Nuevos Recreos y Alegres Razonamientos, Bonaventure Despériers

[Nouvelles récreations et Joyeux devis]. Obra narrativa del escritor francés Bonaventure Despériers (alrededor de 1498-1544), publicada en Lyon en 1538 con noventa cuentos, y después en nume­rosas ediciones póstumas, con adiciones que no pueden ser siempre consideradas como auténticas.

La vena satírica y divertida del autor acerca de las creencias religiosas y la intolerancia filosófica, se había demos­trado en particular en el Címbalo del mun­do (v.); en este libro de cuentos, parece que el interés del autor se haya dirigido a acoger con sarcasmo justiciero los erro­res y los defectos de la sociedad huma­na. Maridos burlados, mujerzuelas llenas de picardías, alguaciles que no cumplen con su deber, poetas maltratados, estudian­tes que enredan a sus maestros: todo ello contribuye a una alegre visión de las cosas que es, al mismo tiempo, un juicio moral y una descripción llena de vida y alegría.

El libro, que se hizo rápidamente famoso entre sus contemporáneos, vive en la misma atmósfera de las creaciones de Rabiláis y de Béroalde de Verville, con un sabroso sentido de la realidad, y un soplo de li­bertad irreverente para con el pasado, notas que constituyen parte muy importante del espíritu del Renacimiento. También Des­périers halla sus fuentes mejores en las afirmaciones «gauloises» de la época medie­val, en cuanto a observaciones y agudezas, que recuerdan una tradición que va de los Fabliaux (v.) a Marot y hasta el ejemplo de los mejores escritores contemporáneos.

C. Cordié

Nuevos Lunes, Charles- Augustin de Sainte-Beuve

[Nouveaux lundis]. Co­lección de artículos críticos de Charles- Augustin de Sainte-Beuve (1804-1869), pu­blicados en trece volúmenes desde 1863 a 1870, póstumos los dos últimos, con pró­logos de otros escritores.

Comprenden los artículos publicados en el «Constitutionnel» desde el 16 de septiembre de 1861 al 28 de enero de 1867, en el «Moniteur» desde el 16 de septiembre de 1867 al 21 de noviem­bre de 1868, y en el «Temps» durante 1869, y es la continuación de las Conversaciones del lunes (v.), formando con éstas y con los artículos de juventud de los Prémiers lundis (1874-1875, en tres volúmenes) un todo compacto y ejemplar (v. Los lunes).

Entre los más importantes, hay que recor­dar los escritos sobre Lamennais, Veuillot, Guizot, La Bruyère, Prévost-Paradol, Béranger, Madame de Sévigné, Constant (vol. I); Montaigne, Catalina II, Madame de Staël, Bossuet, Renan, Apuleyo (II); Chateau­briand, Racine, Maurice y Eugénie de Guérin, André Chénier (III); los Goncourt, Flaubert, Louise Labé, Lacordaire (IV); Littré, Terencio, La Rochefoucauld, la con­desa d’Albany (V); otra vez Renan, Sismondi, Montaigne, Gautier, Vaugelas, De Vigny (VI); los líricos griegos, Fromentin, Corneille, Pirón (VII); Cervantes, Taine, Ma­dame Roland, Maria Leckzinska, Maria Antonieta, Catinat (VIII); La Play, María Te­resa y María Antonieta (IX); el duque de Saint-Simon, Tocqueville, Racine (X); Vir­gilio, Lamennais (XI); Talleyrand, Desbordes-Valmore, Mme. Staël (XII), y, final­mente, Du Bellay, Malherbe, Saint-Évremond (XIII).

Este último volumen, prepa­rado por los editores, contiene una confesión del escritor acerca de su propia actividad literaria, «Mi biografía» [«Ma biographie»], seguida de dos cartas. Después del período agitado y combativo en que se compuso la primera serie, y tanto en lo referente a los escritores contemporáneos como a los acon­tecimientos políticos, los Nuevos lunes muestran una madurez cada vez más segu­ra y acorde, tanto por sus predilecciones por los clásicos como por sus discordancias con los innovadores que no saben hacer pro­pia la lección de los grandes.

