Nomocanon, Barhebreo

Vasta re­copilación de normas jurídicas de carácter tanto religioso y eclesiástico como profano, de Barhebreo, autor sirio de gran fama que vivió entre 1225 y 1286.

Estas normas, que hubieran debido regir entre los sirios, son, en su mayoría, derecho que nunca existió y jamás fue llevado a la práctica. Barhebreo, aun escribiendo un libro para cris­tianos, recurrió abundantemente a autores jurídicos sirios. La fuente musulmana que tuvo en sus manos es el libro Al-Wagiz de Al-Ghazáli.

El Nomocanon de Barhebreo no puede, pues, servir de fuente para un pretendido derecho sirio cristiano. Edición del Bedjan (París, 1898).

G. Furlani

Non Sum Qualis Eram Bonae Sub Regno Cynarae, Ernest Dowson

Poesía lírica del poeta inglés Ernest Dowson (1867-1900), publica­da en un volumen (Verses) junto con otras poesías, en 1896.

El autor, al que se llamó el poeta de la juventud, compuso esta poe­sía con gran musicalidad; está formada por cuatro estrofas de seis versos, tiene por estribillo el verso «También yo, a mi modo, Cynara, te he sido fiel» [«I have been faithful to thee, Cynara, in my fashion!»] y expresa la melancólica debilidad del poeta, que canta a la mujer gozada y abandonada, cuya imagen vuelve de nuevo a su mente en el ritmo de una fiesta, entre vi­nos y danzas.

A. Camerino

Nollhart, Pamphilus Gengenbach

Comedia de carnaval (v. Fastnachtspiel) del humanista alemán Pamphilus Gengenbach (1480?-1525), publicada en 1517, en la cual, en forma de revista, que es la técnica escénica característica de Gengenbach, desfilan el Papa, el Empera­dor, los representantes de las diversas cla­ses sociales, ante Methodius, Brígida y la Sibila Cumana para oír profecías sobre su futuro. Dichas profecías, acompañadas de la denuncia de los vicios y defectos de cada uno, dan ocasión al autor para hacer una sátira viva y llena de humorismo de las condiciones políticas y sociales de su época.

M. Pensa

De los Nombres de Cristo, fray Luis de León

Extenso tratado en prosa del gran escritor español fray Luis de León (1527-1591). Fue publi­cado en 1583, en dos libros, y está dedicado a su amigo don Pedro Portocarrero, del Consejo de Su Majestad y del de la Inqui­sición.

La segunda edición (1585), ampliada por el autor, se imprimió en tres libros, y desde la sexta edición llevan todas, como apéndice, el nombre de Cordero, que apa­reció inédito entre sus papeles. Empieza la obra tratando de la miseria humana y del origen de su fragilidad, que es el pecado, de lo que es el nombre y de su ofi­cio en el lenguaje, y de cierto coloquio que tuvieron tres amigos — religiosos — en una recreación, «al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios», cuando Marcelo, con Sabino y Juliano, se retiró a la soledad de una granja, La Flecha, de los agustinos, en las proximidades de Sala­manca, donde fray Luis solía pasar tem­poradas de descanso y que él describe en su poesía «La vida retirada» (v. Poesías).

Marcelo — en quien algunos han visto al propio fray Luis — comenta con los otros dos religiosos «los nombres con que es lla­mado Jesucristo en la Sagrada Escritura», siguiendo este procedimiento: expone uno de los nombres de Cristo; señala los prin­cipales lugares bíblicos en que tal nombre se emplea, y desarrolla después las cuestio­nes que se contienen en tal nombre o se derivan de él. Los Nombres de Cristo, ex­puestos y explicados, son: Pimpollo, Fazes o Cara de Dios, Camino, Pastor, Monte, Padre del siglo futuro, Brazo de Dios, Rey de Dios, Príncipe de Paz, Esposo, Hijo de Dios, Amado, Jesús (y Cordero).

