No Fué Más que el Susto, Alfred de Vigny

[Quitte pour la peur]. Comedia en un acto y en prosa de Alfred de Vigny (1797-1863), re­presentada en París en 1833.

El autor de­finió a esta obra como «joujou de salón»; pero también en esta «bagatelle» se refleja el alma del poeta pesimista, convencido de que la vida es triste por sí misma y por el mal que alcanza a los hombres.

Los pro­tagonistas son dos jóvenes de nobles fa­milias, unidos en matrimonio sin amor, obli­gados a abandonar el castillo ancestral pa­ra refugiarse en las antecámaras de la cor­te real de Versalles. Después del matrimo­nio, cada uno vive por su cuenta: el duque está ocupado en la corte, la duquesa per­manece sola, demasiado sola, en París. ¡Pero ambos se consuelan del recíproco alejamiento! Cierto día, la duquesa, in­dispuesta, hace llamar al médico, que la entera de que la enfermedad sólo durará nueve meses.

El mismo médico se apre­sura a informar al duque, quien al prin­cipio se muestra indiferente a la noticia, pero piensa luego en proteger su nombre y va a París para salvar las apariencias. La duquesa está aterrorizada. Pero el duque la perdona, recordando los orígenes de su matrimonio completamente independiente de su consentimiento; deplora la munda­nidad y las frivolidades de la alta socie­dad, donde el matrimonio es profanado y la religión es objeto de burla. Pasará la noche junto a su joven esposa, a quien considera «comme un enfant». La genero­sidad y la «pitié dédaigneuse» del duque abruman a la mujer; pero el peligro de la temida venganza está conjurado.

También en esta comedia, como en todo el teatro de Vigny, falta la sonrisa; pero no falta la gracia, que se une a una compasiva piedad por la mujer, no ya el «enfant malade et douze fois impur» de la Colère de Samson (v. Los DestinosPoemas filosóficos), sino una criatura débil y, a menudo, incluso en su caída, víctima de la superioridad social del hombre, de la costumbre y de la so­ciedad.

M. Romanini

No Es Verdad Lo Que Parece o El Pisaverde Desconsolado, Giovan Battista Fagiuoli

[Ció che pare non é vero, owero II Cicisbeo sconsolato}. Co­media de Giovan Battista Fagiuoli (1660- 1742), representada en 1708.

El pisaverde desconsolado es Vanesio, frívolo y memo, enamorado de todas las mujeres y no aceptado por ninguna. Vanesio corteja a la mujer de Orazio, hijo de Anselmo Taccagni (v.), suscitando la cólera del viejo, que en esta obra aparece más sensato y pru­dente que avaro y chocho. Pero Orazio no se preocupa; sabe que su mujer es honesta y que hay que someterse a la moda. Vanesio, rechazado al fin, se aleja desespe­rado.

Es una pintura viva del ambiente de quisquillosería de las damas y de comidi­llas de servidumbre; una de las comedias en las que se siente más próximo el arte de Carlo Goldoni. Los tipos son los carac­terísticos del teatro goldoniano, al que nues­tro autor, junto con Jacopo Angelo Nelli, abrió eficazmente camino.

U. Déttore

Noé, Johann Jacob Bodmer

[Noah o Noachide]. Poema bíblico en hexámetros, dividido en doce cantos, del escritor suizo Johann Jacob Bodmer (1698- 1783), publicado en 1750. El poema, didác­tico y doctrinario, tiene por núcleo la re­dención de la humanidad. Escrito a imitación del Paraíso perdido (v.) de Milton y de la Mesíada (v.) de Klopstock, carece de espontaneidad y de inspiración.

Antes del Diluvio, el arcángel Gabriel acompaña a Noé en un largo viaje a través de todas las tierras habitadas. La descripción de ca­racteres y costumbres de los diversos pue­blos, absolutamente carente de perspectiva histórica, sólo sirve de pretexto al autor para criticar, en las generaciones pasadas, los vicios de las presentes. .

A la vuelta de Noé de su peregrinación, se celebran las bodas entre sus tres hijos y las hijas del patriarca Sipha, que ha vivido siempre con su familia en un rincón del Paraíso terre­nal, alejado de todo contacto con los pe­cadores. De esta unión habrá de nacer la nueva humanidad sobre la tierra purificada por el Diluvio.

