Memorias de un Menestral de Barcelona, José Coroleu Inglada

Obra del historiador y ju­rista español José Coroleu Inglada (1839- 1895), publicada primero en las columnas de «La Vanguardia» y luego en forma de libro en 1888. Es la obra más popular del autor, en la que se reflejan las preocupa­ciones cotidianas de «un sujeto cargado de riquezas y más aún de experiencia, que al decir de los que la poseen, es el mejor de los bienes para quien sabe de ella sacar partido», como dice Coroleu en la intro­ducción. La vida de la capital catalana, en particular por lo que hace referencia a las incidencias políticas, desfila ante los ojos del lector como un animado film a través de las páginas de esta obra, escrita en forma de vivos diálogos, que abarca el período comprendido entre 1792 y 1864. Adquiere particular realce la descripción de la revuelta barcelonesa de 1843 contra la dominación moderada.

J. Regla

Memorias de un Hombre de Acción, Pío Baroja y Nessi

Obra de Pío Baroja y Nessi (1872- 1956). «Junto al hombre reconcentrado y egocéntrico del 98, hay para Baroja un tipo ideal, característico de nuestro anár­quico y personal siglo XIX: el hombre de acción.

Por ello, uno de los caracteres que atraen más a Baroja es el de Eugenio de Aviraneta, lejano pariente de sus abuelos, personaje que vivió la guerra de la Inde­pendencia y que liberal, escéptico y aven­turero, se asomó profundamente al período de la guerra carlista y de los pronuncia­mientos. Así escribe Pío Baroja su serie de novelas Memorias de un hombre de acción, ‘sobre este notable tipo. El autor señala las diferencias entre estos libros y los Episodios de Galdós, en alguno de los cuales apareciera ya, aunque superficial­mente, el mismo personaje, al que el autor de estas Memorias coloca más allá del bien y del mal». A su entender, el único pare­cido externo entre su Aviraneta y el de los Episodios Nacionales es el de época y asunto. Si Galdós fue a la historia por afi­ción a ella, Baroja fue por curiosidad de­terminada hacia un tipo. Galdós ha busca­do los momentos brillantes para historiar­los (es el propio Baroja quien lo señala), mientras que éste ha insistido en lo que le ha ido dando el propio protagonista. El criterio histórico es también distinto, y Galdós pinta a España como un feudo ais­lado, mientras Baroja la presenta muy unida en sus movimientos liberales y reaccio­narios a Francia.

Galdós da la impresión de que la España de la guerra de la Inde­pendencia está muy lejos de la actual, y Baroja la encuentra casi la misma de hoy, sobre todo en el campo… Baroja, pues, siente este pasado del siglo XIX, como casi vivo y coetáneo. La serie de sus Memorias de un hombre de acción comienza con El aprendiz de conspirador3 una de sus ^ nove­las más ágiles e interesantes de acción. En ella surge el típico paisaje barojiano: «El camino tomaba un aspecto siniestro a medida que la obscuridad dominaba. Grandes piedras parecían avanzar en la sombra a cerrar el paso; la imaginación forjaba gen­te emboscada entre los troncos de los ár­boles». Excelente es también El escuadrón del brigante, en el que aparece Aviraneta como guerrillero de la Independencia, nada menos que a las órdenes del cura Merino. Una de las mejores obras es Los recursos de la astucia, en que se recogen dos nove­las: La canóniga (que a juicio de Andrés González Blanco es todo un gran acierto de reproducción de ambiente, * de almas muertas y paisajes maravillosos y de rin­cones de paz y de olvido, como los que Cuenca posee, ciudad que La canóniga re­fleja admirablemente) y Los guerrilleros del Empecinado. En La Isabelina (1919) se ha­lla el protagonista en la época de la guerra carlista.

