No lo Tendran al Libre Rin Aleman, Nicolaus Becker

[Sie sollen ihn nicht haben]. Canción patriótica del poeta Nicolaus Becker (1809- 1845), publicada en 1840 y que muy pronto se hizo popular en toda alemania.

En 1840 el baja de Egipto, Mohammed Alí, tras re­belarse contra la Sublime Puerta y con­quistar Siria, amenazaba la misma Constantinopla; así se volvía a encender la cues­tión de Oriente y la tensión entre las gran­des potencias parecía hacer inminente una conflagración europea; en Francia, bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, el fer­mento de los recuerdos republicanos y na­poleónicos impulsaba a una política agre­siva que redimiese a Francia de la humi­llación de los tratados de 1815 y le devol­viese, con la hegemonía sobre el continen­te, las fronteras naturales de los Alpes y el Rin.

Dicha amenaza provocó el vehe­mente despertar del nacionalismo alemán que, triunfante en Leipzig en 1813, no había quedado satisfecho con las ulteriores con­diciones de alemania y tendía a la unidad y poderío que habían de ser conseguidos por Bismarck en la siguiente generación. Ésta era la situación en el momento en que Becker escribió su breve poesía que se convirtió en el grito nacional.

El motivo es sencillo: «No lo tendrán al Rin alemán libre, que piden con ávidos graznidos de cuervos, mientras, un remo surque las ver­des y pacíficas ondas y los corazones beban su vino de fuego y las rocas y catedrales se reflejen en sus aguas, y gallardos jóve­nes cortejen a las graciosas jovencitas; mientras — termina amenazador el compás final — los huesos del último hombre no queden sepultados en sus aguas».

Natural­mente el eco de este himno guerrero en Francia fue grande. Alfred de Musset re­plicó con otra canción: Nous l’avons eu votre Rhin allemand… También Lamartine contestó a la canción de Becker con La Mars2illaise de la Paix.

L. Vertova

No Hay Mal que por Bien no Venga, Juan Ruiz de Alarcón

Comedia de Juan Ruiz de Alarcón (15819-1639), publicada en Laurel de Co­medias. IV parte de diferentes autores (Ma­drid, 1653); puede afirmarse que fue es­crita antes de 1634 y el texto más asequible actualmente se halla en el tomo XX de la «Biblioteca de Autores Españoles», donde fueron recogidas por Hartzenbusch todas las obras de este autor.

En esta comedia se opone frente a don Juan, hombre valiente y noble a quien el amor conduce a realizar actos indignos, don Domingo de don Blas, personaje original y simpático, de sentir independiente y amante de una comodidad que hoy llamaríamos burguesa; el razona­ble egoísmo de don Domingo de don Blas, que una generosa bondad atenúa cuando la cuestión trasciende del plano individual al de la sociedad, hace de él un tipo pa­radójico y atractivo, dotado de valores universales, que no vacila en criticar una mo­da absurda o en clamar contra la maledi­cencia (actitud que refleja el resentimiento personal del autor) en una superación de los convencionalismos y’ fórmulas huecas y en gracia a un ideal social superior. Es en su conjunto una obra esencialmente op­timista y reveladora del profundo sentido humano de Alarcón.

No Hay Ser Padre Siendo Rey, Francisco de Rojas

Obra dramática de Francisco de Rojas (1607-1648). Tiene esta tragedia nueve per­sonajes, figurando a la cabeza de ellos el rey de Polonia con sus dos hijos, el prín­cipe Rugero y el infante Alejandro.

El pri­mero quiere reinar a toda costa, y es de un carácter violento y desenfrenado. En explicarse, padre e hijo, sus mutuos pun­tos de vista acerca del reinar, invierten largos parlamentos; bien es verdad que to­dos los personajes suelen ser difusísimos en sus monólogos, pues el diálogo no se advierte.

