La Mendiga, Léon Bloy

[La femme pauvre]. No­vela del francés Léon Bloy (1846-1917), pu­blicada en 1897. Es la historia de una po­bre muchacha, Clotilde, a quien un artista extravagante y bueno salva de los manejos de su madre y del amante de ésta.

Ya duramente educada por la vida, por la se­ducción de que fue víctima por parte de un joven vicioso, Clotilde aspira a la pu­reza y a la religión, pero impulsada por la necesidad, hace de modelo del escultor Gacougnal, que siente por ella una profunda compasión; la lleva a un pensionado y se dispone a darle una educación mejor y una vida digna. En el estudio y en reuniones de artistas conoce a los amigos de Gacougnal, todos ellos artistas o escritores: Delumière, Marchenoir, Folantin (los cuales se identifican respectivamente con Péladan, el mismo Bloy y Huysmans); al propio tiempo que se anima a luchar en pro de una religión pura y providencial, siente la belleza del catolicismo y su contraste con la triste realidad del mundo. En su tenta­tiva de protegerla de la depravación de su familia, el escultor es asesinado por el in­fame padre de ella; la desgraciada, ahora ya sin amparo, es salvada por otro artista, de vida aventurera y ambiciosa, Léopold.

Pero después de tres años de felicidad, nuevas desgracias caen sobre la joven: la muerte de su hijito y del escritor Marche­noir, el odio de los convecinos y por fin la trágica muerte de su esposo reducen a Clotilde a la ^mendicidad. Pero, en la re­nuncia a todas las pasiones terrenales, sien­te la belleza de la fe, y en el amor de Dios sólo la turba la tristeza de no ser santa. La novela de Bloy, recargada por la continua polémica contra la Francia re­publicana, abunda en alusiones a figuras literarias de su época, entre ellas Villiers de L’Isle-Adam. En un mundo entre re­finado y decadente, la tendencia a una ple­na restauración católica es sentida en una atmósfera ya medieval, ya místicamente wagneriana. Las tintas fuertes de algunas descripciones y la sorprendente vulgaridad del idioma, habitual al polemista, no ex­cluyen’ que, junto al motivo apologético, en­cuentren lugar páginas delicadas sobre los pobres.

C. Cordié

Memorias y Estudios, William James

[Memoirs and Studies]. Colección de ensayos, artículos y conferencias del filósofo norteamericano William James (1842-1910), publicada des­pués de su muerte, en 1911. De los quince capítulos que la componen, algunos, ya apa­recidos en periódicos y revistas, evocan a personajes notables o ilustres, contempo­ráneos de James, como el zoólogo Louis Agassiz, el filósofo y maestro suyo Thomas Davidson, el psicólogo Frederick Myers, un valiente soldado como Robert Gould Shaw, un poeta y filósofo de fama universal como Emerson.

James examina con agudeza de análisis y con cálida simpatía humana el significado espiritual de cada uno e in­dica la huella, menor o mayor, que han dejado sobre la tierra. La segunda parte del libro está formada por artículos y en­sayos en torno a los siguientes temas: «Al­gunos efectos mentales del terremoto», «Las energías del hombre», «El equivalente mo­ral de la guerra», «Observaciones en el banquete de la paz», «El valor social de la educación ofrecida por el ‘College’». Tanto estos escritos como los contenidos en los volúmenes más conocidos, de James, están basados en una confianza absoluta, aunque consciente y circunspecta, en la suerte de la Democracia, en el orgullo de pertenecer a una nación joven y grande cuyos deberes y peligros son, empero, proporcionales a los privilegios recibidos en suerte, y en un optimismo y aprecio por «la experiencia», el riesgo y la aventura, notas característi­cas americanas. En el ensayo «Las energías del hombre», James afirma que muy pocos hombres viven poniendo en acción su má­ximo de energías, lo cual, bien considerado, constituye un problema práctico de eco­nomía nacional. «¿Cómo pueden educarse los hombres hasta su grado máximo de energía? ¿Y cómo pueden las naciones ha­cer accesible esta educación a todos sus hijos e hijas? ¿Cómo mantener en un lau­dable grado máximo nuestra actividad? En comparación con la que debiéramos tener, sólo estamos despiertos a medias…

