Numancia o El cerco de Numancia, Miguel de Cervantes Saavedra

Tra­gedia de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), en cuatro jornadas o actos, en verso, compuesta en Madrid entre 1581 y- 1583 e impresa en 1784.

Trata de la toma y destrucción de la ciudad celtíbera por Escipión Emiliano en 133 a. de C. La fuente inmediata de Cervantes es la des­cripción hecha (libro VIII, cap. 7-10) en la continuación de la Crónica de Ocampo, publicada entonces (1574 y sig.) por el historiador Ambrosio de Morales. Contra la ciudad rebelde, el Senado envía a Escipión que, llegado junto con su hermano Quinto Fabio, con Cayo Mario y Yugurta, se pre­para a sitiarla.

Reprocha la debilidad de los soldados y rechaza una embajada de los numantinos que va a tratar con el ge­neral una rendición honrosa; pero Esci­pión quiere tomar la ciudad para su triun­fo. A los numantinos, agotados por el ham­bre, se les ocurre confiar la decisión de la guerra a un singular combate entre el campeón numantino y un romano. Los sacerdotes numantinos obtienen augurios desfavorables, y el hechicero Marquino re­sucita a un joven que también predice la ruina de la ciudad.

Sin embargo, uno de los gobernadores, Caravino, ofrece el com­bate de los dos campeones a Escipión, que lo rechaza. Los numantinos deciden salir contra el enemigo, pero les retienen las mujeres. Entonces queman todos sus bie­nes, y los hombres matan a mujeres e hijos y luego se suicidan; cuando Escipión entra en la ciudad, encuentra un pueblo de muertos: el único superviviente, el mucha­cho Viriato, para no caer vivo en manos romanas y no servir al triunfo del cau­dillo, se precipita desde lo alto de una torre; un episodio que quizá Cervantes sacó de un «romance» popular: De cómo Cipión destruyó Numancia.

El drama es indudable­mente la mejor obra teatral de Cervantes y, en el período de los entusiasmos román­ticos, pudo reclamar por parte de muchos críticos el parangón con las mayores obras maestras del teatro antiguo y contemporá­neo. Se ha hablado de Esquilo, de Marlowe y de Shakespeare, pero la única influencia decisiva puede reconocerse en la tragedia de Séneca, aunque transformada a través de Virués.

Los parecidos con Los persas (v.) son sencillamente de situación: en Cer­vantes, como en Esquilo, se trata de la tragedia de una ciudad. Pero en Numan­cia el elemento coral está más acentua­do y ningún personaje toma relieve; las patéticas figuras de los héroes y de las madres tienen el mismo carácter sumario que las alegorías de España, del Duero, de la Guerra, del Hambre, etc.

Sin embargo, la tragedia, espectacular e impetuosa (son famosos los episodios del sortilegio de Mar- quino, de la muerte de Manandró a los pies de Lira, de Teógenes, etc.), tiene una belleza que no dejó de influir en el tea­tro contemporáneo y recabó los elogios de la crítica romántica: Shelley, los Schlegel, Humboldt, Goethe, Sismondi, Schopenhauer, etc.

C. Capasso

No hay en esta obra, lo confieso, poesía verdaderamente digna de tal nombre; pero la propiedad del lenguaje y la armonía de la versificación son lo bastante grandes para hacerse aceptar como poesía. (Shelley)

He leído la Numancia de Cervantes con gran placer.   (Goethe)

El suicidio de todo un pueblo — eso es lo que ha pintado Cervantes—. ¿Todo está perdido? Nos queda solamente la vuelta a las raíces de la naturaleza. (Schopenhauer)

Un Nuevo Tipo de Rayos, Wilhelm Conrad Röntgen

[Eine neue Art von Strahlen]. Obra de Wilhelm Conrad Röntgen (1845-1923), publicada en «Sitzungsberichte der Würzburger Physikalische Medische Gesellschaft» en diciembre de 1895-marzo de 1896.

La publicación de esta obra suscitó una gran conmoción, y no solamente en el mundo científico. Róntgen anunciaba el descubrimiento de los rayos que llamó X y que luego tomaron su nom­bre. El autor inicia su memoria describien­do la experiencia que le llevó al descubri­miento: acercando un papel recubierto de platinocianuro de bario a un tubo de rayos catódicos rodeado de una pantalla de papel negro, el papel fluorescente presentaba en una habitación obscura una vivísima fluores­cencia que seguía manifestándose cuando el papel se alejaba dos metros del tubo.

