Memorias de Ultratumba, François-René de Chateaubriand

[Mémoires d’outre-tombe}. Obra de François-René de Chateaubriand (1768-1848), empezada en 1811 y aparecida en 1849-1850. El autor cedió en 1836 el voluminoso manuscrito a un editor, con la reserva de que no lo edi­taría hasta después de su muerte. Así hipo­tecó su tumba, como dijo él mismo.  Cha­teaubriand evoca su vida de escritor, de soldado, de viajero, de político y, como en un gran fresco, su alma multiforme se entrega a la calma de una narración diri­gida abiertamente a la posteridad.

Las cua­tro partes de la obra están ligadas a los períodos más característicos de su existen­cia: la primera, de 1768 a 1800, va del na­cimiento del escritor a la emigración im­puesta por la Revolución; la segunda, de 1800 a 1814, muestra su creación de litera­to, desde la vuelta a su patria hasta la Restauración; la tercera, de 1814 a 1830, habla de su variada carrera política hasta la Monarquía de julio, a la que no prestó acatamiento por fidelidad a los soberanos legítimos; la cuarta, abarca los últimos años, cuando en la meditación de una larga vida, el pensamiento se complacía evocan­do su propia contribución a la historia de la humanidad. En conjunto, las Memorias son un importante documento de los acon­tecimientos de Europa en uno de los mo­mentos más cruciales de su historia; la evo­cación que hace el escritor de su existencia aventurera se compone en una figura ideal, donde todavía sueño y realidad se funden en una narración amplia y fluida. Los mis­mos personajes históricos adquieren, en esta visión, una línea más justa y armónica que en otras obras del autor, empezando por Napoleón, considerado por encima de las luchas y de los problemas particulares, en el excepcional clima de la Europa revolu­cionaria.

El mismo cuidado atento del es­tilo hace de estas confesiones una obra maestra, de las más significativas de la edad romántica; ciertamente es el libro donde el autor ha conseguido evocar me­jor su sensaciones, fuera del fácil mecanis­mo literario en el que siempre se muestra maestro. En una obra escrita reflexivamen­te, para ofrecer de sí mismo la mejor figura de artista y de hombre político — «más allá de la muerte, solo frente a la eternidad» — el escritor había de fundir todos los ele­mentos de su mundo espiritual: recuerdos de infancia, ansias amorosas, ideales de paladín del legitimismo borbónico y al mis­mo tiempo de la libertad constitucional, se unen para ofrecer, del hombre y del poeta, la imagen que él había soñado. La dolo- rosa aventura de René (v.) encuentra un eco vaporoso en la amistad de la siempre hermosa y adorable Récamier. Así se man­tiene vivo el recuerdo de los años gene­rosamente vividos por amor a la humani­dad. El Chateaubriand de estas Memorias y de las angustiosas jornadas de la revo­lución de 1848, que había de derribar a los usurpadores orleanistas, aún nos habla con acento sencillo y- veraz. [Trad. espa­ñola de Tomás García Luna y Nemesio Fer­nández Cuesta (Madrid, 1848), varias veces reimpresa; de Eladio de Gironella (Madrid, 1848-1850); de Francisco Madinaveytia (Bar­celona, 1848); de J. Zamacois (Barcelona, 1923) y de Javier Núñez de Prado (Barce­lona, 1947)].

C. Cordié

El inconveniente capital de estas Memo­rias está en no saber exactamente con quién tratamos, cuando las leemos. (Sainte-Beuve)

Memorias, Charles-Maurice de Talleyrand Périgord

Empezadas en 1811 y compuestas de varias partes, las memorias autobiográficas de Charles-Maurice de Talleyrand Périgord (1754-1838) permanecieron inéditas y sin título preciso. Publicadas póstumamente por disposición testamentaria, aparecieron en 1891-1892 gra­cias a la intervención del duque de Broglie. Representan uno de los más importantes documentos de la actividad política de Talleyrand y explican su función diplomá­tica entre el Terror y la Monarquía de julio. Evocando su juventud, Talleyrand no oculta que llegó a sacerdote contra su vo­luntad, impulsado por los deseos de su fa­milia, porque creían que podría alcanzar importantes cargos en la jerarquía ecle­siástica. Pero el haberse quedado cojo des­de los primeros años de su adolescencia le impulsó a seguir una vida de hombre independiente antes que emprender »una carrera por el solo espejuelo de una posi­ción elevadísima.

