Extenso tratado en prosa del gran escritor español fray Luis de León (1527-1591). Fue publicado en 1583, en dos libros, y está dedicado a su amigo don Pedro Portocarrero, del Consejo de Su Majestad y del de la Inquisición.
La segunda edición (1585), ampliada por el autor, se imprimió en tres libros, y desde la sexta edición llevan todas, como apéndice, el nombre de Cordero, que apareció inédito entre sus papeles. Empieza la obra tratando de la miseria humana y del origen de su fragilidad, que es el pecado, de lo que es el nombre y de su oficio en el lenguaje, y de cierto coloquio que tuvieron tres amigos — religiosos — en una recreación, «al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios», cuando Marcelo, con Sabino y Juliano, se retiró a la soledad de una granja, La Flecha, de los agustinos, en las proximidades de Salamanca, donde fray Luis solía pasar temporadas de descanso y que él describe en su poesía «La vida retirada» (v. Poesías).
Marcelo — en quien algunos han visto al propio fray Luis — comenta con los otros dos religiosos «los nombres con que es llamado Jesucristo en la Sagrada Escritura», siguiendo este procedimiento: expone uno de los nombres de Cristo; señala los principales lugares bíblicos en que tal nombre se emplea, y desarrolla después las cuestiones que se contienen en tal nombre o se derivan de él. Los Nombres de Cristo, expuestos y explicados, son: Pimpollo, Fazes o Cara de Dios, Camino, Pastor, Monte, Padre del siglo futuro, Brazo de Dios, Rey de Dios, Príncipe de Paz, Esposo, Hijo de Dios, Amado, Jesús (y Cordero).
Cada uno de los tres libros termina con la traducción de un salmo (103, 161, 102) en verso castellano, hecha por fray Luis; así, el libro I concluye con la de «Benedic, anima mea…» de este modo: «Alaba, oh alma, a Dios, Señor, su alteza. / ¿Qué lengua hay que la cuente? / Vestido estás de gloria y de belleza / Y luz resplandeciente…». La obra la comenzó fray Luis durante su estancia en la cárcel, y fue escrita para suplir la lectura de la Biblia en lengua vulgar — prohibida en aquella época — y para contrarrestar el efecto de los libros profanos.
Este libro y La perfecta casada (v.) tienen una gran importancia en la literatura española del siglo XVI. Influido por las ideas del Renacimiento, fray Luis mostró gran aprecio por la lengua castellana, empleándola como forma de expresión literaria. En el siglo XVI es uno de los primeros, tanto en prosa como en verso, en cultivar el estilo. El mismo fray Luis nos habla del trabajo con que seleccionaba, medía y pesaba las palabras y la diligencia con que estudiaba su combinación y colocación sometiendo el lenguaje a una minuciosa selección.
De este modo consigue decirnos las cosas no solamente con claridad, sino también con armonía y dulzura. Sigue la tendencia ciceroniana del período, y por ende se encierra en un círculo limitado de fórmulas de relación. Su estilo no posee, pues, gran variedad en las construcciones, pero siempre es armonioso y claro. Los Nombres de Cristo no es una obra exclusivamente reflexiva, analítica. Bellísimas alusiones al paisaje, llenas de un delicado sentimiento poético de la Naturaleza, dan lugar a una prosa hondamente poética porque «… yo, como los páxaros, en viendo lo verde, desseo o cantar o hablar».
Referente a la originalidad de esta obra se ha querido ver su génesis en una obrilla inédita del beato Alonso de Orozco, De nueve Nombres de Cristo; pero los críticos agustinos más especializados en el estudio de fray Luis, como son el P. Santiago Vela y el P. Zarco, se inclinan a no ver en los apuntes de Orozco más que un extracto de una de las primeras ediciones de Los Nombres de Cristo.
Las fuentes son textos bíblicos en los que predominan los salmos y las epístolas de San Pablo y entre los expositores de la Biblia, San Agustín, San León, papa; San Basilio, San Gregorio el Teólogo, San Bernardo, San Macario y Orígenes, y hay referencias de algunos clásicos (Homero, Sófocles, Platón, Virgilio y Horacio). En este tratado, fray Luis insertó notas y apuntes preparados para sus sermones o explicaciones de cátedra. Así, el capítulo del nombre del Padre, explicación de la profecía de Isaías (cap. 9): «Pater futuri saeculi», presenta claramente la estructura de sermón.
En el prefacio del libro III de la obra, fray Luis contestó con modestia a sus censores. En Los Nombres de Cristo encontramos una síntesis única del espíritu renacentista con una verdadera vocación teológica. Su arte pulcro y meditado reúne en armoniosa síntesis los principales elementos de la cultura de su tiempo: lo clásico, lo italiano y la tradición religiosa — bíblica y patrística—. Con razón dice Menéndez Pelayo que la prosa de fray Luis «en loor de la paz parece el comentario de su oda a la música del ciego Salinas».
J. M.a Pandolfi
La fórmula más alta de esta conciliación entre la unidad y la diversidad, se encuentra en aquellos diálogos de Los Nombres de Cristo, que sólo con los de Platón admiten paralelo, por lo artísticos y luminosos, aunque en la parte dramática queden inferiores… Puede decirse que la estética está infundida y derramada de un modo latente por las venas de la obra, y no sólo en el estilo, que es a mi entender, de calidad superior al de cualquier otro libro castellano, sino en el temple armónico de las ideas. (Menéndez Pelayo)