Hay un duque Federico que se atreve a enfrentarse con el basilisco Ru­gero mientras protege al débil Alejandro. Los hermanos se llevan mal, pues Rugero encubre con el despotismo el sincero amor que siente por su hermano, obediente y mejor hijo que él. Alejandro casó en se­creto con la duquesa Casandra, y Rugero, que la ama también, ignora aquella boda, por lo cual la solicita y busca apasionada­mente.

Chocan los hermanos, intervienen el rey y el duque y, por fin, sin saber que es él, Rugero mata a su hermano creyén­dole el aborrecido duque enemigo suyo. El rey se ve obligado a condenarle a muerte por su crimen, pero el pueblo lo salva del patíbulo y lo proclama rey a fin de que no quede vacío el trono por la desapa­rición de los dos jóvenes hermanos.

C. Conde

No Habrá Guerra de Troya, Jean Giraudoux

[La guerre de Troie n’aura pas lieu]. Pieza en dos actos de Jean Giraudoux (1882-1944), representada por primera vez en París el 21 de noviembre de 1935 y publicada en el mismo año.

La obra, cuya decoración re­presenta la de un palacio, comienza con estas palabras de Andrómaca: «No habrá guerra de Troya». Pero Casandra le res­ponde al punto : «Sí habrá guerra de Troya». Héctor regresa de la guerra con su ejército victorioso y no aspira a otra cosa que a la paz. Pero ya amenaza la guerra.

Héctor se entera de que su hermano Paris ha rapta­do a Elena y de que Grecia entera, alzada en armas, viene a reclamársela. Héctor, sin embargo, ha jurado a Andrómaca que la guerra que acaba de realizar era la última. «Ésta era la última — dice, burlándose, Ca­sandra —; otra le espera».

Se dice, es cier­to, que Paris está cansado de Elena y Elena de Paris. Pero Troya no entregará a la bella cautiva. ¿Acaso no ha conquis­tado ella a todos los hombres de la ciu­dad? Incluso a los geómetras, «para quié­nes ya no existen más metros, ni gramos, ni leguas; ya no existe más que el paso de Elena, la medida de Elena, el alcance de la mirada de Elena; y el aire de su paso es la medida de los vientos…».

Los sacerdotes, por su parte, interrogan las en­trañas de las víctimas, y la respuesta no deja lugar a dudas: Elena no puede salir de las murallas de Troya. En el segundo acto, que se desarrolla ante la inmensa puerta, abierta, de la guerra, Troilo, her­mano de Héctor y de Paris, arde en deseos de abrazar a Elena.

Paris, que llega, le incita, pero Troilo huye, mientras que Ele­na le promete: «Nos abrazaremos, Troilo, respondo de ello». Divertimiento fuera de la única preocupación central: «¿Habrá guerra?» Los grandes del Estado se ocupan gravemente de la cuestión. Y es en primer lugar el Consejo de Intelectuales el que se da cuenta de que a los troyanos les falta un himno de guerra.

¡Démokos debe com­ponerlo! Se organiza asimismo un concur­so de epítetos para injuriar al enemigo, ta­les como «¡Hijos de bueyes!» «¡Primos de sapos!» Al menos, dice Andrómaca, si la guerra llega a estallar, que el futuro de los pueblos dependa de un amor y no de una aventura, que al menos Elena ame a Paris.

Pero Elena hace muy poco caso de tales consideraciones. Llegan los emisa­rios de Grecia, el primero el irritable Ayax, que abofetea a Héctor. Este último, mártir de la paz, no responde. Héctor quiere en­tregar a Elena: Ulises lo aceptaría. Pero sería además necesario que se diera a Menelao la seguridad de que Elena no ha conocido a Paris.

Héctor lo afirma. Pero, así, pues, ¿se podrá decir que un troyano es impotente? Dos marineros llegan a pun­to de salvar el honor de Paris y de los hombres de su ciudad: en el barco ellos fueron testigos de los dulces abrazos de Elena y Paris. Iris desciende entonces del cielo, mensajera de los dioses.