Ni siquiera en este punto consigue crear el autor, en torno a sus personajes, la sugestión del tiempo mítico al que se refiere, y las bodas entre las hijas de Sipha y los hijos de Noé parecen desarrollarse en el ambiente burgués de Zurich. La muerte de Sipha carece de dra­matismo, y la descripción del Diluvio, com­pletamente externo y convencional, no con­creta poéticamente la concepción del autor.

Goethe quiso ver en dicha descripción el símbolo de un río salido de madre en tor­no al Parnaso alemán y que lentamente vuelve a sus cauces. Al desaparecer las aguas, los primeros contactos de los super­vivientes con la tierra no carecen de cierta emoción.

G. Noulian

La Nodriza, Frédéric Soler i Hubert

[La Dida]. Drama en tres actos y en verso del poeta y dramaturgo catalán Frédéric Soler i Hubert (1839-1895), que hizo famoso el pseudónimo de «Serafí Pitarra» con una serie de obras humorísti­cas y paródicas (Gatades) de escasísimo valor literario.

La Nodriza se estrenó en el teatro Romea de Barcelona el día 28 de octubre de 1872. Obtuvo un gran éxito de público, y Josep Feliu i Codina, dramaturgo y novelista en castellano y catalán, hizo de ella una novela (La Dida, Barcelona, s. a.).

Frédéric Soler opera, en La Nodriza, con una serie de elementos falsos, dulzones y de éxito fácil en un público de masas. Aparecen, así, los odios ancestrales entre dos ricas familias campesinas, los amores de dos jóvenes — Roseta y Genis — de dis­tinta posición social, los crímenes, los remordimientos, etc.

La línea argumental es sencilla: Antonia, después de haber urdido el asesinato de Isabel, esposa de Josep, de la familia rival a la suya, consigue ca­sarse con él. Poco a poco va despojándole de todos sus bienes y, con el fin de rematar la venganza, pretende casar a su hijastra Roseta (que está enamorada de Genis, jor­nalero de la finca) con su hermano Joan, barón de Santa Agnes. Pero, milagrosa­mente, aparece Paula, la vieja nodriza de la muchacha, que con la amenaza de una carta comprometedora escrita antaño por Antonia, desbarata los planes de ésta, y endereza la acción hacia el triunfo del bien y del amor.

El drama es (¡natural­mente!) insulso, la lengua pobre, la versi­ficación forzada y ripiosa, la estructura dramática mediocre y los personajes com­pletamente falsos.

No Divina Comedia, Zygmunt Krasiński

[Nieboska Komedja]. Es la obra fundamental del poeta polaco Zygmunt Krasiński (1812-1859), com­puesta en 1833, cuando el poeta no contaba más que 21 años, y publicada anónimamen­te en 1835.

Poema dramático en prosa, de reminiscencia dantesca en el título y en el espíritu, quiere pintar, en forma de dra­ma, el infierno de la sociedad humana, afligida por las más sangrientas luchas de clases,, sobre la pendiente de la perdición.

Tras una lucha sin cuartel, toda odio y rencor, Pancracio, jefe de los revoluciona­rios, una vez conquistado el último fuerte defendido por el conde Enrique, paladín del mundo aristocrático, cae exánime entre los escombros del campo adversario, mien­tras un halo de luz divina, la luz de Cristo, rasga las nubes para señalar al género humano, pecador, el camino de la salva­ción.

El espíritu romántico que anima la acción se agiganta en el poema a través de la concepción de la cuestión social, en cuyo marco se desarrolla la trama y en la cual el mismo romanticismo llega a ad­quirir alcance universal. Los personajes del poema, completamente originales, tie­nen el valor de símbolos, llevando su pro­pia personalidad y acción fuera del tiempo y del espacio.

Por lo tanto, el significado del poema es el mismo para todos los pue­blos y para todos los tiempos, siempre que se trate de países donde existan antiguas tradiciones y alta cultura, pero en los que la sociedad vaya desmoronándose a causa de la decadencia de los elementos directivos y del predominio de las facciones. El poeta acomete una tarea artística comple­tamente nueva, cuyo objeto lo constituye el conflicto de las clases sociales, y en cuya base aparecen un pensamiento pro­fundo y una profunda penetración psico­lógica de los males que afligen y minan la sociedad humana.

La No Divina Comedia es la eterna comedia de la convivencia hu­mana, la comedia que los hombres han re­presentado siempre y siempre representa­rán, pues tiene sus raíces en su común imperfección a la que solo Cristo, es decir, el Amor Divino, puede poner remedio. Tra­ducción italiana de María Antonieta Kulczycka (Roma, 1926).

E. Damiani