Muchos de es­tos escritos deben, pues, contarse entre los más precisos y completos que Sainte-Beuve nos dejó, por entregarse, menos que antes, a las cualidades del estilo y a un mundo de imágenes y problemas que enriquecía su innata tendencia a los «retratos» y a las pinturas ele ambiente.

Antiguos y modernos son tratados casi como compañeros, y aquel epicúreo lector, desengañado de los hom­bres y de la política de su tiempo, los reci­be con acogida fraternal. Aun cuando la polémica serpentea sutil y no persuasiva, el crítico extiende con mayor abandono sus análisis y sus perfiles; hacia sus últimos años los estudios y la crítica literaria son ya su último refugio de hombre y de lite­rato. Alcanza ahora cuanto en vano había soñado con febril actividad de poeta y no­velista. Su palabra deberá, pues, tener el sello de un testamento moral.

Particular­mente, estos Nuevos lunes recogerán su postrer testimonio de hombre; su «litera­tura» no habrá existido en vano para la cultura de la nueva Francia. [Puede verse una traducción parcial en los tomos siguien­tes; El teatro clásico francés; Corneille, Ra­cine, Molière, Voltaire (Madrid, 1919); Los cantores de la Naturaleza; Teócrito, Virgi­lio, La Fontaine, Mathurin Requier, André Chénier, Delille, Milleroye (Madrid, 1919); La mujer y el amor en la literatura fran­cesa del siglo XVII; Mme. de Sévigné, Mme. de La Fayette, M. de La Rochefoucauld, Mme. de Longuevïlle, Mme. de Pontivy (Madrid, 1919) y Los grandes testigos de la Revolución francesa; Mirabeau, Mme. Roland, André Chénier, etc. (Madrid, 1920)].

C. Cordié

Una sensibilidad jamás adormecida, un gusto perfecto, y no se sabe qué antenas que le permiten captar la sensibilidad del mundo espiritual. (Bremond)

Nuevos Principios de Economía Política y de la Riqueza en sus Relaciones Con la Población, Jean- Charles-Léonard Simón de Sismondi

[Nouveaux principes d’économie politique ou de la richesse dans ses rapports avec la population].

Obra del escritor suizo Jean- Charles-Léonard Simón de Sismondi (1773- 1842), publicada en 1819. El autor reelabora aquí su pensamiento en relación con las meditaciones acerca del federalismo li­beral y, por consiguiente, también su ac­titud para con la economía clásica y hacia Smith, aunque admire a éste particular­mente.

El hecho nuevo en este libro es una visión más abiertamente filantrópica y so­cialista de los padecimientos del pueblo: es menester limitar la competencia desenfre­nada, proteger la producción de un país, eliminar los errores del igualitarismo, divi­dir el provecho de una nación entre las di­versas clases de ciudadanos, determinar recíprocamente la producción y el consumo. Por estos motivos deducidos del examen de la riqueza territorial en relación con la población (aspecto descuidado por Smith), se ha hablado de tendencias socialistas en Sismondi.

No obstante, Cavour, aun alaban­do al hombre excelente y de corazón, ad­vertía por su parte, en aquel estudioso, la falta de potencia lógica y de fuerza argumental; con todo, Sismondi no podía dejar de influir sobre Marx y los economistas de su escuela, tal vez también por su tono filantrópico y por ciertos aspectos para­dójicos acerca del capitalismo moderno y las empresas industriales, entendidas como fuente de males aun en el pueblo inglés.

C. Cordié

Nuevo Sistema de la Naturaleza, Gottfried Wilhelm von Leibniz

[Système nouveau de la nature, et de la communication des substances, aussi bien que de l’union qu’il y a entre l’âme et le corps]. Ensayo del filósofo alemán Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716), pu­blicado en el «Journal des savants» el 27 de junio de 1695.

