Memorias Sobre la Luz y Sobre el Calor, de Young, Thomas Young

Bajo este título ge­nérico se conocen los escritos de Thomas Young (1773-1829), publicados en los «Philosophal transactions» de la «Royal Society» de Londres, en 1800 y 1802. En estas memorias el autor introduce en la ciencia el concepto de la interferencia de la luz, que él había deducido del estudio de las ondulaciones sonoras, aun antes de haberlo experimentado. Así se confirma la hipótesis del italiano Grimaldi, según las cuales luz más luz produce oscuridad.

En la se­gunda memoria el principio de las inter­ferencias luminosas es formulado matemá­ticamente y enunciado así: «cuando dos ondulaciones procedentes de varias fuentes se sobreponen perfectamente, o muy apro­ximadamente, en dirección, su efecto co­mún es una combinación de los movimien­tos pertinentes a cada ondulación; puesto que la partícula del centro es atacada por cada una de las ondulaciones; admitiendo que éstas coincidan, las ondulaciones no pueden proceder de otra manera, sino re­uniendo sus movimientos, de manera que el movimiento resultante es la suma o la diferencia de los movimientos particulares, según se sobrepongan partes semejantes o desemejantes de las ondulaciones». El autor aplica después su principio interferencial a la explicación de los fenómenos de los colores, entre ellos los de las superficies estriadas de las láminas delgadas. Además, Young enuncia explícitamente que la luz radiante consiste en ondulaciones del éter luminoso.

Una demostración experimental de los fenómenos interferenciales es dada en la descripción, en una tercera memoria, del famoso experimento por el cual un sutil haz de rayos pasados por un aguje- rito y enviados sobre dos agujeritos cer­canos da origen por interferencia a una serie de rayos finísimos alternativamente brillantes y oscuros. Son las franjas de in­terferencia, las cuales, vueltas a estudiar por otros experimentadores, serán base de un nuevo capítulo de la óptica.

O. Bertoli

Memorias Sobre los Cien Días, Henri-Benjamin Constant de Rebecque

[Mémoires sur les Cents Jours]. Obra po­lémica de Henri-Benjamin Constant de Rebecque (1767-1830), redactada «en forma de cartas» y publicada en 1820-1822. Es uno de los más sugestivos testimonios del pensamiento político del gran liberal, por­que explica su discutida adhesión al régimen napoleónico, aun después de su largo destierro, y el reciente Del espíritu de conquista y de la usurpación (v.).

Cons­tant explica vigorosamente su obra de po­lítico con la compilación del «Acta adicio­nal a las Leyes del Imperio» [«Acte additionnel aux Lois de l’Empire»], con que de manera imperfecta Napoleón se adhería a los principios liberales, pero al afirmar la sincera posición histórica proclama la ne­cesidad de avanzar por el camino empren­dido para el bien de Francia y el abati­miento de los privilegios y actos ilegales. Éstos, como fueron dañosos a Napoleón y ya una vez a la Monarquía legítima, pue­den provocar nuevos daños a la nación. Partiendo de la misma defensa de su obra de legislador durante los Cien Días, Cons­tant, cada vez más particularmente com­batido hasta 1816 y después también por los ultrarrealistas (los famosos defensores a ultranza de los privilegios feudales con­tra la «Carta»), declara que los adversa­rios de las instituciones son siempre los mismos; la facción, que ha sido tan funesta en 1814 y en 1815, querría continuar siendo tal en 1819 porque no ha abjurado de sus furores, ni de sus esperanzas.

