Una Modesta Propuesta Para Impedir que los Hijos de los Pobres Sean una Carga Para sus Padres o Para el País, y Para que Sean Útiles al Público, Jonathan Swift

[A Modest Proposal for preventing the Children of Poor People from being a Burthen to their Parents, or the Country, and for making them Beneficial to the Publick]. Es la más drástica obrita satírica de Jonathan Swift (1667-1745), publicada en 1729; la indigna­ción del autor por la pobreza de Irlanda reviste en ella tonos cáusticos y paradóji­cos: lo que propone es nada menos que comerse a los niños de los pobres; de este modo se evitarían también los malos tratos dados por los maridos a las mujeres duran­te el embarazo, ya que ellas serían entonces tan preciosas como las vacas o como las cerdas preñadas. Lo inhumano de la ironía excede los límites tolerables, por lo que la obra no llegó a despertar ni terror ni simpatía por la causa sostenida por Swift.

M. Praz

El Modernismo y las Relaciones Entre Religión y Filosofía, Giovanni Gentile

[Il Modernismo e i rapporti tra religione e fi­losofía]. Obra de Giovanni Gentile (1875- 1944), publicada en Bari en 1909, compues­ta de ensayos que en su mayoría habían sido anteriormente publicados en la «Crí­tica» desde 1903 en adelante.

Es una crí­tica muy estricta del Modernismo (v.) ca­tólico enfocada desde el punto de vista de actualidad; crítica que ha sido célebre y ha contribuido no poco, juntamente con la condena eclesiástica, a la rápida decaden­cia de aquel movimiento. Para Gentile la realidad absoluta es el acto del espíritu; éste se organiza dialécticamente como su­jeto, objeto y unidad de sujeto y objeto. Al primer momento corresponde el arte; al segundo, la religión; al tercero, la filo­sofía. La religión? pues, consiste en poner lo Absoluto, la Verdad, como objeto abso­luto, entidad contrapuesta’ al espíritu del hombre, y, por ello, trascendente. El ca­tolicismo y la filosofía escolástica han sido para Gentile la más alta manifestación de la espiritualidad religiosa; del mismo modo el racionalismo, el idealismo — para los cua­les no existe nada fuera de lo inmanente, única realidad del mundo, y éste es, pro­piamente, el acto del espíritu subjetivo y humano —, son el más alto grado alcanzado por el espíritu filosófico. Entre ellos hay oposición, y no es posible conciliación al­guna sino rompiendo la objetividad reli­giosa y resolviéndola en la inmanencia del espíritu, o sea en filosofía.

El Modernismo ha realizado, en cambio, el esfuerzo deses­perado de conciliar Edad Media y Edad Moderna, religión y ciencia, religión y filo­sofía. Con Blondel y Laberthonniére ha buscado en la vida del espíritu, en la acción entendida como acto, el esfuerzo, lo con­creto y la intimidad del espíritu para sí mismo, el fundamento de la vida del es­píritu, para buscar a Dios; al llegar a este punto hubiera debido detenerse en el sub­jetivismo, o bien pasar al hegelianismo, pero ambas posiciones no eran católicas. Blondel y Laberthonniére, en cambio, con­tinúan considerando a Dios como trascen­dente; por esto en realidad no lo pueden alcanzar, y, por lo tanto, no se mueven de la sustancia de los místicos escépticos  agnósticos y, a pesar de sus intenciones, ateos. Lo mismo cabe decir de los métodos de filosofía y de historia sagrada; Loisy, el P. Semeria, Buonaiuti, quieren hacer una historia científica, o sea sin partir de la fe; pero verdadera historia, observa Gentile, no es posible hacerla sin una interpretación conceptual «a priori»; por lo tanto, o hacen esta historia como católicos, y entonces su historia no puede ser verdadera historia, o la hacen como ateos, y entonces es justa la condena eclesiástica.

