Norteamericanos, José Martí

Conjunto de tra­bajos del escritor y político cubano José Martí (1853-1895). En la carta que José Mar­tí escribe a Gonzalo de Quesada y Aróstegui en 1.° de abril de 1895, al salir para la guerra de Cuba, y en la que, por «si no vuelvo y usted insiste en poner juntos mis papeles», le indica con precisión un plan de publicaciones, en el que los dos primeros tomos llevarían por título Norteamericanos.

Esto indica claramente que con­cedía importancia a sus trabajos consagra­dos a estudiar figuras del Norte, y al res­pecto cita especialmente los que escribió sobre Emerson, Beacher, Cooper, Wendell Phillips, Grant, Sheridan, Whitman, aña­diendo: «y como estudios menores, y más útiles tal vez, hallará en mis corresponden­cias a Arthur, Hendricks, Hancock, Conklyn, Alcott y muchos más».

Gonzalo de Quesada cumplió con toda devoción el en­cargo que el maestro le confiara, acometiendo la edición de sus obras cinco años después de la muerte de Martí. El volumen publicado por Quesada con el título Norte­americanos (vol. VIII de la colección, La Habana, 1909, 330 p.) sólo contiene algu­nos de los trabajos que Martí había seña­lado, pues otros de importancia» como el de Emerson, no habían sido localizados aún en los diarios en que Martí publicaba sus correspondencias, como «La Opinión Nacio­nal» de Caracas, «La Nación» de Buenos Aires, o «El Partido Liberal» de México- A esa primera edición de Norteamericanos sigue la que últimamente figura en las «Obras Completas de Martí» (Editorial Tró­pico, volúmenes XV, XVI y XVII, apare­cidos en 1939) conteniendo todos los traba­jos indicados por Martí y muchos otros in­cluidos en sus numerosas correspondencias.

F. Lizaso

Norma Jurídica y Derecho Subjetivo, que August Thon

[Rechtsnorm und subjectives Recht]. Estudio sobre teoría general del Derecho, que August Thon (1839-1912) publicó en Weimar en 1878.

Thon parte de una con­cepción de tipo totalmente imperativo del derecho objetivo: éste está constituido so­lamente por mandatos (o prohibiciones) que tienen por destinatarios todos los individuos sujetos a las normas jurídicas, y finalidad de las normas es la protección de intereses en nombre del interés general.

La transgresión de las normas implica conse­cuencias impuestas a su vez por otras nor­mas jurídicas que son las que establecen precisamente el contenido de estas conse­cuencias. Ahora bien, el derecho subjetivo no motiva solamente protección de un in­terés, como había sostenido Jhering, sino que, al contrario, consiste en la pretensión de poder promover, por propia iniciativa, la realización de las consecuencias esta­blecidas por la transgresión de la norma que garantiza un determinado interés.

El derecho subjetivo se identifica, por tanto, con el requerimiento procesal y no puede confundirse ni con el goce del bien, ob­jeto del derecho, ni con la facultad, por ejemplo, de poder transmitir el bien. El goce es una simple actividad material, ga­rantizada pero no contenida en el derecho, mientras que la facultad es anterior al de­recho subjetivo y reside en la genérica capacidad jurídica. De esto, sin embargo, no se debe inferir que el derecho subjetivo nazca solamente con la transgresión de la norma jurídica.

Se es ya titular del dere­cho cuando se tiene la posibilidad aún no desplegada, y posiblemente jamás desplegable durante la vida del titular del de­recho, de «promover» las consecuencias de la transgresión de la norma. El derecho, dice figuradamente Thon, es el seto que protege el jardín o la piel que defiende la pulpa; el derecho es solamente un medio, nunca una finalidad, es decir el medio, o, más exactamente, un medio para ase­gurar un goce presente o futuro.

La tesis de Thon es ampliamente estudiada a lo largo de su trabajo en contacto con los más arduos problemas de teoría general que surgen del análisis de la noción de goce, de la facultad y de la enunciación de las categorías de los derechos subjeti­vos públicos y privados.