Al conside­rar la tentativa de Napoleón de dar, en 1815, libertad a una Francia invadida por antiguos feudatarios y ejércitos enemigos, rinde homenaje al hombre «relegado a una árida roca, y prisionero del extranjero»; pero hay que observar siempre con fe los principios políticos, sin odiar a. los adver­sarios. Así se esfuerza por demostrar que el retorno de Napoleón de la isla de Elba, fue precisamente originado por el mal go­bierno de los ministros de Luis XVIII; el favor que se devolvió con entusiasmo al Emperador, viene a significar la continui­dad de la historia, desde la Revolución hasta el Imperio, en su parte más firme: las leyes para el pueblo. Mientras tanto los males de un Napoleón anterior a la fase liberal de los Cien Días renacen ahora con los nuevos defensores de una monarquía absoluta. Odian la carta cons­titucional, porque quieren suprimir los de­rechos de los ciudadanos. Las mismas leyes propuestas revelan que ellos quieren reno­var las luchas civiles de deprecada memo­ria. Sin embargo, es menester tener siempre en el corazón el amor de la patria y de la libertad. Por esto Constant afirma ha­berse propuesto con Napoleón, como ahora con Luis XVIII, obtener el mismo bien de la patria.

En el segundo volumen es no­table un homenaje a la grandeza del Em­perador muerto mientras tanto en Santa Elena: él fue grande, aunque censurable su sistema. Él intentó alcanzar la libertad con su tentativa liberal; pero lo continúan en lo malo los que hoy abstractamente con­denan en él al héroe de la Revolución.

C. Cordié

Memorias Sobre la Historia de la Química, Icilio Guareschi

[Memorie sulla storia della Chimica]. Las publicó Icilio Guareschi (1847-1918) entre 1901 y 1917. Apasionado y erudito cultivador de la historia de la química, empezó con la obra Amadeo Avogadro y la teoría molecular (1901) una se­rie de más de 40 publicaciones en este campo. La mayor parte se refieren a la vida y obras de químicos italianos: Faus­tino Malaguti y sus obras (1903), Vannoccio Biringuccio y la química técnica (1904), Noticias históricas sobre Luigi Chiozza (1907), Francesco Selmi y su obra cientí­fica (1911), La historia de las ciencias y D. Guglielmini (1912), Noticias históricas sobre L. Lagrange (1913), A. Sobrero (1913), Noticias históricas sobre G. Usiglio y las aguas del mar (1913), Ley de la dilatación de los gases de A. Volta (1914) y La teoría atómica y S. Basso (1916).

En estos cuida­dos trabajos y en la Química en Italia de 1750 a 1800, publicada en tres tomos entre 1909 y 1912, Guareschi pone de relieve la contribución aportada a la ciencia por los químicos italianos, y a menudo reivindica para éstos méritos atribuidos a otros. A Guareschi se debe en gran parte el que hoy la obra de Avogadro sea universal­mente considerada como una de las piedras miliares del desarrollo de la química; que las indagaciones de Selmi, su maestro, ha­yan recibido el justo reconocimiento; que la ley de la dilatación de los gases, una vez llamada ley de Gay-Lussac, se llame hoy ley Volta-Gay-Lussac. Entre las demás obras históricas de Guareschi, hay que re­cordar: Lavoisier, su vida y sus obras (1913); las dos memorias Sobre los colores de los antiguos (1905-1906); Notas biográ­ficas sobre I. H. van t’Hoff (1911); R. Ba- con, el método experimental y Galileo (1914) ; J. J. Berzelius y su obra científica (1915)   , y Los petróleos y emanaciones terrestres y su origen (1916-1917).

G. Speroni

Memorias Sobre la Fermentación, Louis Pasteur

Bajo este título se agrupan generalmente los siguientes trabajos de Louis Pasteur (1822-1895): Memoria sobre la fermentación llamada láctica [Mémoire sur la fermentation appelée lactique] («Mé­moires de la Soc. de Sciences de l’Agriculture et des Arts de Lille», sesión del 3 de agosto de 1857, 2.a sec., V, 1858, pp. 13- 26; «Annales de chimie et de physique», 3.a sec., LU, 1858, pp. 404-418; además, vol. II de las Oeuvres de Pasteur, Paris, 1922, pp. 1 y ss.); Memoria sobre la fermentación alcohólica [Mémoire sur la fer­mentation alcoolique] («Annales de chimie et de physique», 3.a sec., LVIII, 1860, pp. 323-426, con 9 figs.; vol. II de las Oeuvres de Pasteur, Paris, 1922, pp. 51 y ss.); Acerca de la fermentación viscosa y de la fermentación butírica [Sur la fermentation visqueuse, et la fermentation butyrique] («Bull, de la Soc. chimique de Paris», se­sión del 8 de febrero de 1861; y, ade­más, vol. II de las Oeuvres de Pasteur, etc.); Investigaciones acerca de la putrefacción [Recherches sur la putréfaction] («Comp­tes rendus de l’Academie des Sciences», sesión del 29 de junio de 1863, LVI, pp. 1189-1194; y también vol. II de las Oeu­vres de Pasteur, etc.).

