De los Nombres Divinos, Dionisio Areopagita

Principal tratado teologicomístico del pseudo-Dionisio Areopagita, atri­buido por la ciencia moderna, lo mismo que las demás obras que llevan este nom­bre, a un escritor, probablemente sirio, de finales del siglo V, que en gran parte deriva del neoplatónico Proclo, el último de los grandes representantes del neoplatonis­mo, preocupado de conciliar y ordenar en un gran edificio todos los valores verdade­ros elaborados durante un milenio por la filosofía griega, y especialmente de resol­ver en una unidad ontológica el dualismo del descenso de lo perfecto hacia lo im­perfecto en la esfera objetiva, y el ascenso inverso en la esfera subjetiva.

No podemos conocer a Dios partiendo de las cosas sen­sibles; por eso, de esta suprasubstancial y recóndita divinidad no podemos decir ni pensar nada, «excepto en los términos de las Sagradas Escrituras, que nos presentan al arcano de Dios, no para ser escrutado, sino para ser alabado». Puesto que Dios es inescrutable, todos los nombres le resultan adecuados y, a la vez, no le conviene nin­guno: es anónimo y posee muchos nombres; y la negación de todo lo particular resulta una apropiada alabanza de Él.

Las mismas categorías de unidad y trinidad tampoco son capaces de expresar adecuadamente su inefable naturaleza. Nosotros sólo podemos conocer las cosas divinas por participación (como paternidad y filiación): la perfec­ción de Dios arguye la unidad, que lo ex­plica todo porque todo participa del uno. El primer atributo esencial y originario de Dios es la bondad, que constituye su pro­pia substancia, de la que todo tiene vida; sigue a ésta la belleza, de la que emanan todos los consensos y las armonías.

Todas las cosas existen y son conservadas por lo bello y por lo bueno, y a lo bueno y lo bello retornan; ésta es la razón de que de todas las cosas sea amado lo bello y lo bueno. El vulgo humano, sin embargo, se aleja del verdadero amor espiritual por­que está distraído por el sensual, mientras que «el divino amor estático no permite que los que aman se pertenezcan, sino que les hace pertenecer al objeto amado. El amor de Dios es fuerza motriz, manifesta­ción de sí mismo y conversión a sí mismo: círculo eterno que viene del bien y que al bien retorna». Independientemente de San Agustín, pero en plena correspondencia con su concepción negativa del mal («la causa del mal es una deficiencia, no una eficiencia»), el autor pasa ágilmente de la mística a la teodicea.

Puesto que todo lo que es existe por participación del bien, y el bien es inherente a todas las cosas, hasta el propio vicio es deseado sólo por el as-pecto de bien que presenta: el mal existe, pues, no en un estado puro, sino mezclado con el bien; así es que, como en Dios no hay mal y de Dios no procede el mal, el mal no reside ni en las cosas animadas ni en las inanimadas. El mal es concebido sólo como privación, como falta de vida, de razón, de perfección; y como no hay nada que esté privado del bien, en todo res­plandece la providencia divina a la que nada es ajeno.

Dios está todo en todo, de modo eminente: en Él está el tiempo y la eternidad; en Él, causa de todo, se verifica la unión de los contrarios; todos los seres son vivificados por la vida divina. Dios lo conoce todo sin ninguna operación: en sí mismo, como la luz conoce a las tinieblas como ausencia de luz. De los demás atri­butos divinos de omnipotencia, justicia, re­dención y salvación, del título y sentido en que pueden predicarse de Él la gran­deza, semejanza, movimiento, tiempo y eternidad, se trata en los últimos capítu­los: se investiga el «silencio de Dios des­conocido», la paz divina que todo lo coor­dina y lo concilia, y su universalidad.

Se pone por fin de relieve la trascendencia de la unidad divina, y la conciliación en uni­dad de los contrarios. La autoridad y la influencia de la obra del Areopagita, espe­cialmente las de este escrito, fue enorme en toda la Edad Media, sobre todo des­pués que Escoto Erígena hizo la primera traducción del griego al latín, hacia la mi­tad del siglo IX, haciéndolo con ello acce­sible a los escolásticos y a los místicos. A ella se debió principalmente el movi­miento de renacimiento neoplatónico.

G. Pioli