Así las actitudes prácticas democráticas (Tyrrell) y laici­zantes (Murri) del Modernismo están en neto contraste con el principio religioso de la trascendencia de Dios y de la revelación extrínseca. Por más que el autor ha cap­tado con esta crítica el lado más débil del Modernismo, que fue una tentativa de compromiso dirigido a conciliar lo incon­ciliable, parte, sin embargo, de una radical falta de sensibilidad para los problemas re­ligiosos, que le hace desconocer los as­pectos fundamentales de la experiencia re­ligiosa; por ello su crítica está a menudo constituida por juegos verbales que no pe­netran verdaderamente la cuestión.

G. Preti

Mi Vida, Richard Wagner

[Mein Leben]. Autobiografía de Richard Wagner (1813-1883), publicada en cuatro volúmenes en 1870-1874. Los re­cuerdos de la vida de Wagner comprenden el período de 1813 a 1864, y fueron redacta­dos entre 1863 y 1874; el autor pudo ser­virse, como él mismo dice, de las noticias que había reunido ininterrumpidamente desde 1835 con escrupulosa exactitud de fe­chas. Y, en efecto, pertenece a 1842 el Autobiographische Skizze, en que él traza un resumen de su carrera. Otros recuerdos es­tán esparcidos en cartas a sus amigos y en diversos escritos.

Mein Leben fue impreso privadamente en Basilea con una tirada de sólo dieciocho ejemplares, para evitar que una pérdida eventual del manuscrito con­dujese a la pérdida de tantas noticias: pero el editor quedó obligado bajo juramento a no decir palabra de ello. La autobiogra­fía, custodiada por la familia, sólo fue dada a conocer al público después de la muerte del poeta-músico, según su expresa volun­tad, por consideración a los personajes vi­vientes o a las familias de los que se hacía mención en sus páginas. El gran artista narra los sucesos de su vida y su actividad con gran sencillez y claridad, prescindien­do de todas las abstracciones, ora serio, ora jocoso, unas veces grave y otras bondadoso, se identifica con el relato de los infinitos acontecimientos de su vida; hoy director de orquesta en un teatro de provincia, ma­ñana en París, pobre y a punto de morirse de hambre; hoy maestro de capilla y direc­tor de orquesta en Dresde, en el teatro de la corte del rey de Sajonia, mañana deste­rrado al extranjero, señalado por una or­den de arresto; hoy desesperado y con ideas de suicidio, mañana preclaro amigo de un poderoso monarca; hoy en medio de la más profunda soledad junto al lago de los Cua­tro Cantones y al pie de los Alpes, en Tziebschen, absorto únicamente en su arte, ma­ñana constructor del teatro de Bayreuth, huésped de reyes y emperadores, centro de un vasto círculo de amantes del arte.

Ade­más de su interés biográfico, esta narración nos ofrece también un interés literario por la intensidad expresiva de su estilo, e his­tórico por la descripción de uno de los períodos más agitados de la vida artística alemana. Como es natural, nos ofrece de Wagner y de su época la imagen que el propio Wagner traza de sí mismo. Quien quiera saber algo más — aun siempre a través de los cristales de la más estricta orto­doxia — conviene que se remita a los seis volúmenes de la biografía de Glasenapp (6.a edición, 1908-1923). Y a quien desee saber algo más todavía, convendrá remitirle a los testimonios directos, especialmente a la copiosa correspondencia del autor y a las narraciones de los que — desde Liszt a Nietzsche — de diversas maneras intervie­nen directamente en el desenvolvimiento de la vida y la obra del famoso músico alemán.

A. Musa

Modesta Mignon, Honoré de Balzac

[Modeste Mignon]. Título de una de las más largas e impor­tantes novelas de Honoré de Balzac (1799- 1850), publicada en 1844. La jovencita Mo­desta, alma apasionada y exquisita en un cuerpo de extremada gracia, vive con su madre en una elegante casita de El Havre, y está estrechamente vigilada por un grupo de fieles amigos de su padre.

