Memorias de un Turista, Stendhal

[Mémoi­res d’un touriste]. Obra de Stendhal (pseu­dónimo de Henry Beyle, 1783-1842), publica­da en 1838. Constituida por impresiones de viajes por diversas partes de Francia, fue escrita también con la intención de obtener un éxito editorial en un género que por aquel tiempo estaba en boga; pero hay que considerarlo sobre todo como uno de aque­llos libros que el espíritu desigual y libre del escritor prefería naturalmente, por lo fragmentado de la narración y de los jui­cios sobre los hombres. Estos viajes por provincias están narrados con briosa acti­tud de observador de la realidad, en un tono pintoresco y ágil que no puede dejar de recordar, en algunas de las mejores páginas, los modos y acentos de los Paseos por Roma (v.).

El viajero pasa por ciudades conocidas y regiones famosas: Verrières, Fontainebleau, Nevers, la Borgoña, Autun, Langres, Lyon, Valence, Aviñón, Tours, Nantes, Rennes, Tarascón, Grenoble, Marsella, Perpiñán, Burdeos y otros lugares que se prestan a descripciones geográficas, a discusiones arqueológicas o históricas y, sobre todo, a amables digresiones. Preci­samente en este género de estilo ágil y descosido, Stendhal se manifiesta maestro, aun cuando alguna vez se sirva de ensayos anteriores, de obras similares y de des­cripciones de todo género, con tal que sea compatible con el conjunto. Pues el escritor no podía traicionar su naturaleza de ins­pector agudo y finísimo de la realidad; de modo que lo mejor de estas Memorias está constituido por sus observaciones de carác­ter psicológico, que producen una litera­tura caracterizada por su donaire expre­sivo, su agudo sentido de la individualidad y su curiosidad insaciable hacia los valores sociales.

C. Cordié

Memorias de un Sargento de Milicias, Manuel Antonio de Almeida

[Memorias de um sargento de milicias]. Novela del escritor brasileño Manuel Antonio de Almeida (1830-1861), pu­blicada en 1855.

Es la historia de un cala­vera de Río de Janeiro, hijo ilegítimo de unos emigrados portugueses (un ujier de tribunal y una vendedora de frutas y ver­duras). Arrojado de casa de su padre, que vive con otra mujer, Leonardo es recogido por su padrino, un barbero, que se obstina cómicamente en querer hacer de él un sacerdote. Pero el muchacho, que siente la  atracción de la vida canallesca, en una de sus bribonadas acaba por caer en manos del policía más temido de la ciudad, el co­mandante Vidigal. Un grupo de viejas, com­padecidas de su suerte, maniobra hábil­mente cerca del anciano comandante por medio de una amiga suya de juventud, y consiguen obtener su benevolencia y ayuda hacia Leonardo. Éste, destinado al servicio de Vidigal, con el tiempo es nombrado sar­gento, primero de granaderos y luego de milicias (tropas de reserva) y por fin se casa con la rica Luisina, que ha quedado oportunamente viuda de uno que la había conseguido abusando de la ingenuidad de la madre de la muchacha.

La novela ter­mina exactamente donde el título parece indicar que empieza, y describe las costumbres coloniales durante la permanencia en Río de Janeiro de Juan VI de Portugal, huido de su país por la invasión napoleóni­ca (1808). Bastante alejada de la atmós­fera romántica de la época en que fue es­crita, el autor revela notable agudeza de observación y preciso análisis del ambiente, dotes que, interpretadas durante mucho tiempo por la crítica como arcaísmo arcádico, son en cambio testimonio de un sor­prendente naturalismo, que hace de la no­vela un precioso documento de la vida de Río de Janeiro en su fase de tránsito de ciudad de provincias a capital de un país en vísperas de la independencia. El libro, por su sabor amargo y cruda veracidad, hace pensar en la novela picaresca españo­la; el juego de referencias entre «aquellos tiempos del rey» (es la frase inicial de la novela, que se ha hecho popular) y la caída realeza que Almeida describe, revela el tono irónico de la narración, que es una agudísima burla de hombres y costumbres. Con su estilo aparentemente descuidado, el autor retrata de un modo gráfico cosas y figuras. Son de destacar, por asombroso re­lieve, el personaje del comandante Vidigal y la cómica primera declaración de amor de Leonardo a Luisina.

G. C. Rossi

Memorias de un Setentón, Natural y Vecino de Madrid, Ramón de Mesonero Romanos

Obra del periodista y escritor español Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), conocido también bajo el pseudónimo de «El curioso parlante». Es una especie de crónica humorística o libro de memorias, publicado en 1880, intere­santísimo y de gran valor histórico, en cu­yas páginas, sobre un fondo anecdótico, el autor ofrece un cuadro animado y pin­toresco del período comprendido entre 1808 y 1850.

Entre los capítulos más notables citemos: «El 19 de marzo», «El dos de ma­yo» (1808), «Los aliados en Madrid», «El período constitucional», «El Parnasillo», «Los pseudónimos», «El cólera morbo», «El Ro­manticismo», «El Ateneo», «El Liceo», etc. Gracias a este y a otros libros suyos de género afín, puede reconstruirse hoy la vida social de Madrid en los dos primeros tercios del siglo XIX, es decir, del turbu­lento período que va de la invasión napo­leónica hasta los últimos años del reinado de Alfonso XII. Nadie mejor que Mesonero ha sabido describirnos cómo era la capital en tiempos de Fernando VII y de Isabel II; a su pluma, como al pincel de Goya, debe­mos el exacto conocimiento de dicha épocas. Bien lo sabía Pérez Galdós, que para obte­ner datos y noticias sobre hechos y perso­najes de sus Episodios nacionales (v.), tuvo varias veces que tomar como documento vivo el testimonio oral de Mesonero Ro­manos (que era un incansable conversador, dotado de excelente memoria y de amena elocuencia), de modo que puede decirse que muchas de las escenas patrióticas des­critas por Galdós pasaban directamente de los labios de Mesonero Romanos a su plu­ma.