Pasteur se dedi­có al estudio de las fermentaciones du­rante su permanencia en Lille, ocasionalmente. Tal vez no se hubiera nunca ocu­pado en ellas si un día el padre de un estudiante no hubiese solicitado su inter­vención para suprimir ciertas dificultades encontradas en la fabricación del alcohol de remolacha. Aquel estudio no resultaba, a decir verdad, nuevo, porque en torno al origen y la causa de las fermentaciones gi­raban hacía ya tiempo las discusiones. La idea que entonces predominaba, capitanea­da por el químico alemán Liebig, conside­raba la fermentación como un fenómeno puramente químico, y la levadura, ya ob­servada por Antony van Leeuwenhoeck en 1689 y después descrita en 1835 por Ca­gnard de Latour y Schwan, era tenida por una materia nitrada, de composición mal definida, la cual era destruida, durante el proceso, como otras substancias orgánicas. Y a las sagaces observaciones de Cagnard de Latour, que reconocía en la levadura una aglomeración de glóbulos susceptibles de reproducirse por germinación y no como una mera materia orgánica, glóbulos capa­ces probablemente de desarrollar ácido car­bónico y .producir licor espirituoso con el jugo sacarino, la química reinante entonces se oponía, afirmando que era un error y un retroceso introducir en los fenómenos químicos las oscuras fuerzas vitales.

Pas­teur se decidió a estudiar la fabricación del alcohol en todas sus fases y, después de observar los glóbulos de Leeuwenhoek y de Cagnard de Latour, notó que eran re­dondos cuando la fermentación alcohólica se desarrollaba regularmente, y se adel­gazaban y alargaban cuando precisamente se verificaban las reacciones temidas por los industriales. Repetidos y más atentos exámenes le llevaron a descubrir células que en un medio constituido por agua azu­carada, creta y una substancia nitrada, transforman el azúcar en ácido láctico, mientras en el fondo del recipiente se de­posita una substancia grisácea representada por la levadura. Una pequeña cantidad de aquella substancia transportada a nuevo líquido determina nueva fermentación aná­loga a la precedente, y así, por sucesivas siembras, indefinidamente. En su primera memoria acerca de la germinación llamada láctica, Pasteur podía, por lo tanto, sacar en conclusión, condenando la doctrina de Liebig, que «la fermentación se muestra correlativa a la vida». Además, afirmaba que «la pureza de un fermento, su homo­geneidad, su libre desarrollo, con ayuda de una nutrición muy bien apropiada a su naturaleza individual, era una de las con­diciones esenciales de las buenas fermenta­ciones» y opinaba que existen gran número de fermentos distintos capaces de provocar transformaciones químicas variables según su naturaleza y su organismo. En París llevó a cabo los estudios acerca de la fer­mentación alcohólica.

