Empezadas en 1811 y compuestas de varias partes, las memorias autobiográficas de Charles-Maurice de Talleyrand Périgord (1754-1838) permanecieron inéditas y sin título preciso. Publicadas póstumamente por disposición testamentaria, aparecieron en 1891-1892 gracias a la intervención del duque de Broglie. Representan uno de los más importantes documentos de la actividad política de Talleyrand y explican su función diplomática entre el Terror y la Monarquía de julio. Evocando su juventud, Talleyrand no oculta que llegó a sacerdote contra su voluntad, impulsado por los deseos de su familia, porque creían que podría alcanzar importantes cargos en la jerarquía eclesiástica. Pero el haberse quedado cojo desde los primeros años de su adolescencia le impulsó a seguir una vida de hombre independiente antes que emprender »una carrera por el solo espejuelo de una posición elevadísima.
Llegó a obispo de Autun y, arrastrado por el torbellino de la Revolución, decidió observar y actuar en el momento oportuno, sin comprometerse abiertamente con los partidos extremistas: de ese modo pudo mantener siempre abierto su juego político con los adversarios, que podían ser los triunfadores de mañana. En el momento en que las luchas extremas de las facciones revolucionarias están en su fase aguda, abandona Francia y se traslada a América, volviendo sólo cuando las pasiones quedan adormecidas y el Directorio, reconociendo su habilidad, le nombra ministro. De allí a pasar al servicio de Napoleón, el camino es breve. Como justificación de su ductilidad política, Talleyrand afirma que quiso servir a Francia como hombre libre, por encima de los partidos: para ello es preciso en cada contingencia saber captar el lado bueno y, suavizando los contrastes, avanzar hacia el progreso y las ideas de una nueva Europa. La actitud, típica de un diplomático del siglo XVIII, explica los movimientos del personaje político, desde la traición al convenio de Erfurt, hasta el congreso de Viena. Aunque se basaba en conceptos e ideales no perseguidos con completa sinceridad (como los de la legitimidad de los tronos y la libertad de los pueblos), es evidente que Talleyrand ponía todo su esfuerzo en el juego político por sí mismo, sin demostrar una conciencia exacta de los problemas del liberalismo.
Plenipotenciario de Luis XVIII en Viena y embajador de Luis Felipe en Londres, indica bastante bien las posibilidades y los límites de su acción: y sin embargo, aunque muy pronto se convierta en símbolo de la corrupción política, hombre sin partido, infiel a todos, atacado por Giusti en el «Brindis de Girella» (v. Poesías), no es menos cierto que su figura representa uno de los más importantes momentos históricos de transición entre los – siglos XVIII y XIX. La documentación de su obra, aunque deformada en sutil apología, forma la parte más notable de las Memorias y hace que no sean extraños a las mismas la fascinación de la vieja Francia, los chismorreos de la Corte y las diversas intrigas de los gobiernos vistos por el autor.
C. Cordié