Afrodita le ha encomendado la misión de que no per­mita que Elena sea separada de Paris. Pero Palas le ha encargado de que advierta a los troyanos que deben entregar a Elena si no quieren la guerra. En cuanto a Zeus, desea que se dejen a Héctor y Ulises cara a cara, para que ellos intenten salvar la  paz.

La escena entre Ulises y Héctor es la más importante de la obra, y también la más bella: uno y otro quieren la paz sin­ceramente. Entonces, Héctor dice que se ha evitado la guerra, pero Ulises es más pesimista y sabio. ¿Acaso no sabe Héctor que antes de todas las guerras los adversa­rios se reúnen y ensayan sinceramente, tan­to uno como otro, el salvar la paz, y que, sin embargo, de sus palabras es la guerra lo que nace? La guerra no depende de las voluntades humanas, sino del Destino.

El final de la obra está completamente domi­nado por el ineludible cumplimiento de la Fatalidad. Tanto como Héctor, Ulises quie­re la paz: se puede contar con él para persuadir a Menelao de que su esposa si­gue siendo pura. Pero entretanto, Ayax, embriagado, abraza a la fuerza a Andrómaca, a pesar de Casandra, y delante de Héctor que, pacifista a cualquier precio, no vacila nunca. Démokos, el bardo guerre­ro, no puede soportar que se entregue a Elena, acusa a sus conciudadanos de cobardía.

Héctor, para salvar la paz, lo atraviesa de un lanzazo. Pero Démokos, expirando, acusa al griego Ayax de ha­berlo asesinado. Y Héctor, afligido, con­cluye: «Sí habrá guerra de Troya…». La obra de Giraudoux es verdaderamente una tragedia; toda la acción, en efecto, está dominada por la Fatalidad; asistimos al progresivo estrechamiento del campo de la libertad humana. Nadie, en su época, había restaurado hasta tal punto el teatro en su valor legendario, ni nadie supo aliar la fantasía tan estrechamente al riguroso des­arrollo del drama.

No Hay Cosa Como Callar, Pedro Calderón de la Barca

Come­dia en tres actos y en verso de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), publi­cada por primera vez en 1639.

Don Juan, joven libertino, marcha a la guerra de­jando una novia, Marcela, e interrumpien­do el galanteo de otra dama, Leonor, a la que se había propuesto conquistar. Cuan­do está ya en camino, recuerda haber olvidado én su habitación ciertas cartas y vuelve en secreto a su casa, en donde su padre, >a causa de un incendio, ha dado albergue a Leonor.

Abusa de ella en la obscuridad y marcha de nuevo, dejando en sus manos un medallón con el retrato de Marcela. Leonor decide guardar silencio y con la ayuda del medallón identifica fácilmente al amante de una hora, que fiel a sus principios la tiene ya olvidada. Al re­gresar de la guerra, don Juan vuelve de nuevo a cortejar a Marcela, pero ésta, ce­losa al saber que su retrato está en manos de Leonor, prefiere aceptar el galanteo del hermano de ésta.

El medallón se convierte en cierta manera en protagonista de la comedia, y cuando, como conclusión de una serie de incidentes, don Juan se encuentra en casa de Leonor, expuesto a las represa­lias de su hermano y de su prometida, Leonor considera llegado el momento de romper el silencio. Mas ahora es don Juan quien teme a la verdad y, apenas empieza la joven su explicación, la interrumpe ofre­ciéndole su brazo.

No hay cosa como callar es una comedia de intriga, rica en matices, planteada con un trazo neto y seguro y llevada al desenlace a través de varios mo­tivos culminantes. Calderón no se ha preocupado solamente de crear una perfecta máquina teatral, sino que ha procurado también subrayar algunos de los caracte­res, y si bien el de don Juan no tiene nada de inédito, el de Leonor es psicológi­camente nuevo e interesante, en cuanto que representa, en el teatro calderoniano, uno de los pocos casos en que una mujer de­fiende su propio honor sin recurrir a la consabida y ya tradicional intervención del padre o del hermano.

A. R. Ferraren