Cada uno de los tres libros termina con la tra­ducción de un salmo (103, 161, 102) en ver­so castellano, hecha por fray Luis; así, el libro I concluye con la de «Benedic, anima mea…» de este modo: «Alaba, oh alma, a Dios, Señor, su alteza. / ¿Qué lengua hay que la cuente? / Vestido estás de gloria y de belleza / Y luz resplandeciente…». La obra la comenzó fray Luis durante su es­tancia en la cárcel, y fue escrita para su­plir la lectura de la Biblia en lengua vul­gar — prohibida en aquella época — y para contrarrestar el efecto de los libros pro­fanos.

Este libro y La perfecta casada (v.) tienen una gran importancia en la litera­tura española del siglo XVI. Influido por las ideas del Renacimiento, fray Luis mos­tró gran aprecio por la lengua castellana, empleándola como forma de expresión li­teraria. En el siglo XVI es uno de los primeros, tanto en prosa como en verso, en cultivar el estilo. El mismo fray Luis nos habla del trabajo con que selecciona­ba, medía y pesaba las palabras y la dili­gencia con que estudiaba su combinación y colocación sometiendo el lenguaje a una minuciosa selección.

De este modo consi­gue decirnos las cosas no solamente con claridad, sino también con armonía y dul­zura. Sigue la tendencia ciceroniana del período, y por ende se encierra en un círcu­lo limitado de fórmulas de relación. Su estilo no posee, pues, gran variedad en las construcciones, pero siempre es armonioso y claro. Los Nombres de Cristo no es una obra exclusivamente reflexiva, analítica. Bellísimas alusiones al paisaje, llenas de un delicado sentimiento poético de la Naturaleza, dan lugar a una prosa hondamente poética porque «… yo, como los páxaros, en viendo lo verde, desseo o cantar o ha­blar».

Referente a la originalidad de esta obra se ha querido ver su génesis en una obrilla inédita del beato Alonso de Orozco, De nueve Nombres de Cristo; pero los críticos agustinos más especializados en el estudio de fray Luis, como son el P. San­tiago Vela y el P. Zarco, se inclinan a no ver en los apuntes de Orozco más que un extracto de una de las primeras ediciones de Los Nombres de Cristo.

Las fuentes son textos bíblicos en los que predominan los salmos y las epístolas de San Pablo y entre los expositores de la Biblia, San Agus­tín, San León, papa; San Basilio, San Gre­gorio el Teólogo, San Bernardo, San Maca­rio y Orígenes, y hay referencias de al­gunos clásicos (Homero, Sófocles, Platón, Virgilio y Horacio). En este tratado, fray Luis insertó notas y apuntes preparados para sus sermones o explicaciones de cá­tedra. Así, el capítulo del nombre del Pa­dre, explicación de la profecía de Isaías (cap. 9): «Pater futuri saeculi», presenta claramente la estructura de sermón.

En el prefacio del libro III de la obra, fray Luis contestó con modestia a sus censores. En Los Nombres de Cristo encontramos una síntesis única del espíritu renacentista con una verdadera vocación teológica. Su arte pulcro y meditado reúne en armoniosa sín­tesis los principales elementos de la cultu­ra de su tiempo: lo clásico, lo italiano y la tradición religiosa — bíblica y patrísti­ca—. Con razón dice Menéndez Pelayo que la prosa de fray Luis «en loor de la paz parece el comentario de su oda a la mú­sica del ciego Salinas».

J. M.a Pandolfi

La fórmula más alta de esta conciliación entre la unidad y la diversidad, se encuentra en aquellos diálogos de Los Nombres de Cristo, que sólo con los de Platón ad­miten paralelo, por lo artísticos y lumino­sos, aunque en la parte dramática queden inferiores… Puede decirse que la estética está infundida y derramada de un modo latente por las venas de la obra, y no sólo en el estilo, que es a mi entender, de ca­lidad superior al de cualquier otro libro castellano, sino en el temple armónico de las ideas. (Menéndez Pelayo)

De los Nombres Divinos, Dionisio Areopagita

Principal tratado teologicomístico del pseudo-Dionisio Areopagita, atri­buido por la ciencia moderna, lo mismo que las demás obras que llevan este nom­bre, a un escritor, probablemente sirio, de finales del siglo V, que en gran parte deriva del neoplatónico Proclo, el último de los grandes representantes del neoplatonis­mo, preocupado de conciliar y ordenar en un gran edificio todos los valores verdade­ros elaborados durante un milenio por la filosofía griega, y especialmente de resol­ver en una unidad ontológica el dualismo del descenso de lo perfecto hacia lo im­perfecto en la esfera objetiva, y el ascenso inverso en la esfera subjetiva.