Es una continuación del Discurso de Metafísica (v.), con una acen­tuación de la polémica contra el mecani­cismo tanto cartesiano como atomista. La extensión es siempre divisible, por lo que la noción de átomo material (extenso) no se puede concebir, lo cual induce a Leib­niz a rehabilitar las antiguas «formas sus­tanciales» de la Escolástica, aunque conci­biéndolas de una manera distinta: su na­turaleza consiste en la fuerza (viva, es de­cir, energía), y por lo tanto en algo aná­logo al sentimiento y al apetito; por lo tanto, hay que concebirlas según el modelo de la noción intuitiva que tenemos del alma.

Leibniz las llama «fuerzas primitivas». Sien­do verdaderas unidades, no pueden empe­zar más que por creación y acabar por aniquilamiento, es decir, que no tienen un principio y un fin naturales, sino solamen­te milagrosos. Estas especies de almas no van de cuerpo en cuerpo, sino que, continuando e interpretando a la luz de sus teo­rías metafísicas los más recientes estudios de biología de su tiempo (Swammerdam, Malpighi, Leewenkoek), el autor juzga que el animal no empieza cuando creemos y que su aparente generación en realidad no es más que un desarrollo y una especie de aumento de animales inferiores.

Así, no sólo del alma, sino tampoco del cuerpo, hablando en rigor metafísico, no hay verdadero na­cimiento ni verdadera destrucción (natu­ral). Contra el cartesianismo, Leibniz afir­ma que la diferencia entre las máquinas naturales (cuerpos orgánicos) y las crea­das por el hombre no estriba tan sólo en las dimensiones, sino también en la cali­dad; las máquinas de la naturaleza tienen un número infinito de órganos, y no es posible destruirlas: una máquina natural sigue siendo una máquina aun en sus par­tes más pequeñas y sigue siendo siempre la misma, transformándola solamente las disminuciones y los incrementos.

Además, el alma o forma hace que haya una verda­dera unidad que corresponde a lo que en nosotros se llama «yo». Por ello no hay más que los «átomos de sustancia», unida­des reales y absolutamente desprovistas de partes, «puntos metafísicos», que se pueden considerar como fuentes de acciones y prin­cipios primeros de la composición de las cosas. Tienen ellos algo de vital y una especie de percepción, y los puntos mate­máticos son su punto de vista para expre­sar el universo.

Sin embargo, queda por explicar la comunicación del cuerpo y del alma, lo cual parece imposible sin recu­rrir, como hace Malebranche, a una reite­rada y perenne intervención de Dios; de todos modos esta solución le parece a Leibniz un expediente artificioso y antifilosó­fico. Por esto el autor presenta una teoría, que considera como algo más que una sen­cilla hipótesis, ya que, además de ensalzar la perfección de Dios y la inmortalidad del alma, es la única que puede resolver de una manera comprensible el problema de la comunicación de las sustancias,’ y mu­chos otros: la hipótesis de la «armonía preestablecida», a la que Leibniz creía que estaba confiada, más que a cualquier otra de sus doctrinas, su gloria.

En realidad, ni el alma ni ninguna verdadera sustancia pueden recibir nada del exterior; todo brota de su fondo y de su espontaneidad; sus percepciones deben tener lugar por su mis­ma constitución originaria, es decir, por la naturaleza representativa que le dio la crea­ción. Así, cada una de estas sustancias re­presenta a su manera todo el universo, se­gún un propio, punto de vista y según pro­pias leyes; sin embargo, Dios las regula todas de manera que entre ellas hay una perfecta comunicación. Del mismo modo se explica la unión del alma con el cuerpo; el alma expresa más de cerca la masa or­ganizada en que se encuentra su propio punto de vista. Por ello todo tiende a la perfección, no solamente del universo en general, sino también de los espíritus o almas razonables en particular, porque Dios, con su bondad, dispuso el universo de una manera tal que se halla interesado en la perfección de los espíritus.