Éste, el noble provenzal Carlos Mignon de La Bastie, que tomó parte en todas las campañas napoleónicas, se casó con la rica hija de un barón alemán, y, después de la caída del Imperio, pasó a residir en la ciudad de El Havre, donde amasó en poco tiempo una regular fortuna. Incapaz de soportar el gol­pe de una inesperada quiebra, Carlos Mi­gnon desapareció durante cuatro años para enriquecerse de nuevo en los mares del Sur; pero antes de partir había padecido tanto por la desventura de su primera hija Bettina-Carolina (que logró huir de casa con un seductor indigno y había muerto trágicamente), que se decidió a confiar a unos amigos fieles la misión de preservar a toda costa a su otra hija de todo con­tacto con el mundo hasta que él volviese. Modesta no tiene, en verdad, que repro­charse ninguna intriga culpable. Con todo, ama, exaltada por sus lecturas, al gran poeta Canalis, quien, joven todavía, vive en París, halagado por la alta sociedad, embriagado por sus precoces y persistentes triunfos. La jovencita, por medio de una estratagema, inicia una correspondencia amorosa con el poeta, pero el que con­testa a sus cartas, ingenuamente apasionadas, con misivas no menos rebosantes de arrebatos ideales no es ya Canalis, sino su secretario, el joven Ernesto de La Briére, hombre de mundo, culto y fino, tímido y romántico en lo íntimo de su corazón.

Er­nesto, siempre ocultando su personalidad, ve a Modesta y la ama. Uno de los custo­dios de Mignon, Anne Dumay, sorprende el secreto de la jovencita, va a París a pedir satisfacciones a Canalis, y descubre el en­gaño precisamente por los días en que vuel­ve de la India, nuevamente rico, Carlos Mignon, al cual, en tanto, el enamorado Ernesto confiesa la sinceridad de sus sentimientos, consiguiendo aplacar su enojo y conquistarlo; mientras, por el contrario, Modesta, profundamente ofendida por lo que le parece baja superchería, no quiere saber nada de aquel asunto. Entonces, Carlos Mignon, que ha recuperado las costumbres de gran señor, invita a su casa de El Havre a Canalis (engolosinado con la idea de un riquísimo matrimonio y lleno de curiosidad por el sugestivo personaje de Modesta), y con él su secretario, para que la hija del señor Mignon pueda escoger por sus ojos, concediéndole un mes de tiempo. A los pretendientes se une otro en la persona del marqués de Hérouville, gran señor bre­tón; y en el curso de una brillante suce­sión de fiestas, recepciones y conversacio­nes, Canalis y el marqués hacen ostentación de todos sus méritos, mientras Ernesto, ca­da vez más desesperado, se mantiene en la sombra voluntariamente. Hasta que Modes­ta, después de dejarse atraer sucesiva y mo­mentáneamente por los dos primeros, vuel­ve a él. Obra de limpidez ejemplar a pesar de su lujo de pormenores, Modesta Mignon debe contarse entre las obras maestras de Balzac.

En ella la libre invención noveles­ca y el violento realismo, dos elementos por lo general divergentes en el arte del gran narrador, se funden con exquisita na­turalidad: al apasionado estudio de aquel delicioso y romántico carácter de jovencita, se acompaña el maravilloso retrato de Canalis (para el cual parece que Balzac se haya inspirado en Lamartine), el gran lite­rato mundano mitad genio y mitad histrión, tan elegiaco y sentimental en sus versos como frío calculador y escéptico ambicioso en la vida.

M. Bonfantini

Mitos, Karol Szymanowski

[Mithes]. Son tres poemas para violín y piano: «La fuente de Aretusa», «Narciso, y «Dríadas y Pan», de Karol Szymanowski (1883-1937). Compuestos en 1915, contienen algunas de las más brillantes pá­ginas para violín de la literatura musical contemporánea. Menos representativos que el Concierto para violín (v.), un poco pos­terior. reflejan claramente, sin embargo, la relevante personalidad musical del autor. La evocación de naturalistas mitos paganos da ocasión al compositor para lograr una atmósfera de susurros y sonidos líquidos, llena de los brillos de timbres preciosistas. En el equilibrio de la obra, la parte de pia­no tiene una importancia no menor que la de violín. Los Mitos son una página mo­derna. rica en sugestiones líricas y al mis­mo tiempo llena de singular interés técnico.

A. Mantelli