Un es­fuerzo singular de volición moral coronado por el éxito, coloca al hombre en un nivel más alto de energía». En el ensayo «El equivalente moral de la guerra» el autor quiere establecer la diferencia entre los tiempos en que los hombres recurrían a la guerra como al medio más excitante para vivir, y nuestros tiempos en los cuales — se­gún James — la guerra es considerada ad­misible sólo cuando nos es impuesta, cuan­do una injusticia del enemigo no nos deja otra alternativa. Aunque pacifista, recono­ce que la guerra es la novela de la historia, es decir, su parte más atractiva. La guerra es, en resumen, una obligación humana permanente. Cree con devoción en el reino de la paz y en la llegada gradual de una especie de equilibrio del mundo realizado por el socialismo. «Nuestro enemigo per­manente — declara en el discurso pronunciado en el Congreso Universal de la Paz de 1906 — es la belicosidad arraigada en la naturaleza humana. La cruda verdad es que los hombres quieren la guerra: es la rueda final de los fuegos artificiales de la vida. Pero — termina, en evidente contradicción con la realidad que más adelante había de actualizarse — un país tiene ya miedo (en el buen sentido de la palabra) de sumirse en delitos absolutos contra la civilización». Estos ensayos, lo mismo que los escritos más importantes de James, tienen el mé­rito de un estilo claro y fresco y de una exposición lúcida incluso de los temas más oscuros.

E. Detti

Memorias y Aventuras de un Hombre de Condición, Antoine-Francois Prévost

[Mémoires et aventures d’un homme de qualité]. Novela del abate Antoine-François Prévost (1697- 1763), en siete tomos, publicados entre 1728 y 1731. Prolijo relato de las más intrinca­das y novelescas aventuras, patéticas y trá­gicas, ocurridas en toda. Europa, incluso en Turquía, con raptos, disfraces, matrimonios contrariados o forzados, y monasterios don­de los personajes buscan refugio contra la persecución de sus enemigos. Con la his­toria principal se combinan otras, o se aña­den en relatos completamente indepen­dientes de la misma. Ejemplo poco notable de novela del siglo XVIII, estaría olvidada desde hace tiempo de no encontrarse en el último tomo la Historia del Caballero Des Grieux y de Manon Lescaut (v. Manon Lescaut), que el caballero narra al marqués de **, protagonista de las Memorias.

V. Lugli

Memorias Sobre los Grandes Días de Auvernia, Esprit Fléchier

[Mémoires sur les grands jours d’Auvergne]. Obra del escritor francés Esprit Fléchier (1632-1710); publi­cada íntegramente en 1844, es un docu­mento histórico de primer orden.

Se narra en ella, como en una gaceta, el estado de cosas de una provincia que se ha rebelado contra el rey por los abusos de sus antiguos feudatarios. Luis XIV ordena una gran se­sión de Tribunal con algunos plenipoten­ciarios suyos; después de la muerte de Mazarino, por las continuas quejas de los intendentes, obstaculizados por la población local, intentó de este modo dar todo su prestigio a la autoridad del Estado. Así, Auvernia y después otras regiones fueron reducidas a la normalidad; y el nombre de «grandes días» señaló para siempre una espantosa represión de los delitos contra el poder monárquico absoluto. Iniciados en Auvernia, en Clermont, el 1665, estos Gran­des Días, especie de tribunal excepcional, estaban compuestos por gente «de gran probidad y consumada experiencia», como dijo la declaración de Luis XIV; con dieci­séis consejeros bajo la presidencia de M. de Novion.