Llegó a obispo de Autun y, arrastrado por el torbellino de la Re­volución, decidió observar y actuar en el momento oportuno, sin comprometerse abiertamente con los partidos extremistas: de ese modo pudo mantener siempre abier­to su juego político con los adversarios, que podían ser los triunfadores de mañana. En el momento en que las luchas extremas de las facciones revolucionarias están en su fase aguda, abandona Francia y se tras­lada a América, volviendo sólo cuando las pasiones quedan adormecidas y el Directo­rio, reconociendo su habilidad, le nombra ministro. De allí a pasar al servicio de Na­poleón, el camino es breve. Como justifi­cación de su ductilidad política, Talleyrand afirma que quiso servir a Francia como hombre libre, por encima de los partidos: para ello es preciso en cada contingencia saber captar el lado bueno y, suavizando los contrastes, avanzar hacia el progreso y las ideas de una nueva Europa. La acti­tud, típica de un diplomático del siglo XVIII, explica los movimientos del per­sonaje político, desde la traición al convenio de Erfurt, hasta el congreso de Viena. Aunque se basaba en conceptos e ideales no perseguidos con completa sinceridad (como los de la legitimidad de los tronos y la libertad de los pueblos), es evidente que Talleyrand ponía todo su esfuerzo en el juego político por sí mismo, sin demos­trar una conciencia exacta de los problemas del liberalismo.

Plenipotenciario de Luis XVIII en Viena y embajador de Luis Felipe en Londres, indica bastante bien las posibilidades y los límites de su acción: y sin embargo, aunque muy pronto se con­vierta en símbolo de la corrupción política, hombre sin partido, infiel a todos, atacado por Giusti en el «Brindis de Girella» (v. Poesías), no es menos cierto que su figura representa uno de los más importantes momentos históricos de transición entre los – siglos XVIII y XIX. La documentación de su obra, aunque deformada en sutil apolo­gía, forma la parte más notable de las Me­morias y hace que no sean extraños a las mismas la fascinación de la vieja Francia, los chismorreos de la Corte y las diversas intrigas de los gobiernos vistos por el autor.

C. Cordié

Memorias de una Doncella, Octave Mirbeau

[Le journal d’une femme de chambre]. Novela, en forma de diario, de Octave Mirbeau (1848-1917), publicada en 1900.

Una cama­rera, Celestine, escribe sus memorias, y las entrega al escritor para que revise el texto. La mujer, que trabaja en casa de un ma­trimonio cualquiera, los Lanlaire, malinten­cionados y mediocres, sirvió antes a varias familias sacando de todas ellas pésimas impresiones: los burgueses de la sociedad moderna están llenos de vicios, son ambi­ciosos, mezquinos, dispuestos siempre a renegar de sus orígenes, pobres y humildes. Desde su infancia, Celestine conoció la mi­seria y los dolores: hija de un marinero, vio muy pronto caer en el vicio a su madre y a su hermana, y para poder vivir buscó trabajo, de sirvienta. Entre tantas tristezas recuerda con emoción el amor que sintió .por ella y por su belleza de jovencita un pobre enfermo de tisis, Georges, que murió consumido por el mal y la pasión.

Celes­tine se ha visto obligada a soportar vicios y torpezas; atroz y ridículo a un tiempo es el encuentro con un viejo maniático, que muere en una crisis de erotismo. Acre es el juicio de la mujer (y del escritor, con referencias polémicas al «falso» mundo de Bourget y al «superficial» de Lemaitre) acerca de la sociedad contemporánea, li­gera y mala a pesar de sus apariencias de esplendor. Sirve también a una familia, en la que el padre, propagandista de socie­dades religiosas y humanitarias, seduce a las fregonas; la madre, entre uno y otro aman­te, corrompe al hijo, quien, tan miserable como sus padres, se aprovecha de las cama­reras e incluso les saca dinero. En casa de los Lanlaire, Celestine sufre el influjo de un sirviente, Joseph, de carácter taci­turno y casi maníaco, a quien cree autor de algún delito. Pese a ello admira su obs­curo poder de hombre que paulatinamente ha conseguido reunir un pequeño caudal, que le permite llegar a dueño de un bar en Marsella y hacer fortuna. El cinismo del hombre vence las dudas de la mujer y pronto logra casarse con él, sufriendo cada vez más su maléfico influjo: pero así se li­bera de ser criada.

El libro de Mirbeau, dura requisitoria contra los males de la sociedad moderna, une la sátira de las cos­tumbres familiares a una sutil y voluptuo­sa sensualidad en la pintura. Ello es causa de que el motivo satírico no siempre esté de acuerdo con la obra, y el diario se con­vierta en un libro polémico de crónica baja. [Trad. castellana anónima, Barcelona, 1912].

C. Cordié

Memorias, Scipione De’ Ricci

[Memorie]. Obra en dos volúmenes, publicada póstumamente por Agenore Gelli, en Florencia, el año 1865.

