Las Mujeres Celosas, Carlo Goldoni

[Le donne gelose]. Comedia en tres actos de Carlo Goldoni (1707-1793), estrenada en 1752. El verdadero protagonista de la comedia es el comadreo femenino, tan grato a Goldoni, animado, con mayor intensidad que otras veces, por los celos.

Giulia y Tonina sien­ten celos de la viuda Lugrezia, mujer as­tuta y divertida, viendo en ella un peligro para sus respectivos maridos Boldo y To­dero. Es Carnaval y el juego y las masca­radas hacen perder un poco la cabeza a to­dos: Boldo pide dinero prestado a Todero y éste lo hace a Lugrezia, dejando como prenda los objetos recibidos de Boldo. Ello da lugar a confusiones, sospechas y celos, mientras sobre el fondo van pasando las máscaras carnavalescas.

Finalmente, el jue­go, que había causado tantos males, viene a remediarlos todos con una victoria colec­tiva y, en torno a una mesa bien prepara­da, se acallan los rencores. En el empeño de hallar los tonos y el justo equilibrio de los personajes y de los movimientos, en este género que creará obras maestras como Los disturbios de Chioggia y El abanico (v.), Goldoni se entrega aquí a un verismo insó­lito en su teatro.

Este mundo popular es ávido y ruin; el carnaval nos despierta antes los apetitos que la jocosidad, de for­ma que la comedia, hecha para terminar en un juego, pasa de la mezquindad a la carcajada sin que añore una sonrisa.

U. Déttore

La Mujer en el Siglo XVIII, Edmond y Jules Goncourt

[La femme au XVIII siècle]. Obra de los her­manos Edmond (1822-1896) y Jules (1830- 1870) de Goncourt, publicada en 1862. En la búsqueda de documentos sociales que ca­ractericen una época, el siglo XVIII ofrece a los dos escritores la más amplia base de investigaciones y reflexiones : pues dicho siglo es el que originó su época y la elevó y formó dentro de sí.

Sus concepciones y sus tendencias se agitan aún en el si­glo XIX: de él deriva la edad moderna. Por eso, en este siglo, «francés por exce­lencia», antes descuidado por los historia­dores y mal comprendido en sus valores espirituales, los Goncourt han captado fá­cilmente algunas de las constantes que re­gulan la vida moderna, con una precisión científica que une el sentimiento de un ar­tista a la escrupulosidad de un investiga­dor o de un sociólogo. Los capítulos con­sagrados a la mujer constituyen partes di­ferentes unidas entre sí por el mismo inte­rés; siendo estudiada desde el nacimiento, hasta su entrada en el convento o el ma­trimonio.

La sociedad, los salones, las con­fidencias amorosas, los engaños y las re­laciones, el amor y la voluptuosidad, todo está pintado en un vasto cuadro que abarca desde la aristocracia y la burguesía a la mujer del pueblo e incluso a las mozas de placer; la influencia de las mujeres en el pensamiento y en las costumbres está examinada con viveza aunque con cierta monotonía; en conjunto está captada la función de la mujer en la sociedad del si­glo XVIII. Es un documento significativo de una época en que la mujer encarna el valor del siglo y, al mismo tiempo, la crisis de la nueva sociedad en formación; las Relaciones diplomáticas (v.) están en la misma situación respecto a la moral amoro­sa de la Francia del siglo XVIII, que el Príncipe (v.) de la moral política de la Italia del Renacimiento.

Continuación direc­ta del objeto de esta obra son las Actrices del siglo XVIII [Les actrices du XVIII siè­cle], Sofía Arnould [Sophie Amould], y los ensayos dedicados por Edmond de Goncourt a Mme. Saint-Huberty, a Mlle. Clairon y a la Guimard, ricos en anécdotas y carac­terísticas descripciones de las costumbres de la sociedad de aquel tiempo.

