[Florentinische ‘Nächte]. Relato de Heinrich Heine (1797- 1856), compuesto en 1836 y publicado aquel mismo año en «Salon II».
Ya el planteamiento responde a la forma peculiar de la fantasía de Heine. El marco es el siguiente: una hermosa señora, en el último grado del mal que la consume, está tendida sobre un diván verde. Cualquier movimiento físico puede serle fatal: sólo la actividad de su imaginación, distrayéndola, sirve para mantenerla en la saludable inmovilidad de su persona.
El médico recomienda por ello que Maximiliano, charlista brillante, narre a la hermosa tísica «extravagantes historias de toda clase», para que la enferma, al seguir mentalmente el torbellino de aquellas fantasías, soporte mejor la terrible condena que la liga a su lecho de dolor. Heine, en el papel de Maximiliano, está como nunca en su lugar.
La situación surgida excita su estro, que encuentra magnífica ocasión de distenderse en una prosa hecha de saltos y brincos, donde el hilo narrativo es continuamente abandonado y reemprendido, y las digresiones, insertándose entre las partes separadas, a su vez se interrumpen, varían y se recomponen. Resulta algo muy complicado, hecho de fragmentos y «excursus», que encuentran su unidad en el mágico fluir de una charla a través de la cual surgen, mezclados con el relato, variadísimos pensamientos, imágenes, impresiones, observaciones, anotaciones, paradojas, efusiones de simpatía y ataques de odio, invectivas y alabanzas.
Maximiliano narra sus amores hacia mujeres casi siempre irreales y fantásticas, evanescentes imágenes de sueño, pálidas figuras de muerte y muertos perfiles de estatuas. También aquí, como en tantos otros fragmentos narrativos, y lieder y baladas de Heine, revive el gusto romántico por lo espectral y macabro, por lo inconsciente y lo lúgubre.
El mismo episodio principal, el cuento de Laurenzia, tiene algo de horripilante: es una «totenkind», hija de una muerta, y nace en circunstancias macabras; debe la vida a los ladrones que violan la tumba donde su madre fue enterrada viva, en estado de avanzado embarazo. Mientras los malandrines están ocupados en robar a la desgraciada condesa, ésta da a luz a la niña. La mujer «expira inmediatamente después del parto y los ladrones tapan el sepulcro, llevándose a la recién nacida, que entregan a su encubridora para que la eduque».
El mismo Maximiliano, convertido en amante de la damisela Laurenzia, que tras infinitas peripecias se casa con un general bonapartista, narra con deleite cómo la hermosa «hija de una muerta» se le escapa por las noches de los brazos y baila con los ojos cerrados, en mitad de la alcoba. «Dicha danza — advierte — con los ojos cerrados en la silenciosa habitación nocturna, confería a la dulce criatura un aspecto tan espectral que experimentaba al verla una sensación siniestra».
Para tales elementos lúgubres hay en todo el relato una complacencia excesiva, casi sádica, quizá porque en Noches florentinas esté más disimulado que en otras prosas de Heine la especie de supe ironía romántica característica del escritor de Dusseldorf, que consiste no sólo en separarse con una sonrisa escéptica de su propia obra, sino en el divertido comentario de los propios afectos.
Como contrapeso al elemento macabro y espectral está aquí, como en otras partes, el jovial abandono de Heine a la «causerie», su inagotable estro de la variación que pasa sin solución de continuidad de un tema a otro, y tan pronto hace el elogio de las mujeres italianas, como el retrato de Rossini, o transcribe en imágenes concretas el lenguaje mímico de la danza de Laurenzia, o bien traduce las notas de una sonata de Paganini en sus respectivas representaciones pictóricas, en virtud de una «segunda vista musical» de la «capacidad», es decir, dé «ver la forma armónica de todo sueño que se repite».
Dicha interdependencia de imágenes y dicha transposición de sensaciones que permiten pasar del mundo acústico al visual, del mundo del tacto al del olfato, etc., habían sido descubiertas ya por los románticos. Pero Heine se aprovecha de ello con mayor libertad, mezclando continuamente realidad y sueño, lanzando en mitad de las larvas de la fantasía las figuras de la historia, huyendo del tiempo, pero arrastrando tras de sí las escorias de lo «humano demasiado humano».
Contrariamente al hombre de la «Sehnsucht» romántica y al goethiano «genio que se escapa del tiempo», Heine es el consciente «hombre del presente» [«Gegenwartmensch»] de la «Joven alemania», el artista que se eleva a la esfera de la imaginación, pero que no renuncia a los humores de su pequeño «yo», ni a las voces de su época. Precisamente de la hábil y casi virtuosa fusión de elementos varios proviene el verdadero tono de las páginas de Noches florentinas, donde el carácter activo y nervioso de los pasajes que se refieren a las contingencias cotidianas y exponen cuestiones vivas y culturales modernas, modera y suaviza con gusto moderno la sombría severidad de los pasajes románticos recorridos por un estremecimiento de misterio.
G. Necco
