La «calcinación» de los alquimistas y de los seguidores de la doctrina de Stahl (1660- 1734), es, pues, una «combinación del metal con el oxígeno atmosférico». Es falso que todos los cuerpos combustibles sean com­puestos en que entra una substancia particular (flogisto, quemado) capaz de arder. Según la vieja doctrina del gran químico de Anspach, todo cuerpo, al arder, se separa de su flogisto, y todos los fenómenos de la combustión, como la llama, el calor, la luz, son debidos a la violencia de la expulsión. Metales como el cinc, al librarse del flogisto, producen subs­tancias terrosas blancas o de color, llama­das calcinas. Lavoisier negó esta errónea teoría y explicó así de la manera más sen­cilla el hecho de que el peso de los me­tales en vez de «disminuir» (por la pérdida del flogisto) «crece» durante la calcinación por el «oxígeno» que se combina con ellos. Es también notable su segunda memoria, en la que Lavoisier demuestra que es ver­dadera la hipótesis de Newton, el cual pen­saba que el diamante era carbono en estado puro. Bien pronto se formó en Francia una nueva escuela (Berthollet, Fourcroy, Guyton de Morveau…) que se puso a remodelar la teoría química y a reformar la no­menclatura, introduciendo entre otras co­sas los nombres de hidrógeno y oxígeno, en lugar de los términos «flogisto» y «aire desflogisticado» (así llamados por Priestley, que los descubrió en 1774).

En parte por influencia de prejuicios nacionales, las nue­vas maneras de ver no fueron al principio bien acogidas en alemania (sede de la teoría del flogisto), en Inglaterra y en otros países. Los mismos Priestley y Cavendish no se convirtieron a la nueva doctrina, a la que, sin embargo, tanto habían contri­buido. Se dejó convencer, en cambio, el célebre Black (en Edimburgo), mientras en alemania fue introducida después en gran parte por Klaproth. Otra contribución fun­damental que las doctrinas de Lavoisier señalan en el campo de la química es el «principio de la conservación de la mate­ria», que se encuentra en varios escritos suyos. Boyle, Black y Cavendish-le-prece­dieron en reconocer la importancia del es­tudio de las relaciones cuantitativas de las substancias; pero ninguno antes de él for­muló, de manera tan clara, semejante prin­cipio.

U. Forti

Memorias de Química y de Química Fisiológica y Agraria, Just von Liebig

Las memorias del alemán Just von Liebig (1803-1874) se encuentran sobre todo en los «Ánnalen der Pharmazie», editados por él mismo desde el año 1832. En 1849 la publicación cambió su título por el de «Annalen der Chimie und Pharmazie». El número de sus memorias es considerable: suman más de 300. Debemos principalmente a Liebig dos investigaciones sobre las que se funda la química «orgánica».

Las pri­meras memorias se refieren a los cianatos, cianuros, ferrocianuros y tiocianatos. Co­mienza después su amistad y colaboración constante con el gran Wóhler (1800-1882), junto con el cual descubrió el grupo de los componentes «benzoicos» y creó la «teoría de los radicales», estudiando, además, el ácido úrico y sus derivados. Correspondió a su vez. a Wóhler el mérito de obtener la «síntesis de la urea», o sea, dé obtener por síntesis el primer compuesto orgánico sa­cado de materias inorgánicas. En cuanto a la «teoría de los radicales», tiene su origen en el célebre estudio sobre el aceite de al­mendras amargas que los dos amigos em­prendieron a partir del año 1832. Ambos consideran ese aceite (CeHsCO—H) como el hidruro de un «radical» oxigenado (CeHsCO) al que llamaron «benzol», demostrando que pasaba intacto de una combinación a otra. Consideraron el ácido benzoico como un hidrato de dicho radical (CeHsCO — OH). Fue éste un nuevo ejemplo de un grupo de átomos obtenido quitando a una molécula un átomo capaz de combinarse con grupos análogos.

Algún otro ejemplo era ya co­nocido, y surgió así la «teoría de los ra­dicales compuestos»; primero se llamaba radical (sencillo) de un ácido y de una base al metal o metaloide unido al oxíge­no. Liebig descubrió y estudió numerosas substancias de gran importancia, entre las cuales el doral, el cloroformo, el aldehido fórmico y el benzol. Explicó la constitu­ción de los ácidos orgánicos y de las ami­das, y determinó las verdaderas fórmulas de muchos compuestos del carbono. En mu­chos de estos escritos suyos puso las bases de la química agrícola, enseñando la com­posición de los abonos químicos y estu­diando los procesos de fermentación de las substancias orgánicas. Se ocupó, además, de química fisiológica aportando im­portantes contribuciones al estudio de la elaboración de las grasas, al de la compo­sición de la sangre, de la bilis y del jugo de la carne.

U. Forti

Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán

Obra del escritor mexicano Martín Luis Guzmán (n. 1887) sobre la revolución (1910-1915) de su país (v. El águila y la serpiente y La sombra del caudillo). Los capítulos com­prendidos en las cuatro primeras partes de la obra («El hombre y sus armas», «Cam­pos de batalla», «Panoramas políticos», «La causa del pobre») se publicaron originaria­mente en «El Universal», diario de la ciudad de México, en 1937 y 1938. Luego (1939) aparecieron reunidos en cuatro tomos, cada uno bajo el título de la parte correspon­diente.

En 1952, al darse a la estampa la segunda edición, la obra, aumentada con la parte quinta («Adversidades del bien»), se publicó en un solo volumen (los tomos primitivos fueron convertidos en libros, igual que la parte añadida), y así se ha reproducido en la edición siguiente (1954). Se trata, a primera vista, de una biografía, escrita en primera persona, de Francis­co Villa, el más famoso de los guerrille­ros mexicanos, y seguramente el primero entre los generales de la sacudida militar, política y social que conmovió y transformó a México en el segundo decenio de este si­glo. En realidad, el libro excede de sus límites aparentes y alcanza, de hecho, la amplitud de toda una historia de las eta­pas medulares de la revolución mexicana según las hubiera narrado, con pleno co­nocimiento de ellas y de sus hombres, el protagonista más caracterizado y represen­tativo: un campesino analfabeto, montaraz y genial, elevado desde la sima del bando­lerismo — al cual lo había empujado la ile­galidad de su ambiente — hasta la cumbre de los mayores empeños militares y las máximas aspiraciones sociales de la revo­lución.

En esto quizá, por lo que se refiere al contenido, estriba el extraordinario in­terés del libro, pues mediante sus páginas asiste el lector a una acción, por momentos casi novelesca, que es, al propio tiempo, una explicación justificativa y un análisis valorador que la revolución mexicana hace de sí misma. En el orden estético las Me­morias de Pancho Villa consuman una in­tención creadora de características y reali­zaciones singulares. El autor logró escri­birlas dando forma literaria al habla y al espíritu de su personaje central: a su léxi­co y sus giros gramaticales, a su ideación y sus pensamientos, a sus emociones, sus simpatías, sus repugnancias. Viven en la prosa de estas Memorias los hombres y los sucesos de la revolución de México — sol­dados y generales; políticos y legisladores; apóstoles y oportunistas; batallas, tumultos, altercados; escenas de crueldad y de ternura, intimidades apasionadas o candoro­sas— tal cual Pancho Villa debe de haber­los visto, sentido y entendido, y todo ello está expresado con calidad y estilo que la crítica, unánimemente, no ha sido parca en elogiar.

C. González Peña