Con carácter exclusivamente his­tórico ha trazado Baroja la biografía del mismo protagonista en Aviraneta o la vida de un conspirador (1931), formando parte de las «Vidas de españoles e hispanoame­ricanos del siglo XIX», de la Editorial Es- pasa-Calpe, Madrid. Una vez más se comprueba la enorme soltura de Baroja para trasladar tipos estudiados en la realidad y que, como el de Aviraneta, sin dejar de ser reales, nos llegan por medio de la his­toria de sus hechos. Si la fantasía del au­tor ha intervenido cerca de su personaje, lo ha hecho actuando como el propio personaje actuaría de verse ante los hechos que el autor señala como suyos. Su per­fecto conocimiento de las criaturas, de sus reacciones; su enorme intuición guiadora hacen del novelista un sagaz psicólogo en cada una de sus creaciones. El hombre de acción re-creado por Baroja, lleva consigo mucho de la acción que, ante idénticas cir­cunstancias, hubiera querido verificar Ba­roja mismo. En definitiva, sólo a los hom­bres reconcentrados, sedentarios (pues no se consideran de acción a los que se entregan a funciones del intelecto) les es dado el poder de comprender y desarrollar la acción de otro ser que vive fuera de su propia existencia. Y para encontrar la grata resolución de la fórmula, esta serie de no­velas barojianas se nos ofrece como la más grata y cautivante lectura.

C. Conde

Memorias de una Idealista, Malwida von Meysenbug

[Memoiren einer Idealistin]. Autobiografía de Malwida von Meysenbug (1816-1903), pu­blicada en tres volúmenes en 1876. La au­tora, que pertenecía a una familia hugonote de Kassel, narra con sinceridad y objeti­vidad su vida y nos habla de sus aspira­ciones espirituales y de sus firmes convicciones sociales y políticas que la condu­jeron de una vida mundana y despreocu­pada a una vida llena de estrecheces, pero mucho más satisfactoria y eficaz, en el destierro.

De temperamento vivo y entu­siasta, después de haber permanecido du­rante muchos años sofocada por el rígido ambiente familiar en una pequeña ciudad de provincias, soñolienta capital de un pequeño estado alemán, se alejó de él deli­beradamente para adherirse a las nuevas doctrinas revolucionarias y constituirse en protectora de los pobres y especialmente de las mujeres, para quienes defendió el derecho a una educación similar a la del hombre. Obligada por razones políticas a dejar alemania, en 1852, después de haber participado con todo el corazón en las esperanzas de 1848, se refugió en Londres. Acogida allí por Kinkel y su mujer, con quienes desde hacía tiempo estaba en rela­ciones epistolares, pronto pudo aproximar­se por medio de ellos al ambiente de los emigrados políticos y conocer las persona­lidades más variadas del mundo liberal eu­ropeo. Ligada por tierna amistad especial­mente con Herzen, se convirtió en la edu­cadora de sus hijas, a quienes amó con verdadero amor maternal.

Acostumbrada en alemania a una vida más que acomodada, no dudó desde el primer momento del des­tierro en vivir modestamente, dando lec­ciones privadas, orgullosa de poderse bastar a sí misma, y permaneció largo tiempo en Inglaterra, sólo interrumpiendo su estancia durante un breve paréntesis parisiense, donde entabló una de sus relaciones más elevadas: su amistad con Wagner. En este punto se interrumpen sus memorias, es de­cir, al final de su «vida pública», como dice la autora. Se encuentran noticias del pe­ríodo posterior en LebensabencL einer Idea- listin (1898), otra obra autobiográfica en la que habla de sus relaciones posteriores con otros grandes escritores de su época, de Nietzsche a Romain Rolland. Los dos libros, además de mostrarnos una rara alma feme­nina, recta y pura, pero humanamente viva con todos sus defectos y debilidades, tienen valor como documento histórico. Los acon­tecimientos de los que fue testigo, las personas que conoció y la sociedad en me­dio de la cual vivió, presentan en su con­junto un cuadro coloreado y vivo de la vida europea en aquellos años de espera y de fermentación.

A. Manghi

Memorias de un Asno, Sophie Rostopchine-Ségur

[Mémoires d’un âne]. Publicado en 1860, es un gra­cioso libro para la infancia de la Condesa de Ségur (Sophie Rostopchine-Ségur, 1799- 1874).