Magistrados probos y junto con ellos facciosos y vengativos se unieron pa­ra juzgar las diversas causas; la vida de una provincia fue examinada con rigor en cada una de sus desviaciones de las nor­mas superiores del Estado; pero al mismo tiempo, como Fléchier recuerda, una voz de humanidad y de prudencia se alza para mitigar la represión, tratando de apaciguar las pasiones locales y ayudando a la com­prensión de los sucesos de una provincia lejana de París. No obstante, algunos no­bles, culpables de haber debilitado la auto­ridad regia entre la población, son severamente juzgados y ajusticiados para dar ejemplo. Con estilo brillante y alguna vez relamido por rebuscado, Fléchier inserta en su narración varias historietas de socie­dad, relatos de anécdotas y chismes de la Corte, e introduce retratos tratados con sonriente indulgencia. El espíritu humanitario que se insinúa aquí y allá con amor filantrópico para el pueblo es, sin embargo, sobrepujado por el cuidado puesto en la elegancia de la forma con que un autor preciosista sabe embellecerlo todo por amor a la literatura.

C. Cordié

Memorias Sobre las Pilas, Robert Wilhelm von Bunsen

[Mento­rten auf die Sáulen]. Memorias del quími­co y físico alemán Robert Wilhelm von Bunsen (1811-1879), publicadas en los «Poggendorf Annalen» (54, 1841, pág. 417, y des­pués 1852, 1854). Tras el gran descubri­miento de Volta, los físicos comprobaron que la intensidad de la corriente dada por una «pila» está en continua disminución, por causa del fenómeno de la polarización, cuyo descubrimiento debe hacerse remon­tar a Ohm (alrededor de 1830), que la de­nominaba «contratensión».

Muchos estudio­sos se ocuparon de esta disminución, que al principio parecía misteriosa, hasta que pri­meramente Becquerel [«Ann. de chimie et de phys.», 1826] y después, mejor todavía, Daniell [«Phil. Trans.», 1836] consiguieron construir pilas «constantes» sirviéndose de una substancia despolarizante, según pro­cesos químicos, que aquí no repetimos por­que están expuestos en todos los tratados de física. Grove fue el primero que consi­guió [«Phil. Mag.», 1839] obtener una fuer­za electromotriz más elevada, de cerca 1,8 voltios; pero tenía que servirse del costosísimo platino. Cooper y Schonbein con­siguieron substituir el platino por electro­dos de carbón. Bunsen, en cambio, en la primera memoria citada, describe una pila en que un electrodo está formado de una mezcla de petróleo y de coque, y gracias a esta intervención suya, igualó el valor de la fuerza electromotriz al mismo de la pila de Grove. En esta misma memoria, Bunsen habla también de los ensayos por él realizados con «ácido crómico y bicro­mato de potasa», ensayos que dieron lugar al tipo más sencillo de pila que lleva su nombre. Con algún retoque aportado por otros estudiosos, hoy la pila de Bunsen re­sulta formada por agua acidulada con ácido sulfúrico (al 10 por 100 aproximadamente en peso), en la cual se inmergen una lá­mina de cinc amalgamado y un prisma de carbón de retorta que actúa de electrodo positivo.

Este prisma está contenido en un vaso de barro poroso, e inmerso en ácido nítrico. El hidrógeno que se dirige hacia el carbón de retorta, atraviesa el vaso po­roso; pero en vez de depositarse en el car­bón mismo, dando lugar a la polarización, y por lo tanto a la disminución de la in­tensidad de la corriente, reacciona con el ácido nítrico, descomponiéndolo, y de este modo queda asegurada la constancia de la pila. Con los perfeccionamientos más re­cientes esta pila tiene una fuerza electromotriz de cerca de 2 voltios, mientras su resistencia interna es de cerca de 0,2 oh­mios. Con estos sus nuevos elementos ob­tuvo Bunsen por primera vez, electrolítica­mente, cromo, manganeso, magnesio (1852), aluminio (1854), etc., y descubrió la llama característica producida por el mismo mag­nesio, así como su intensa acción foto­química.

U. Forti