Este ensayo, uno de los pocos escritos con los que Leib­niz hizo conocer, mientras vivía, su pensamiento a sus contemporáneos, tiene una notable importancia por las polémicas que suscitó; para contestar a las objeciones, especialmente de Foucher y Bayle, Leibniz se vio obligado a corregir sus posiciones, profundizándolas, desarrollándolas, llevando su pensamiento a la cima de una comple­jidad y atormentada problematicidad que está expresada en la Monadología (v.) y en los Ensayos de Teodicea (v.). Para nosotros es notable la tentativa de fundar, sobre una base de consideraciones metafísicas, una concepción antimecanicista de la na­turaleza. Por fin, aflora ya aquella tenta­tiva de conciliar causas mecánicas y causas finales, que Leibniz continuará mejor en obras más maduras, y que anticipa las po­siciones deístas de la Ilustración.

G. Preti

El Nuevo Siglo, Heinrich Laube

[Das neue Jahrhundert]. Novela del escritor alemán Heinrich Laube (1806-1884), dividida en dos partes, «Los poetas» [«Die Poeten», 1833] y «Los guerreros» [«Die Krieger», 1848].

El rela­to, a pesar de su complicada trama, es bas­tante pobre, ya que consiste esencialmente en una serie de aventuras amorosas unidas entre sí, en las cuales diversos personajes se atraen o se repelen, amándose u odián­dose alternativamente. Lo que cuenta para ellos no es la persona amada, sino el amor en sí, en nombre del cual faltan tranquila­mente a su fidelidad y a sus juramentos.

Cada uno de estos personajes representa una corriente, ya espiritual, ya literaria, propugnada o combatida por la nueva ge­neración surgida hacia 1830. Valerio es el alma de esos jóvenes, es – su poeta y su filósofo; les comunica vida entregándose a aventuras a lo George Sand, y exponien­do sus ideas en sus cartas y discursos, en­cendidos de ardor por la libertad más ab­soluta, ya en moral, ya en religión, infla­mándose él solo nombre de «humanidad».

Pero mientras preconiza este extremo in­dividualismo moral y religioso, en política es partidario de un régimen democrático, que subordine el interés de los individuos al de la colectividad. Hipólito es el aris­tócrata sediento de goces, el cual repro­duce con su exasperada sensualidad, más allá del romanticismo católico y moral, los temas y las situaciones de la Lucinda (v.) de Schlegel y del Ardinghello (v.) de Heinse, tratados con realismo que se apro­xima al de los franceses.

Leopoldo es el humorista, representante de aquella acti­tud irónica del antiguo y del nuevo Romanticismo frente a la realidad, que tiene a la sazón su mayor representante en Hein­rich Heine. Guillermo, en fin, personifica la antigua corriente romántica y se toma así víctima expiatoria en la narración y en el mundo de las ideas, expresión de lo viejo que ha de ser sacrificado a lo nuevo. Los quince años que transcurrieron entre la publicación de la primera parte y la de la segunda, no transcurrieron en vano.

Vale­rio se ha entusiasmado ahora por la suerte de Polonia, pero el mundo de la realidad corta muy pronto las alas a su idealismo, pues la revolución se convierte para él en una serie de desilusiones, no tanto por su fracaso, como porque por medio de ella, él halla manera de conocer el carácter de la nación polaca. El entusiasta que se pro­ponía conquistar el mundo, dirige al fin sus pasos hacia alemania para «construirse una cabaña desde la que pueda contem­plar la realidad lejana, pero actuar en la cercana».

También el ensueño de una re­pública universal ha caído ahora, ante una nueva idea nacional; lo mismo sucede con sus ideas morales. Esta larga novela refleja las tendencias filosóficas, políticas y lite­rarias de la «Joven alemania» entre 1830 y 1840; y como documento espiritual es interesante para quien quiera conocer las condiciones de la cultura alemana de aque­lla época.

F. Federici