Röntgen describe luego las numerosas ex­periencias efectuadas con sus rayos; la fluorescencia excitada por los mismos rayos a través de una pantalla negra revela la transparencia de dicha pantalla para tales radiaciones y el autor observa que muchas sustancias, además del papel, son transpa­rentes a los rayos X: trozos de madera, el cristal, el gas, el agua y otros líquidos. También respecto a la transparencia de los metales se describen minuciosos estudios sistemáticos, con los que demuestra que cada metal simple ofrece transparencias di­versas según su espesor y advierte que el plomo es el cuerpo más opaco, pues basta un espesor mínimo (1,05 mm.) para absor­ber la radiación. Las sales metálicas sólidas o en solución se comportan como los mis­mos metales.

Pero también otro hecho fue advertido por Röntgen: colocando la mano entre el tubo y la pantalla fluorescente, los huesos proyectan sobre ésta una sombra densa, mientras que los tejidos que los rodean sólo aparecen muy tenuemente. Era la base de una futura e importantísima rama de la Medicina: el «röntgendiagnóstico». Röntgen sospechó que los rayos X fuesen de naturaleza electromagnética, pero no consiguió demostrarlo; por ello habló de rayos X, es decir, de rayos de naturaleza desconocida. Para demostrar que los ra­yos X son de la misma naturaleza que la luz, habían de emplearse los retículos cristalinos (experiencia de Laue, efectuada por Friedrich y Knipping).

O. Bertoli

Nulidad Científica de la Jurisprudencia, Julius Hermann von Kirchmann

[Die Wertlosigkeit der Jurisprudenz ais Wissenschaft]. Conocidísima obrita de Julius Hermann von Kirchmann (1802-1884), aparecida en Berlín en 1847-48.

Se niega en ella contenido y valor cientí­fico a la ciencia jurídica. El principal argu­mento está extraído de una investigación en torno al objeto de esta presunta ciencia: el derecho, que en su esencial mutabilidad, no puede detenerse nunca para ser objeto de estudio. Su extraordinaria evolución ja­más permite verlo desde fuera, y de ahí la predilección por el conocimiento de las instituciones jurídicas del pasado: el lazo del derecho con el tiempo para el que exis­te, quita al jurista la imparcialidad, por lo que mezcla a su trabajo pasión y senti­miento, que son, por definición, anticientí­ficos; pero, sobre todo, es cierto que la ley positiva sobre la que el jurista actúa no responde a ningún principio estable ni superior, vale por lo que vale y es con­tingente y, en cuanto la ciencia hace su objeto de lo contingente, se vuelve ella misma contingente: «Una palabra del le­gislador, y bibliotecas enteras se convierten en papel mojado».

El autor agrava el no reconocimiento del valor científico de la jurisprudencia contraponiendo la ciencia del derecho a la ciencia de la naturaleza, dirigida a descubrir principios constantes, y niega además a la primera la capacidad de captar la riqueza de las formaciones espontáneas de la vida de relación. Para imponerse como ciencia, la jurisprudencia ha de caer en sofismas y argucias, y enton­ces, haciendo artificiosas las disposiciones normativas, se hace dañosa para el cono­cimiento del derecho cuando no hace nacer incluso un sentimiento de hostilidad bastante nefasto para su desarrollo.

El duro escrito de Kirchmann está inspirado por las deficiencias de la jurisprudencia en su épo­ca, y puede considerarse superado respecto al nivel actual de los estudios jurídicos; sin embargo, ha dado motivo para disqui­siciones en torno a la validez y consisten­cia de la ciencia jurídica que continúan siendo vigentes.

A. Amorth

Nuevo Testamento de Paschasius, Pasquier Quesnel

Obra del escritor jansenista Pasquier Quesnel (Paschasius, 1634-1719), publicada en 1671 en un pequeño volumen en 12.° con el título Abrégé de la morale de l’Évangile ou Pensées chrétiennes sur le texte des IV Évangiles.

Era una traducción de los cuatro evangelios, con brevísimas reflexiones morales; pero el favor con que fue acogida indujo al autor a hacer más extenso su comentario; en 1679 salió un nuevo volumen que fue reimpreso en 1687 junto con el primero y el tercero; en 1695, Quesnel publicó la obra definitiva en cuatro gruesos volúmenes que en el lenguaje de los jansenistas fueron llamados «los cua­tro grandes hermanos».