Éste, no sintiendo, como tantos escri­tores contemporáneos suyos las inquietudes de la política, vivió siempre alejado de ella; así pudo ser un cronista sereno y ob­jetivo de la revolución de 1820, de las re­vueltas populares en torno al trono de Isa­bel II, de las guerras carlistas, los atenta­dos políticos y de tantos otros episodios de aquella agitada época.

C. Boselli

Memorias de un Pintor Alemán, Ludwig Richter

[Lebenserinnerungen eines deutschen Míérs]. Autobiografía del popular pintor, xilógrafo y grabador del Biedermeier (v.) alemán, Ludwig Richter (1803-1884), cono­cido sobre todo por las numerosas ilustra­ciones de fábulas y de almanaques, en las que describe con delicado sentimentalismo la vida de la pequeña burguesía artesana de su época. Las Memorias, publicadas póstumas en 1885, ilustran sobre el desarrollo y la típica educación de los pintores ale­manes de principios del siglo pasado y nos dan en conjunto un cuadro fiel de la vida de ciertos ambientes sociales en dicha épo­ca. Asistimos a los primeros años de la vida del artista, iniciado desde muy joven en el arte por su padre, también grabador, y a su educación en Dresden, bajo el do­minio napoleónico.

El año 13 ve pasar por su ciudad los restos de la «Grande Armée»; a los diecisiete años se coloca como dibu­jante del príncipe Narischkin, y en su sé­quito recorre Francia, sin, por otra parte, sacar de ello gran provecho para su des­arrollo. Vuelto a alemania, recibe de un protector los medios para realizar el sueño de su vida de artista: una pensión para cuatro años de estancia en Italia. Después de un viaje lleno de aventuras, llega a pie a Roma, donde encuentra el grupo de los mayores pintores alemanes del romanticis­mo, sobre todo a los llamados «Nazarenos», entre ellos Cornelius, Overbeck, Veit; y también Fohr, Horny y Maindell. Con to­dos ellos entabla amistad. Pero no encuen­tra en Italia su estilo ni una visión pro­pia. La revelación de su arte se producirá a su regreso a alemania, y sólo entonces creará sus obras características, quizás algo minuciosas y de poco aliento, pero muy amables. Las Memorias nos narran su boda con Augusta Freudenberg, y luego, breve­mente, los años de profesorado en una es­cuela de Arte en Dresden. Terminan en 1847, con la muerte de su hija María.

C. Gundolf

Memorias de un Padre, Jean-Francois Marmontel

[Mémoires d’un pére pour servir a l’instruction de ses enfants]. Autobiografía de Jean-François Marmontel (1723-1799), publicada des­pués de su muerte, en París, en 1800.

El autor, nacido en una modesta familia de Bort, en el Lemosin, hizo sus estudios con los jesuitas, proveyendo al mismo tiempo, con un trabajo asiduo, a su propio sustento, y parecía decidido a entrar en el sacerdo­cio, cuando sus primeros éxitos literarios en la Academia de Toulouse y su corres­pondencia con Voltaire enfriaron su celo religioso, tanto que en 1745 se trasladó a París para hacer fortuna como literato. Des­pués de haber tratado de destacar, con cierta fortuna, como trágico, publicó los Cuentos morales y dos novelas, Belisario (v.) y Los Incas (1777) que, gracias a la censura sobre algunos pasajes referentes a la tolerancia religiosa, constituyeron un verdadero éxito editorial; fue durante al­gún tiempo empleado administrativo a las órdenes del hermano de Mme. Pompadour; dirigió el «Mercure» (v.); colaboró en la Enciclopedia (v.); fue premiado por la Academia; entró en ella en 1763 y fue más tarde nombrado historiador de Francia y secretario perpetuo; frecuentó los salones literarios más en boga, los de Mme. Tencin y Mme. Geoffrin, los de Mlle. de Lespinasse y de Mme. Necker; obtuvo cele­bridad y riqueza; amó y fue correspondido, para más tarde disfrutar, después de los cincuenta años, los goces del matrimonio con una muchacha de diecisiete.

La Revo­lución lo tuvo primero a su lado; miembro de la Asamblea electoral de París en 1789, se distinguió combatiendo las violencias del espíritu partidista; pero en 1792, dis­gustado por el giro de los acontecimientos, se retiró con su familia a una modestísima morada cerca de Gaillon, en Normandia; donde se ocupó de la educación de sus hi­jos y se dispuso a escribir para ellos estas extensas Memorias, que llegaron hasta el libro 20, interrumpiéndose con los sucesos de 1797. Es notable la importancia histórica de esta obra, por la que desfilan las gran­des figuras del siglo XVIII francés: Massillon, Voltaire, Vauvenargues, Fontenelle, Montesquieu, D’Alembert, Diderot, Rousseau, Crébillon, Helvétius, Malfilatre, Marivaux, Condillac, Turgot, Buffon, Necker, Lafayette, Chamfort, Galiani, etc. En me­dio de esta selecta reunión de ingenios, llega de su pueblo el joven Marmontel y no sin deleite se sigue, a través de la sen­cillez y el candor de su relación, la ascen­sión de este buen hombre mediocre, domi­nado por una voluntad de trabajo, satisfe­cho de sí mismo, y a quien la Fortuna conduce de la mano de escalón en escalón.

E. C. Valla