C. Cordié

La Mujer de Treinta Años, Honoré de Balzac

[La femme de trente ans]. Título de una no­vela de Honoré de Balzac (1799-1850), pu­blicada por primera vez en 1831 y varias veces retocada, siendo su versión definitiva la de 1834. Es una de las primeras mani­festaciones importantes del genio narrativo del gran escritor.

En una serie de cuadros sueltos, nos muestra la vida de una mujer, Julie, la protagonista, se nos aparece al principio, en 1813, enamorada de un bri­llante oficial, lejano pariente suyo, Víctor, conde de Aiglemont. El padre de la jovencita, un viejo gentilhombre enfermo, que conoce la profunda delicadeza del alma de su hija y la profunda vulgaridad de Víctor, trata en vano de oponerse a dicho amor; meses más tarde ambos jóvenes están ya casados; la fatal incompatibilidad de caracteres (complicada, por parte de la mujer, con una verdadera repulsión física) atormenta cruelmente a Julie y perjudica su frágil constitución.

La situación es trá­gicamente agravada por el gran amor sen­timental de la protagonista hacia un joven aristócrata inglés, Arthur Ormand, amor al que ella resiste con todas sus fuerzas y que provoca, en una serie de incidentes ultra- novelescos, la muerte de Arthur. Después de aquella tempestuosa juventud, volvemos a encontrar a Julie a los treinta años, en pleno florecimiento de su belleza, resig­nada ya incluso a las esporádicas infide­lidades de su marido y dispuesta a tratarlo como a un buen amigo, y hacerse su aliada en la creciente fortuna política y mundana del mismo. Por su parte, encuen­tra consuelo en un nuevo amor, bastante menos ideal que el primero, con el diplo­mático Charles de Vandenesse, de quien incluso tiene un hijo.

Después de esta pri­mera parte, digna del mejor Balzac, la se­gunda no es más que una serie de caóticos y extravagantes episodios dramáticos, que tienden a demostrar que la pobre Julie en vano ha esperado construir su felicidad violando las leyes humanas y divinas. Asis­timos así al trágico naufragio de su hijo, fruto de la falta. Luego, diez años más tarde, la hija mayor huye con un bando­lero que Víctor de Aiglemont, por casuali­dad, hospedó en su palacio, y su mismo esposo, arruinado, marcha a América para rehacer su fortuna; allí encuentra a su hija casada con un corsario. Finalmente, Julie, que permanece con la última hija, muere de dolor al darse cuenta de que aquélla está llena de ingratitud y licen­ciosidad.

En su excesiva abundancia, la novela se presenta como un ejemplo típico del volcánico genio de Balzac en las pri­meras pruebas de su fulgurante carrera, y evidencia con claridad ejemplar sus mé­ritos y defectos. Todas las ideas y los mo­tivos de su arte se afirman con vigor ca­racterístico y se multiplican con pintoresco desorden. [Trad. castellana de A. Bon (Ma­drid, 1933)].

M. Bonfantini

La Mujer en el Siglo Diecinueve, norteamericana Sarah Margaret Fuller Ossoli

[Woman in the Nineteenth Century]. Obra de la escritora norteamericana Sarah Margaret Fuller Ossoli (1810-1850), publicada en Boston en 1844 y en Nueva York, «Tri­bune Press», en 1845.

Es el primer tratado de feminismo tomado en consideración en los Estados Unidos. La autora afirma que no tiene sobre el tema ideas radicales; no le importaba gran cosa la igualdad política, pero quería que la sociedad concediese también a la mujer las ventajas de la edu­cación, ofreciese, a quienes lo desearan, posibilidades económicas y, en fin, se pre­ocupase de mejorar la suerte de las que habían caído. En la introducción se lee: «Como Europa estuvo destinada a promo­ver la cultura del hombre, así América está destinada a desplegar una ley moral.