El nombre de Scipione De’ Ricci (1741- 1810), obispo de Prato y de Pistoia, va unido a la historia de las reformas leopol­dinas en Toscana; por esta causa, cuando aparecieron algunas páginas de sus Memo­rias en un estudio del belga De Potter, el escándalo que la publicación provocó, deter­minó que la autoridad de Roma procurase sustraerla al conocimiento del público. El ministro Fossombroni, al que se le enco­mendó tal encargo, consiguió hacerse con el original; seguidamente, el gran duque lo escondió en su archivo particular, y allí continúo hasta 1860, para pasar después al Archivo del Estado, una vez realizada la unidad italiana. La parte esencial y que históricamente tiene mayor trascendencia de las Memorias se refiere a las innova­ciones propugnadas y llevadas, a cabo por De’ Ricci en su diócesis, que le dieron fama de jansenista y le acarrearon ataques y persecuciones de todo género. Es típico el cartel que apareció fijado en la puerta de una iglesia: «Orad por nuestro obispo he­terodoxo».

Protegido por Leopoldo II, que llegó a nombrarle consejero suyo, pudo mantenerse durante mucho tiempo y logró introducir reformas en el orden patrimo­nial de la Iglesia, en el número de sacerdotes y la concesión de beneficios. Ordenó el cierre de conventos, suprimió órdenes regulares, abolió el culto del Sagrado Co­razón, abatió altares, anuló reliquias, corrigió ritos, introdujo un nuevo catecismo de origen francés y de tono jansenista y reguló el culto con la celebración de la misa y oraciones en lengua vulgar’; prin­cipios y reformas que fueron confirmados por el Sínodo de Pistoia (1786), de quien fue alma Tamburini. Cuando al morir Jo­sé II, Leopoldo II salió de Toscana para ceñir la corona imperial, De’ Ricci, ataca­do por todos, obispos, sacerdotes y pueblo, hubo de renunciar al episcopado y retirar­se a Florencia. Poco tiempo después tam­bién fueron condenados los acuerdos del Sínodo de Pistoia, por la bula «Auctorem fidei». El primer volumen de las Memorias termina en 1786. El segundo describe los acontecimientos posteriores a 1799, cuando al ser evacuadas las fuerzas de ocupación francesas, el obispo reformador fue encar­celado y sometido a proceso como amigo de Francia.

Después de Marengo fue puesto en libertad; pero por sugerencia o, más bien, por orden de la reina de Etruria, se vio precisado a una plena retractación, en los términos deseados por Pío VII. Los acontecimientos de aquellos días dolorosos quedan ampliamente documentados en el segundo volumen, que termina con la carta en que su hermano G. B. De’ Ricci anun­cia a Pío VII (6 febrero 1810) la muerte del siempre suspecto obispo «in partibus». La obra de Ricci, por su directa ascenden­cia jansenista, fue objeto de ásperas polé­micas durante el pasado siglo; celebrada primeramente por la crítica liberal, fue después muy combatida, hasta el punto de que por parte de los católicos se pusiera en duda la buena fe del obispo reformador. Llevando muchas veces su posición a con­secuencias extremas, y amenazando arras­trar a la Iglesia hacia la herejía y el cis­ma, De’ Ricci laboró con ardor contra la corrupción de las costumbres y la ignoran­cia del clero, buscando un equilibrio entre el espíritu religioso y la cultura, así como entre el estado civil y el eclesiástico.

G. Martinelli

Memorias de Saint-Simon, Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon

[Mémoires du duc de Saint-Simon sur le règne de Louis XIV et la Régence]. Célebre obra de Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), escrita con la clara intención de dar un cuadro completo de la vida y de la política de la Corte de Versalles, basado en el testimonio directo del autor. Abarca un espacio de tiempo de más de 30 años (de 1691 a 1723), por lo que llega a tratar incluso de la «Regencia» de Felipe de Or­léans, con frecuentes digresiones que ilus­tran la época anterior al 1691; sin embargo, el mayor interés del relato radica en los últimos lustros del reinado del Rey Sol, por lo que el libro fue titulado por algunos editores Mémoires de la Cour de Louis XIV.