No podemos conocer a Dios partiendo de las cosas sen­sibles; por eso, de esta suprasubstancial y recóndita divinidad no podemos decir ni pensar nada, «excepto en los términos de las Sagradas Escrituras, que nos presentan al arcano de Dios, no para ser escrutado, sino para ser alabado». Puesto que Dios es inescrutable, todos los nombres le resultan adecuados y, a la vez, no le conviene nin­guno: es anónimo y posee muchos nombres; y la negación de todo lo particular resulta una apropiada alabanza de Él.

Las mismas categorías de unidad y trinidad tampoco son capaces de expresar adecuadamente su inefable naturaleza. Nosotros sólo podemos conocer las cosas divinas por participación (como paternidad y filiación): la perfec­ción de Dios arguye la unidad, que lo ex­plica todo porque todo participa del uno. El primer atributo esencial y originario de Dios es la bondad, que constituye su pro­pia substancia, de la que todo tiene vida; sigue a ésta la belleza, de la que emanan todos los consensos y las armonías.

Todas las cosas existen y son conservadas por lo bello y por lo bueno, y a lo bueno y lo bello retornan; ésta es la razón de que de todas las cosas sea amado lo bello y lo bueno. El vulgo humano, sin embargo, se aleja del verdadero amor espiritual por­que está distraído por el sensual, mientras que «el divino amor estático no permite que los que aman se pertenezcan, sino que les hace pertenecer al objeto amado. El amor de Dios es fuerza motriz, manifesta­ción de sí mismo y conversión a sí mismo: círculo eterno que viene del bien y que al bien retorna». Independientemente de San Agustín, pero en plena correspondencia con su concepción negativa del mal («la causa del mal es una deficiencia, no una eficiencia»), el autor pasa ágilmente de la mística a la teodicea.

Puesto que todo lo que es existe por participación del bien, y el bien es inherente a todas las cosas, hasta el propio vicio es deseado sólo por el as-pecto de bien que presenta: el mal existe, pues, no en un estado puro, sino mezclado con el bien; así es que, como en Dios no hay mal y de Dios no procede el mal, el mal no reside ni en las cosas animadas ni en las inanimadas. El mal es concebido sólo como privación, como falta de vida, de razón, de perfección; y como no hay nada que esté privado del bien, en todo res­plandece la providencia divina a la que nada es ajeno.

Dios está todo en todo, de modo eminente: en Él está el tiempo y la eternidad; en Él, causa de todo, se verifica la unión de los contrarios; todos los seres son vivificados por la vida divina. Dios lo conoce todo sin ninguna operación: en sí mismo, como la luz conoce a las tinieblas como ausencia de luz. De los demás atri­butos divinos de omnipotencia, justicia, re­dención y salvación, del título y sentido en que pueden predicarse de Él la gran­deza, semejanza, movimiento, tiempo y eternidad, se trata en los últimos capítu­los: se investiga el «silencio de Dios des­conocido», la paz divina que todo lo coor­dina y lo concilia, y su universalidad.

Se pone por fin de relieve la trascendencia de la unidad divina, y la conciliación en uni­dad de los contrarios. La autoridad y la influencia de la obra del Areopagita, espe­cialmente las de este escrito, fue enorme en toda la Edad Media, sobre todo des­pués que Escoto Erígena hizo la primera traducción del griego al latín, hacia la mi­tad del siglo IX, haciéndolo con ello acce­sible a los escolásticos y a los místicos. A ella se debió principalmente el movi­miento de renacimiento neoplatónico.

G. Pioli