Lo que una vez ha sido claramente concebido por la inteligencia, no puede dejar de ser realizado más pronto o más tarde. Lo que el alma es capaz de pedir, debe alcanzarlo. Así, pues, incluso las aspiraciones puras, pedidas por la mujer, tienen derecho a con­vertirse en realidad». Fuller expone ade­más que si la naturaleza ha destinado a la mujer al círculo íntimo de la familia y de la casa hay que admitir, sin embargo, que hasta ahora las condiciones de la vida ci­vil no le han asegurado ni casa ni fami­lia. Hablando del hombre, se refiere tam­bién a la mujer porque las partes de un todo son inseparables, de modo que si no progresa una parte tampoco se desarrolla la otra.

A estas premisas sigue una serie de afirmaciones: también la mujer puede expresar la plenitud de su pensamiento sin perder nada de la belleza peculiar de su sexo. Para que la misma no sea profanada u ofuscada bastará que la mujer actúe sólo por deber moral y no por otros motivos, como la vanidad, el deseo de lucro, etc. La Fuller no se forja ilusiones acerca del pa­pel que ha tocado a su sexo. Sabe que la suerte de las mujeres es triste.

Creada para necesitar y esperar una felicidad que no puede existir en la tierra, obligada a negar las aspiraciones secretas de su co­razón, debe adaptarse como pueda a una vida de renuncias, aceptarlas serenamente. Pero si ha de vivir amando a Dios, no pue­de adorar como a un numen a un hombre imperfecto. Sabrá renunciar a tomar — co­mo hace por debilidad o por temor a la pobreza — lo que no es apto para ella. Para que pueda ofrecer dignamente su ma­no ha de ser capaz de vivir por sí sola.

Conociendo directamente todas las clases sociales, la Fuller está en situación de es­tablecer comparaciones entre las mujeres afortunadas de condición elevada que a menudo sirven de escándalo y de mal ejem­plo y las desgraciadas que la sociedad des­precia con un nombre infamante; la com­paración no es de hecho lisonjera para las primeras. «Buscad a las mujeres degrada­das, a las encarceladas — exhorta la escri­tora —, dadles vuestra simpatía afectuosa, consejo, trabajo».

El contenido de este en­sayo, que en 1844 provocó críticas y dis­cusiones sin fin por su audacia revolucio­naria, ha sido hoy en gran parte superado en los Estados Unidos, donde las ideas expresadas por la Fuller ejercieron gran in­fluencia; con él, la autora, célebre sobre todo por sus conversaciones literarias, dio la prueba más notable de su capacidad de escritora.

E. Detti

La Mujer de su Casa, Concepción Arenal

Obra de la escritora española Concepción Arenal (1820-1893), publicada en 1895. Estudia todos los problemas que debe resolver la mujer es­pañola de su tiempo para ocupar digna y eficazmente el puesto en que la sociedad humana la necesita.

El índice del libro es ya un exponente del contenido, harto elo­cuente: «Importancia de formarse idea exac­ta de la perfección», «La mujer de su casa corresponde a un ideal erróneo», «Necesidades de que todos cooperen a la obra social», «Errados argumentos de los que se oponen a la directa acción social de la mujer», «El modo de ser actual de la mujer la debilita física y moralmente, y contri­buye a su desgracia y a la de su familia», «La debilidad y la fortaleza de la mujer».

El desarrollo de estos temas está hecho con perfecto y autorizado conocimiento de cau­sas. Concepción Arenal tenía una vasta ex­periencia de los temas sociales, que tra­taba de penetrar a fin de hallarles el re­medio que exigían. Entendía ella, en este caso concreto, que era una profunda y ne­fasta equivocación del hombre la de man­tener el principio de que la mujer per­fecta «no piensa más que en su casa, en su marido y en sus hijos». La mujer española — afirma la autora — tiene gran influencia social, pero no tiene virtudes sociales.

Y si vive al margen de la sociedad (en el sen­tido humano a que se refiere la ilustre autora), ¿cómo va a conocer cuáles son sus deberes para con lo que desconoce? La es­fera beneficiosa de la mujer trasciende de su casa, indiscutiblemente. En el tiempo en que doña Concepción Arenal escribía sobre los puntos a que debía aspirar la mujer, se estaba lejos de admitir la acción social de la mujer española.

C. Conde