Precedentes investi­gaciones de Lavoisier habían ya sentado firmemente que durante la fermentación alcohólica se forma alcohol y se desarrolla anhídrido carbónico. Pasteur, en su memo­ria, estableció un conjunto de hechos nuevos y demostró, mientras tanto, perfeccionando los descubrimientos de Lavoisier, que el proceso fermentativo no se limita a des­doblar el azúcar en ácido carbónico y alcohol, sino que se produce también cons­tantemente, a expensas del azúcar, glicerina y ácido succínico. Mientras, a conse­cuencia de experimentos mal hechos y, sobre todo, mal interpretados, el alemán Doebereiner había encontrado amoníaco en el líquido fermentado. La aparente compro­bación de que las substancias orgánicas cuando se descomponen desarrollan amonía­co, daba indirecto apoyo a la teoría de Lie­big, pero Pasteur demostró que el amoníaco sólo sirve como fuente nitrada a la levadura en la constitución de su plasma. Y, en efec­to, pudo cultivarlo en un medio privado de aquella substancia orgánica, sin la cual Liebig no concebía siquiera la posibilidad de una fermentación. Después de la fer­mentación alcohólica tocó el turno a la fermentación butírica, que le condujo a descubrir los microbios anaerobios y de la fermentación pútrida. Estos estudios, que constituyen un fundamento de la doctrina de las fermentaciones, valieron a Pasteur, el 30 de enero de 1860, el premio de Fisio­logía experimental de la Academia de Ciencias.

O. Verna

Memorias Sobre la Electricidad y el Magnetismo, Charles Augustin Coulomb

[Mémoires sur l’électricité et sur le magnétisme]. Obra de Charles Augustin Coulomb (1736-1806), publi­cada en las «Mémoires de l’Académie Royale des Sciences» en los años 1784-1785- 1789 y en las «Mémoires de l’Institut» (1801- 1806).

En esta colección de memorias origi­nales son descritas todas las experiencias y los correspondientes tratados matemáti­cos que sentaron las bases de la electros­tática. Coulomb describe primero su balan­za de torsión, que le permitirá medir las fuerzas con las cuales dos cuerpos electri­zados actúan mutuamente unos sobre otros, atrayéndose o repeliéndose, según que sus cargas sean de signo contrario o del mis­mo signo, o las fuerzas con que dos mag­netos actúan análogamente entre sí. Ope­rando de este modo, el autor puede enunciar luego sus leyes según las cuales dos cuerpos electrizados (o dos magnetos) se atraen o se repelen con una fuerza que es directamente proporcional a sus cantidades de electricidad (o de magnetismo), e in­versamente proporcional al cuadrado de sus distancias. También es enunciada la ley por la cual la densidad eléctrica es directamente proporcional a la fuerza eléc­trica. Además, Coulomb se ocupa de la distribución de las cargas eléctricas en los conductores, observa las imperfecciones del aislamiento, por las que las cargas se di­sipan, ya a través del sostén aislador del conductor electrizado, ya por la atmósfera, en particular cuando está húmeda.

Describe los experimentos mediante los Cuales de­muestra que las cargas se acumulan en la superficie de los conductores, y entre tales experimentos está aquel conocidísimo que consiste en sobreponer, en una esfera con­ductora aislada y cargada, dos hemisferios metálicos descargados (provistos de mangos aisladores), los cuales, unidos, resultan per­fectamente adheridos a la primera esfera. Entonces se verá que los dos hemisferios se cargan en contacto con la primera es­fera mientras esta última se descarga com­pletamente. Coulomb habla después del paso del «fluido eléctrico», por contacto o por influencia, por el cual un conductor aislado en estado neutro puede ser electri­zado aun sin contacto, con tal que se le acerque a otro conductor cargado, y dis­cute acerca de la naturaleza de dos cargas de diversa especie (positiva y negativa) que Coulomb considera constituidas por dos flui­dos diversos. Las sucesivas memorias del autor están dedicadas en su mayor parte a los fenómenos del magnetismo. Así quedan determinados los diversos momentos mag­néticos por agujas imantadas que tienen varias dimensiones, y es emitida la hipó­tesis, hoy abandonada, de que el magne­tismo es debido a la existencia de dos flui­dos magnéticos de distinta naturaleza.

El autor trata después de la construcción de imanes artificiales (para los cuales en par­ticular recomienda el acero) y termina ex­poniendo el distinto comportamiento mag­nético de los cuerpos sometidos a varias temperaturas, adelantándose así a expe­riencias y observaciones que serán reanu­dadas mucho- más tarde y que ofrecerán importancia excepcional para la explica­ción de los fenómenos magnéticos.

O. Bertoli