Recomendada pri­mero por la Sorbona, además de por los obispos y cardenales franceses (el cardenal de Noailles cuidó de una edición en 1699 con el título Le Nouveau Testament en françois avec des réflexions morales sur chaqué verset), la obra inspiró pronto sos­pechas, y de las ediciones del 1692 y del 1694 pudieron ser extraídas 150 proposicio­nes contagiadas de jansenismo, y Clemen­te XI condenó el libro en un decreto en forma de breve en 1708; pero como las discusiones en torno al libro no cesaban y el autor, ya advertido en 1704 por una edi­ción de las obras de San León el Grande, volvía a encender la polémica jansenista, en 1713 se promulgó contra el libro la bula Unigenitus Dei Filius que daba la lista de las proposiciones contrarias a la fe católica, a los dogmas y a la teología ortodoxa.

La versión de Quesnel es fidelísima al texto sagrado y sólo en pocos pasajes se aparta de la Vulgata, pero las reflexiones que la acompañan son un verdadero resumen de la doctrina de Port-Royal. Adoptando el principio de las dos delectaciones relativa­mente victoriosas que Jansenio (v. Augustinus) había tomado de una máxima del obispo de Hipona, «Quod enim amplius nos delectat, secundum id operemus necesse est», Quesnel reduce toda la esencia del hombre a dos amores exclusivos: el amor de Dios, que es caridad propiamente dicha y que todo lo refiere a Dios, y el amor terrestre, que es concupiscencia viciosa y todo lo refiere a la criatura como último fin, y no produce en consecuencia más que mal.

Adán, al pecar, nos convirtió en es­clavos de la voluntad, que nos arrastra al mal o al bien según esté dominada por la gracia o por los sentidos. «¿Qué le queda a un alma que ha perdido a Dios, sino el pecado y sus consecuencias?», dice la pri­mera proposición condenada. Toda libertad en el orden moral es negada, así como toda ley natural: la única vía de salvación es la gracia, pero Dios la concede sólo a los predestinados.

Con un rigor y una ló­gica que recuerdan a los antiguos apologis­tas, Quesnel extrae de estos principios sus conclusiones que renuevan las herejías de Bayo y de Jansenio acerca de la gracia, de la penitencia, de la moral, sobre la pre­destinación, la lectura de los textos sagra­dos. A la aceptación de la obra, que fue el centro en torno al cual se desarrolló la segunda fase de la polémica jansenista que suscitó precisamente Quesnel, sucesor de Arnauld en la dirección del movimiento, contribuyó en gran parte la escritura vigo­rosa y al mismo tiempo rica en movimiento que hace del Nuevo Testamento de Quesnel una obra maestra de estilo.

C. Capasso

Nuevo Teatro Kasperlesco, Franz von Pocci

[Neues Kasperltheater]. Recopilación de composi­ciones teatrales del poeta, dibujante y caricaturista italoalemán Franz von Pocci (1807-1876), publicada en 1850.

Son ocho composiciones para teatro de marionetas, escritas, por lo menos en parte, originariamente por Pocci para sus propios hijos, y con las que éste se confirmó genialmente como el más inspirado artista alemán de este géner9 de teatro. En las seis primeras comedias el arte del poeta aparece todavía dudoso, con tendencias a un tono de farsa más que a un tono poético y cómico de teatro de títeres, como realizará a conti­nuación; sin embargo, se advierten fácil­mente los evidentes presagios de su futuro estilo.

En la Gesta heroica de Kasperle la atmósfera comicorromántica del motivo del ermitaño en el bosque ha sido felizmente captada: las cuartetas puestas en boca del ermitaño son de una fingida ingenuidad deliciosa. En el Turco prisionero, Kasperle, que se dirige al sultán empezando solemnemente con las palabras «sublime cabeza de turco» y se le presenta como doctor en «Blimiblamiphilosophie», tiene rasgos exce­lentes.

También es sabroso en el Jardín nocturno el hallazgo de Kasperle, que, al no poder entrar en casa porque su mujer, pese a sus tiernas súplicas, se niega a abrirle la puerta, vaga por las calles con la linterna, cantando las horas nocturnas y combina naturalmente hazañas de todas clases, lanza la alabarda a la luna, mata al gallo de su casa e incluso zurra y vence a la Muerte en persona. Parecen escucharse las risas de los niños ante tales aventuras.

Y también se advierte claramente que Pocci «escribió a su gusto», como escribe un artista que está hallando la propia «vena». G. Gabetti »