El asno Cadichon narra a su joven amo su historia llena de aventuras: vivara­cho y díscolo, no queriendo doblegarse a una severa ama que lo cargaba demasiado con verduras para el mercado, ha huido después de haberla coceado severamente, y ha errado durante largo tiempo por el bosque; luego pasó a manos de otros due­ños y fue el compañero devoto de una niña enfermiza, a la que incluso salvó de un incendio; muerta su amiguita y olvidado por todos, Cadichon fue bien recibido en un castillo, donde una indulgente abuela había reunido muchos nietos, niños y ni­ñas, así como sus padres, y allí empieza para él una serena existencia, combinada con la alegría de los chiquillos, que le ado­ran: excursiones al bosque, meriendas, ca­cerías, partidas de pesca. Cadichon es el compañero inseparable e inteligente, que en todas las circunstancias sabe ser útil y providencial (incluso descubre a una ban­da de bandoleros ocultos en un subterrá­neo). Pero el astuto borriquito no tiene buen carácter: es algo impaciente, venga­tivo, le gusta hacer bromas pesadas a las personas con quienes no simpatiza; no siempre es un asno de buen corazón… has­ta que, advirtiendo que está perdiendo el afecto de sus pequeños dueños y bajo la amenaza del molino, se arrepiente de sus picardías y con algunos actos de genero­sidad y bondad consigue el perdón y re­cobra la estimación de pequeños y mayo­res.

En este célebre relato la sonrosada pedagogía y el moralismo programático de la condesa de Ségur saben revestir formas graciosamente fantásticas; de ahí que estas Memorias sean consideradas, con justicia, como uno de los ejemplos más notables de la literatura infantil de todos los tiempos.

M. Zini

Memorias de un Cazador, Ivan Sergeevič Turguenev

[Zapiski ochotnika]. Colección de cuentos de Ivan Sergeevič Turguenev (1818-1883), conocida también con el título de Cuentos de un cazador. El primero, «Chor y Kalinyc», pu­blicado en 1847 en la revista «El Contem­poráneo» [«Sovremennik»], señaló el co­mienzo de la verdadera e independiente actividad literaria de Turguenev.

La impre­sión suscitada por este cuento fue extra­ordinaria, pero pasaron cinco años antes de que dicha narración, junto con otras de tema análogo, escritas y publicadas durante este tiempo, diera lugar al volumen titulado Memorias de un cazador, aparecido por pri­mera vez en el «Contemporáneo» como sub­título de «Chor y Kalinyč». Los varios cuentos y esbozos del volumen no están ligados entre sí; su unidad viene dada por el estado de ánimo del escritor frente a la realidad de la vida del pueblo campesino y quizá por su deseo de suscitar, además de la simpatía, también la piedad por la grave situación de los siervos de la gleba. La interpretación del público fue más allá de la primitiva intención del autor; las Memorias de un cazador de Turguenev son, indudablemente, la más perfecta creación en su género, sin vaguedades (como por ejemplo en la Crónica de familia de S. Aksakov), sin acentos sentimentales (como en El Villorrio y Antonio, el desgraciado de Grigorovič), sin tendencias etnográficas y menos aún sociales, que tanto abundaban en obras de la época.

Prescindiendo de al­gunas consideraciones ajenas a la técnica (es necesario decir que la influencia social del cuento fue extraordinaria), las Memo­rias de un cazador constituyeron la afir­mación de un auténtico escritor por sus dotes de observación aguda e incisiva en sus análisis y descripciones, por el profundo sentimiento de la naturaleza que revela y la delicada belleza y poesía de los cuadros, siempre en armonía con el contenido del cuento. La variada galería de tipos, que se abre con Chor y Kalinyč, los dos héroes del primer cuento, es a la vez una demos­tración de la fuerza espiritual de la vida de los campesinos rusos, teñida con cali­dades trágicas, y de la capacidad del escritor por aprehender y expresar los más diversos matices y los más leves contrastes del ambiente propuesto.

E. Lo Gatto

Las Memorias de un cazador son lo mejor que ha escrito Turguenev. (Tolstoi)