Valiéndose del material recogido desde su primera juventud, Saint-Simon se dedicó primero, a partir de 1723, a componer es­critos diversos de historia y política; ha­cia 1730, empezó a anotar el Diario de la Corte de Francia (v.) de Dangeau, que le sirvió más tarde de guía en la composición de las Memorias, en las que confluyó todo el material de sus estudios precedentes, y que prosiguió desde 1740 hasta su muerte. Desde el punto de vista de la exactitud histórica, la obra es de valor bastante desigual y todo lo contrario de impar­cial: Saint-Simon es enemigo declarado de Luis XIV y de su reinado («ce long règne de vile bourgeoisie»); el absolutismo, la centralización del gobierno y la nivelación política de las clases sociales ante la au­toridad regia le parecen la ruina de Fran­cia. La única solución posible es para él un retorno al régimen feudal, en el que los duques y pares de Francia (es decir, los nobles de su rango) recobren toda la autoridad tradicional. La innata honradez de su alma y la sinceridad de su fe reli­giosa sirven para hacerle tolerante al me­nos en este campo (de hecho, reprobó la Revocación del Edicto de Nantes); pero para todo lo demás es un ciego y estrecho «laudator temporis acti», dispuesto a criti­car sin discernimiento cualquier novedad, defensor ridículamente puntilloso y forma­lista de todas las prerrogativas y los pri­vilegios tradicionales de la nobleza.

Su apasionamiento le induce a formular una cantidad de juicios políticos de increíble ingenuidad y a alterar incluso, alguna vez de buena fe, la verdad de los hechos. Por otra parte, espíritu novelesco, preocupado siempre en escudriñar detrás de los basti­dores de la escena histórica, dispuesto a creer el menor chisme, ligado casi siempre a los testimonios orales, acepta como ver­dad una cantidad de noticias y de rumores que la historia ha reconocido como infun­dados. Sin embargo, su obra es de capital importancia para la historia de las costum­bres, y es un monumento literario de los más grandiosos y característicos de la lite­ratura francesa; este implacable y malé­volo testimonio, este hombre de mente es­trecha y lleno de prejuicios, es, por natu­raleza, un psicólogo de maravillosa pro­fundidad y seguridad, capaz de expresarse en la forma más precisa, pintoresca y ge­nial qué haya alcanzado nunca la prosa del «siglo de oro». Su obstinación en buscar siempre la verdad por encima de las apa­riencias le sirve aquí admirablemente; no sabe valorar el verdadero alcance de los hechos, carece de sentido político, pero siente profundamente el drama de la vida del individuo en relación con su grupo so­cial; capta la verdad de las almas, atisba el secreto mecanismo de los sentimientos y de las pasiones, revela con certera in­tuición el desarrollo de las ambiciones, del amor propio, de los profundos afectos y de las tenaces vanidades que gobiernan las acciones de sus personajes.

Sus treinta vo­lúmenes son, pues, una inmensa galería de insuperables «retratos», sin que por otra parte se le escape el sentido de las masas ni la fisonomía de los grupos. La vida de la Corte de Versalles revive en sus páginas como en un desmesurado fresco: con estilo personalísimo, donde la expresión rebus­cada alterna con la frase trivial, y el vo­cablo selecto con las palabras más brutalmente vulgares, donde las leyes de la sin­taxis quedan infringidas por el impetuoso vigor de su apasionado temperamento. Saint- Simon pone un gran refinamiento psico­lógico al servicio de sus incomparables cua­lidades de escritor nato. La obra permane­ció inédita durante todo el siglo XVIII (época típicamente cerebral, en la que Saint-Simon hacía un papel de supervi­viente); los pocos que la conocieron ma­nuscrita (Duelos, Mme. du Deffand) la consideraron carente de interés literario. Publicada en 1830, fue, en cambio, apasio­nadamente leída y exaltada por la primera generación de los románticos. Edición prín­cipe: París, 1829-1830 (21 vols., en octavo).

M. Bonfantini

Antes de Saint-Simon sólo había bocetos y esbozos: por primera vez dio, con infi­nidad de detalles, una amplia impresión de conjunto. (Sainte-Beuve)

Más penetrante que La Bruyère y que Lesage, trabajando con la materia viva, siempre en movimiento y huyendo a cada instante, analiza las acciones con segu­ridad magistral, diseca los sentimientos, capta los rasgos más fugaces de las fuer­zas que componen la vida moral. (Lanson)

Ningún estilo clásico iguala al suyo por la originalidad, la vida, la fuerza expresi­va. Incomparable pintor de escenas y re­tratos, este insensato, este . maniático, no es un buen escritor: es un gran escritor que escribe mal. (Pellissier)

Hay, pues, en estas Mémoires, partes muertas y partes semimuertas: pero es pre­ciso leerlo todo, porque la garra se mues­tra por todas partes. Además, no hay obra que se lea con más gusto; y quien empiece a hojear los treinta y ocho tomos, continúa hasta el fin… Puede decirse que ha que­dado, en el autor de las Mémoires, un per- jume de Fronda, una brizna de jansenismo y mucho del estilo Luis XIII. (Alain)