La opinión de Thon fue y es muy discutida y raramente seguida; con todo, su obra se mantiene viva por la riqueza de su argumentación, la amplitud de visión de los problemas tratados y por la pureza de su dogmática, que le convierten en un «clásico» de la teoría general del Derecho.

A. Amorth

No Puede Ser el Guardar a una Mujer, Agustín Moreto y Cabaña

Comedia en tres actos y en verso del dramaturgo español Agustín Moreto y Cabaña (1618-1669), publicada en 1654.

La hermosa madrileña Ana Pacheco es un pozo de ciencia y un florilegio de sabiduría. Entre sus varios pretendientes escoge por marido a su primo don Pedro Pacheco, pero duda en darle el consentimiento, pues con­sidera que éste, vista la manera como guar­da a su propia hermana, Inés, muestra es­casa confianza en la libertad espiritual de la mujer.

Honor o deshonor, según él, de­penden únicamente de la buena o mala vigilancia que los padres, hermanos o ma­ridos ejerzan sobre su propia mujer. Du­rante una reunión literaria habida en casa de Ana, se entabla una especie de discu­sión entre don Pedro Pacheco y su prima, quien declara al brillante don Félix de To­ledo como el caballero mejor dotado.

Éste, valiéndose de la ayuda de su criado Ta­rugo, precursor por su astucia y maña del gran Fígaro (v.), consigue ponerse en re­laciones con la custodiada Inés y contrae matrimonio con ella casi ante los mismos ojos del ingenuo vigilante, el cual, habiendo reconocido su propio error, puede al fin convertirse en marido de su bella e inte­ligente prima.

Comedia inspirada en El ma­yor imposible de Lope de Vega, está ver­sificada y llevada a cabo con gran elegan­cia. En la figura de Tarugo está latente uno de esos tipos teatrales que aun en nuestros días son capaces de mantener por sí solos el interés de una obra: de los otros personajes emana educación, elegancia, op­timismo.

La comedia de Moreto fue llevada al inglés por el poeta Crown bajo el título de Sir courtly, or it cannot be; otras imi­taciones hicieron el alemán Schröder (Un­mögliche Sache) y el francés Dumaniant (La guerre ouverte).

A. R. Ferrarin

Norma, Felice Romani

Tragedia lírica en dos actos, sobre texto de Felice Romani (1788-1865), con música de Vincenzo Bellini (1801- 1835), representada en Milán, en el teatro de la Scala, el 26 de diciembre de 1831, con Giuditta Pasta como protagonista.

La ópe­ra fracasó, interrumpida y saboteada por partidarios de la amante de un maestro ri­val, pero se rehabilitó inmediatamente en las noches sucesivas y, sin interrupción, prosiguió su carrera triunfal. En el bosque, los druidas y su jefe, Oroveso, esperan la luna nueva para desencadenar la rebelión contra los romanos.

Norma, hija de Oroveso y sacerdotisa suprema de Irminsul, hablará inflamando a los guerreros: el so­nido de sus escudos resonará, tremebundo, en la ciudad de los Césares. Pero Norma tendría muchas más razones de odio contra los romanos si supiese que el procónsul Polión, que la hizo madre de dos niños, ama ahora a Adalgisa y se propone mar­char con ella a su regreso de Roma.

Llega para la mística recogida del muérdago, saluda a la luna y continúa dudando en dar la señal; Adalgisa puede abrirle su al­ma y conseguir su consentimiento para in­fringir los terribles votos de castidad sacer­dotal. Pero cuando Norma se entera de que el enamorado de Adalgisa es Polión, prorrumpe en terribles propósitos de ven­ganza.

La misma Adalgisa renuncia al ro­mano y se alía a la cólera de ella. Norma piensa en matar a los dos hijitos del trai­dor y suicidarse luego; pero se enternece y confía los inocentes a Adalgisa. Ésta se dirige al campo romano y suplica a Polión que vuelva a su primer amor, porque Nor­ma quiere morir; pero no lo consigue.

En­tonces rechaza el amor de Polión y vuelve al templo de Irminsul, de donde Polión jura que la raptará. Cuando Norma se entera de ello, se decide y golpea el escudo de guerra. De todas partes acuden los galos armados: «Guerra, guerra! le galliche selve Quante án quercie producán guerrieri» («¡Guerra, guerra!, que las selvas gálicas produzcan tantos guerreros como encinas tienen»), y Polión, sorprendido en el tem­plo, es apresado y conducido a Norma, que espera hacer justicia y ejecutarlo. Polión no teme la muerte.

Norma todavía duda. Le interroga a solas, con el pretexto de descubrir quién es la cómplice de su amor, para tratar de reconquistarlo. Es inútil: Po­lión no renuncia a Adalgisa. Y entonces Norma llama de nuevo a los sacerdotes y se declara también culpable. Una misma hoguera les aguarda. Es opinión general que Norma es la mejor ópera italiana de la primera mitad del siglo XIX, y esta vez la opinión general coincide perfectamente con el juicio de la crítica del siglo pasado y del presente.

El estilo de Bellini, que parecía netamente lírico, se afirma en esta ópera a través de una singular fuerza dra­mática. Su típica melodía (rica en episo­dios, amplia, llena de luces cambiantes) no falla en sus características de pureza líri­ca: baste recordar la famosa «Casta diva», una de las páginas de melodía más puras y densas de emoción que se hayan escrito nunca. Sin embargo, la inspiración meló­dica se robustece rítmicamente, sobre todo en los acentos fuertes y marcados dé la recitación.

La armonía no es más rica de lo acostumbrado, ni su instrumentación más nutrida, pero estos medios son siempre considerados secundarios por Bellini. Más bien basado en un libreto excelente (por la escenificación, por las situaciones, por el diálogo e incluso por los versos, de los mejores de Felice Romani), encuentra ma­nera de recortar grandes bloques de mo­tivos y reunirlos vigorosamente entre repe­ticiones corales.

El drama resulta armónico, sólido, entre el carácter de los protagonis­tas y la colectiva pasión del coro. La ober­tura, de corte rossiniano, aunque sin ser servil a Rossini, es el mejor fragmento musical salido de la pluma del maestro.

E. M. Dufflocq

La acción, despojada de todo teatralismo y de efectos vistosos, nos recuerda la dignidad de la tragedia griega… Quienes en Norma adviertan solamente la usual faci­lidad melódica italiana, no son dignos de consideración. Esta música es noble y gran­de, sencilla y amplia en su estilo. El solo hecho de que tenga un estilo la hace importante en nuestro tiempo de experimentos informes. (Wagner)

Nomenclátor o Índice de las Personas Ilustres en los Estudios, Esiquio de Mileto

Recopilación de notas sobre los escritores antiguos, realizada por Esiquio de Mileto (m. bajo Justiniano, 518-565), obra de gran importancia para la historia de la litera­tura griega.

Los personajes estaban distri­buidos en seis categorías (I, poetas; II, fi­lósofos; III, historiadores; IV, oradores y sofistas; V, gramáticos; VI, escritores de género vario), y dentro de cada una de estas clasificaciones los nombres se hallaban por orden cronológico.

Cada vida está tra­tada según un esquema fijo: título del ar­tículo, procedencia, género cultivado, nom­bre de los padres, hijos, maestros, discípu­los, lugar y tiempo de su actividad y de su muerte, índice de las obras. Constaba sólo de celebridades paganas. Se hizo un extracto de esta obra entre 1839 y 1857, en donde el orden cronológico y el de materias fue sustituido por el alfabético y se añadieron algunos artículos sobre es­critores cristianos y otros que vivieron des­pués de Esiquio.

Llevaron a cabo este ex­tracto Focio y el recopilador del léxico, Suda (v. Suda), quien declara que a aquél debe .el conocimiento de la historia lite­raria que relata.

B. Lavagnini